ARCADIA. Episodio 11. Tiferet 3 (Parte I)

10.

Se me hace difícil explicarte lo que sucedió luego de que la Estación Espacial Internacional se esfumara de mi ventana. Como te dije, había discutido con Catalina y había decidido hacer a un lado mis diferencias. Lo que no sabía, es que luego de cruzar la puerta para buscarla, encontraría mucho más de lo que estaba dispuesto a aceptar. La palabra es correcta; nunca se trató de lo que esperaba, sino de mi disposición a encontrar lo que efectivamente encontré.

Pero me estoy adelantando, Nautilus.

Salí a la galería desorientado. Escuché voces provenientes del piso de abajo. Me asomé al abismo. Arriba del ascensor se encontraban Ana y Aléxei. María, mientras tanto, estaba sentada sobre la baranda y tenía una computadora portátil en la falda. Miraba hacia arriba, ceñuda, intentando deducir como subir al piso en dónde yo me encontraba.

Cuando sus ojos se toparon con los míos, se sonrojó.

—ARCADIA —llamó Ana—. ¿Podés llevarnos al piso superior?

—Sí, por supuesto.

—¿¿Ves?? —le dijo a la hermana triunfal—. ¿Por qué mejor no dejás de hacer payasadas y te subís al ascensor? ¡Masha! ¿Qué te pasa? ¿Qué estás mirando? —Ana miró en mi dirección y sonrió—. ¡Hola, señor Goodhunting! Aguarde… aguarde ahí unos momentos… —pidió a los gritos.

Devolví el saludo en silencio y me quedé expectante. María se había bajado de la baranda y se había metido en el ascensor, molesta. Aléxei estaba intentando contener la risa.

—ARCADIA, por favor, hacia el piso superior —ordenó Ana, apuntándome con su dedo índice.

La plataforma comenzó su ascenso. Unos instantes después, los Romanov estuvieron junto a mí, separados por la baranda. Por supuesto, a mí nunca se me había ocurrido solicitarle a ARCADIA que moviera el ascensor. Había dado por hecho que el único medio disponible para usar el elevador era la botonera matemática.

—¡Sos un genio! —la felicitó su hermano. Aléxei abrió la puertecilla que se había engranado frente a nosotros y animó a sus hermanas a cruzar.

—¿Y ahora qué? —le preguntó Ana a su hermana.

María suspiró y miró la pantalla de su computadora portátil. Señaló la escalera a nuestra derecha.

—Si esa escalera es Aleph, la subimos y salimos derecho al Puente de Mando 1.

—Esa escalera es Tet… —les dije—. Por ahí fui a Astrometría. Creo que vi una señalización hacia el Puente de Mando 1 en alguno de los pasillos de Tet.

—El mapa que tengo no señala una ruta hacia el Puente de Mando 1 desde Tet —negó María muy segura y convencida.

—¿¿Esa es Tet?? ¿Cómo la Tet de nuestro piso? —dijo Aléxei con frustración—. Para cuando encontremos la escalera, lo que sea que esté pasando ya se va a haber solucionado. ¡¡Nos estamos perdiendo toda la diversión!!

—¿Ustedes saben que está pasando? —les pregunté más animado al escuchar el comentario de Aléxei.

María levantó la vista de la pantalla, tenía una ceja arqueada. Se dirigió a la escalera. Los tres la seguimos. La escalera tenía un cartel en el que se leía claramente: “Tet”. María no se rindió y caminamos hacia la izquierda, hacia la otra escalera caracol. Podía leerse “Samech”.

—No tenemos idea de que está pasando, pero vimos un crucero de guerra terrestre que data del siglo XXIII —se explicó Ana.

—Ésta escalera, en teoría, está más lejana a Aleph. —María miraba la pantalla muy seria. Volvió a señalar Tet—. Deberíamos encontrar Aleph, pasando Daleth.

Volvimos sobre nuestros pasos. Yo los dejé hacer y me acerqué al teléfono. Estaba mudo.

—¿Hola? ¿Hola? —Nadie respondió. Dejé el auricular—. ¿ARCADIA? ¿Dónde se encuentran Catalina y Moloch?

—Catalina Konovaluk y unidad de mantenimiento Moloch 2 se encuentran en el Puente de Mando 1.

—¿Podés comunicarme con alguno de ellos, por favor?

—Catalina Konovaluk y unidad de mantenimiento Moloch 2 no se encuentran disponibles.

Suspiré.

—¿Podés avisarme cuando estén disponibles?

—¡Entendido!

Mientras, los hermanos habían descubierto que no había otra escalera más que Tet. Salvo que Daleth estuviera tras la pared.

—La escalera Daleth debería estar hacia allá. —María golpeó la pared con el puño.

—¡Ya sé! —dijo Ana.

Ana se dirigió a la puerta que teníamos más cerca. Era una de las puertas que daban a las habitaciones de Catalina. La puerta se abrió de par en par ante la cercanía de Ana. Lo que teníamos delante, eran los dormitorios de nuestra anfitriona.

Ana se metió sin vacilar.

Los dos hermanos la siguieron confiados. Yo me detuve en el umbral, dubitativo. Mis dos compañeros de sueño, el tigris tricolor y el tigris de cara marrón, se encontraban en la cama. Ambos me miraron sin mucho interés y volvieron a dormirse. Miré hacia el ventanal: ya no estábamos en órbita de Tierra, sino en órbita de un planeta gris. Se materializó una nave de grandes proporciones, sólida y armada. Parecía un sumergible de los que usamos en nuestros mares de argentita. No sabía si ese era el crucero de guerra del siglo XXIII; pero sí sabía una cosa, ahora: el peligro era real.

Ana mientras tanto, había desaparecido tras una cortina. Aléxei miraba la cómoda receloso, quería abrir los cajones y no se decidía a hacerlo.

—¿Y? —preguntó María impaciente, desde nuestro lado de la cortina.

—Es un vestidor… ¡estoy revisando! —Empezamos a escuchar chirridos de bisagras. Ana estaba abriendo puertas en el vestidor de Catalina.

—¿Re- revisando? —tartamudeé.

Yo me estaba muriendo de vergüenza.

—¿Vos decís que vamos a encontrar la escalera en un vestidor? —preguntó Aléxei con ironía.

—Si estuviéramos en casa, ¿te resultaría raro? —le preguntó María, antes de meterse al vestidor.

—Depende, ¿estamos hablando de Tsárskoye Seló, del Castillo de Invierno o de nuestra última residencia? —respondió Aléxei sin darse por aludido.

—¿¿ESTÁBAMOS BUSCANDO DALETH?? —gritó Ana—. ¡¡Ah, acá estás!!

—Sí, acá estoy. —Se escuchó la voz de María—. ¡Acá está Daleth! —gritó con más impaciencia y un suspiro entrecortado.

Crucé el umbral contra mi voluntad, ¿por qué estaba haciendo esto? Él “tsesarevich” me siguió hasta el vestidor. La habitación era grande y redonda. El suelo estaba alfombrado y no tenía ventanas. Las paredes estaban revestidas de grandes armarios y cajones de madera esculpidos. Todas las puertas estaban abiertas; intenté no pensar que la causa de que todo estuviera abierto fuera Ana. Había espejos de pie, algunos muebles pequeños que parecían mesas con cajoneras, y en el centro, un gran sillón circular rojo.

Las chicas estaban detenidas delante de uno de los armarios. Dentro, se podía ver una puerta trampa de bronce gastado en donde se podía leer “Daleth”. Ana estaba intentando hacer palanca con una de las varas de metal que le había visto a Catalina el día que la conocí, cuando se había presentado como “Inga Sputnik”. Cuando logró separar el postigo de su base, María metió las manos. Aléxei y yo nos apresuramos a ayudarlas. Una vez abierta, miramos hacia abajo. Estaba oscuro. Teníamos delante una escalera de metal angosta, pero con el tamaño suficiente para que pasara una persona por vez.

