ARCADIA. Episodio 11. Tiferet 3 (Parte II)

12.

Dejamos de lado los pasillos decorados con águilas bífidas y salimos a un corredor, si se lo puede llamar de esa manera, cuya arquitectura era imponente. Cruzamos una larga galería sostenida por arcos de medio punto, rodeados por columnas colosales y esculpidas, con variadas versiones de la criatura que nos había atacado tras la puerta 32. En los laterales de este descomunal pasillo, había grandes aberturas ojivales que terminaban en enormes salones. En algunos momentos, podían verse recovecos que desembocaban en suntuosas escaleras de piedra lustrada con ornamentos estrafalarios. Nosotros caminábamos por el centro de la galería y nuestras sombras se proyectaban en el suelo; esto, me hacía sentir muy expuesto.

—Esa Jezabel va a escucharme cuando la encontremos… —susurró María—. ¡No importa cuánto te escondas! —gritó—: ¡¡Vamos a encontrarte!!

—¿Qué serías, Elías ahora? —preguntó Aléxei con ironía.

—Masha, vos sabés que te respeto mucho, ¿pero no escuchaste lo que nos explicó Legión? —se animó a preguntarle Ana.

—¡No tengo nada que escuchar de esos demonios! —gritó—. Quiero que esta pesadilla se termine.

—¿”Pesadilla”? —repitió Aléxei—. ¿Le llamás a esto… “pesadilla”? ¿Y cómo llamás a lo que tuvimos que vivir con la Duma? ¿O lo que tuvimos que vivir en la casa de Ipátiev? ¿Cómo llamás a lo que le pasó a mamá, a papá, a Olga, a Tanya…?

—¡No te atrevas a nombrarlos! ¡No te atrevas!

—¿¿Qué no se atreva?? —replicó Ana, indignada—. ¿Y las cosas que Sasha tuvo que vivir? ¿Esas de las que no se podían hablar? ¿Esas de las que nunca habló?

—Nunca hablé porque no me acuerdo de nada —dijo Aléxei—. Ese, no es el punto. Estamos en el Arca de la Alianza… algunas de las cosas que Rasputín nos había dicho eran ciertas. Más allá de lo que pretendía hacerme.

—¡¡No te atrevas!! —gritó María desaforada—. ¡¡Rasputín era un Santo!! ¡Y esa descendiente, bastarda tuya… no es digna del regalo que recibió!

Estaba a una distancia abismal de saber qué decir. Estaba claro que ella se había armado su propia perspectiva del asunto. No entendía por qué veía las cosas de esa manera.

—Perdoname que me meta, pero ese Rasputín del que hablás, no era un santo —carraspeé—. Por lo que pude investigar y entender, era un q´yauri encarnado que se hacía pasar por un campesino de Siberia analfabeto, oportunista y profeta. —Miré a los otros dos hermanos, buscando aprobación. Ambos asintieron.

—Piensa eso porque usted es extraterrestre —dijo con condescendencia—. Usted no sabe nada de Dios y el cielo. Rasputín era Dios encarnado. Y por no haberlo escuchado, ahora estamos muertos y encima, en alguna clase de infierno.

—Ajá. Estamos muertos, pero quisiste cruzar por el ATE para matar a Stalin… sos muy coherente. —Aléxei se cruzó de brazos y le dedicó una sonrisa sardónica.

—A Lenin. Quería matar a Lenin —lo corrigió María—. ¿Soy la única que piensa en venganza?

—O sea, que según vos, a veces estamos vivos y a veces estamos muertos… es depende de cómo te levantes, ¿no? —Luego de hacer éste comentario, Ana frunció los labios, molesta.

—Creo que el punto concreto, es que tenés una idea muy precisa de Dios, y en ese ideal no entra nada más que no sea eso que vos… aprendiste —sugerí.

—Dios no es algo que se aprende… es algo que se vive. Se llega a Él por medio de las experiencias. —Volvió a usar ese tonito condescendiente—. Rasputín, era nuestro Amigo. Un enviado de Dios para señalarnos el camino y mostrarnos la misericordia de Dios, incluso en el pecado. Cómo dije antes, era un Santo.

—¿Hacía cosas de Santo? —pregunté sin saber qué esperar—. Porque hay registros en Arcadia Prime de gente que se decía “santa” y en realidad… eran unos bribones.

—¡Sí! —dijo triunfal—. Curó a mi hermano de su enfermedad de la sangre, por medio de la oración.

Aléxei la miró con la boca abierta y se puso colorado de ira.

—¿Sos consciente de que sigo teniendo hemofilia?

Volví a preguntarme si María había estado presente en todas estas jornadas. Porque no parecía haberse dado por enterada de todo lo que había estado pasando.

—María. Lo que le pasa a tu hermano…

—¡María Nicolayevna, para usted! ¡Y agradezca que estoy ignorando que no me trata de usted, mal educado! —me gritó.

La ignoré.

—Su enfermedad, es producto de las cosas que Rasputín hizo con la sangre de tu familia, y producto de la endogamia —expliqué.

—Eso no es verdad —dijo con determinación—. Él era bueno con nosotros, a pesar de que  a veces se excedía en el rigor. Algo lógico, todos somos pecadores.

Me detuve y la agarré de los hombros. Intenté contenerme, porque tenía ganas de sacudirla.

—Rasputín era una entidad de otro universo, encarnada en un cuerpo humano, que estaba protegiendo a tu hermano para transformarlo en su próxima encarnación —dije con dureza—. Se hacía pasar por un campesino analfabeto y bruto, por pura perversidad. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Entiendo que esto te afecte, comprendo que te caiga mal Catalina por las razones que tengas; pero me niego a creer que podés ser tan terca y ciega —la increpé—. Ustedes no les importaban; ni a él, ni a Astarté. Tampoco les importaba Aléxei, ¡solo querían el cuerpo de tu hermano para usarlo de recipiente!

María se soltó de mí llorando, e intentó irse corriendo. Legión le salió al paso. Retrocedió asustada.

—¡Todo eso es mentira! —gritó. Se dio vuelta y me enfrentó, desencajada—: ¡decís eso porque estás enamorado de ella! ¡Te vas a ir al infierno por enamorarte de un monstruo, pecador! ¡Todos nos vamos a ir al infierno! ¡Esta es solo la antesala, esbirro!

—¿Enamorado? ¿Pecador? ¿Esbirro? —repetí despacio.

En mi cabeza se armó una línea mental, en una punta estaba María Romanova y en la otra punta Legión. ¿Cómo habían llegado tan lejos estos animales?

En ningún momento recordé que Catalina también había sido humana.

Doblamos a la izquierda y seguimos un camino de flores alienígenas. Nos dirigimos hacia una de las arcadas. La misma, estaba rodeada por arreglos florales en cantidad: coronas, ramos y cestas; barrocas, pero a su vez delicadas. Cruzamos el umbral.

«Afuera en el prado, páramos ventosos rodarán y se volverán verdes. Tu tenías un temperamento, como mis celos, demasiado intenso, demasiado codicioso».

Nos encontramos con una cálida sala de estar: sillones muy alejados unos de otros, más plantas, grandes ventanales con balcones que daban al espacio; y en el fondo, una gran chimenea con un gran fuego consumiéndose en su interior. La melodía salía de un gramófono, arriba de una mesa pequeña.

«¿Cómo pudiste dejarme cuándo yo necesitaba poseerte? Te odio y también te amo»…

Sobre la chimenea descansaba un cuadro de grandes proporciones: una pintura hiperrealista de la criatura que me había atacado, con apariencia humana. Rubia, de cabellos enrulados y largos, ojos celestes penetrantes y brillantes, nariz ganchuda y labios finos. Lucía un pañuelo azul brillante, agarrado a su cuello, puesto por arriba de la camisa, la cual se la veía blanca y entallada. Arriba, llevaba un saco negro con finos bordados plateados, entallado a la cintura. Me quedé mirando el retrato unos momentos. Había algo importante que se me había escapado.

Estaba viendo, finalmente, la cara de mi enemigo.

—Entonces, éste es Adam… ¿no? —pregunté mientras estudiaba las facciones del retrato.

—No, éste es Mikael —respondieron—. El q´yauri de universo 32 es diferente al q´yauri de universo 1. Tiene varias interfaces operativas conectadas a un solo sistema inconsciente. Varios aspectos, podría decirse.

—¿Y por qué le construyó un templo? ¿Le tiene cariño? —preguntó Ana con sarcasmo.

—Difícil decirlo… Hay mucha controversia en torno a universo 32.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

«Los malos sueños en la noche me dijeron que perdería la pelea… dejando atrás mis borrascosas, cumbres borrascosas»…

—En Hod… —nos dijo María, quién había vuelto a concentrarse en su computadora portátil.

—Exacto, de aquí van a tomar el camino de Mem y ascender hacia Guevurá. Deben buscar la escalera Lamed… ella los va a llevar a Tiferet. Ahí deberían buscar a unidad de mantenimiento suplementaria Samael I y encontrar Aleph —explicaron las voces que se identificaban como Legión.

María se puso blanca. Sacó la vista de la computadora al escuchar el nombre de la unidad de mantenimiento misteriosa.

—¿Sa-samael? —repitió—. Ben Shalim… ¿se llama Samael?

—Y acá vamos de nuevo… —murmuró Aléxei molesto.

—No entiendo… —le susurré.

—En la religión que abrazábamos antes de venir acá, existe un personaje llamado Samael. Es uno de los tantos nombres de Satán, el tentador… El que le dio a Eva el fruto prohibido. El pecado original… que provocó la caída del hombre. ¡El malo de la historia! —me explicó Aléxei molesto.

—Pará, pará… ¿el que estuvo seduciéndola? —Ana estaba a punto de desternillarse de risa, Aléxei asintió con una sonrisa—. Lo que es la justicia poética…

—“Me gusta agradarte…” —repitió Aléxei guiñándole un ojo.

—¿Por qué a ella le cuesta conciliar esto y a ustedes no? —pregunté confundido.

—Porque estamos en una nave espacial llena de gatos —respondió Ana, como si esa respuesta fuera a aclararme algo—. Y a mí me gustan los gatos.

—A mí me gustan los robots, aunque tengan nombres de demonio —afirmó Aléxei—. Además me vas a curar la hemofilia y quizá pueda cumplir mi sueño en Arcadia Prime.

—¿Tu sueño? —Estaba más confundido que antes.

—Sí, quiero ser científico. Me gustaría ser un hierofante especializado en quimerismo y otras mutaciones. —Esto lo dijo muy serio.

—¡Y yo psicóloga! En casa no me dejaban estudiar psicología… Papá quería que estudiara matemáticas, ciencia y esas cosas. Por supuesto, esto nuestro amigo Rasputín no lo sabía… Él no aprobaba la educación… y yo me aprovechaba de eso —agregó Ana—. En Arcadia Prime, hay un grupo de psicólogos con poderes de la Voz que ayudan a evacuar a la gente cuando hay catástrofes dimensionales. ¡Yo quiero ser eso! —casi gritó—. Si me escribís una carta de recomendación, no me molestaría que me tutearas.

