ARCADIA. Episodio 10. Tiferet 2

6.

Difícil me es decir cuánto tiempo pasó entre mis primeros fatídicos ciclos y aquellos momentos en los que estuve realmente listo para cumplir con lo que me había prometido. No me cabe duda, Nautilus, de que a esta altura, deberás estar preguntándote si no sufro de algún problema mental o si mi narración es verídica.

No puedo responder a eso. Vas a tener que sacar tus propias conclusiones.

Desde hacía unos ciclos, el paisaje que se podía apreciar por los ventanales había cambiado. ARCADIA estaba navegando dentro de un túnel cuyas paredes interiores parecían un caleidoscopio estelar. Diferentes paisajes espaciales se tocaban entre sí sin superponerse, distorsionándose y transformándose en nuevos escenarios. Giraban sobre sí mismos y a nuestro alrededor. En un momento, pude ver como una nebulosa nacía desde uno de los vértices a mucha velocidad para convertirse en una explosión de miles de pequeñas lucecitas. No sabía que era eso, ni que significaba, hasta que en un momento determinado, sentado en la biblioteca del entrepiso, sentí un fuerte temblor. Tuve que agarrar las cosas que había en la mesa para que no se cayeran al suelo. Al mirar hacia afuera, entendí lo que estaba pasando: habíamos sido expulsados del túnel. La nave estaba bajando la velocidad de manera torpe en el “espacio normal”.

Volé del entrepiso hacia el salón principal rumbo a la puerta de entrada, ya que quería saber que estaba pasando.

—Estimados pasajeros de Arca Relativa Continua Aleatoria Dimensional Inteligente Artificial: sepan disculpar las “turbulencias”. Es la primera vez que maniobro en un “agujero de gusano”. Bueno, es la primera vez que conduzco esta nave en general. —Esta era la voz de Catalina saliendo del gramófono de la sala—. Si se acercan a la ventana, en unos minutos, podrán apreciar el mejor espectáculo del mundo.

Me alejé de la puerta y me dirigí hacia el ventanal. Lo que vi fue lo siguiente: nos encontrábamos en la órbita de un planeta que no conocía. Una fina línea dorada empezó a dibujarse en el horizonte del planeta. Ahí pude empezar a apreciar el relieve: consistía en grandes masas de agua, en niveles tóxicos, en estado líquido y gaseoso; islas y superficies más grandes.

—ARCADIA se enorgullece en presentarles el planeta Tierra, mi hogar —volvió a decir Catalina desde el gramófono, se la escuchaba excitada—. Lo que están observando, es el amanecer en el hemisferio sur. Quiero dedicarle este momento a Moloch, quien dijo que no iba a lograrlo. Así que Moloch, citando al poeta William Ernest Henley, te digo: “No importa cuán estrecha sea la puerta, cuan cargada de castigos la sentencia, soy ama de mi destino, capitán de mi alma…” ¡Invicta, Moloch! ¡Invicta!

La estrella empezó a iluminar todos los rincones del hemisferio sur. Debo reconocer que me emocioné. El paisaje era abrumador. Ese, era el planeta de Catalina Konovaluk en nuestro universo.

A partir de ese ciclo, tuvimos días y noches.

7.

Catalina vino a buscarme una mañana, para presentarme a los hermanos Romanov. Fuimos hacia uno de los elevadores que transitan por el pulmón elíptico de la nave. A veces veía subir o bajar a Moloch o a más de una Catalina, en sus diferentes versiones. Las más habituales eran Catalina; “Inga Sputnik”, por lo que pude saber, esa apariencia física había correspondido a Astarté; y Kali, la diosa azul de muchos brazos.

El día que conocí a los hermanos Romanov, solo era Catalina.

Los tres jóvenes se encontraban en un aula, estudiando eresh con el monje Wislai. Me pregunté cómo podía ser posible que un alienígena supiera tanto de nuestro planeta, ya que no había visto a ninguno de su especie en mí hogar; así que miré a Catalina, interrogante. Tenía esa extraña habilidad para leer mis pensamientos o mis facciones.

Tal vez solo se trataba de que, en realidad, soy sumamente predecible.

—Los catarianos fueron una de las tantas especies alienígenas que cruzaron por un portal hacia tu mundo, en otras realidades alternas —explicó.