—Quiero declarar que esto no me parece una buena idea —dijo Aléxei—. Si estuviéramos en casa, en cualquiera de nuestras casas —se apresuró a aclarar—, tampoco me parecería una buena idea. Las escaleras en nuestras casas, llevan a extraños y oscuros lugares. Y digamos que una escalera llamada “Daleth”, adentro de un armario, en una nave espacial… no me inspira nada de confianza.

Yo no conocía ninguna casa de ellos, de hecho, me sorprendía que tuvieran tantas casas; pero estaba de acuerdo con la declaración. Esto no era una buena idea. Una ola de frío subió hacia nosotros desde la abertura del suelo, lo cual afirmó más mi posición.

—Ya está… —dijo Aléxei—. Esto es muy Palacio de Invierno. Yo ahí no me meto. La última vez que…

—Sí, sí, ya sabemos… —lo interrumpió María—. No me interesa que repitas la misma historia una y otra vez.

—Además, ¿desde cuándo llamás al Palacio de Invierno “casa”? —le recriminó Ana—. ¡Esa no era nuestra casa!

—Creo que deberíamos volver a nuestras habitaciones, hasta que Catalina o Moloch se pongan en contacto con nosotros. ¿Qué les parece? —intervine.

María apoyó un pie en el primer escalón con mucha determinación, le dio la computadora portátil a su hermana y comenzó a bajar. Ana estaba mordiéndose el labio inferior pensativa. Algo tengo que reconocer, Nautilus.

Me sorprendió lo expeditivos que eran los hermanos.

—¡¡Veo luz!! —gritó María desde lo desconocido.

Ana, sin dudarlo más, se metió por la compuerta. Aléxei y yo nos asomamos. Nos miramos.

—¿El Palacio de Invierno era…? —pregunté dudoso—. ¿Ahí te perdiste en una puerta trampa?

—Sí, estuve cuatro días vagando por los túneles subterráneos de la ciudad y… usted sabe que sufro de hemofilia, bueno…

—¿Van a bajar o se van a quedar ahí? —gritó Ana.

Me metí por la trampilla, Aléxei me siguió. El espacio era realmente angosto y hacía frío. Como había predicho María, a lo lejos pude ver una luz amarillenta. Me arrebullé en mi saco y seguí bajando.

Salimos a un pasillo de piedra recto, con una torre en cada esquina. El corredor se encontraba al aire libre, el cielo arriba nuestro era negro y estrellado. Un cielo que no conocía. El lugar se encontraba iluminado por una hilera de faroles sostenidos por estiulos o “dragones” (como los llamaron los Romanov), forjados en hierro. El piso era de una piedra semejante a la ambrosia (mármol, para los Romanov), formaba un tapiz con rombos de color beige y negro. Estábamos rodeados por puertas de madera trabajadas y numeradas a ambos lados del pasaje. A las torres se accedían por grandes escaleras de mármol. La salida de Daleth estaba justo debajo de una de las escaleras. Era alguna clase de edificio construido para caminantes.

—No sé, me parece que nos equivocamos en algún lado —dijo Aléxei sarcástico, mirando en torno suyo—. ¿Qué dice tu computadora?

—Que ahora estamos más lejos que antes… —dijo María frustrada—. Nunca pasó esto cuando salimos a explorar. Rasputina dijo que seguir las indicaciones de la computadora era seguro.

—Algo raro estaba pasando igual… nunca vimos fenómenos como los que estaban pasando afuera —agregó Ana.

—¿Dónde estamos? —aventuré a preguntar.

—Parece alguna clase de edificio en Tierra… —respondió María distraída—. Vi construcciones así en algunas películas francesas.

—Lo que me decís no me explica nada… —susurré—. Esto se ve muy íntimo.

—¿Íntimo? —repitió Aléxei indignado—. ¿Es una proyección de deseo eso? Estamos en el pasillo de un edificio de departamentos.

—Sí… —afirmó Ana—. Tengo la misma sensación. No deberíamos estar acá.

—¿Me dejás mirar el mapa? —pedí. María, ceñuda, me pasó la computadora.

Era una guía con mapas de la nave, con lugares que visitar y resúmenes explicativos. El problema es que el mapeo se modificaba cada dos o tres instantes. Algo estaba pasando con la nave.

Algo como nunca habíamos visto antes.

Prendí mi esencia.

Me elevé unos els del suelo para poder apreciar mejor donde nos encontrábamos. Lo que vi me inquietó muchísimo. Primero, pude ver los patios internos de casi todas las viviendas: parecían vacíos. Luego, lo demás. Sistemas de cableado precario, grandes edificios, calles, lo que parecían vehículos estacionados… Las luces de la calle estaban encendidas. No vi ninguna luz proveniente de los edificios que nos rodeaban.

Estábamos en una ciudad caminante alienígena desierta.

—¿ARCADIA? —Esperé unos instantes. No hubo respuesta—. ¿ARCADIA? ¿Estás ahí?

Pensé que la afirmación hecha por María debía ser correcta: estábamos en Tierra… sin haber cruzado por el ATE. Descendí preocupado, ellos estaban inspeccionando las puertas e intentando forzarlas. Traté de hacerme una idea de por qué el mapa cambiaba y nosotros seguíamos en una ciudad desierta inamovible… se me hizo imposible. Me volví a acercar a la puerta trampa Daleth.

 Estaba cerrada.

—¿Alguno de ustedes cerró Daleth? —pregunté irritado, intentando no alarmarme.

—¡No! ¿Por qué? —preguntó María acercándose.

Con ayuda de mi  magnetismo, abrí la puerta. Saltó con un chasquido.

—Porque acabamos de perder nuestra salida —dije resignado, haciéndome a un lado para que pudieran apreciar la pared arenada que había reemplazado a la abertura.

Ana golpeó su cabeza molesta contra el muro. Suspiró y se cruzó de brazos. María me sacó la computadora y se puso a inspeccionarla.

Aléxei se detuvo pensativo, con una mano apoyada en la barbilla. Se puso a negar con la cabeza.

—No, no… estamos viendo esto mal… —susurró, docto—. Muy mal.

—¿Qué querés decir? —pregunté confundido y con ganas de electrocutarlo.

Ana se acercó a él y empezó a mirar alrededor.

—Lo que dijo usted antes… de que esto se ve muy íntimo… —siguió Aléxei—. Por ahí no estaba proyectando. Las puertas están numeradas. —María corrió hacia él con una expresión de sorpresa—. Digo yo, ¿qué sabemos de Rasputina?

—Que vos sos su tátara abuelo… nosotras sus tátara tías… —agregó Ana.

—Que viene de otro universo… —continuó María.

—¡El 32! —casi grité.

Los cuatro nos miramos y al unísono gritamos:

—¡LA PUERTA 32!

Empezamos a mirar los números desesperados, capturados por un impulso irracional momentáneo.

—¡La encontré! —gritó Ana.

Corrimos hacia ella; se encontraba adentro de una de las torres, al lado de las escaleras. Un cartel de chapa atornillado tenía escrita la siguiente leyenda: Departamentos 30-31-32-33. Por favor, no escupa en el suelo. Desesperados, subimos las escaleras y nos abalanzamos sobre el portal con el número 32.

Me dispuse a forzar la cerradura.

—Esto está mal —interrumpió María.

—¡¿Mal?! —recriminó Aléxei.

—Estamos buscando el Puente de Mando 1. No creo que vaya a estar atrás de esa puerta —dijo condescendiente—. Como dijiste… esto se ve muy íntimo. No me interesa. Y no veo cómo, nos va a llevar al Puente de Mando 1. —Fue terminante.

—¿No te interesa? ¡Tenemos que encontrar la escalera Aleph, y Daleth desapareció! ¿Te acordás? —replicó Ana indignada.

—¡Justamente! ¡No tenemos tiempo para esto! —insistió María—. ¡No me voy a dejar llevar por la infatuación que vos tenés con Rasputina! —Esto se lo dijo a su hermano muy enojada.

—¡¿”Infatuación con Rasputina”?! ¡¿”Infatuación con Rasputina”?! ¡¡Estamos acá por culpa de ustedes!! —replicó Aléxei a los gritos—. Y en segundo lugar, ¡¡no tengo una “infatuación con Rasputina”!!