—¿Eh?

—¡Sí, queremos ser aliens! —gritó Aléxei contento.

—Bueno, quizá no se dieron cuenta, pero para mí… ustedes son aliens. —Esto lo dije con diplomacia.

—¡¡Sí!! —dijeron los dos al unísono, golpeando las palmas de sus manos entre ellos en el aire.

En la cara de Legión se había formado un rostro masculino, de tez blanca, con ojos azules fluorescentes, de luminiscente, enmarcados en dos cejas plateadas. Nos observaba con una sonrisa cálida.

—¿Vamos a volverte a ver? —le pregunté con simpatía.

—¡Por supuesto! Están yendo hacia mí, y yo estoy yendo hacia ustedes en este preciso momento —respondieron las miles de voces.

Le sonreí sinceramente y lo invité con un gesto a que nos indicara por donde seguir. Mientras, María, estaba cabizbaja, sentada en un sillón, con la computadora colgando de sus manos.

—¿Vamos? —Me agaché frente a ella—. Sé que ahora parece difícil… pero vas a encontrar la paz que estás buscando. Tu espíritu va a encontrar el camino.

—Yo debería haber muerto con el resto de mi familia —murmuró cansada, poniéndose de pie.

Legión se acercó a la estufa; con su larga mano, tomó uno de los ornamentos de la parte exterior: una barca tallada en plata. La bajó, como si fuera una palanca. Se escuchó un ¡clack!, proveniente de algún lugar y el sonido de un mecanismo de relojería. Toda la estructura de la chimenea, con la pared y el cuadro incluido, se hizo hacia adelante; como una puerta secreta. Lo que quedó a la vista, fue una estructura tubular transparente. Del otro lado, agua. Cantidades de agua como las que pueden encontrarse en las Montañas Dulces de Horomantia. Agua a niveles tóxicos.

Una cantidad de agua que me destruiría si no fuera por las paredes de cristal.

—¡Hasta pronto! —se despidieron.

Cerró el portal secreto y los cuatro nos quedamos solos en ese túnel.

El agua era de color verde brillante. Me pareció ver algo moviéndose en la distancia, difuso. ¿Había cosas ahí?

Apuramos el paso, nerviosos.

Cada tanto, alguna criatura gigantesca pasaba nadando alrededor nuestro. Estos “monstruos marinos”, como los llamaron los hermanos Romanov, no parecían haberse percatado de nuestra presencia; y si lo habían hecho, nos ignoraban completamente. Eso me tranquilizó.

El lugar donde nos encontrábamos se sacudió. Nos apoyamos en el cristal para no caernos.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Ana.

—¿Un terremoto? —sugirió María.

Un golpe, luego un temblor. Afuera, espuma. Un coletazo en el cristal. Comenzó a desquebrajarse. Un hilo de agua. Un chorrito de agua.

Corrimos.

A lo lejos, pudimos divisar un portal… parecía una mampara.

Seguimos huyendo del agua desesperados. Las rajaduras nos acompañaban, parecían seguirnos. Pisé sobre mojado. No teníamos estos problemas en Arcadia Prime. Supuse que si mi calzado era resistente al calor, también lo sería al agua.

O eso esperaba.

—¿Y si nos está atacando el crucero de guerra? —gritó Ana.

—¡No tenemos forma de saberlo! —respondió María agitada.

La mampara se abrió de manera automática. Como si nos hubiera estado esperando.

Agitados, habíamos llegado a Guevurá. Me quedé unos momentos mirando hacia el portal que se había cerrado, expectante. Nada pasó.

Suspiré aliviado.

13.

Nos encontrábamos en una recámara tan alta, que no podíamos ver dónde terminaba. Habíamos salido a un puente colgante, sostenido por largas y finas piezas atirantadas. Desde dónde estábamos, tampoco podíamos ver el piso. Lo que sí podíamos ver, para nuestra desgracia, eran millones de Catalinas en todas las versiones que tu imaginación pueda idear; estaban colgadas como muñecas, con los ojos cerrados, una al lado de la otra, en hileras interminables. Hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha.

Filas y filas de Catalinas.

Los cuatro estábamos en silencio, observando. La emoción que habíamos sentido al salir del túnel marino se había evaporado y había sido reemplazada por algo semejante al extrañamiento. Sabíamos que la interfaz Catalina era una inteligencia artificial antropomorfa de aspecto femenino. Lo sabíamos, lo entendíamos, ¡las habíamos visto! Sin embargo, ahora estábamos en un “vestidor” de Catalinas y nos costaba aceptar lo que habíamos racionalizado y aceptado tan bien.

Recordé el relato jocoso de Catalina, sobre cómo había descubierto que era una nave espacial. ¿Había sido tan “graciosa” la experiencia para ella? Me deshumaniza, me había dicho cuando le hablé como si le hablara a la computadora.

¿Cómo se sentía cuando venía a este lugar?

—María, estamos en el módulo de interfaz, ¿no? —pregunté—. ¿Tenés ahí un mapa con la salida?

—Sí, estamos en MIOCK —musitó. Me mostró el mapa: una línea verde estaba señalándonos el camino. De MIOCK saldríamos a la sala de servidores. Las distancias, por lo que pude entender, eran teléstricas y no teníamos ningún tipo de transporte. Yo podía volar y acortar la distancia por aire, pero no los hermanos.

—Bueno, vamos entonces —les ordené con suavidad.

En silencio, sin mirarnos y sin mirarlas a ellas, sobre todo sin mirarlas a ellas, caminamos por el depósito de Catalinas. Por muchísimas repeticiones. No tengo manera de explicarte la impresión que me causó, pero voy a intentarlo. “Los humanos sepultan”, me había dicho mi yo alterno. Bueno, el lugar por el que tuvimos que caminar por repeticiones y repeticiones, me hacía pensar en eso. En gente muerta que no crisaliza. Cuerpos que no se vuelven luz. Humanos que le temen a la muerte. ¿Cómo no temerle a la muerte?

Aléxei tropezó y me sacó de mi ensoñación. Se agarró de la baranda para no caer al suelo. Se lo veía pálido y demacrado. Me acerqué con rapidez para asistirlo. Ana y María no dijeron nada.

—¿Estás bien? —pregunté.

Avergonzado, estaba intentando disimular. Le costaba pisar. Tenía los tobillos hinchados. Con cuidado, lo ayudé a sentarse en el piso. Le saqué los zapatos y las medias. Sus tobillos tenían hematomas violetas. Se le habían hecho unos edemas masivos que eran bastante desagradables a la vista. Le levanté el pantalón; no estaban solo en su tobillo, su pantorrilla también los exhibía. Era increíble que hubiera aguantado sin dar muestras de incomodidad hasta ahora.

No tenía manera de detener el sangrado interno.

—No trajiste el inhibidor, ¿no? —preguntó Ana.

—No… no pensé que fuéramos a caminar tanto —respondió el muchacho intentando contener la desesperación, que de apoco, se iba apoderando de él.

Con cuidado, pasé mi brazo a través de su espalda y mi otro brazo bajo sus rodillas. Lo alcé. Era muy liviano. Aléxei, colorado de la vergüenza, pasó su brazo sobre mi hombro.

—Gracias —susurró—. No hubiera sido un buen Zar, ¿sabés? No es que alguno de mis antepasados lo haya sido, tampoco. Lo gracioso es que tampoco fui un buen q´yauri, parece.

—Pero seguro vas a ser un gran científico… —lo animé—. Es cuestión de dar con la vocación.

—Vamos a ser los nephilims que traigan el diluvio universal —dijo María con solemnidad.

—¿Nephilims? ¿Qué son los nephilims? —pregunté con algo de molestia.

—¡Aaay, Masha! —le reprochó Ana desencajada—. Dejá de drogarte, ¿querés? ¡Aflojale a la hostia! En serio, ¡basta!

—Deberías dedicarte a escribir ciencia ficción intergaláctica eclesial —agregó el muchacho—. Seguramente sería más divertido leerte que tener que escucharte una y otra vez… Por ahí, hasta Moloch te leería.

—Y eso que todavía no llegó al Apocalipsis de San Juan, todavía estamos paseando por el Antiguo Testamento

—No, ahí te equivocás, ya estuvo paseando por el Nuevo Testamento cuando se cruzó con Legión. Es un eterno retorno… —se burló Aléxei.

—¿Sí? ¿Y vos con tu herejía de que esto es el Arca de la Alianza? ¡Vos paseaste por las Revelaciones! ¡Hereje! —balbuceó María.

—¡Hereje serás vos! —le gritó Aléxei.

—¡No! ¡Vos sos el hereje! —volvió a acusar María.

—¡¡Basta!! —grité indignado— Vuelvo a escuchar una sola referencia religiosa más, un Rasputina más, un Nicolayevna más, una acusación más, una connotación sexual más o una declaración apocalíptica más… y me voy.

Los tres se quedaron mudos de estupor.

—Sí, me voy —repetí con dureza—. Te dejo acá tirado en el suelo. —Esto se lo dije mirándolo a los ojos—. Vuelvo a escuchar una tontería más, prendo mi esencia y me voy volando de acá. Sinceramente, no sé qué van a hacer ustedes en Arcadia Prime. No sé cómo a Catalina se le pudo ocurrir semejante cosa. Ninguno de ustedes está psicológicamente capacitado para adaptarse al tipo de vida que llevamos. Ni que decir de sus capacidades intelectuales… Son primitivos, prejuiciosos, arrogantes y tienen la absurda idea de que algo o alguien les debe algo. —Me gustaría decir que no dije esto, pero prefiero ser fiel a la verdad—. ¡Sorpresa! ¡Nadie les debe nada y en la inmensidad en la que existimos, ustedes no son nada! Salvo criaturas rapaces y malcriadas. Más rápido lo acepten, más fáciles van a ser sus vidas, créanme.

Un instante después, había retomado el camino… con Aléxei en brazos. Nunca me giré para saber si Ana y María me estaban siguiendo. No me interesaba saberlo. La discusión me había traído un montón de preguntas que necesitaban respuesta. Tenía que encontrar a Catalina.

Volví a mirar a mi alrededor, apesadumbrado.

Esos, fueron mis últimos momentos de ignorancia, de inocencia. No tenía idea de lo que nos esperaba. Ahora, mientras escribo, siento tristeza.

14.

A lo lejos, a través de las interfaces inactivas, pudimos ver que se erigía una terraza de metal, protegida con amplios barandales y muros bajos. En sus laterales, se abrían otras edificaciones con nuevos pisos. El lugar estaba lleno de máquinas, consolas y una máquina con forma de capullo. Parecía algún tipo de incubadora. Tenía algo adentro. Desde donde estábamos, pudimos ver a Moloch 2 subir hacia ese lugar con mucha agilidad. Aléxei me golpeó el hombro y me señaló un punto en la terraza. Cerca del barandal, en una de las esquinas, había un bulto tirado en el piso.

Parecía una persona.

Les hice una seña a las chicas para que nos apresuráramos.