En cuanto entramos, los tres jóvenes dejaron de prestarle atención a Wislai. Dos de ellos corrieron a saludar a Catalina. Me los presentó.

La primera joven en acercarse tenía corta estatura, ojos azules y cabellos rubios rojizos. Levemente rechoncha y de sonrisa vivaz, se la veía muy elegante en su vestido blanco con flores. Se llamaba Anastasia, y abrazó a Catalina con fuerza. Aléxei era el más pequeño. Muy pálido y de ojos grises, sus cabellos eran más colorados que los de sus hermanas. Se había puesto pantalones de vestir, camisa y un saco elegante. Los tres eran reflectantes, como Leo y Carlos. Cuando su hermana Anastasia soltó  a Catalina, Aléxei se acercó a ella, la saludó con un movimiento de cabeza y besó su mano. Salté hacia atrás sorprendido y creo que mi expresión fue de asco. Todos me ignoraban, así que empecé a disimular para no hacer el ridículo.

—Rasputina Romanova —dijo el joven—. Me siento honrado de que nos visite.

Ella le revolvió el pelo con una media sonrisa.

—Konovaluk. Catalina Konovaluk —dijo con suavidad—. Así me llamé antes… y así me llamo ahora. Habíamos quedado en que no más “duque”, “duquesa”, “Rasputina Romanova”… Si siguen hablando así, en Arcadia Prime los van a correr con palos y antorchas.

—Es la costumbre, Catalina —dijo la muchacha, sonriente—. Hay hábitos que son difíciles de extirpar.

La mayor bufó, notoriamente molesta. Mantenía distancia de nosotros y nos observaba con soberbia. Era más rubia que su hermana, más alta, y delgada. Sus ojos eran igual de azules, pero más grandes. María, así se llamaba, llevaba puesto un vestido negro largo que se abría por la cintura, como una campana. Estaba al lado de Wislai. Catalina la saludó con un movimiento amable de cabeza.

—Blake, te presento a María Romanova —introdujo—. Sus hobbies son hurgarse la nariz e intentar tirar a Aléxei por las escaleras para heredar la corona de Rusia. —Pude notar sarcasmo en su voz.

—Fue un accidente —dijo María molesta.

—Tenela vigilada —me dijo Catalina, guiñándome un ojo—. Es propensa a causar “accidentes”.

Tuve la intuición de que eran sus hijos. No sé cómo expresarlo. Era como lo que sucede con algunos animales que hay en nuestro planeta, o con la gente que viene de Edom. La manera en la que ella los miró, el cariño con que los más pequeños la miraban… Incluso la mayor no podía ocultarlo, a pesar de su rebeldía. Me incomodó, porque mi anfitriona se veía muy joven. Por otro lado, con lo de los “accidentes” no tenía nada para decir. Yo había causado una explosión en mi niñez, cuando un ecosistema alienígena se insertó en una de las montañas Dulces de Horomantia. Ahí fue cuando mis padres decidieron que la orden Peregrina era un mejor hogar para mí y vos me adoptaste.

El monje me saludó con un movimiento de cabeza. Me miraba con una expresión divertida. Yo me avergoncé.

—Entonces decidió hacerlo —dijo terminante.

—Sí… —Los tres jóvenes estaban parados en fila delante de mí, de mayor a menor y me observaban con las manos atrás de sus espaldas—. ¿Por qué ustedes quieren esto? ¿Entienden lo que se me pide?

El muchachito dio un paso al frente.

—En nuestra tierra no nos queda nada, señor. —Tenía una mirada profunda—. Si usted fuera rescatado del infierno por un ángel, y tuviera la posibilidad de redimirse, ¿qué haría?

Me quedé mirando al muchacho y a las hermanas. María se había puesto roja y tenía una expresión iracunda.

—Ángel… llaman así a los celestes… —me susurró Wislai. ¡Por eso le había besado la mano!, la consideraban una celeste. Volví a sentirme mal mientras mi cabeza procesaba esto.

—Probablemente tomaría esa oportunidad y trabajaría muy duro para honrar ese regalo —mentí al niño amablemente.