—¡Ay, Sasha! Sí la tenés… —Ana le sonreía con picardía—. ¿Pensás que no nos dimos cuenta de cómo la mirás cada vez que viene a visitarnos? Y la manera en la que le hablás… “Mi estimadísima Rasputina esto…” “Mi adorada salvadora lo otro…” —Esto lo dijo en tono burlón.

Aléxei estaba indignado y se había puesto colorado.

—¡¡NO ES VERDAD!! —gritó desaforado.

Ana le sacó la lengua y luego le empezó a tirar besos en el aire. Yo bajé la vista de inmediato, me estaban poniendo muy nervioso. La obsesión de los humanos con los besos y los cortejos, en todo momento y todo lugar, me sacaba de quicio.

Escuchamos como una llave se metía en una cerradura. Era la puerta 33. Nos miramos entre todos, sin saber qué hacer. Sin más preámbulos, apoyé la mano en el picaporte de la puerta 32 y sin ninguna dificultad lo rompí.

La puerta se abrió con un chirrido molesto.

Entramos y cerramos como pudimos lo que quedaba de la puerta. En el piso había una caja grande, de un material parecido al papel. La tomé y la apoyé en la puerta para trabarla. Del otro lado, escuchamos como se abría la puerta 33 y luego, pasos en el pasillo…

—Muy humilde, ¿no? —La voz de Aléxei me sacó de lo que pasaba del otro lado.

Nos encontrábamos en el hall de entrada de una casa. A mi izquierda, María estaba investigando una sencilla biblioteca. Al lado de la biblioteca, había un escritorio cerrado, con varias fotografías enmarcadas. En una de las fotos pude reconocer a Catalina, sonriente, abrazada a mis dos compañeros nocturnos.

—¿Estos tigrises son de Catalina? —exclamé sorprendido. Haberlos visto en su cama, no me había llamado la atención y no había hecho la asociación.

—¿”Tigrises”? —repitió Ana sacándome el portarretratos—. Querrá decir “gatos”… Ésta es Sasha… —Me señalaba el gato tricolor mientras le tiraba besos a Aléxei—. Y éste es Shanti… —Ahora me señalaba al gato de cara marrón—. Efectivamente, son los gatos de Rasputina. ¡¡Ah!! —exclamó sorprendida—. ¡Ésta debe ser la casa de Rasputina en universo 32!

El hall salía hacia una sala de estar sencilla; María, ahora, estaba revisando los cajones con curiosidad. Había otro arco en el hall, donde se veía un pasillo corto con entrada a cuatro puertas más. Aléxei estaba inspeccionando la última puerta, casi al final del pasillo.

—Una morada muy sencilla, en efecto —dijo María—. Excelente gusto de decoración… —agregó con ironía.

—¡María Nicolayevna!¡¡No digas eso!! —la retó Ana entre la furia y el asombro.

Ana se acercó a una puerta que había en la sala de estar.

—Esto parece alguna clase de taller… —dijo, metiendo la cabeza.

—¡Hey! —gritó Aléxei asomándose desde la anteúltima puerta del pasillo—. Deberían venir para acá… —Miró hacia adentro y luego salió nervioso.

Me acerqué. Aléxei no estaba solo.

Con él, había salido un Ser que flotaba.

Estaba descalzo, los dedos de sus pies terminaban en garras largas y peligrosas. Tenía una mirada torcida de ojos celestes eléctricos; a pesar de esto… su belleza era abrumadora. Sus cabellos eran rubios, enrulados y seguían por debajo de los hombros. De espalda ancha, vestía una túnica corta colorada. Arriba de la túnica, llevaba una coraza flexible de tiras de metal; de la cintura para abajo, tenía una muslera flexible. De su espalda, nacían un par de alas compuestas por un plumaje blanco-plateado bastante intimidante. Parecía andrógino. Miraba a Aléxei con severidad.

Cuando me vio, su expresión se transfiguró, y esbozó una sonrisa espantosa.

—Good-hunting —dijo en un tono que no supe cómo interpretar.

Las chicas se acercaron, Aléxei estaba escondido atrás mío, asustado.

—Sí, soy Goodhunting, Blake Goodhunting… —respondí alarmado. Aquella criatura no era humana ni arcadiana—. Mucho gusto… ¿y usted vendría a ser? —La criatura no me respondió, arqueó una ceja—. Mi-mire… estamos perdidos y estábamos buscando el Puente de Mando 1… —me expliqué entre tartamudeos—. Usted parece autóctono… si pudiera indicarnos…

—Quiero a Catalina.

—¿Qué? —Pensé que había escuchado mal.

—Vas a pagar, con cada pedacito de tu alma. —La criatura se acercó.

Los cuatro retrocedimos hasta el hall de entrada, despacio y sin darle la espalda.

—¿Pa-pagar? —repetí desde una distancia más prudente.

—Parece San Miguel Arcángel… —me susurró María—. Es de los buenos…

La miré unos instantes intrigado e indignado.

—¿Querés hablarle vos, entonces? —le sugerí con sarcasmo.

María respiró hondo y dio un paso al frente. Por supuesto, no había entendido el sarcasmo.

San Miguel Arcángel, Príncipe de la milicia celestial… María Nicolayevna Romanova os saluda con humildad. —expresó muy cantarina. Le hizo una reverencia, tocando el suelo con la cabeza. Luego se quedó postrada—. ¡Oh, Querido Redentor, protector de Israel y del pueblo de Cristo, nuestro Señor! ¡Os suplico que nos ayudéis! ¡Hemos perdido el camino que Él trazó para nosotros!

La criatura miraba a María con curiosidad, había torcido levemente la cabeza mientras la escuchaba. Yo no sabía si reír o llorar. El Ser me dedicó una mirada interrogante. Creo que estábamos en la misma situación.

—¿Ese es tu nombre? —pregunté con simpatía, intentando olvidar que me había amenazado—. ¿San Miguel Arcángel, Príncipe de la milicia celestial? Es… es… un nombre realmente impresionante… —Esbocé una sonrisa. María me miró indignada desde el suelo.

Odio ese título.

María se volvió a la criatura sorprendida. Como una ráfaga, el Ser intentó tomar a María por el cuello. Me interpuse. Mi mano, quedó trabando su muñeca.

No tengo que decirte cómo esto fue un error. ¿No?

La criatura extendió sus alas, rompiendo las ventanas del pasillo. Su muñeca giró en mi mano y se soltó. Atrapó mi propia muñeca. Volvió a torcer su cara hacia un lado y me volvió a sonreír, divertida. Toda su expresión se leía como: “Blake Goodhunting, sos un estúpido”. Desesperado, intenté soltarme, pero su mano era una tenaza. Le quise pegar en la cabeza con mi mano libre. Me la detuvo con su otra mano y luego, me pegó un cabezazo. Caí al suelo, golpeándome con el medio escalón que separaba el hall del pasillo. El Ser se encontraba sobre mí.

Me miraba con lástima.

Ahora, no tenía un par de alas. Tenía dos pares de alas blancas plateadas extendidas. Dejame decirte Nautilus, que me pareció que eso no podía ser bueno de ninguna manera.

—¿Se perdieron en el camino que Él trazó para ustedes? —preguntó con desprecio—. No deberían preocuparse… ni Él es bueno siguiendo sus propios caminos…

Empezó a sonar una canción, de la nada.

La peor de las canciones que alguna vez hubiera escuchado en mi vida. Era peor que la canción del beso y las estrellas que debían morir; peor que las composiciones con y sin letra de Beethoven (sus himnos parecían hechos para la crisálida de cualquiera); aun peor que ese tipo que cantaba que te podía amar por un día o dos…; o la del tipo que se despedía con un beso y una flor. Lo que se escuchó fue peor que todo lo que había tenido la oportunidad de escuchar en el arca hasta ese momento: enfermo, humano, retorcido y digno de salvajes.

Una oda a todo lo que los arcadianos odiamos y defenestramos.

«Afuera en el prado, páramos ventosos rodarán y se volverán verdes. Tu tenías un temperamento, como mis celos, demasiado intenso, demasiado codicioso».