El “bulto”, resultó ser una interfaz “Inga Sputnik” inconsciente; estaba tirada en el piso. María y Ana se habían acercado a inspeccionarla. Solté a Aléxei y me acerqué a ellas. Inga Sputnik estaba abriendo los ojos, confundida. Las jóvenes la ayudaron a sentarse. Sus ojos, estaban completamente negros. Sin pupilas, sin iris. Adivinó que iba a decir algo y me hizo una seña con su mano, para que hiciera silencio.

Miró hacia arriba. Por unos instantes, el reflejo de la luz sobre sus ojos, transformaron esa oscuridad en espejos.

Arriba, Moloch se estaba acercando a la incubadora. Dentro, había una Catalina en estado de inconsciencia, desnuda y con los símbolos del yetzirah brillando de manera intensa.

—No tenemos que estar acá… —susurró, mientras se ponía de pie—. Estoy despertando. Ni yo, ni ustedes estábamos acá cuando desperté. Interesante, curioso. —Revisó sus bolsillos y sacó un reloj enganchado a una cadena. Lo destapó y lo inspeccionó—. Por supuesto. —Sonrió satisfecha, cerró la tapa del reloj. Palmeó dos veces las palmas de sus manos, mirándonos, con el reloj colgando y balanceándose—. ¡Rápido! ¡Vamos! ¡Vamos! —nos apuró. Con un gesto, me invitó a que alzara a Aléxei de nuevo.

—Catalina… —empecé.

—Luego, luego… ¡vamos! Va a sonar medio estúpido, ¡pero no tenemos tiempo!

Nos señaló un pasillo. Sin saber que hacer o que decir, la seguimos. En unos instantes, dejamos atrás la sala de “almacenamiento” e ingresamos en una sala de control. Intenté no distraerme mirando las pantallas, pero se me hizo casi imposible. Estaba recibiendo, de a pedazos, destellos del funcionamiento de “IOCK”. Algunas cosas que leía eran inverosímiles. No había forma material posible de que esas lecturas fueran mínimamente probables. Lo que se necesitaba, para que los números que veía tuvieran algún sentido o fueran medianamente verosímiles, era utópico.

—Cuando sea grande quiero ser como vos. —Aléxei me devolvió a la realidad.

—¿Eh? ¿Cómo yo? —pregunté confundido.

—Sí, cómo vos. A vos no te importa nada salvo las cosas que te importan. ¡Y no te importa! —me explicó.

No supe que responder a eso. ¿Me estaba llamando egoísta? ¿Me estaba halagando? Abrí la boca para responder, pero una voz se interpuso.

—¿Viste? —Era Catalina—. ¡Hasta lo intenta disimular! ¡Pero no puede con él mismo! —Catalina se reía. Ahora me miraba—. En nuestro planeta hay un dicho que dice “la curiosidad mató al gato”… pero vos, Blake… sos tan curioso y temerario, que superás a cualquier gato y te las arreglás para seguir viviendo. ¡Y no te importa!

—No entiendo. No soy temerario —dije con sequedad.

—¡Sí, lo sos! —dijo Aléxei riendo.

—¡Y los gatos no son temerarios! Solo duermen, regurgitan donde les place y quieren calor. Yo no me parezco en nada a ellos —agregué sumamente ofendido.

Catalina volvió a echar una mirada a su reloj. A lo lejos divisé un gran portal. Me dio la impresión de que esa era nuestra salida y por supuesto, así fue. Salimos a la “sala” de servidores. Era, como todo aquí, gigante. Columnas y columnas de paneles, donde estaban insertadas grandes placas de cristales de colores luminosos.

—Catalina, ¿qué está pasando? —pregunté, dispuesto a olvidar que me habían llamado “egoísta”, “temerario” y “gato”—. ¿Cómo fue que nos perdimos así? ¿Qué es el PSO?

—Están arrastrando el Protocolo Space Opera con ustedes. Para seres lineales, puede ser muy confuso —se explicó.

—¿Tu vida suele ser regularmente así? —pregunté con ironía.

—No, lo que vos llamás mi vida, es un solo instante —respondió despreocupada, sin entender la ironía de mi pregunta—.  Un solo instante que mis interfaces desplegan en un continuo presente simultáneo, en su total integridad.

No supe cómo responder a eso. No daba muestras de tristeza, ni de reproche. Estaba más allá de eso. Ana estaba taciturna, la respuesta de Catalina la había afectado. Aléxei, la observaba sin pestañar, sus ojos brillaban de una manera muy extraña. María, estaba descolocada, quería decir algo, pero callaba, pensativa.

—Sos omnisciente —susurró Ana.

—Desde tu propia percepción del tiempo y del espacio, es una forma de describirlo. No del todo correcta —le aclaró con dulzura—, pero mediatamente ilustrativa.

—Vos… —balbuceó María—. Vos… —Yo me asusté.

—¿Yo qué, Mari? ¿Querés saber si soy eso a lo que te referís como “Dios”?

María se sonrojó y no respondió. Se la veía avergonzada.

—¿Sos Dios? —preguntó Aléxei con gravedad.

De Catalina surgió una sonrisa infantil y cristalina. Me guiñó un ojo.

—No —respondió al fin—. Nada más lejano. Ustedes están más cerca de Él, que yo —dijo con una solemnidad sobreactuada. Lo que dijo le resultó gracioso y volvió a reírse a carcajadas.

—¡¿Entonces, Él existe?! —casi gritó María haciendo caso omiso a la risa.

La pregunta me sonó desubicada. Hasta dónde había comprendido, María no tenía un problema con la existencia de su Dios. O al menos eso había creído. La Fe era un camino tortuoso para los creyentes, pensé.

—Sí… ustedes lo conocen y Él, los conoce a ustedes —respondió Catalina burlona, haciéndose la misteriosa.

—¿Te estás burlando de nosotros, no? —preguntó Ana, muy seria.

—¿Honestamente? Sí —confesó con pesar—. Me la dejan muy fácil. —Intenté no reírme.

Llegamos al abismo. Un elevador se acercó a nosotros. Miré hacia arriba. Me pareció ver las balizas del último piso destellar en la distancia.

—Suban. No intenten venir para acá solos, nunca. No van a poder. La sala de servidores está protegida por el Inconsciente Colectivo —nos advirtió con firmeza—. Querido, ¿te acordás dónde estabas la vez que me tiré por el abismo?

—Sí… —respondió Aléxei con pesar.

Catalina saltó al abismo y se quedó flotando a nuestro lado. Nunca la había visto volar. El ascensor comenzó a subir, despacio, con Catalina volando en círculos a nuestro alrededor de manera elegante, se patinaba el vacío.

—Bueno, llevalos hacia allá. Ahí cerca está Lamed. La escalera caracol que están buscando.

Arriba nuestro, apareció un punto. Era una Inga Sputnik en caída libre, vestida exactamente como la Catalina que nos acompañaba. La vimos seguir de largo hacia las profundidades.

—Estamos en ese momento, ¿no? —preguntó Aléxei con tristeza.

—Sí… preciosura.

La entrada a los pisos superiores se hizo visible. Estábamos ascendiendo hacia territorio familiar. Las luces rojas de las balizas nos saludaron mientras cruzábamos.

—Blake… —me distrajo Catalina—. Estás por descubrir la verdadera naturaleza metafísica de mi transformación. Quiero que sepas, pienses lo que pienses cuando lo descubras, que la decisión fue mía. El yetzirah me mostró una serie de caminos y posibilidades… yo elegí el camino que me “pintó”. Fue mi propia hibris lo que provocó mi estado actual. Y honestamente, no está tan mal. —Se empezó a reír de nuevo.

—¿Hibris? —pregunté, mientras intentaba asimilar lo que me había dicho.

Hibris es un concepto humano que califica a la desmesura y a todos los actos intrépidos librados a la suerte como algo negativo que debe ser castigado. El precio a pagar por la temeridad, es despertar la ira de los dioses. No hace una distinción entre imprudencia, temeridad, intrepidez o simple estupidez. Las condena a todas por igual. Es una figura poética que exalta los valores de la prudencia y la modestia para no desafiar a la autoridad. Una boludez importante. —Impaciente, agregó—: Lo que estoy diciendo Blake, es que cuando decidí cargarme a Astarté, pensé que sabía lo que hacía, pero en realidad no. Eso trajo consecuencias que no preví… pero, que a pesar de eso, no están tan mal. —Asintió y sonrió—. Eso te quería decir.

 Escuchamos un grito arriba nuestro.

Era Aléxei… Mejor dicho, era un Aléxei completamente desencajado cayendo al abismo. Miré al tsesarevich que tenía en brazos interrogante. Rehuyó mi mirada, sus ojos estaban húmedos. Catalina se elevó unos els y recibió al otro Aléxei en sus brazos. Éste se había desmayado por la impresión. Mi Aléxei mientras tanto, había ocultado su cabeza en mi hombro.

—Tengo que llevarlo a enfermería… tiene la maldita costumbre de dejar el inhibidor en su habitación cada vez que decide salir de aventuras. —Nos dedicó una última sonrisa y nos guiñó un ojo.

Flexionó una de sus rodillas en una pose pintoresca y se alejó de nosotros, volando hacia los pisos superiores.

—Sasha… ¿esto es lo que pasó cuando María y yo estábamos en el ATE? —Ana estaba horrorizada—. ¿Por qué no nos contaste nada?

—No había nada para contar —respondió Aléxei con sequedad—. Ella se quiso suicidar cuando descubrió que era un robot. Yo intenté evitarlo y de manera muy patética me resbalé y caí tras ella. Me desmayé y me desperté en la bahía médica. Fin.

—¿Entonces estamos yendo al momento en el cual Catalina descubrió que era la nave? —pregunté sorprendido.

—Supongo. —Aléxei seguía rehuyendo mi mirada.

—¡Ey! ¿vieron eso? —nos interrumpió María. Estaba agarrada de la baranda, mirando hacia abajo.

Ya habíamos pasado el arco y estábamos cinco pisos arriba del abismo. Nos asomamos. No vi nada.

—¡La Rasputina de la corona de estrellas! —gritó María—. Saltó por el abismo… ¡fue apoyando sus pies en las barandas, planeando y revotando hasta que desapareció! ¡Hasta nos saludó! ¿No la vieron pasar?

—¿La que cruzó por el ATE cuando quisiste matar a Lenin? —preguntó Ana—. No, no la vi.

—¿Qué dije con respecto a “Rasputina”? —No entendía por qué insistían en llamarla así.

—Tranquilo, ya no la llamamos así en su presencia… —dijo Aléxei en un tono que intentó ser tranquilizador—. Deberíamos detenernos acá… ¡Ahí está el piso menos veinticuatro…! —Señaló con el dedo—. ¡Ahí fue donde se tiró!

—¡ARCADIA! Por favor, al piso menos veinticuatro —solicité.

Nada pasó. Por supuesto.

Prendí mi esencia, me elevé en el aire y llevé a Aléxei hasta el piso menos veinticuatro. Luego regresé y extendí mis brazos a las chicas. María estaba colorada, se la veía ofendida.