—No quiero arruinarles sus fantasías —interrumpió Catalina, que se estaba agarrando el tabique de la nariz con sus dedos, indignada—.  Pero…  las imágenes… de ángeles… celestes… paraísos… no tienen nada que ver con lo que está pasando acá… y…  —Catalina cerró sus ojos—: es muy incómodo que se refieran a alguien de esa manera, sobre todo en su presencia.

—Lo siento mucho, Catalina —dijo Aléxei—. No sabía que te hacía sentir mal. Prometo que de ahora en más, si bien dudo de que pueda ver las cosas a tu manera, intentaré no expresarlo en estos términos… o llamarte Rasputina —se apresuró a aclarar.

—Disculpas aceptadas, tsesarevich —dijo Catalina en tono burlón—. Grandes duquesas, señor Piccolo… señor Goodhunting, tsesarevich, ahora me retiro. —Empezó a despedirse Catalina, haciendo una reverencia que me resultó bastante sobreactuada.

—Wislai… por quinta vez, me llamo Wislai —la corrigió el monje.

—¿No era que no podíamos usar más nuestros títulos? —dijo María molesta.

—¡Muy bien, María! —la felicitó Catalina enderezándose.

—Un momento… —La detuve—. Necesitaría saber dónde voy a estudiar y dónde voy a trabajar.

Catalina se golpeó la frente con la palma de su mano, al darse cuenta del olvido.

8.

Dejamos a los hermanos y me llevó hacia el piso en el cual estaba mi habitación, el superior. Luego me llevó por un pasillo bastante largo, con paredes de cristal ornamentado. Encontramos otras escaleras caracol, que iban hacia arriba. El pasadizo en el que ingresamos era más similar al que había recorrido cuando busqué astrometría: angosto y con paredes de metal reforzado. Por el camino nos cruzamos con varias Catalinas que estaban instalando artefactos de comunicación por los pasillos de la nave. En la pared, arriba del aparato, había una placa en la que se podía leer TELÉFONO y diferentes números con sus destinos, que iban rotando de a uno a la vez, detrás de una protección de cristal: Operadora, Puente, Cocina, etc… Eran unos artefactos que se encastraban en la pared, con un dial para discar, un micrófono y una campanilla en su base, de un material oscuro que desconocía. Parecía inflamable. Del cuerpo, colgaba un cable largo entelado que unía el cuerpo con un tubo, en cuya punta, tenía un audífono dentro de una base de bronce. Para finalizar la comunicación, el tubo se apoyaba en una horquilla que salía de uno de los costados del cuerpo. Cuando dejé de jugar con el teléfono y me aseguré de que la base no era inflamable, me di cuenta de que no tenía la menor idea de dónde estaba. La Catalina que había colgado el teléfono se había retirado hacía un rato ya; y mi anfitriona, me observaba paciente y educada, mientras yo jugaba con el teléfono. Era muy diferente a los que usábamos en Arcadia Prime. Colgué el tubo, avergonzado. Desorientado, me volví hacia ella:

—Estábamos en el último piso, o eso creí. Cuando fui a astrometría, lo mismo. ¿Por qué las escaleras van hacia arriba? —pregunté.

—¿Por qué ustedes llaman “celestes” a sus dioses? —preguntó, ignorando mi pregunta—. El cielo de Arcadia Primera es casi rojo, todo el tiempo.

—No lo sé, tradición tal vez… pero la verdad, la verdad, no sé; deduzco que por el color de las anomalías… ¿Qué tiene que ver nuestro cielo? —Ella estaba indignada con mi respuesta.

—Bueno, —contestó impaciente— lo mismo, pero con las escaleras. —No supe como una cosa se relacionaba con la otra pero no dije nada—. ¿Te acordás como llegamos hasta acá? —preguntó cambiando de tema.

—Sí… me acuerdo —contesté con bastantes dudas.

—Genial, porque acá es donde está el laboratorio de Hierografía.

Por supuesto, el teléfono estaba al lado de la puerta de Hierografía. Me había quedado como un idiota jugando al lado de la puerta. Puse la mejor cara “seria” que pude, y entré.

Era una sala espaciosa, de aproximadamente ciento cincuenta cuadrados de els. Esperaba encontrar algo más parecido a los talleres en los que trabajábamos en casa, donde hacíamos las cosas a mano. Este no era el caso. Había quince recámaras de dos els por un el de ancho, cerradas. Eran cajas en las que podía entrar una persona, de hecho, para eso eran. Catalina las llamó “sarcófagos”. Estas recámaras estaban conectadas a varias consolas, que depositaban los datos de los rastreos que hacían las máquinas. En el centro estaba la consola hierográfica, en lenguaje ieue. Las agujas debían estar en las paredes interiores de los sarcófagos, pensé.