La puerta de entrada se abrió de golpe, con fuerza. En el umbral, estaba un muchacho muy alto, de contextura atlética, vestido con una túnica negra que le llegaba a los tobillos. Tenía cabellos largos y negros, recogidos en una cola de caballo; sus uñas estaban pintadas del mismo color. Sus ojos eran verdes y tenía aproximadamente mi edad. Vino hacia nosotros, con alguna clase de reproductor de audio que llevaba sobre su hombro.

Sus facciones me eran familiares.

«¿Cómo pudiste dejarme cuándo yo necesitaba poseerte? Te odio y también te amo»…

 Les hizo señas a los hermanos para que salieran. Los chicos salieron corriendo.

El sujeto me miró, suspiró y se detuvo a unos els de la criatura. La saludó con la mano mientras se movía al ritmo de la melodía, siguiendo la letra con su voz.

«Los malos sueños en la noche me dijeron que perdería la pelea… dejando atrás mis borrascosas, cumbres borrascosas»…

 Miré nuevamente hacia el Ser, había retrocedido un poco. Ahora se veía humano. Sus alas habían desaparecido, lo mismo su armadura. Vestía un par de pantalones azules, con zapatos de franela y llevaba una campera azul con rallas amarillas. Ya no flotaba y su mirada desquiciada, se encontraba perdida.

«¡Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada! ¡Permíteme entrar por tu ventana!»

—Ahora que la bestia está tranquila… —me susurró el muchacho—. Arrastrate hasta la salida. No te pongas de pie, no vueles, no parpadees, no respires. Arrastrate, como un gusanito.

Sin contradecirlo, hice lo que me ordenó. Aunque no tenía idea de que quería decir con “gusanito”.

¡«Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada!  ¡Permíteme entrar por tu ventana!»

Los Romanov me esperaban del otro lado de la puerta. Estaban aterrorizados. Cuando estuve fuera, me puse de pie. Un solo vistazo me sirvió para darme cuenta porque me resultaba familiar: parecía la versión masculina de “Inga Sputnik”.

«¡Oh! ¡Se pone tan oscuro y solitario desde el otro lado de ti! Lloré un montón y encontré el dolor, caí a través, sin ti… Así que voy a regresar, amor…  Cruel Heathcliff, mi único sueño, mi único amo…»

El “hermano” de Inga, retrocedió hacia nosotros despacio. Cuando llegó a la puerta, la cerró sin dudarlo. Miró la cerradura y me echó una mirada de reproche. Apagó el reproductor de audio.

—Bueno, esperemos que esto contenga a la dragona de siete cabezas. Y si no… bueno, improvisaremos. —Golpeó el reproductor—: tengo todo el cassette con este clásico de finales de los 70´s grabado. Bajemos —indicó—. La verdad es que podrían haber esperado a que saliera… en vez de correr como desposeídos adentro de ese departamento. ¡Son unos idiotas!

—Catalina… ¿sos realmente vos? —pregunté mientras bajábamos por las escaleras, entre divertido y curioso. Su altura era realmente impresionante.

Me volvió a mirar con una expresión cuyo significado no pude precisar.

—Eso quisieras, picarón… —Ahora sonreía—. Pero no, no soy Catalina.

No tengo que decirte que ante esa respuesta, me sentí ofendido. La última vez que había escuchado la palabra “picarón” había sido dirigida hacia mi yo alterno. Los cuatro nos detuvimos en mitad del descenso, alarmados, mientras el muchacho seguía bajando. Se detuvo y se volvió hacia nosotros.

—¿Y quién es usted? ¿Si se puede saber? ¿Por qué viste como un monje? —preguntó María con las mejillas coloradas y los ojos brillantes.

El muchacho miró a María con atención, la escrutó de arriba abajo.

—En este momento, me encuentro en casi todos los lugares del espacio. En uno, me estás persiguiendo con un arco y me estás disparando flechas de luz. En otro, me estás gritando… en otros, solo me ignorás; y en algunos pocos, muy pocos, me estás mirando de esta manera.

María arqueó una ceja, estaba más colorada que antes.

—El resultado de mi análisis, es que la revelación de mi identidad afecta tu percepción y tu forma de tratarme. Me gusta agradarte —concluyó.

Ana miraba a su hermana con la boca abierta. María se había quedado petrificada.

—¡Es verdad! ¡Usted le gusta! —Ana se empezó a reír—. Parece una estrella de cine, ¿no? —Ana codeó a su hermana—. ¡Es tan alto!

El muchacho me miró, hizo un movimiento con sus cejas y esbozó una sonrisa.

—Parezco una estrella de cine —afirmó. No tengo idea de que significa la expresión “estrella de cine” aun hoy. Pero debía de ser algo muy positivo con respecto a su apariencia externa. Los humanos tienen una obsesión con la apariencia externa de las personas.

—¿Cómo lo tenemos que llamar entonces? —preguntó Aléxei.

—Pueden llamarme “unidad de mantenimiento suplementaria”. Como me encuentro en todos los puntos del espacio, todavía no tengo numeración.

—¿Unidad de mantenimiento? ¿Sos como Moloch? —pregunté sorprendido—. ¡¿Sos un robot?!

—“Robot” es un término un poco insultante… androide, autómata… es más adecuado. ¿Te gustaría que te llamara pelota de carne y litio? —me preguntó el muchacho—. Porque “robot” es como decir eso. “¡Hola, pelota de carne y litio!” —me saludó. Luego se dirigió a Aléxei—: “¡Hola pelota aristocrática de carbono e hidrógeno!”

—Creo que entendimos… “unidad de mantenimiento suplementaria” —dijo Aléxei con una sonrisa fingida.

Volvimos al pasillo. María buscó la entrada de Daleth. La puerta de metal también había desaparecido, sin dejar rastro.

—Somos unos idiotas —susurró Ana, apoyándose contra la pared, agarrándose la cabeza.

—¿Dónde estamos? —le pregunté a “la unidad de mantenimiento suplementaria”.

—Creo que en Biná de Yesod —respondió, solícito.

—¿Biná de Yesod? —repitió María—. Pero… pero… eso, según este mapa, ¡es mucho más lejos de lo que esperaba!

—Decímelo a mí… yo estaba en Hod y vine a parar acá… —el muchacho le sacó la computadora y se puso a manipularla—. Ustedes estaban en Tiferet… ¿no?

—Sí… —dijo María señalando el plano—. ¿Ahora estamos acá abajo? ¿Esto es Hod? ¡Usted está más cerca que nosotros! —le reprochó.

—Estamos a la misma distancia, el camino de ustedes tiene más bifurcaciones, nada más. —le explicó, mientras le tiraba su mejor cara de “estrella de cine”.

—No puedo creerlo… —me susurró Aléxei— Hasta hace dos minutos, me estaba acusando de estar infatuado con Rasputina, después se postró delante del “arcángel Miguel” y ahora está “chichoneando” con un robot… esto es muy fuerte.

—“Unidad de mantenimiento suplementaria” —lo corregí con una sonrisa. Algo me distrajo—: ¿La que está adelante golpeando puertas es tu hermana?

Los dos miramos hacia el pasillo. Ana estaba golpeando las puertas de las viviendas, muy despreocupada. Aléxei y yo nos miramos unos instantes alarmados y corrimos hacia ella. Pasamos al lado de nuestro nuevo “amigo” y María. Pude escuchar que le decía:

—Revelarte mi identidad ahora, sería como darte el fruto prohibido… caeríamos los dos del paraíso. Y me gusta agradarte, como te dije.

—¡Qué cosas dice! —respondió María con una risita.

Miré al tipo indignado y boquiabierto. La unidad de mantenimiento me saludó con la mano, impune. Seguí mi camino hasta Ana, que se encontraba golpeando la puerta número 1.

—¿Qué hacés, loca? —le gritó Aléxei.

—Ana… te parece que después de lo que vimos en la puerta 32 y de lo que salió de la puerta 33, ¿golpear puertas por ahí es una acción sensata? —le reproché.