—¡No te atrevas a tocarme! ¡Monstruo! —escupió.

Ana se acercó y me extendió sus brazos. Se agarró de mi cuello.

—No le des bolilla, seguro que va a cambiar de opinión —me dijo al oído con dulzura.

Dejé a Ana al lado de su hermano y volví al ascensor. María me miraba con el ceño fruncido.

—María, no tenemos tiempo para esto. ¿Me dejarías llevarte con tus hermanos, por favor?

—¿No podés arrastrar el elevador hasta allá? ¿Con super fuerza o algo? —indagó indignada.

No lo había pensado, quizá hubiera podido usar la fuerza del magnetismo para hacerlo.

—No, María. Si eso fuera posible, ya lo hubiera hecho —respondí molesto—. ¿Serías tan amable de dejarme alzarte y llevarte con tus hermanos, por favor? —repetí, intentando no perder el control de mí mismo.

Quería electrocutarla hacía rato.

—Si yo fuera arcadiana seguro que podría hacerlo. O me estás mintiendo porque me querés tocar, o no sos tan inteligente como decís.

—María, ¿siempre tenés que ser tan problemática? ¿Qué pasa? ¿Tenés vértigo? ¿Tenés miedo?

—No tengo vértigo y no tengo miedo. Lo que no quiero es que me toques.

—¡No voy a tocarte! —perdí la paciencia—. Voy a llevarte.

Ya estábamos en el piso menos diez. Empecé a flotar. La miré una última vez, ella me desafió con la mirada, furiosa y colorada. Salí del ascensor y me alejé, despacio, sin mirar atrás.

—¡Blake! ¡Señor Goodhunting! —Mis ojos se pusieron en blanco y quise gritar.

Volví a buscarla.

15.

El lugar al que habíamos llegado era similar al ATE Discontinuo, donde me había perdido hacía tan solo unas repeticiones. Eran cuatro puertas ojivales, enfrentadas de a pares. Tres estaban cerradas; pero una de ellas, estaba abierta de par en par. La iluminación de la estancia era tenue, provenía de grandes artefactos eléctricos y ornamentados colgados del techo. Todo a nuestro alrededor relucía en amarillo ocre.

Aléxei se encontraba compungido. No quiso que lo alzara de nuevo y se arrastraba con ayuda de las barandas que nos separaban del abismo.

—El mapa me está indicando que por esa puerta abierta vamos a encontrar la entrada a Lamed —nos informó María suspirando de alivio.

Volví a pensar en las últimas palabras de Catalina.

Sentí un escalofrío en la nuca.

 La parte superior del portal, tenía hermosos enramados de oro afiligranado que sostenían el cristal y formaban el número 30. Lo mismo las puertas, todo el ornamento dibujaba ese número.

Aléxei no dejaba de mirar hacia el abismo, triste.

—Ella volvió con nosotros para salvarme —Dicho esto, rompió en llanto.

Antes de que pudiera decir o hacer algo, Ana se acercó a “Sasha”. Tomó el brazo de su hermano, lo pasó a través de su cuello y le sonrió:

—Esperemos que ésta haya sido la última vez que tenga que salvarnos, entonces. —Golpeó el pecho de su hermano con suavidad—. ¿Vamos?

Aléxei se limpió las lágrimas con la palma de la mano y sonrió. No quise mirar a María. No me interesaba. Gracias a la entidad imaginaria que abrazaba con tanta fuerza y pasión, no hizo ningún comentario. Pasé a su lado y crucé por la entrada ojival… muy seguro de mí mismo, dispuesto a terminar con esto. Naturaleza metafísica, Puente de Mando 1, crucero de guerra del siglo XXIII. Lo único que quería era volver a mi habitación y no volver a salir. Y así, sumido en mis pensamientos, distraído, pasó lo que tenía que pasar.

La poca cordura que me quedaba, se desvaneció.

Tras la puerta número 30 había vidas y posibilidades, desplegadas unas sobre otras, formando un entramado difícil de seguir. Había una habitación para cada uno. Ella había estado desplegándonos. Decir que Catalina nos había estado “estudiando”, no hacía honor a la verdad. Catalina había sacado un segmento de muestra para calcular todas nuestras posibles decisiones a través del telar del tiempo-espacio.

Ella había estado calculando nuestra naturaleza metafísica.

Aléxeis Romanov de todas las edades.

Luminiscentes y humanoides, hierografiados y  no hierografiados, con ropa y sin ropa, con yetzirahs relampagueantes y con yetzirahs ocultos, anormalmente grandes y desproporcionadamente pequeños, niños y ancianos, colorados y canosos, con cara de psicópatas y con cara de buenos; Aléxeis por todos lados y a la vez en ninguno…

Catalina había estado haciendo una investigación que terminó con ella lanzándose al abismo.

Yo mismo, fragmentos desperdigados aquí y allá.

Todos mis nacimientos a través del tiempo-espacio, todas mis muertes y todas mis vidas. Yo en acto y en potencia. Cada fragmento, cada pedacito de mí… de lo que era y de lo que no era, de lo que había sido y de lo que no, de lo que podía ser y de lo que no estaba a mi alcance; cada pequeña parte de mí y de mi linealidad, todas, expuestas sobre un telar.

 Hasta ese momento, nunca había entendido que en realidad no me tenía a mí mismo. ¡Solo mis elecciones y las de otros me definían!

El alma se despliega por todo el tiempo-espacio. Aquello a lo que llamamos “yo” es solo un fragmento de lo que somos. Y sin embargo, ese fragmento es lo único que tenemos.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceó María.

—¡¡¡Acá estoy yo!!! —La voz vino de otra de las habitaciones, era Ana, eufórica.

Aléxei, se encontraba en la puerta de su propia simulación, mirándose con serenidad. Quien era, en quien se podía convertir y en quien se había convertido. Ahora entendía mejor por qué había estado tan compungido. No había sido la caída al abismo solamente.

—Creo que lo único que voy a conservar de todo esto, es el corte de pelo y el gusto por los trajes entallados. En todo lo demás, creo que es momento de innovar. Soy un desastre, un seductor y aristocrático desastre —sentenció. Me miró divertido—: Y creo que tengo que trabajar el tema del incesto, también. Soy la prueba viviente de que la endogamia no funciona —agregó con sarcasmo—. ¿Y vos? —me preguntó acercándose—. ¿Qué descubriste?

—Creo que soy un genocida en potencia.  —Cerré la puerta y dejé lo que había descubierto de mí mismo atrás.

—Bueno, al menos no te perdés a vos mismo. Aparentemente, yo tengo una cierta tendencia a cerrar pactos con entes de otros universos para que me posean. —Se agarró de mi brazo y me golpeó la mano con condescendencia—. Los grandes líderes de mi mundo fueron en su mayoría genocidas. —Sinceramente no sé cuál fue la intención de ese comentario.

Lo que sí puedo asegurar, mirando hacia atrás, es que ese muchacho de catorce temporadas que conocí, ya era Alexi Darmstadt. Ese que hoy, es mi mejor amigo y confidente.

Aquel que en otras realidades no supe valorar.

En otra versión de mi mundo, yo había permitido que poseyeran a Alexi. Luego, lo seguí a través del multiverso, corroído por la culpa. Hoy, puedo ver que ese luminiscente se había engañado a sí mismo. Creía que su amigo todavía estaba allí; y que si esperaba lo suficiente, podría recuperarlo. Ese estúpido, un muy buen ciclo, enfrentó finalmente la verdad por todas las razones incorrectas.

En algún lugar, yo había traicionado a mi mejor amigo.

En ese mismo lugar, te traicioné a vos, Nautilus.

Ana se encontraba fascinada, mirando las simulaciones. Ante ella, se habían abierto las puertas de lo Inmanifestado. María, se encontraba con los ojos cerrados, con la cabeza pegada a la pared.

—¿Te buscaste? —le preguntó su hermano con curiosidad—. ¡Seguro que sos la líder de alguna secta o algo así! ¡O por ahí mataste a Lenin y te erigiste como Zarina de todas las Rusias! —agregó con maldad.

María lo miró con severidad.

—Aunque no lo creas, no me interesa ver lo que puedo o no puedo ser. A diferencia de vos, prefiero recorrer el camino y recibir lo que me espera a su debido tiempo. No pienso condicionar mi libre albedrío.

Esa era la primera cosa inteligente que decía desde hacía bastante rato. Algo me distrajo. Me acerqué despacio. En una de las habitaciones, me encontré una simulación que no esperaba.

Ahí se encontraba, una cantidad incalculable de ojos grises. Una cantidad absurda de miradas severas. Catalina había estado investigando a Ludien. Sin entender, caminé entre las posibilidades de mi amigo. Buscarle un sentido a lo que veía era imposible. Ludien no había sido reclutado por Catalina, al menos, hasta donde sabía.

Salí de la habitación y me metí en tu simulación. Lo curioso de tu simulación, Nautilus, es que te morías en todas. El segmento que Catalina había seleccionado… conformaba una suerte de “evento único” de todas tus muertes en universo 1. Salí. No quise ver más.

—Aléxei, ¿vos encontraste a Catalina acá? —pregunté.

—Allá… —Señaló la última puerta. La única que estaba enfrentada a la principal, al final del pasillo.

—Genial. Porque por allá encontré Lamed. Es una sala de computación. A la izquierda, hay una escalera caracol, similar a las que hay arriba. —María zarandeó la computadora portátil de un lado al otro, impaciente.

Ana se reunió con nosotros y los cuatro fuimos hacia la “sala de computación”.

16.

La “sala de computación” era similar a Astrometría; solo que además del emulador en tres dimensiones, tenía unas grandes consolas de procesamiento de datos. Como había dicho María, en uno de los rincones, había una escalera caracol con la leyenda Lamed.

—Esa es la pantalla que estaba mirando, ahí descubrió que era un robot. Quería que ARCADIA le indicara donde estaban sus servidores y la computadora estaba evadiendo responder a esa pregunta. Ras… Catalina se puso seria, muy seria, como cuando va a hacer algo terrible y empezó a apurar a ARCADIA. La computadora intentó distraerla dándole otro tipo de información… pero Catalina no se dejó. Se empezó a poner más y más seria. Me asusté mucho —resumió Aléxei.

Me puse a mirar la pantalla y pensé que Aléxei debía haberse confundido.

—¿Lo que me estás diciendo es que ella estaba mirando esto?

—Sí y no. Primero estaba en mi simulación, inspeccionando el yetzirah que encontró en algunas de mis versiones. Algo llamó su atención, se puso eufórica y vino para acá. ¿Por qué?

—Porque este esquema ya lo vi antes. Esto de acá no son los planos de ARCADIA, ni mucho menos de un androide.

—Ah, ¿no? ¿Y qué estaba mirando, entonces? —preguntó el muchacho con curiosidad.

Ana y María se habían acercado.

—Esto es un esquema de universo 1 —respondí con el ceño fruncido.