En otro sector estaban las pistolas hierográficas que conocía, solo que éstas parecían ser de una más alta gama. También había un laboratorio alquímico, con muchísimos aparatos para investigación, microscopios, centrifugadoras, tubos de ensayo, gradillas, refrigerantes, cristalizadores, matraces, balones, morteros, pinzas, cepillos, autoclaves, mecheros, hornillos, cápsulas, crisoles, tenazas, tubos de seguridad, termómetros, varios tipos de balanzas, cosas que cumplían la función de embudos separadores, como nunca había visto, porque estaban unidos a imagoscopios; y otras cosas que aún hoy no tengo idea de para qué servían.

No podía salir de mi asombro.

En un rincón había una oficina, con una mesa y muchas tabletas electrónicas arcadianas de lectura, o eso pensé en un principio. Eran enciclopedias, manuales de uso, procesadores de texto y hojas de cálculo. En el escritorio también había papel de muchos tipos. El papel terrestre estaba hecho de madera y era bastante combustible (lo averigüé de la misma manera en la que nos enteramos de que el ecosistema alienígena de las montañas Dulces era inflamable). Así que me conformé con los cuadernos y materiales para escribir de aluminio. Creo que estuve un largo rato mirando pasmado a mí alrededor.

—Intenté acondicionar el lugar con cosas que te fueran familiares… de todas maneras, te suplico, que antes de cargar con electricidad algo… te fijes si no tiene un botón de encendido —me pidió Catalina, agarrando una de las tabletas quemadas, para tirarla en un tacho de basura que había debajo del escritorio.

—Sí, perdón… es la costumbre… en Arcadia Prime, solo usamos fuentes autónomas para cosas específicas —me disculpé.

—Espero que sepas como manejar esto —dijo Catalina señalando la consola y los sarcófagos—. Porque para mí es un misterio.

—La verdad es que no tengo la menor idea —dije con total sinceridad—. Pero creo que con algo de tiempo, voy a poder usar esta tecnología.

Catalina suspiró aliviada. Se sentó encima del escritorio. Agarró una hoja de papel terrestre y la convirtió en una pelotita.

—Por eso las escaleras suben y bajan de manera tan inusual —dijo, mostrándome la bolita de papel—. Su interior es similar —afirmó, mientras me la arrojaba.

La atrapé y me quedé observándola, intentando comprender lo que me estaba diciendo, mientras trataba de no prenderla fuego. Me estaba hablando de los pliegues de la pelotita. El interior de la nave era como la bolita de papel. Aflojé un poco la firmeza con la cual había apretado el papel y pude ver algunos de los surcos.

—¿Cuán grande es este lugar? Los manuales que estuve leyendo no proveían información al respecto.

—Enorme. Muy grande. Lo que conocés es mucho menos del 0,00001 por ciento.

—¿Conocés toda la nave ya? —pregunté.

Se rió, como si hubiera dicho una estupidez.

—No. Otras cosas requirieron mi atención —contestó.

—¿Cuánto hace que llegaste?

—Creo que hace doscientos cuarenta y cinco días, trece horas, veinticinco minutos y treinta y nueve segundos terrícolas —dijo.

Esto lo dijo de manera apagada. Contaba los ciclos, las repeticiones, los momentos y los instantes. No supe qué decir.

—Si no querés hacerlo… —se apresuró a decir— puedo dejarte en Arcadia Primera. También puedo ingeniármelas para borrarte la memoria… creo… —Hizo una mueca—. Y… que no tengas nada que ver con esto… —Se quedó pensativa—. No sé hasta qué punto esto que estoy haciendo está bien. No todos los días uno cruza cosas, por hobby, para hacer quimeras. Así que si sentís que no corresponde… creéme que voy a entenderlo.

—¿Hay otra opción? —pregunté.

—Sí… —contestó dubitativa.

—¿Cuál es la otra opción? —indagué.

Se puso de pie y se quedó estudiándome. Suspiró.