—Primero, para usted, Anastasia Nicolayevna. Segundo, no sé, señor Goodhunting —respondió enojada—. Dígame, ¿usted tiene una idea mejor? Porque lo último que vimos fue un crucero de guerra delante de la atolla y luego caímos acá…

—Estimados… —nos llamó Aléxei.

—Esperá un poco… —lo calló su hermana—. Y no veo que nadie… esté buscando una manera de salir de acá. Salvo, que “ojalá nadáramos como nadan los delfines” sea una expresión de deseo para salir de acá.

Miré a “Anastasia Nicolayevna” sin entender.

—Fue lo último que le dijo esa unidad de mantenimiento extraña a mi hermana —aclaró con desprecio.

—Ana, señor Goodhunting… —volvió a llamarnos Aléxei.

—¿”Ojalá nadáramos como nadan los delfines”? ¿En serio?

—Sí, en serio.

—Deberían volverse…

—¿Qué son “los delfines”? —pregunté con curiosidad.

—En serio, me parece que no tenemos tiempo para esto… —insistió Aléxei.

—¡Sasha! ¡El tiempo es relativo acá! ¿No leíste los folletos de ARCADIA? —le gritó Ana.

En realidad, Aléxei tenía razón. No teníamos tiempo para estar discutiendo estas estupideces. Aléxei estaba avergonzado y en su rostro podía leerse reproche.

Entonces me di cuenta de que la puerta número 1 estaba abierta.

Parado delante de la puerta, se encontraba otro tipo muy alto; no tan alto como la “unidad de mantenimiento suplementaria”, pero me sacaba al menos una cabeza. Tenía cabellos cortos, color castaño y enrulados. Facciones duras y ojos claros de un color difícil de definir, tenía un par de anteojos agarrados al tabique de la nariz; que supuse serían para corrección visual. Era reflectante. Esta persona, que aparentaba unas seiscientas temporadas o cuarenta años en estándares humanos, estaba esperando paciente a que Ana y yo termináramos nuestra estúpida conversación.

—Los delfines son una especie acuática de Tierra, señor Goodhunting. En la era humana, los delfines fueron una de las tres especies más inteligentes de todo el planeta, de hecho. Como son acuáticas, nadan —explicó con mucha amabilidad. Su voz era familiar, potente y de un timbre muy bajo.

—¡¿Moloch?! —preguntó Ana sorprendida—. ¿Sos vos?

—Unidad de mantenimiento Moloch 4, de hecho, señorita Anastasia “Nicolayevna”.

Lo miré de arriba abajo. Por supuesto, era la voz de Moloch.

—Moloch… ¿qué es este lugar? ¿dónde estamos? ¡¡Están pasando cosas muy graves!! Tenemos que ir urgente al Puente de Mando 1 —intenté explicarme.

—Este lugar es Biná de Yesod. El lugar donde se gestan los pensamientos de IOCK. Por qué están aquí… tengo una sospecha. Pero, no deberían estar en este lugar. Con respecto a su última afirmación, siempre están pasando cosas graves en ARCADIA —me corrigió—. Me extraña, señor Goodhunting, que no lo sepa.

—Pará, pará… —se inmiscuyó Aléxei—. ¿Cuáles son tus sospechas?

—Si desean pasar… puedo explicarles y quizá ayudarlos a volver a su línea de continuidad.

—¿”Línea de continuidad”? —Lo que había escuchado me había aterrorizado—. ¡¿Dónde estamos, Moloch?!

—De todos los lugares donde podrían haber caído, vinieron al más inverosímil. —Moloch se hizo a un lado para dejarnos pasar a la vivienda—. Se encuentran en el futuro.

—¡Ey! —Escuché atrás mío.

“La unidad de mantenimiento suplementaria” y María se habían acercado.

—Unidad de mantenimiento suplementaria…

—Shh… shh… ellos no me conocen y pretendo que siga así por un tiempo. —Se puso a inspeccionar la apariencia externa de Moloch—. Este look, te queda muy bien…

—Gracias, utilizamos una de sus unidades como base.

—De ahí reconocía el atractivo —afirmó “la estrella de cine”. Chasqueó los dedos—. Le dijiste algo recién a Goodhunting que es una aberración Moloch. “Futuro”. Los q´yauri no tienen futuro. Solo presente.

Moloch estudió a la otra unidad unos momentos, pensativo.

—Usted estuvo en todos los momentos del espacio-tiempo de Malkut cuando fue asimilado por ARCADIA 1. Supongo que si IOCK permitió que llegara hasta acá… —Moloch cerró la puerta de entrada. Estábamos en un patio oscuro, las habitaciones de la casa se encontraban en rededor—. Es porque quería que viera por sí mismo hacia dónde… nos dirigimos. Y lo que se requiere de usted. Esto, es el futuro.

—¿Dónde estamos, Moloch? —preguntó Ana preocupada.

—Para que un q´yauri tenga futuro… ¡Oh! —La alegría y algarabía de hacía unos momentos desapareció de su faz.

—Exacto. “¡Oh!”. —repitió Moloch con humor. Nos invitó a pasar a una de las habitaciones.

La habitación era modesta, las paredes estaban llenas de pantallas en las que aleatoriamente se veían imágenes de una ciudad humana, con leyendas que iban cambiando con las imágenes. Los muebles estaban llenos de pilas de papeles. En un rincón, un improvisado escritorio, con una computadora y una silla. El cuadro lo cerraba una biblioteca en el medio de la habitación, llena de libros de papel humano: ARCADIA, de U.M. Moloch IV; Dios enterrado bajo la tierra, de U.M. Moloch IV; El eterno retorno de Él, de U. M. Moloch IV, La conclusión neoracionalista tras las deidades judeo-cristianas y el Islam (una retroamputación postnihilista cosmogónica), de U. M. Moloch IV, etc… Tomé uno de los libros.

—Señor Goodhunting, debo solicitarle que deje eso. No son para sus ojos.

—Esto es Argentina, ¿no? —preguntó Ana—. Ésta es la ciudad de la que es oriunda Rasputina…

—¿Por qué no puedo mirarlos, Moloch? —pregunté con temor, dejando el libro en uno de los estantes de la biblioteca.

—Porque son recolecciones de bitácoras de vuestro porvenir.

—¿Ella sabe esto? —interrumpió la otra unidad desde la computadora.

—Difícil saberlo, no sé si lo sabía o no lo sabía —respondió.

—Ellos o yo, deberíamos decírselo, cuando la veamos… —continuó la unidad de mantenimiento suplementaria.

—Dudo mucho de que usted retenga algo cuando el módulo de unidad termine de actualizarse.

—¿De qué están hablando? —me metí, cada vez más nervioso.

—Esto es el Yesod de Multiverso 3, de eso estamos hablando. —La unidad de mantenimiento suplementaria lo dijo como si fuera una obviedad—. Ustedes viajaron muy, pero muy lejos. —Se volvió a Moloch—. Entonces Ella quiere que yo sepa exactamente para qué me trajo.

—Supongo —respondió Moloch 4 con indiferencia.

—¿Multiverso 3? —repetí sin entender.

Volví a mirar los libros, los papeles y las pantallas. Muy en lo profundo, lo que estaba mirando tenía un sentido. Un sentido que no me gustaba. Los q´yauri no tenían futuro, salvo… ¿salvo qué? ¿Qué necesidad tenía Moloch de ser escritor? Miré las pantallas, las imágenes se distinguían unas de otras por una leyenda que aparecía en cada salto: Ciudad de Buenos Aires 1, Ciudad de Buenos Aires 2, etc…; iban rotando.

Me volví hacia Moloch.

—Bueno, pero podemos llamar a Catalina y que nos devuelva a nuestra línea de continuidad, ¿no? —dije nervioso.

Me pareció ver suspirar al androide.

—IOCK en este momento no se encuentra disponible —respondió.

Volví a mirar las pantallas: Ciudad de Buenos Aires 20, Ciudad de Buenos Aires 21, Ciudad de Buenos Aires 22… Sentí mis niveles de energía subir, junto con mi indignación.