Los cuatro nos quedamos en silencio mirando la representación móvil, en dos dimensiones que teníamos delante.

«Arca Relativa Continua Aleatoria Dimensional Inteligente Artificial.»

«Tampoco el borde entre la vida y la muerte… está muy delimitado en este lugar.»

 «Estamos en todos lados y en ninguno.»

 «¡Soy… soy… Kali… comienzo y fin… de todas las cosas!»

 «No… son mucho más que eso… y están destinados a la soledad.»

 «Su alma poseyó a Astarté. La desperté.»

 

Acerqué mi mano a la pantalla y empecé a digitar los controles intentando mantener la calma. Deshice los pasos que habían llevado a la formación de ese esquema y empecé a reconstruir el camino que había recorrido Catalina hasta el esquema de universo 1.

—¡Apareció la lucecita! ¡Samael está arriba! —gritó María.

—Ahora no —le dije cortante.

—Blake, ¿qué pasa? ¿qué encontraste? —me preguntó Aléxei impaciente. Le había contagiado mi nerviosismo.

—Todavía no lo sé.

«Y honestamente, no está tan mal.»

En un tejido, reconocí los símbolos del yetzirah que tenía grabados en el cuerpo. El código se repetía al infinito: formando nervios, células, átomos y partículas elementales que desconocía. Volví hacia adelante, aterrorizado… pasé a la interfaz, pasé al plano de  ARCADIA y entonces, pude seguir el patrón del yetzirah  hasta el esquema de universo 1.

Que en la totalidad de lo que veía, era insignificante.

«Estás por descubrir la naturaleza metafísica de mi transformación.»     

«Y honestamente, no está tan mal.»

Tembloroso y con los ojos llenos de lágrimas, me alejé de la pantalla. Empezó a faltarme el aire, me empecé a enfriar. No podía mantener mis manos quietas, temblaban. Las piernas empezaron a flaquearme. Mi cabeza latía. A lo lejos, me parecía oír a los hermanos, pero no llegaba a escuchar lo que me decían.

Caí de rodillas al piso. Me agarré la cabeza, me dolía. Apoyé la frente en el suelo. Necesitaba serenarme. Por primera vez, tirarme por el abismo se vio como una posibilidad prometedora.

«No. Ella se volvió q´yauri… a su manera.»

«… hablar así me deshumaniza.»

Por primera vez, La vi-me vi. En algún lugar de otro universo, mejor dicho, dentro de otro q´yauri, una parte de mí había muerto por ella. En algún lugar o en ningún lugar, una parte de mí le había dado mi propia sangre y ella había decidido saltar al vacío.

Ella se había vuelto mi universo.

Ella es mi universo.

Y nosotros, somos una minúscula parte de todo lo que Ella es. Ella, es todo lo que existe, lo que existió y existirá. Y nosotros, nosotros somos algo minúsculo, un pensamiento, un pequeño aliento de vida.

Cada q´yauri es un universo infinito con sus realidades contiguas. Y a su vez, eso que llamamos “universo conocido”, es sólo una diminuta parte de ese Todo. El q´yauri es un Ser que no tiene un “afuera”; vive adentro de sí mismo y se proyecta por medio de ARCADIA y las interfaces, en su propio tiempo espacio. Por eso el yetzirah es la única manera que un q´yauri tiene de salir de sí mismo.

Como un aciago demiurgo, Blake Goodhunting le había dado a Catalina Konovaluk las herramientas para cambiar la naturaleza metafísica de todo lo que existe.

Y por supuesto, Ella había pegado ese salto de Fe.

—Blake… ¿qué te pasa?  —Sentía los brazos de Ana y oía su voz muy lejos.

Avergonzado me la saqué de encima a manotazos. Me enderecé. El latido de mi cabeza estaba amainando. Me fregué los ojos y respiré hondo. Necesitaba recuperar mi centro. Cuando levanté la cabeza, pude ver a María dándome la espalda, frente a la pantalla. Tímidamente, imitaba los movimientos que yo había hecho antes y estaba haciendo circular los datos… despacio. Aléxei estaba apoyado en la consola, cruzado de brazos. Su expresión era sombría. Un solo intercambio de miradas sirvió para darme cuenta de que él lo sabía… o lo sospechaba. Giró la cabeza en dirección a María, sin mirarla. Ana, estaba arrodillada a mi lado, nerviosa. Cuando nuestros ojos se encontraron, suspiró aliviada.

María se volvió hacia mí y se puso a juguetear con la computadora portátil cabizbaja. Algo había cambiado en ella.

—Necesito fumar —declaró.

—¿¿Fumar?? —Aléxei estaba sorprendido.

—Sí, hace mucho que no toco un cigarrillo y necesito uno.

—No fumabas tanto como para “necesitar” un cigarrillo —dijo Ana despectiva.

—Bueno, ahora que se me reveló que Catalina Konovaluk es todo lo que existe, necesito un cigarrillo… y ordenar mis ideas —dijo con desgano.

La verdad es que se estaba tomando la noticia con más dignidad de lo que esperaba. No necesitaba adivinar que Aléxei pensaba lo mismo, se había quedado pasmado y tenía la boca abierta.

—¿”Todo lo que existe”? —repitió Ana con el ceño fruncido—. ¿Cómo “todo lo que existe”? ¿Qué estás queriendo decir con eso?

—Lo que dije —respondió con impaciencia María—. Según esta computadora, ARCADIA contiene todo el universo y a la vez, contiene el lugar en donde estamos ahora. Es decir que ARCADIA, está contenida adentro del universo material.

Ana se puso de pie muy seria.

—Te escucho… decís palabras, no me significan nada. ¿Qué quiere decir? ¿Me lo explicás con la Biblia? Te sale mejor…

María suspiró agotada, miraba a su hermana con los ojos entrecerrados.

—Quiere decir, que si Catalina es la nave espacial, y la nave espacial es el universo, entonces, Catalina es el universo. ¿Explicado con un silogismo te es lo suficientemente claro?

Muchísima dignidad. Me puse de pie.

—¿Cómo que Catalina es el universo, oligofrénica? —preguntó Ana con desconfianza.

—¿Ves eso de ahí? —le dije señalándole a la pantalla. Ella asintió—. Bueno, eso es Malkut. Eso, contiene el total del espacio-tiempo de universo 1. ARCADIA, es más grande que Malkut. Desde dónde nosotros estamos, podemos acceder a Malkut por el ATE. —Me detuve y verifiqué que me estuviera siguiendo—. A la vez, un aspecto de ARCADIA, está adentro de Malkut, o sea qué, en teoría, si la nave tuviera hangares de salida, también podríamos salir al espacio.

—¿La atolla? —preguntó.

—Sí, la atolla wyvillei de la que habla el folleto. ARCADIA es tan, pero tan grande, que contiene todo nuestro universo. La atolla y las interfaces, son las maneras en las que se proyecta dentro de Malkut. ¡Los q´yauri viven dentro de sí mismos! —Le sonreí.

—El folleto de Preguntas Frecuentes no decía nada de todo esto —dijo con reproche, mientras negaba con la cabeza indignada—. Creo que voy a solicitar el Libro de Visitas y expedir una queja.

—O sea, que mi tátara nieta de otro universo, es el universo. —Aléxei tenía su puño apoyado en su barbilla—. ¿Qué puedo decir? En algún lugar… soy un genio…

Ana, María y yo nos miramos estupefactos. De todo lo que se podía decir en una situación así, Aléxei había elegido expresar las ideas más ocurrentes y rebuscadas, de todas las que podía tener dándole vueltas por la cabeza.

—¿Perdimos a Samael o sigue en Lamed? —Decidí ignorarlo, cambiando de tema.

17.

—ARCADIA, vuelvo a preguntártelo, ¿por qué no puedo acceder al Puente de Mando 1?

La unidad de mantenimiento suplementaria golpeaba su cabeza contra la pantalla empotrada en la pared. Vestía pantalones de una tela azul, calzado cómodo, una remera ajustada negra con dibujos, varias pulseras negras con botones metálicos, y un cinturón porta herramientas en la cintura. Dos argollas de plata colgaban de uno de sus lóbulos, sus uñas estaban pintadas de negro, y su pelo oscuro enrulado estaba recogido en una cola alta. A su lado, estaba uno de los paneles de la pared apoyado contra el suelo. El panel había estado recubriendo un agujero, justo debajo de la pantalla, del que salían caños cortados, cables y circuitos.

—Porque el acceso al Puente de Mando 1 no se encuentra disponible —respondió ARCADIA solícita.

Golpeó con fuerza su cabeza contra la pantalla, dejó su frente apoyada,  e insistió:

Eso… ya… me lo dijiste. Lo que yo quiero saber… hermosa Ama de nuestros destinos, Capitana de nuestras almas… es ¡POR QUÉ NO ESTÁ DISPONIBLE EL ACCESO AL PUENTE DE MANDO 1! —Para darle más énfasis, golpeó la pantalla con los puños cerrados.

—Porque unidad de mantenimiento suplementaria Samael 1 no tiene los permisos suficientes para acceder al Puente de Mando 1.

—No tengo los permisos suficientes… no tengo los permisos suficientes… —dijo la unidad, sacando un destornillador láser de su cinturón para meterse de lleno dentro del agujero—. Vamos a ver si “no tengo permisos suficientes”…. ¡Ahora resulta que no tengo “permisos suficientes”! ¿¿De qué sirve tener permisos suficientes la mayor parte del tiempo si vas a sacármelos cuando hay emergencias?? ¿¿ME PODÉS EXPLICAR ESO??

Se sacudió exasperado y entonces nos vio. Nosotros nos habíamos quedado a una distancia prudencial, ya que la resolución de su dilema era la solución a nuestros problemas. Samael sacó sus brazos del agujero y se guardó el destornillador. Nos miró de arriba abajo, nos estudió un buen rato, con el ceño fruncido.

—Lo que unidad de mantenimiento Samael 1 llama “mayor parte del tiempo” no califica como una expresión válida. “Emergencia” tampoco tiene validez. Reformule con más profesionalidad.

En su rostro se formó una mueca sarcástica que pretendió ser una sonrisa. Luego gruñó, mirando hacia arriba.

María dio un paso al frente.

—Disculpe… Criatura del Averno. —Supongo que intentó ser amable y respetuosa. Difícil saberlo.

Samael la miró de arriba abajo y ahora sí, sin ninguna dificultad, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Esto es nuevo —dijo estudiándola—. Sos una María infante… Criatura del Averno es lo más amable que me dijiste nunca… ¿sabés? ¡Me encanta! —Se acomodó la remera y carraspeó, tapándose la boca con la mano—. Sí, ¿querida María? ¿En qué puedo ayudarte?

—Quería saber, estimado Satán, Señor de las Tinieblas, Lucifer

La sonrisa se desdibujó de la cara del tipo.