—La otra opción implica pedirle a ARCADIA que reinicie el sistema y corrija los errores —dijo con gravedad.

Esa opción me parecía muchísimo más simple y fácil que nuestro plan. Si ARCADIA podía arreglarlo, ¿por qué hacer todo esto?

—Hace unos días me preguntaste dos cosas. La primera, si sabía que existía la posibilidad de que yo no fuera a volver a mi universo. Y yo te dije que sí, que lo sabía. —Hizo una pausa—.  La realidad, Blake, es que sé fehacientemente que yo no voy a volver a mi universo, nunca. —Volvió a hacer silencio—. Lo que quiero confiarte ahora, solo lo sabe Moloch. Sin embargo, no converso estas cosas con él.

Yo no dije nada, solo asentí.

—Por cada universo, hay una ARCADIA —continuó—. Cada una, tiene una interfaz operativa consciente e inconsciente. ¿Me seguís? —preguntó. Yo volví a asentir—. La interfaz operativa inconsciente, es la voz que responde cada vez que preguntás algo, la computadora. La interfaz consciente, soy yo —explicó—. En realidad, ambas son diferentes aspectos míos.

—No entiendo. ¿Qué me estás diciendo? —Sentí mi voz temblar.

—Cuando el yetzirah se llevó a cabo, ARCADIA —señaló a su alrededor— borró la interfaz anterior completa y copió todo mi código genético: patrones mentales, memorias, personalidad… en su sistema. Básicamente, yo soy esta nave espacial —concluyó.

—¿Qué? —dije de manera neutra, o eso creí.

Esbozó una sonrisa tranquilizadora.

—Esto que ves —dijo señalándose—, es un pequeño fragmento de mí. Si me analizás con cualquier escanógrafo, los datos que se reciben me clasifican como humana —continuó—. Pero si me concentro, puedo meter cualquier dato en el escanógrafo: arcadiana, celeste, fantasma, pollito. Soy… mejor dicho, la interfaz, es algo así como un androide o super inteligencia artificial. La especie que haya diseñado esto —y volvió a señalar a su alrededor—, estaba más avanzada que nada de lo que se pueda conocer.

Me acerqué a ella y, sin quererlo, me encontré mirándola, intentando encontrar algo de lo que me había descripto, pero era imposible. Su piel empezó a refulgir, como si fuera una luminiscente. Yo no podía creerlo.

No era una máquina… para mí, no era una máquina.

—Además, encontré algo parecido a un taller, llamado módulo IOCK. Ahí encontré quichicientas versiones diferentes de mí —dijo, riéndose.

—Sí, leí algo de IOCK —dije.

—Yo soy IOCK. ¡Ah! ¡Cierto! —Chasqueó los dedos—. Cuando leés los manuales de operaciones avanzados, habla de interfaz operativa Catalina Konovaluk —continuó en broma para tranquilizarme—. Eso también fue una gran pista…

—Increíble. —Fue lo único que me salió.

—Ahora, la segunda pregunta que me hiciste. ¿Por qué los estoy ayudando? —Su expresión sugería que las sorpresas no se habían acabado—. Estas arcas están ligadas con los universos que las contienen… —Se quedó pensativa… Algo de lo dicho, no le había gustado—. Resumiéndolo y haciéndolo fácil, manejan puntos vitales del espacio-tiempo. Que en perspectiva, con la totalidad del universo… es algo menor… pero no para lo que nos compete. —Esperó unos momentos para que me pusiera en tema—. Cómo sabés, quedaron algunos ecos de la anterior usuaria, dando vueltas en determinados segmentos del tiempo-espacio.

—Sí —afirmé.

—Bueno… Eso no es del todo cierto —dijo—. Lo que quedó dando vueltas, son interfaces intuitivas autónomas de la anterior usuaria, Astarté.

—Otras… androides —dije.

—Sí y no… Las interfaces autónomas, en el plano en el que se encuentran, se ven como androides. En realidad son mucho más. Son como androides con la nave adentro, para explicarlo burdamente. Grandes burbujas —explicó.

—Ecos… —repetí, intentando entender lo que quería decir con burbujas.

—Grandes burbujas de improbabilidad, es más acertado. Los estoy ayudando, porque la otra manera en la cual puedo retirarlas… es reiniciando el universo.