—¿No? ¿Por qué no se encuentra disponible? ¿Dónde está? —lo enfrenté alzando la voz y señalándole las pantallas.

—No puedo responder a eso, señor Goodhunting —respondió sin inmutarse.

—No podés responder a eso… no querés responder a eso… ¿Qué era ese Ser detrás de la puerta 32? ¿Eso me lo podés responder? —lo increpé temblando—. Porque me conocía… y yo no lo conozco.

—Eso sí puedo responderlo —dijo solícito—. Eso que se guarda allí, creo que son emociones erráticas de IOCK… bajo la forma del q´yauri 32. En su mayoría reprimidas.

No supe como replicar a eso. Lo que me estaba diciendo, básicamente, es que Catalina muy en lo profundo de su ser, me odiaba. No es que no lo supiera. Me había llamado imbécil.

—Creo que tengo los datos suficientes como para tomar una decisión ahora. ¡Hasta la vista, Moloch! —se despidió la “futura” unidad de mantenimiento suplementaria—. María Nicolayevna, nos vemos en tu futuro… y te pido por favor, que recuerdes la primera impresión que tuviste de mí. ¡Esa es la que cuenta! —Acompañó esto con un chasqueo de dedos.

Nos saludó con un movimiento de mano y se retiró.

—Debería resultarme aburrida esta rutina… sin embargo, ésta fue bastante diferente a las anteriores.

—¿A qué te referís con eso? —preguntó Ana con timidez. Los tres hermanos se habían mantenido al margen de la discusión y ahora estaban algo intimidados.

—Ese aspecto de… —se detuvo—, “el hijo de Shalim” está atado a este lugar. Cada tanto, el ciclo que acaba de suceder se repite; con algunas variaciones, por supuesto.

—¡Por eso sabía que la canción iba a calmar a la bestia del departamento 32! —gritó María.

—Exacto. —Moloch se sacó los anteojos. Me los mostró—: En realidad no los necesito, pero son un lindo detalle de humanidad.

—Moloch, ¿sabés como regresarnos a Tiferet? —preguntó María.

—Sí, de hecho, sí. Lo más probable es que hayan sido desplazados hasta acá por el PSO.

—¿”PSO”? ¿Qué es eso? —pregunté con curiosidad.

—Se llama Protocolo Space Opera a una serie de comandos y rutinas que IOCK tuvo que ejecutar para combatir contra una interfaz intuitiva Astarté. La serie de comandos y protocolos fue bastante ineficiente pero resultó eficaz. El problema es que generó una cantidad de entropía… bastante llamativa. —En el mismo tono irónico agregó—: Y las consecuencias de la entropía del PSO las seguimos sufriendo en Multiverso 3. Creo que es el protocolo más extravagante que alguna vez esta arca tuvo que hacer correr. —Esto lo dijo con resignación.

—O sea que este protocolo desordena todo y por eso de la escalera Daleth caímos acá. —Ahora entendía todo.

—Sí… cada tanto recibimos cataratas de errores de ese protocolo. Es increíble. —Esto lo dijo en un tono reprobador.

—¿Cómo pensás sacarnos de acá? —preguntó María.

—Si me presta su ordenador, voy a unirlos a la línea de continuidad del… hijo de Shalim. —María le tendió la computadora—. Siguiéndolo, lo más probable es que se acerquen al Puente de Mando 1. Voy a cargarles también un algoritmo para que puedan calcular las ráfagas de errores. Una vez que lleguen al Puente de Mando 1, dentro del Protocolo Space Opera, deberían salir a su línea de continuidad… creo. —Me tranquilicé cuando lo escuché explicarnos su plan. Me tranquilicé hasta el “creo”. Ni él sabía si esto iba a funcionar. Decidí que ésta iba a ser la última vez que seguía a los Romanov en una aventura. Algo tan básico como ir al Puente de Mando 1 durante una emergencia, nos había llevado a Multiverso 3. Mejor dicho, a “Biná de Yesod en Multiverso 3”. Como te darás cuenta Nautilus, no me hacía ninguna diferencia saber dónde estaba.

11.

Moloch nos llevó a un dormitorio mal iluminado, mal cableado y sucio. Corrió una cómoda de una de las paredes llenas de humedad; detrás de ésta, había un panel de metal, con un tallado familiar. La unidad de mantenimiento abrió uno de los cajones de la cómoda y sacó un juego de herramientas. Se puso a desatornillar el panel con mucha diligencia.

—No le digan a IOCK lo que presenciaron aquí.

—¿Podemos poner algo en riesgo si lo hacemos? —preguntó Aléxei muy serio.

—¿Cómo evitar que sea lo que sea que estés buscando desaparezca? ¿Por ejemplo? —pregunté sarcástico.

Moloch me miró con lástima y condescendencia.

—Para evitarse sufrimientos innecesarios, señor Goodhunting. —Me sonrió con melancolía—. Nada va a evitar que IOCK haga lo que considera correcto. Ni usted, ni yo, ni nadie. —Sus ojos por momentos verdes, por momentos azules, me miraban con una serenidad divertida.

Me sentí molesto.

Moloch sacó el panel con muchísimo cuidado y sin ninguna dificultad. Lo que había detrás era un tubo angosto, con una escalera empotrada. La dirección del túnel no era ni para arriba ni para abajo, iba hacia adelante.

—Cuando ingresen al tubo de matenimiento, la gravedad los va a tirar hacia abajo. Así que no se fíen por la direccionalidad que ven ahora. Agárrense fuerte de las manijas de la escalera. —Esto se los dijo puntualmente a los Romanov—. Y señorita María Nicolayevna, los puntos rojos son Ben Shalim. A medida que suban, van a encontrar diferentes escotillas. El algoritmo que cargué va a unir los puntos rojos con alguna de las escotillas; esa, es la que tienen que abrir. Luego, solo deben seguir el camino trazado y repetir los saltos hasta el Puente de Mando 1 en el PSO.

María estaba concentrada mirando la computadora, asintió y se acercó a la entrada. Con mucho cuidado, entró. Cuando su cuerpo desapareció dentro del tubo de mantenimiento, emitió un grito.

—Estoy bien, solo un poco mareada. Gracias, unidad de mantenimiento Moloch 4 —se despidió—. Tu ayuda será recordada.

Ana hizo sonar sus nudillos y desafiante, se metió en el túnel.

—¿Hiciste sonar tus nudillos, Ana? —preguntó María molesta.

—¿Cómo se te ocurre? —replicó Ana—. ¡Nos vemos, Moloch!

Aléxei se acercó a la entrada y con mucho cuidado se asomó.

—Señor Nicolayevich. —Moloch le palpó el saco. Luego, con mucho cuidado, lo hizo salir de la escotilla.

Aléxei confundido, lo miró interrogante. Moloch metió la mano dentro del saco de Aléxei y sacó el ejemplar de ARCADIA escrito por U. M. Moloch IV. Aléxei estaba indignado.

—No sé cómo llegó eso a mí saco. Este PSO es muy extraño… Cataratas de errores… Hasta pronto, Moloch. —Aléxei se metió en el tubo y desapareció tras sus hermanas.

—En el futuro, si tuviera pensado escribir un jornal, debería esconderlo de Aléxis Nicolayevich, señor Goodhunting. —Moloch me señaló la entrada.

—¡¿Qué?! ¿Un jornal? ¿Por qué escribiría un jornal? ¿Por qué estos chicos tienen tantos nombres? —Antes de entrar, me acerqué a Moloch—: Con respecto a Catalina…

El sonido de un aleteo fuera de la habitación, nos interrumpió. Moloch estaba mirando hacia la puerta, preocupado.

—Hasta pronto, señor Goodhunting. —Moloch me empujó dentro de la escotilla sin ninguna dificultad. Con el mismo desapego, colocó la placa en su lugar. Si yo no fuera luminiscente, nos hubiéramos quedado a oscuras.

¿Habíamos cerrado bien la puerta número 32?