—Venías bárbara hasta Lucifer… En serio, ¿Lucifer? Prefiero el viejo y bien ponderado Dildo Intergaláctico de siempre. —María se sonrojó—. Y por supuesto… —Samael golpeó las palmas de sus manos—. Te acabo de dar la idea de que me llames así. Soy un boludo. —Se cruzó de brazos, indignado—. ¿Lucifer? ¿En serio? De todas las personas que podrían cometer ese error, ¿justo vos? Que decepción. Helel ben Shahar y yo, somos y fuimos seres completamente diferentes…

—¡¡Escuchame una cosa, serpiente inmunda!! —Y ahí estaba la María Romanova que yo conocía. Había confundido condescendencia con amabilidad. Samael se quedó con su explicación en la boca—. ¡¡Necesitamos ir al Puente de Mando 1 y sinceramente, no tengo tiempo ni ganas, de ver y/o escuchar cómo te deleitas escuchando tu propia voz, Satán!!

Samael asintió con su cabeza pensativo.

—Nunca te gusté, ¿no? —preguntó con curiosidad—. Porque acá estás, chiquita y todo y para variar, me estás gritando. De hecho es extraño… a todo el mundo le caigo fantástico. Tengo siete parejas y tengo muchos fans. Recibo cartas de mis fans todo el tiempo… cartas, regalos, sacrificios… —Se puso a enumerar—. Soy una persona muy querida en el “ambiente”.

—Tenemos que volvernos a sincronizar en nuestra continuidad. ¿Podés meternos en el puente de mando 1? ¿Sí o no? —intervino Aléxei acercándose.

—Uau, el niño Aléxei, el “traidor”… ¿Cuántos problemas solucionaría si te matara ahora? —dijo Samael como si estuviera diciendo: “Ey, ¿quieren que vayamos a comer algo?”

Aléxei retrocedió.

—Pero escuchame una cosita…. —María se interpuso entre Samael y su hermano—. No te atrevas a hablarle así a…

—Al Tsesarevich de todas las Rusias? Ah, no, pará. Tu papá abdicó en favor de su hermano menor Miguel… y luego la Duma se les fue al cuello. —Se quedó pensativo—. ¿O fueron los bolches en este universo? O por ahí la Duma y los bolches… ¿¿Acá también gritaron Abajo los Romanovs??

Los ojos de Aléxei se llenaron de lágrimas.

—¿Tenemos tiempo para esto? —me metí, firme.

—¿Escuchaste a ARCADIA recién? ¿Leen los folletos explicativos que Su Supremacía Total escribe con tanta diligencia? Porque, la verdad, desde que los conozco, en todas las líneas posibles e incluso cuando están acá… se esfuerzan por preguntar cada estupidez, que me sorprende, realmente —nos sermoneó la “estrella de cine”.

—Entonces es cierto, ¿no? —susurró Ana.

—¿Qué Lenin planificó voltear a la Duma y a la Monarquía de un solo golpe, mientras tomaba mojitos, debajo de su sombrilla en una playa de Zurich? Sí, es cierto. Bueno, por ahí lo de los mojitos y la playa me lo estoy inventando… no es muy proletario.

—¡¡No, imbécil!! —gritó Ana colorada—. ¡¡Que Rasputina es el universo!!

Una sonrisa se dibujó en los labios del sujeto.

—Jodeme que la llaman Rasputina… —Hizo una mueca—. No me tenés que dar esas armas Anita… —agregó riéndose—. Claro, es descendiente tuya —señaló a Aléxei— y de María Rasputín… El cocktail apocalíptico perfecto que necesitaba este universo… —Se empezó a reír para sus adentros—. Nunca le hice bromas con su ascendencia… me voy a hacer toda una subrutina con esto.

—La llamaste Su Supremacía Total, y Ama de nuestros destinos, Capitana de nuestras almas… —lo ignoró Ana—. No te hagas el tonto, ella… ¿ella es el universo? ¿Cómo es posible que ella sea el universo?

—Es q´yauri. Así de simple —respondió serio—. Jodeme que están en ese momento, en el que recién se enteraron que Su Munificencia es todo lo que existe…

—Sí, acabamos de enterarnos —respondí—. Estamos arrastrando con nosotros un protocolo particular, Space Opera se llama. Estuvimos en muchos lugares y vimos cosas, muchas cosas.

—¿”Space Opera”? —preguntó interesado—. No conozco ese protocolo… ¿por qué no conozco ese protocolo? —Empezó a mirar en torno suyo, pensativo—. ¡¡ARCADIA!! —gritó—. Necesito urgente un listado de todos, y cuando digo “todos”, estoy diciendo todos los protocolos que se están ejecutando en este momento. Sin excepción.

—Entendido, unidad de mantenimiento suplementaria Samael 1, ¿desea que se los enumere de manera oral?

—No, mostrame el listado en la pantalla —pidió. Se volvió a nosotros—. ¿Dónde estuvieron? ¿Qué hace éste protocolo?

—Estábamos en órbita de Tierra, cuando empezaron a aparecer y desaparecer cosas. Iba a buscar a Catalina, cuando me crucé con ellos. Ellos estaban buscando el Puente de Mando 1. A partir de ahí, las escaleras y puertas perdieron su dirección habitual. Estuvimos en Binah de Yesod de Multiverso 3, luego en algún lugar entre Hod y Netsaj… Legión nos llevó hasta Hod, de ahí llegamos a Guevurá. Tomamos Lamed y nos encontramos con vos. Unidad Moloch 4 nos ató a vos, por medio de un algoritmo, en Multiverso 3, para que podamos llegar sanos y salvos a Tiferet de Multiverso 2. Dijo que el Protocolo Space Opera generaba mucha entropía y eso había generado un desorden sin precedentes, o eso es lo que entendí. Catalina lo diseñó cuando luchó con una interfaz Astarté. —Cuando finalicé, me crucé de brazos.

Por primera vez, Samael nos miraba con la boca abierta.

—Para que lo dejen registrado… ahora están en Yesod… de Multiverso 2.

—¡¡No!! —gritó María cansada—. ¿¿En serio?? —Tiró la computadora portátil al suelo con fuerza.

Samael se volvió hacia la pantalla. Se puso a leer el listado que ARCADIA había puesto a su disposición. Con su dedo índice marcó  una de las líneas.

—Blake, pasame la computadora, necesito ver el algoritmo que cargó unidad Moloch 4 —pidió, sin sacar la vista de la pantalla.

Le alcancé la computadora. Cuando la tocó, una leyenda apareció en la pantalla: “Descargando”. Estaba bajando los datos de la computadora portátil en sus propios sistemas. Me devolvió la computadora portátil.

—ARCADIA está corriendo un protocolo que se llama Desfragmentación —explicó.

—¿Y eso que significa? —pregunté interesado.

—Básicamente, la desfragmentación divide ARCADIA en tantas realidades existan dentro de universo 1 —informó mientras tocaba la pantalla y hacía correr datos y bitácoras.

—¿Y eso es…? —Estaba confundido.

—Eso, es malo. No sabía que tenía corriendo esto… Y yo debería saber que esto estaba corriendo. —Volvió a golpear la pantalla. Había aparecido un logotipo que nunca había visto antes: dos ideogramas que simbolizaban un corazón sobre un cohete.

—¿Qué es ese logotipo? —pregunté.

Amor y cohetes, Love & Rockets —respondió—. Expreso Kundalini descargó en mis sistemas una serie de subrutinas con información sobre su cultura, para que sea más fácil comunicarnos. Y eso, es el logotipo de Amor y Cohetes… un grupo de rock terrestre. ¡Y la Bestia Bruta Primordial que nada respeta le puso el logo éste a tu Protocolo Space Opera! —agregó furioso—. Te juro, Blake… ¡a veces, tengo ganas de ir al módulo, cuando está en su ciclo circadiano y apagarla! ¡Desconectarla! Sobre todo cuando aparecen sorpresas como éstas. O cuando le digo que sería necesario hacer algo y no me da bolilla. O cuando descubro que tengo en mi cabeza más información inútil… O cuando me descubro poniéndome pulseritas con tachas. —Se miró las pulseras de su muñeca. Suspiró—. O tengo necesidad de pintarme las uñas… —Escribo textualmente lo que dijo, aunque para mí no tenga ningún sentido—. Moloch fue inteligente, al atarlos a mí, no se equivocó. El Puente de Mando 1 en este momento, se encuentra en Tiferet. No puedo creer lo que hizo. —Nuevas leyendas aparecieron en pantalla, series de códigos que no comprendía, que Samael manipulaba con familiaridad—. Si logro predecir los ajustes que realiza el protocolo, por ahí pueda llevarlos al Puente de Mando 1.

—¿Qué hizo exactamente? —pregunté preocupado.

—El protocolo es predictivo. Predice agujeros de improbabilidad y los tapa. ¿Por qué? Astarté. El problema es que genera una cantidad inusual de entropía, que no va a ningún lado. Este protocolo va colapsar sobre sí mismo.

—Pará… —lo interrumpí—. Si no va para ningún lado, ¿cómo es que quedó un remanente en Multiverso 3?

—Estoy en ese momento de mi existencia en el cual no sé si es un genio o una loca de mierda. Así que lo que me preguntás, tiene dos tipos de respuesta: una, porque es un genio del mal, la otra, porque es una loca de mierda. Elegí la que más te guste. —Más allá de la ironía, se lo veía preocupado, muy preocupado—. Y supongo que por eso, me estoy enterando ahora de la existencia del protocolo Space Opera.

—¿Qué es lo que quiere de nosotros? ¿Para qué nos trajo? —Ésta fue María angustiada, atrás nuestro.

—No sé, María, hacé las cuentas. Tres descendientes de una de las castas más sangrientas de la historia terrestre, un potencial genocida —me señaló a mí—, una unidad de mantenimiento suplementaria cuya especialidad es hacer caer cosas (no importa el tamaño), una Legión de humanos inventa almas, un loco de mierda que quiere arreglar las anomalías espaciales de su planeta con una máquina físicamente imposible, un mesías impresentable, y Moloch. —Ahora la miraba, muy serio—. ¿Qué te parece que quiere de nosotros, María? ¿Mariposas y unicornios? ¿Amor y cohetes? ¿Traer la Era de Acuario? Porque si lo pensás, somos un “coro” bastante siniestro.

María negaba con la cabeza, perturbada.

—No… —gimió.

—¿Quiere traer el Armagedón? —preguntó Aléxei boquiabierto, entre aterrorizado y complacido.

—¿¿Armagedón?? —Samael empezó a reírse—. Nene, estamos en otra escala acá; esto, va a ser un Ragnarok. Acá no estamos yendo contra las formas de vida de Malkut. Ésta es la batalla contra los Dioses… o Universos. ¡La última Gran Batalla! Acá está en juego el status quo del Multiverso. El Armagedón, es secundario. De todas maneras, tranquilos, históricamente casi siempre estoy en el equipo ganador. —Nos sonrió—. Y ustedes me dijeron que estuvieron en Multiverso 3… así qué no hay mucho más que hablar.

—Pará, pará… —estallé—. Yo vine acá a reescribir a los hermanos, para ayudarla a que Aléxei no sea poseído, deshacer las interfaces autónomas Astarté y cambiar mi destino. ¿¿Cómo pasamos de eso a un Apocalipsis de proporciones cósmicas?? —le grité. Mientras hablaba, él asentía con la cabeza, comprensivo y sereno.