Así, sin más, me lo dijo. Me la quedé mirando sin saber qué decirle. Creo que mi dignidad evitó que me pusiera a flotar. La manera en la cual me explicaba todo era de resignación.

¿Por qué me lo contaba a mí?

—Pará… —empecé cuando logré ordenar un poco mis ideas—. ¿Reiniciar el universo…? —repetí como un subnormal.

—Suena a locura, ¿no? —dijo en tono confidente.

—Sí… —dije.

—¡Por eso mismo los estoy ayudando! —Me sonrió, feliz de haber ganado la argumentación que no sabía que estábamos teniendo.

Me apoyé en el escritorio al lado de ella, sin poder dejar de mirarla. No podía creer lo que acabábamos de conversar.

—No quise asustarte. Si no querés hablarme más, lo voy a entender. Sé que en Arcadia Prime, las inteligencias artificiales no son muy bien vistas. —Saltó de arriba del escritorio, rumbo a la puerta y volvió a mirarme con dulzura—. Cualquier cosa… —Señaló hacia el teléfono que estaba del otro lado de la puerta.

No le dije nada. Catalina desapareció por el pasillo. Me quedé media repetición más, apoyado contra el escritorio, pensativo. Dándole vueltas a toda la conversación, lo que ella estaba mirando en astrometría, sus hijos Romanovs y lo que necesitaba que yo les hiciera para poder darles un hogar. Analicé todo lo que me había dicho.

—¿Catalina?  —dije en voz alta.

—Catalina se encuentra en astrometría, sus habitaciones, en la cocina, en el puente de mando 3, en ingeniería y en la sala de motores —contestó fríamente.

—No me asustaste… me apabullé un poco, nada más. Gracias, por haber sido tan sincera conmigo. Tenés mi palabra de que todo esto queda entre vos y yo.

No hubo respuesta. Pensé que había sido un estúpido y que estaba hablando solo, debería haber usado el teléfono.

—Entendido, Blake Goodhunting —dijo ARCADIA de manera neutra—. La próxima vez, usá el teléfono… hablar así me deshumaniza.

—Lo siento… —susurré.

Desde ese momento, dediqué diez repeticiones por ciclo al estudio hierográfico y cinco a familiarizarme con el sistema de ARCADIA. Me levantaba a las cinco, con el alba; desayunaba luego de asearme, y me iba a mi laboratorio a estudiar.

La situación con los tigrises, empeoró. Ya no solo dormía conmigo el tigris de cara, cola y botas marrón oscuro. Un tigris tricolor gustaba de recostarse a mi lado y hundir su morro en mi axila. Uno de color gris dormía sobre mi pecho y uno blanco sobre mi cabeza.

Creo que les atraía el calor.

 9.

Debo reconocer, que mis conocimientos acerca de la hierografía ieue eran básicos. Lo único que sabía era lo que había visto en alguno de los cursos de alquimia biológica y lo que necesitaba saber para mi especialidad. Lo mío era la  hierografía defensiva en lenguaje orbiter, que nada tenía que ver con reescritura de cuerpos, como bien sabés. Sabía confeccionar escudos, colocar sellos y fortalecer tejidos. En eso era prometedor. Ni siquiera tenía idea de qué había hecho el otro Blake sobre Catalina. Salvo que le había dado su sangre. Mientras estudiaba, una cosa me quedó muy en claro: yo debía darle mi sangre a los Romanov, si quería transformarlos en quimeras.

Debido a este descubrimiento, diez ciclos después, decidí buscar a mi “yo alterno”.

Le pedí a ARCADIA que me indicara dónde podía ubicar a Blake Goodhunting. Me informó que me encontraba en el laboratorio y que también me encontraba en el ATE: piso menos veinticuatro, portal seis.

Suspiré y me aventuré a buscar el ATE.

Salí al pulmón en forma de elipsis y me acerqué a la baranda, ésta se plegó sobre sí misma formando una puertecilla. En ARCADIA se caminaba mucho. Nunca había tomado el elevador solo, así que no sabía cómo llamarlo ni que debía esperar. Una de esas superficies se acercó a mí, y con sumo cuidado, me subí. Había una pequeña plataforma con una botonera roja numerada del cero al nueve. Hasta acá, la botonera no tenía ningún tipo de complicación. Además de los números había otros botones con símbolos de suma, resta, raíces, potencias, x e y, y mucho más. Había que ser matemático para utilizar la plataforma.