Subimos y subimos. Los momentos se hicieron cada vez más largos. Cuando nos deteníamos, María volvía a revisar la computadora concentrada. No sabía cómo tomar todo lo que había sucedido. La criatura que me había amenazado, “el hijo de Shalim” y unidad Moloch 4 daban vueltas por mi cabeza una y otra vez. Lamenté que Moloch hubiera descubierto el libro que Aléxei había intentado robarse.

—Creo que es acá… —nos gritó María.

—Espero que así sea… —susurré.

María le pasó la computadora a su hermana. La escotilla hizo un chirrido mientras María giraba la manivela.

Cuando salimos del tubo de mantenimiento, nos encontramos en un pasillo de paredes tapizadas en rojo con bordados en oro. Los bordados conformaban alguna clase de animal alado con dos cabezas. La tela y el hilo del bordado se veía suave e inflamable.

No me animé a tocar la pared.

Puertas, a uno y otro lado. Cada tres puertas, había un farol a gas empotrado en la pared; el armazón del farol era el animal alado de dos cabezas, esculpido. El techo era bajo y las paredes angostas. Al final del pasillo, un portal de puerta doble, que ocupaba toda la pared.

—Esto parece un barco… —dijo Ana—. Es más, me resulta familiar.

Aléxei señaló el animal bordado en las paredes.

—Te resulta familiar, porque es un barco de nuestra flota imperial. Acá está nuestro escudo de armas.

—¿Escudo de armas? —repetí.

—Sí, el águila bífida es el símbolo de nuestra familia —dijo María, quién estaba caminando en dirección al portal—. Vamos, el mapa nos indica que es por aquí.

La puerta estaba enchapada en oro. En ambas hojas, tenía esculpido el águila bífida que representaba “el escudo de armas” de la familia Romanov. Sin dudarlo, María abrió ambas puertas a la vez.

Del otro lado, nos esperaba un mirador. Salimos a la parte superior de una torreta que daba a un espacio puerto. Estábamos protegidos del exterior por un grueso cristal. La estancia tenía varios els de largo y más puertas. El lugar estaba lleno de computadoras y diversos tipos de consolas. En las pantallas iban rotando diferentes planos técnicos con detalles de extraños diseños. En el centro, había una mesa con planos extendidos y diversas herramientas de medida y dibujo.

Nos detuvimos en seco.

Pequeñas unidades móviles piramidales circulaban por la estancia, sin prestarnos la menor atención. Algunas con ruedas, otras con eslabones modulares todo terreno; tenían pequeñas cabezas que se movían de un lado para el otro, en el vértice superior. Su ir y venir era frenético.

Los jóvenes se habían acercado al cristal y estaban observando hacia el otro lado. Me uní a ellos y me quedé boquiabierto. Afuera, el más absoluto vacío; y en ese vacío, alguien había construido una compleja estructura de forma cilíndrica que se extendía hacia arriba y hacia abajo. Esta estructura estaba compuesta por gigantescos ojales metálicos, colocados uno al lado del otro en todas las direcciones. La torreta en la que estábamos, se encontraba dentro de esa estructura. Entre algunos ojales había plataformas con otro tipo de muescas. Estas plataformas se veían pequeñas en comparación con la estructura principal. Lo que me lleva a explicar que la verdadera protagonista del espacio puerto, era una gigantesca nave espacial. Se encontraba flotando, anclada entre tres plataformas. La nave parecía estar en construcción, el casco no estaba completamente colocado. A lo ancho, tenía forma circular y a lo largo era más bien plana; parecía un platillo volador con forma de lágrima de mar o de “atolla”, como dirían los hermanos Romanov. En su superficie se podía ver escrita la siguiente leyenda:

VUTE- ARCANGEL I.

Me acerqué a la mesa y me puse a inspeccionar los planos. “VUTE” era la sigla de “Vector Universal Tiempo Espacio” y “ARCANGEL” era el nombre que tenía la nave. Los planos estaban firmados: CK.

Los diseños eran de Catalina.

Estaba construyendo una máquina del tiempo.

Me puse a mirar las consolas. Por lo que pude deducir, nos encontrábamos en alguna parte del ATE Continuo… en el abismo. Los ojales, no eran solo algo decorativo.

Eran portales estelares.

—¿Esas son Rasputinas? —preguntó Ana.

—Sí… son miles… —susurró María impresionada.

Me acerqué al mirador, esquivando a las pequeñas unidades móviles. Ana estaba en lo cierto. Si uno miraba con atención, podían verse miles de Catalinas, vestidas con overoles de trabajo y cinturones con herramientas; trabajando en diferentes sectores de la nave, con una perfecta sincronización.

¿Por qué la computadora de una máquina del tiempo, estaba construyendo otra máquina del tiempo?

Aléxei y yo nos miramos de reojo. Estábamos pensando lo mismo.

—Creo que el crucero de guerra no va a tener muchas chances contra eso… —dijo Ana con mucha seguridad, apoyando su cara en el cristal.

—No te emociones, según el mapa, todavía no volvimos a nuestra continuidad. —María tenía los ojos muy abiertos y observaba la VUTE con atención, sin pestañar—. Me equivoqué de escotilla.

Le saqué la computadora portátil de manera torpe y apresurada.

—¿Cómo? ¿Dónde estamos entonces? —pregunté mientras me ponía a inspeccionar el mapa.

—Nos encontramos en una intersección entre Tiferet, Netsaj, Hod y Yesod… —dijo María con calma, sacándome la computadora—. Perdidos, pero en teoría, más cerca de nuestro destino. En algún lugar llamado Yetzirah

—Señoritas Romanovas, Señor Romanov, Señor Goodhunting…; nos sentiríamos encantados de indicarles el camino a vuestra línea de continuidad —dijeron un conglomerado de miles de voces atrás nuestro.

Perturbados, los cuatro nos volvimos hacia nuestros interlocutores. Lo que teníamos delante, no eran muchos.

Era solo uno.

Por empezar, me arrancaba cuatro o cinco cabezas. No era luminiscente, no era humano, pero tenía una cabeza, dos brazos y dos piernas; además de un cuerpo sumamente estilizado. No se parecía a nada que alguna vez hubiese visto. Su piel era brillante, como hecha de vidrio o cristal; en su interior, sobre una base brumosa y negra, pululaban millones y millones de destellos azules. Tenía rostro, mejor dicho, tenía muchísimos rostros que iban cambiando y transformándose a cada instante. Rostros femeninos, rostros masculinos, rostros andróginos; facciones incomprensibles que se sumergían en su interior y volvían a resurgir en expresiones que me eran muy difíciles de comprender.

—¿Qué… qué carajos…? —balbuceó María fuera de sí, se había pegado contra el cristal del mirador aterrorizada. Había dejado caer la computadora portátil, la cual yacía en el suelo.

El recién llegado, de forma muy cortés, se agachó. Con una mano larga de dedos desproporcionalmente finos y largos, tomó la computadora del suelo y se la alcanzó a María; la cual, temblorosa, la aceptó llena de dudas.

—IOCK nos envió al verlos aquí. —Señaló el mirador—. Si nos acompañan, puedo indicarles el camino, ya que se han desviado un poco de vuestro destino —dijo el colectivo de voces. Una hilera de ojos azules, verdes, amarillos y negros ocuparon el lugar de su rostro, un par abajo del otro.  Luego se formó una nariz y al final una sonrisa.

—¿Qué es usted? —demandó Aléxei.

—Mi nombre es Legión, porque somos muchos —respondieron.

Ana gimió, Aléxei murmuró algo intraducible y María gritó espantada. Yo me acerqué al Ser, boquiabierto, para verlo más de cerca. Un rostro femenino, de mirada pacífica se formó.

Me sonrió.

—¿Legión de qué, son ustedes? —pregunté.

—¿Legión de qué? ¡¡Son demonios!! —gritó María, completamente desencajada.

De Legión salieron miles y miles de risitas, risas y risotadas amables. Yo no pude evitar sonreír.

—Este cuerpo es un arca que conglomera varias legiones de conciencias humanas, de todas las líneas de continuidad dónde los humanos creyeron vencer a la muerte. Llegamos todas al mismo lugar y nos unimos en una gran legión. Somos la última humanidad. Nuestra alianza fue el último testimonio. Vivimos por siempre.