—Bueno, eso, no puedo respondértelo. Así son las cosas —dijo benevolente. Y entonces, agregó—: ¿notaste por casualidad que cada vez que querés “ayudar”, esto trae generalmente consecuencias a escalas épicas? ¿O todavía no te empezó a pasar? Todavía no estamos ahí, ¿no? Usualmente, tus “buenas intenciones” se materializan en cosas aberrantes para muchos, inverosímiles para otros; y para unos pocos, como yo, tus acciones desencadenan efectos prodigiosos. En resumen, soy tu fan. —Se golpeó el pecho dos veces con el puño—. En serio, no es una broma, sos único. En todo el multiverso, no hay nadie que haga cagadas como las tuyas. Ni siquiera un q´yauri tan ingenioso como Oneiros, puede soñar a alguien como vos.

No supe que responder, estaba confundido.

—Entonces, cuando crucemos al Puente de Mando 1, en algún momento, algo va a pasar que va a desencadenar un Ragnarok…  —resumió Ana.

—Más bien, van a pasar cosas cuya única respuesta posible va a ser un Ragnarok —aclaró Samael.

—Y eso tiene que ver con Astarté —afirmó María seria.

—Mmm… tiene que ver con un montón de cosas. Tenés una visión un poco idealizada todavía sobre la existencia, el universo y todo lo demás. No es tu culpa —le aclaró—. Lamento que no te caiga en gracia, María. En serio.

—Sos un ser horrible que está ayudando a Catalina a traer el fin del mundo. Y para que sepas, me decís que vos y Lucifer no son el mismo ser… pero no noto la diferencia. Él también aparece al final del Libro, buscando la destrucción de todo.

—Sí, pero la naturaleza de nuestro juego es diferente. Yo también aparezco al final de tu libro, pero no soy el “dragón”… soy una de las “bestias”. Por cierto, tu Libro, es bastante irrespetuoso… Pero, retomando el punto, tu religión unificó nuestras historias por una cuestión didáctica… y pedagógica. —Se quedó pensativo—. Las historias de tu Malkut, son los remanentes de otros Malkuts que dejaron de existir… o incluso de otros Malkuts del multiverso. Estas historias que ustedes construyen cuando se inspiran, tienen la misma consistencia de un recuerdo… o de un sueño. Es decir, sobreviven en Bináh de Yesod de manera parcial y ustedes llenan los agujeros como se les ocurre de manera hegeliana. A lo que voy con esto, es que sí, soy más o menos ese Samael del que hablan tus historias. Aunque en este multiverso me haya tocado ser un ingeniero y aunque tus historias conserven los hechos de manera fantasiosa, irrespetuosa y parcial. Justo por esto, te repito: no soy Lucifer. Nunca estuve en contra de Malkut; aun hoy, después de todos los Malkut que experimenté… Lucifer, en cambio… tiene otra predisposición. Es más, yo te caigo mal; a casi todo el mundo le caigo mal… no puedo evitarlo —se sinceró. Esbozó una sonrisa triste—. Lucifer… es diferente, no sabés de lo que estás hablando María.

—Para ella no son historias, son experiencias. —No sé porque dije eso.

Los tres Romanov me miraron indignados. Mi comentario había sido completamente innecesario y por la manera en la que me estaban diseccionando con sus miradas, también había sido inapropiado.

—Los humanos están inmersos en su propia cultura. Su capacidad de categorizar, estructurar, conocer y simbolizar es lo que les permite describir lo que les rodea. Las religiones fueron una de las tantas maneras de explicar el mundo y no sentirse agobiados por la incertidumbre del mañana, el miedo a morir y la angustia ante la posibilidad de la no existencia. ¡Por supuesto que para ella no son historias! —me amonestó—. Los personajes del Libro son más que personajes para ella, son un marco de referencia a experimentar, en la eterna lucha del alma por alcanzar la salvación. Ahora, podemos discutir si los parámetros y valores del libro son efectivos para la consecución de ese fin. Podemos discutir si el Dios que retrata su Libro es un ser de amor y virtud. Podemos discutir si la moral y valores que se desprenden del Libro no enmascaran una sarta de prejuicios para fomentar el odio al prójimo… —Me estaba molestando bastante el sermón—. Podemos discutir si las cosas en las que ella cree son reales o no. Pero no podemos discutir la manera en la que ella lo vive. Podríamos juzgarla, en todo caso, si pretendiera imponer a los demás su punto de vista… —Se quedó pensativo antes de continuar—. Ustedes, los luminiscentes, conocen a través de los sentidos… incluidos la electricidad y el magnetismo, en un nivel impensado para los humanos… Tienen una manera completamente diferente de conectarse con las cosas. Es lógico que no entiendas el valor de la ficción. A los ojos humanos, las historias arcadianas son aburridas. Ustedes no conocen el concepto de “conflicto” o “fuerzas en oposición” en su narrativa. Porque ustedes obtienen placer leyendo historias en las que no pasa nada. —La manera en la que lo dijo me ofendió—. Los luminiscentes viven tanto, que en algún momento de sus largas vidas la muerte se ve como un alivio. Los humanos, igual que ustedes, lo ven como algo inevitable… pero el proceso de racionalización, aceptarlo o no, hacer las paces o no, es diferente en cada individuo humano. —El discurso hubiera estado bien, si al terminar, se hubiera mantenido impoluto. Pero no, al finalizar miró a María y le dirigió una sonrisa tierna.

—No necesito que me defiendas, ¿sabés? —María lo miraba cruzada de brazos, con una ceja arqueada—. Sos un idiota —le dijo, luego me tocó a mí—: vos también sos un idiota.

Samael suspiró exageradamente.

—Tenemos mucho en común —me susurró, codeándome—. ¿Alguna vez Rasputina te llamó…?

—¡Hola! ¡Protocolo Space Opera! ¡Puente de Mando 1! —Ana sacudía sus brazos delante nuestro, molesta—. ¿Pueden dejar de irse por las ramas? ¿Por qué cada pregunta necesariamente tiene que terminar en cualquier lado? No vamos a poder evitar conocerte en nuestro futuro, ¿por qué no guardan todo lo que tienen que decirse para después?

—Yo los conocí en mi pasado y es la primera vez que hablamos de estas cosas —se defendió Samael—. Además, conociendo a la Zarina de Universo 1 —Me guiñó el ojo—, la Emperatriz de Todo lo que Existe, no dudo, de que Ella me tiró este paquete a mí. Lleva el “delegar tareas” a otro nivel.

—¿Este “paquete”? —Aléxei lo miraba enojado—. ¡¡Ahora resulta que somos un “paquete”!!

—No te hagas la Drama Queen conmigo… —Se acercó a Aléxei, enojado—. ¡¡Sí!! ¡¡Drama Queen!! A mí no, ¿OK?

Aléxei entornó los ojos en una expresión maligna.

—Y después te preguntás por qué le caes mal a todo el mundo… Ay, la ley del eterno retorno…  te compadezco. —Aléxei apoyó su mano en el hombro de la unidad—. En serio, te tengo lástima. Me comprometo, con todo mi ser, a hacerte la vida miserable… ¿qué te puedo decir? Al menos voy a ser el Autócrata de algo.

—¿El “Autócrata del Drama”? —Samael estaba intentando esconder la sonrisa que se le estaba dibujando en la cara. Se lo veía entre fascinado y asqueado.

—Sí… el Autócrata de Todos los Dramas —le respondió el muchacho fresco y sarcástico.

—¿Ven? ¡Otra vez! ¿Pueden dejar de hacer esto? —Ana estaba eufórica. Entonces, sus ojos se pusieron en blanco y su expresión se transformó en miedo—. ¡¡Ay, no!! ¡¡Lo que faltaba!! —retrocedió asustada.

Nos volvimos sorprendidos por el cambio de actitud de Ana.

Atrás nuestro, estaba nada más y nada menos, que Sun Wukong, el Rey Mono. Parado en el pasillo, nos miraba, curioso. Samael nos hizo a un lado y caminó a zancadas hacia él.

—¡¡No, no, no y no!! —lo espetó—. Vos tenés prohibido materializarte del Inconsciente Colectivo hasta acá. No, pará… Todos los Seres del Inconsciente Colectivo tienen terminantemente prohibido materializarse acá. —Con sus manos en la cintura, lo siguió retando—. Así que decime, a ver, ¿qué estás haciendo vos acá? ¡Mejor que tengas una buena excusa!

—De hecho, la tengo, Gran Adversario —respondió Sun Wukong sin inmutarse.

—No intentes lisonjearme, porque no va a funcionar. ¿Qué hacés acá?

—La Gran Madre solicitó mi presencia. Ahora soy su funcionario —se explicó, impoluto.

Samael estaba boquiabierto. Nosotros, muertos de miedo.

—Pará, pará, pará… ¿Te dio un trabajo? ¿A vos? No jodas. —Samael no estaba para nada convencido—. A ver, ¿qué trabajo te pudo haber dado la Gran Madre a vos? No me mientas, Wukong. No soy un boludo.

—No miento, Adversario. Su Preeminencia me dio una función. —Esto lo dijo dándose aires de importancia.

—¿Gratis? ¿Vos aceptaste una función gratis? No, no, no… vos sos peor que yo. ¿A cambio de qué? —lo interrogó Samael.

El Rey Mono sonrió ladinamente. Una expresión triunfal apareció en el rostro de Samael.

—Efectivamente. A cambio de mi libertad —respondió, así, sin más.

Pasmado, Samael lo miraba con la boca abierta.

Atrás nuestro, escuchamos una voz conocida:

—Samael, ¿por qué no dejás de atosigar a todo el mundo y te ponés a trabajar? No estás acá para hacer Stand-up comedy, ¿sabés?

Ahí estaba Catalina, cruzada de brazos, con un gran pergamino enrollado en las manos. Golpeteaba el suelo con el pie, molesta. Intempestiva, nos pasó por al lado. Llevaba puesto un vestido corto, sin mangas, con pequeños puntos luminosos que cambiaban de color; y zapatos negros lustrados, de taco largo y hebilla. Su pelo castaño, suelto, estaba más lacio que de costumbre y tenía una vincha ceñida a la cabeza con… antenas luminosas. La vestimenta y el yetzirah creaban un contraste difícil de ignorar. Aléxei, María y Ana no podían dejar de mirarle las piernas tatuadas, boquiabiertos.

—Me gusta más esa vestimenta que la de samurái pirata que tenía antes… —le susurró Aléxei a Ana.

—Para que sepas, estaba trabajando, hasta que ellos me interrumpieron, Miss Universo. —Samael nos señaló—. De hecho, descubrí un “protocolito” del que no sabía nada: Space Oddity.

—¡Space Opera!, y te lo dijimos nosotros, vos no lo descubriste —le gritó Ana.

Catalina ignoró a Samael y le entregó el pergamino a Sun Wukong.