No pude responder nada a eso, estaba boquiabierto. Cuando me recompuse, pregunté, o intenté preguntar:

—¿Cómo… cómo? —Nautilus, no podía creer lo que estaba viendo, ni lo que estaba escuchando.

—Aprendimos a vivir en paz con nuestro entorno. Superamos la pobreza y la riqueza, eliminando la explotación. Destruimos el capital. Incluso, erradicamos las enfermedades. Prolongamos nuestras vidas hasta casi rozar la inmortalidad… —Hicieron una pausa—. A pesar de todos nuestros logros… nunca logramos vencer a la muerte. Nunca supimos si existían las almas, nunca logramos descubrir si había un después. Así que como no lo sabíamos, hicimos lo único que podíamos hacer. Las inventamos. Señor Goodhunting, ¿esas son lágrimas?, ¿está llorando por nosotros? —No supe que responderles, me sentía revolucionado. La Legión limpió mis lágrimas con uno de sus finos dedos—. Nos sentimos honrados, señor Goodhunting.

—No… no. Yo me siento honrado de conocerlos —me apresuré a aclararles—. Entonces… trasladaron sus conciencias, sus cuerpos…

—Sí, teníamos tecnología avanzada desde hacía tiempo, ya. Así que trasladamos nuestras conciencias, como usted dice. Dejamos la carne y nos volvimos espíritu. Nos unimos. Ahora todos, somos uno y a la vez muchos —se explicaron—. Vagamos todos juntos, por muchísimo tiempo. Hasta que un día, IOCK nos recibió y se unió a nosotros. Y compartimos, compartimos mucho. IOCK nos enseñó que no fuimos los únicos; nos mostró que en otras líneas de continuidad, la humanidad había dado el mismo salto de fe. Así que nos permitió unirnos con ellos también. Y compartimos.

—Les gusta compartir —afirmé.

—Nos encanta compartir, porque somos muchos.

—Lo que están diciendo es una blasfemia… —Escuché a María atrás de mí—. ¿Crear almas? ¡Pero por favor…! No se dejen engañar. Satán tiene miles de caras y están todas en esa criatura. ¡¡Esto es diabólico!! —María dio un paso al frente, estaba nerviosa—. ¿Cómo esperan que crea por un momento… algo de lo que esto está diciendo? Legión era un grupo de demonios. ¡¡Cómo esto!! ¡Nos encontramos en la casa del mal! ¡¡Eso es lo que pasa!!

—Utilizamos el nombre Legión porque nos pareció adecuado. La fábula bíblica fue un atentado contra la racionalidad y el progreso. —Se volvió a mí—: La religión fue un mal que acosó a nuestra especie por más tiempo del que hubiésemos querido. Fue una enfermedad que produjo muchas calamidades, muchas separaciones, segregaciones, odios, muchas tristezas y muchas muertes —me informaron las voces—. De hecho, cuando logramos superarla como especie, el progreso se hizo más sencillo. Pero no nos olvidamos, muchos eruditos e intelectuales preservaron la mitología y su literatura como un recuerdo de nuestra era pre-lógica.

—¡¿Era pre-lógica?! ¿¿Usted me está llamando estúpida?? ¡Para su información, siempre fui muy buena en ciencias! —María estaba enfurecida.

—No, señorita Romanova. La fábula, de hecho, tenía muchísima sabiduría escondida. Solo que no a simple vista. En honor a eso, decidimos llamarnos Legión. Es más, muchas de las profecías contenidas en esa literatura se cumplieron y se están cumpliendo en este momento. No como la interpretaron nuestros antiguos exégetas, por supuesto. Había demasiados intereses de por medio y demasiadas agendas como para ver lo esencial del relato. Demasiada avaricia, demasiada ambición, demasiada humanidad… como para ver más allá de lo temporal, de lo inmediato. Las futuras generaciones hicieron una limpieza de los textos, y debajo del polvo dejado por el racismo, la misoginia y la intolerancia que sirvió como motor de la fe, encontraron otra historia. Una historia que no se pudo borrar.

—¿Qué historia? —pregunté intrigado.

—Una historia sobre la búsqueda de claridad. Una historia sobre personas que dejan la incomodidad de su hogar y luchan por encontrar su lugar en el universo. Una historia donde los hombres y mujeres de un pequeño planeta emprenden una odisea para volver a unirse a Dios de la única manera posible: renunciando a Dios, se vuelven Dios.

—El que quiera salvar su alma, la perderá y el que no tema perderla, mucho ganará —susurró Ana.

—Exacto —dijeron las voces—. Lo irónico, fue que al final, no pudimos dar ese salto de fe. Nunca perdimos el miedo a morir… así que buscamos nuestra propia trascendencia. Trasladamos nuestras conciencias, dejamos nuestros cuerpos, nos volvimos espíritu. Creamos nuestras almas, para salvarlas… y no perdimos nada. Nuestro temor, nos permitió sobrevivir.

—¿No perdieron nada? ¿¿No perdieron nada?? ¡Se encuentran en esta nave del infierno! Lejos de Dios, lejos del mundo, por afuera del tiempo, por afuera del espacio, ¡en la Nada misma! ¿¿Y dicen que no perdieron nada?? ¿Insinúan que el temor de Dios no es saludable? —escupió María—. No hay peor ciego que aquel que pudiendo ver, no quiere ver.

—El que anda en la oscuridad, no sabe a dónde va… —respondieron—. ¡Pero vamos! Vuestro tiempo en este lugar se está acabando. Debemos llevarlos de regreso a vuestro momento.

—Sí, por favor, tanta alegoría teológica me agota —intervino Aléxei—. Por favor, basta. Comparto la habitación con ella. Después de esto, va a estar insoportable. ¡Y ya es insoportable! Así que si puede alumbrarnos el camino para sacarnos de las tinieblas, estaría sumamente agradecido. —Noté cierta ironía en su voz.

Eché una última mirada a las Catalinas. No parecían darse por aludidas de nuestra presencia, o no parecía importarles en lo más mínimo que estuviésemos ahí.

Legión nos escoltó fuera del mirador. María se encontraba taciturna y molesta, ya no miraba la computadora portátil. La llevaba en la mano, colgando, sin ningún interés. Ana no podía dejar de mirar a Legión, se la veía animada y con una nueva vitalidad, como si hubiese recibido una epifanía. Aléxei estaba pálido y cansado. Su salud le estaba jugando una revancha.

—Aléxei… Nicola… Nicolayevich, ¿estás bien? —le susurré.

—Sí, sí… llámeme Aléxei. No me molesta. ¿Puedo tratarlo más informalmente? —dijo en un tono que intentó ser tranquilizador.

—Sí, ningún problema. Podés tutearme, si querés.

—Genial. Están pasando más cosas de las que me esperaba y estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por entender —me confió. Sentí lástima por él.

—Sí, ¿no? —Ana se acercó a nosotros, sus ojos seguían clavados en Legión—. Nunca dudé de la seriedad de nuestra empresa, pero me da la impresión de que todavía no tenemos una idea muy concreta de todo lo que está en juego.

Por supuesto, yo lo sabía.

Catalina había hablado de la posibilidad de reiniciar el universo. No había pensado en eso hasta ese momento. ¿Por qué no había pensado en esa conversación? Me había sumergido tanto en mis propias inquietudes e inseguridades que había perdido la perspectiva:

Catalina estaba intentando retirar las interfaces autónomas Astarté manualmente para no tener que reiniciar el universo.

Lo que nunca me pregunté es como podría, si quisiera, reiniciar el universo. ¿Por qué nunca me pregunté cómo haría eso? Me concentré tanto en lo que me había pedido y en mi propio ego, deseoso de complacer; que dejé de pensar en lo que era realmente importante. El arca, es decir, Catalina, tenía el poder de reiniciar el universo. Había dado por hecho que un q´yauri puede hacer eso.

Volví a ponerme nervioso.

Continúa en Tiferet 3, Parte II…


ARCADIA. Episodio 11. Tiferet 3 (Parte II)

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