—Que lugares elegís para aparecer, ¿eh? —lo amonestó al Rey Mono—. Eso que tenés en tus manos es el Exequátur… con la descripción de las funciones propias de tu cargo, alcance de tus privilegios,  inmunidad diplomática y tu libertad… hasta el cumplimiento efectivo de tu cargo. ¿Alguna pregunta?

—Sí, ¿desea que cumpla mi misión en Su nombre?

—Lo dejo en tus manos… bah, en tus puños. Hacelo como te plazca.

—Desearía hacerlo en Su nombre.

—Está bien, dejales la cara llena de dedos en mi nombre. —Catalina se encogió de hombros.

El Rey Mono la saludó con una reverencia, apoyando el pergamino en su frente; luego lo guardó en algún lugar de su saco. Pegó un salto, y se fue corriendo por una pared.

—Qué Hánuman cuide tu mandíbula… de los golpes —lo despidió Catalina.

El Rey Mono se detuvo. Muy serio.

—El sueño de la razón produce monstruos, Madre.

 Desapareció doblando una esquina.

Me rasqué la cabeza.

—Si lo que pretendés con este “jueguito”, es que con su peregrinaje se transforme en Hánuman… no creo que funcione. ¡Es una idea tan ridícula como que yo me transforme en Krishna, boluda! —dijo con fastidio Samael.

—Es una idea tan ridícula como pretender que vos trabajes. ¿Qué querés que te diga? —le respondió Catalina.

—¿Qué trabajo le diste al Rey Mono? —preguntó Samael no aguantando más la curiosidad.

—Embajador.

—¿¿Embajador?? —repitió Samael sorprendido—. ¿¿Embajador de qué??

—Mi Embajador en el multiverso —respondió Catalina como si fuera una obviedad.

—Pará, pará, pará, pará… ¿Lo dejaste libre para que recorra todo el multiverso? —Samael estaba haciendo un esfuerzo por intentar entender algo diferente a lo que había escuchado.

—Sí —respondió Catalina sin entender que lo sorprendía tanto—. Para que salude al resto de los q´yauri… en mi nombre.

—Mandaste al Rey Mono, de embajador, con inmunidad diplomática, ¿a que haga de las suyas en tu nombre, por todo el multiverso? —volvió a repetir embobado.

—Con potestades, virtudes y dominaciones. Sí.

—¿Le diste al Rey Mono, potestades, virtudes y dominaciones? —Samael estaba embelesado—. ¿Al Rey Mono? O sea, no a Hánuman… a Sun Wukong

—Sí, creo que decidió aparecer acá para refregártelo en la cara —afirmó Catalina.

—¿Entonces? ¿Para cuándo mi libre albedrío? —reclamó Samael.

—Cuando te transformes en Krishna, volvemos a hablar, ¿te parece? —Le guiñó un ojo—. No confío lo suficiente como para darte a vos, justamente, libre albedrío.

—¿Ah, no? ¡¡Moloch tiene libertades!! —se quejó la unidad de mantenimiento suplementaria.

—Moloch no le hizo perder el Paraíso a nadie, Moloch no hizo caer todo lo que existe, Moloch no tiró abajo ARCADIA 33… ¿querés que siga enumerando las desgracias que suceden cuando vos tenés libre albedrío?

—¿Y Blake? Blake puede hacer lo que quiera… y es un catrasca —dijo Samael triunfal.

—¿Qué tengo que ver yo, en ésta discusión? ¿Y qué es catrasca? —salté indignado.

—Catrasca: “cagada tras cagada”. CA-TRAS-CA, ¿entendés? Cagada tras cagada —me explicó Samael—. ¡Ya habíamos hablado esto, Blake! De hecho, estoy acá ahora, gracias a una de tus catrasqueadas.

—¡¡No voy a aceptar que me eches la culpa de lo que sea que estés haciendo acá!! —me defendí.

—¿Tanto te cuesta creerlo? A ver, la quisiste “ayudar” y la transformaste en el universo…

—Yo no fui… —gemí.

—¡Vamos, Blake! ¡Haz lo tuyo! —Samael indignado se agarró el tabique, se volvió a Catalina—: En serio, por favor… aunque sea sacame estas subrutinas llenas de referencias a programas de TV. ¡¡Te lo suplico!! ¡¡Acabo de citar a los Simpsons!! ¡¡Te lo suplico por todo lo sagrado que existe!! ¡¡Te lo suplico!! No lo soporto… me voy a suicidar… En serio, boluda. No te rías. Yo aparezco en la Biblia de María… y ahora hablo como un “porteño canchero”. —Efectivamente, Catalina se estaba desternillando, con un brazo apoyado en la pared y con el otro agarrándose la cintura. Las antenas de su vincha iban y venían de un lado a otro, mientras ella se sacudía de la risa, risueña. Samael la miraba lastimero—. Boluda, no tenés respeto por nada…

—Bueno, basta —intervino María—. Vos, dejate de reír —le ordenó a Catalina—. Y vos… dejá de dar lástima —increpó a Samael.

Catalina miró a María unos instantes, intentando contener la risa. No pudo hacerlo. María me miró con reproche. Alcé las manos, interrogante. María se señaló con el dedo los labios y esbozó una sonrisa sarcástica. Entonces entendí.

Yo también me estaba riendo.

—Escuchame una cosita… ¿es verdad que querés traer el fin de todo lo que existe? —la acusó María.

—Acaba de mandar a Sun Wukong de Embajador… ¿Estabas acá cuando pasó eso? —le reprochó Samael—. Deberías prestar más atención, María.

María nos miró a todos, uno a uno.

—¿¿Soy la única que está preocupada porque ésta inconsciente quiere traer el fin?? —inquirió.

—Honestamente, yo estoy más preocupado por el Protocolo Space Opera. ¿En que estabas pensando cuando desarrollaste ese protocolo? —preguntó Samael.

—No estaba pensando… estaba reaccionando —respondió Catalina un poco más recompuesta—. Se dio… me era imposible lograr un cien por ciento de operatividad sin reiniciarme. Ese treinta por ciento que me faltaba, lo logré obtener con los comandos que se están ejecutando en el protocolo. —Se volvió a encoger de hombros.

—Entonces… ¿es verdad lo que estuve escuchando? —me metí—. ¿Lo del “Ragnarok”?

—Cuando las cosas se normalicen, buscá un documento que se llama Proclamación de la Emancipación. Léelo tranquilo y sacá tus propias conclusiones. No quiero… Lean ese documento —respondió Catalina con seriedad.

 El lugar en el que estábamos se sacudió con un fuerte temblor. Todos nos apoyamos en las paredes.

—Estamos entrando en Tiferet… —nos dijo Catalina—. Cruzando ese pasillo, van a encontrar el Puente de Mando 1.

—¡Entonces está pasando ahora mismo! ¡Lo del crucero de guerra! —afirmé alarmado.

—En mi forma de percibir las cosas, todo lo que sucede está pasando ahora mismo, Blake —respondió con dulzura.

—¡¡Ya entendí todo!! —gritó María desencajada. Todos nos volvimos, interrogantes—. Vos… vos… ¡¡Vos sos Lucifer!! Ese “otro personaje” del que Samael hablaba…

—Ay, Masha. Otra vez no… ¡No tenemos tiempo para esto! —se quejó con justeza Aléxei.

—¿Qué les estuviste diciendo? —le dijo Catalina indignada a Samael.

—Si yo caigo, te llevo conmigo. Así de simple —respondió la unidad de mantenimiento suplementaria—. Vos y yo caemos juntos, Zarina Catalina Trimegista Konovaluka Gonzalez Zhukova Rasputina Romanova… —El tipo estaba enumerando con los dedos—. Hesse Darmstadt… con tu permiso, me salto algunas generaciones: bene Helel bene Shahar.

Catalina bufó, cansada. Se acercó a María despacio.

—No soy Lucifer. Él no es el Samael del texto Bíblico. Solo se llama Samael. Lo que sea con lo que haya envenenado tus oídos, ignoralo. ¡Somos robots! ¡Robots místicos, pero robots! —Catalina se sacó la vincha de la cabeza—. Dios no existe María. Necesito que entiendas esto. —Hablaba rápido, las palabras salían a borbotones—. Yo no pedí ser todo lo que existe. Y siendo, entre otras cosas, el total del espacio tiempo de ARCADIA 1, no voy a gastar ese tiempo en buscar referencias que expliquen o justifiquen lo que me pasó. No porque no pueda, soy el total del tiempo espacio. Si así lo quisiera, podría hacerlo. No lo hago porque no importa como quiera explicármelo o justificármelo, las cosas son como son. Los números no mienten. Lo que yo crea, no va a modificarlos. Hay una sola cosa que puedo hacer con esto que me tocó. —Levantó su brazo, mostrándoselo. El yetzirah comenzó a brillar—. Eso que puedo hacer, es evitar que vuelva a pasar. Eliminar toda posibilidad de que algo como esto pueda ser posible.

Dos lágrimas resbalaron de los lagrimales de María hacia sus mejillas.

—¿Y si te equivocás en la manera en la que estás interpretando los números? ¿Y si hay cosas que tus números no pueden explicar? —preguntó María moqueando.

—Entonces hibris, María. No puedo permitirme una percepción como la tuya, soy q´yauri. Lo que yo crea, quiera o piense, no es importante si no puedo probar de manera irrefutable que existe. La subjetividad es un punto de partida, no un fin. La pseudociencia simpatética y animista no me sirve. —Se quedó en silencio unos momentos y agregó—: Honestamente, si tuviera que explicar esto, no elegiría una religión que me da cómo único lugar posible, el de Reproductora Primordial. Soy más que un útero.

—Básicamente, Mari, te está diciendo que dejes de comer fruta —acotó Samael. Catalina se volvió indignada hacia él—. ¿¿Qué?? ¿¿Qué dije ahora?? ¡¡Sí te estoy ayudando!!

Catalina extendió su mano y el yetzirah comenzó a brillar de nuevo. Los finos hilos dorados comenzaron a construir un objeto en la palma de su mano. Era el reloj con cadena. Lo abrió y lo miró. La tapa se cerró con un chasquido.

—Espero, sinceramente, que quieran ayudarme. Porque realmente los necesito.

—Nosotros te queremos —dijo Ana apresurada—. Pero me parece que deberías agregar en los folletos, que ARCADIA y vos son universo 1.

Catalina se empezó a reír. Ana me tiró del brazo. Sin perder más tiempo, me dejé arrastrar hacia el corredor. María nos siguió, pensativa y cabizbaja.

—Entonces voy con ellos —dijo Samael con determinación.

—No, vos volvés a la Orden Peregrina ahora mismo.

Eso fue lo último que escuché de ellos antes de adentrarnos en la pesadilla que nos esperaba en el Puente de Mando 1.

Continuará…

Finaliza en Tiferet 4.

[Modificado: 27/05/2016].


ARCADIA. Episodio 12. Tiferet 4 (Parte I)

5 comentarios en “ARCADIA. Episodio 11. Tiferet 3 (Parte II)

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