Miré hacia abajo y prendí mi esencia. Vi subir a Moloch en otro elevador, lo saludé con la mano y el respondió levantando su brazo de manera mecánica a modo de saludo. Mis pies se separaron del piso. Me elevé en el aire y volando me lancé hacia el piso menos veinticuatro, despacio y contando cada piso. Hasta el piso menos diez, las estructuras eran más o menos similares. En los pisos que seguían, parecían estar diseñadas para otro tipo de funciones: en algunos no había galerías o pasillos de tránsito, solo puertas que daban al abismo. Cuando llegué al piso menos veinticuatro, no pude resistirme. Ocho pisos más abajo se extendía el más completo vacío… Bajé un poco más y me detuve en el abismo, a unos pocos els por debajo del piso menos treinta y dos. Me resultaba perturbador, no se veía nada de nada, solo oscuridad. Miré hacia arriba. La estructura forjada que soportaba el peso del piso menos treinta y dos formaba un arco de entrada a los pisos superiores. Tenía faroles con balizas rojas que titilaban. Estaba señalizado. ¿Por qué estaba señalizado?

Volví a subir al piso menos veinticuatro y me encontré en otra galería. El piso era de cerámica blanca y negra con un trabajo de flores en forma de rombos. Las puertas eran arcos de medio punto, decoradas y con cristal translúcido. Cada puerta llevaba a un largo y opulento pasillo. Por supuesto, cada puerta estaba señalizada y catalogada con una placa ubicada en el cabezal de la puerta. El lenguaje en el que estaban escritos los carteles me era completamente desconocido. Me sorprendió, porque hasta donde sabía, ARCADIA solucionaba todas las diferencias idiomáticas traduciendo los lenguajes y señalizaciones. Este no era el caso.

Me acerqué a una de las puertas y miré a través del cristal, noté que  las paredes no eran de metal sino de piedra. Me acerqué a otra y moví el pestillo. Estaba abierta, así que crucé. Las paredes estaban forradas con empapelados suntuosos de tela inflamable (no preguntes). Los mobiliarios eran como nada que hubiera visto. Estaban tallados en un material blando y poroso… similar a los cuerpos de los teléfonos. Al darme cuenta que podía seguir caminando sin llegar a ningún lado, volví sobre mis pasos y salí a la galería.

Mientras daba vueltas, encontré una de estas puertas abierta de par en par. Me asomé al interior, dudoso.

El corredor era amplio y surcado por más arcos. Al cruzar fui enceguecido por la fuerte luz de una estrella. Miré sorprendido por uno de los pórticos y me encontré con un paisaje desértico. Podía ver una única estrella en el cielo. Recordé la Tierra y su estrella: Sol. En nuestro mundo, las estrellas rojas son una presencia imponente; Innana y Ereshkigal son gigantescas y difíciles de ignorar. Si esta estrella era Sol, lo que puedo decir de ella es que no le gustaba ser mirada.

No salí del pasadizo por precaución.

Ese lugar no debía estar dentro de una nave espacial. Desde donde estaba podía ver partes de las arcadas del pasillo, cortando el desierto de manera desdibujada. Caminé por el corredor con cuidado.

En un giro me encontré con Nautilus. Estaba mirando hacia afuera.

—¡Hola! ¡Blake! —dijo, sin quitar la vista de lo que parecía ser un punto negro muy en la distancia. Flotaba entre dos sierras de arena.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—Un punto en el tiempo, un fragmento separado del continuo, el desierto del Sahara, en Tierra. —Señaló al punto—. Catalina está meditando… hace seis de nuestras repeticiones. Está mejorando —dijo en confidencia.

—¿Este es el portal seis? —pregunté.

—El portal seis… no. Este es el cuatro.  ¿Cómo vas con tu trabajo? —preguntó interesado.

—Perdido. —Suspiré.

Había pasado tiempo con los jóvenes Romanov, incluso había sido asistido varias veces por Moloch. Había jugado un juego llamado Damas con el monje Wislai, mientras discutía con vos mi nueva teoría de abandonar Arcadia Primera. Creía que lo mejor era buscar un planeta sin tantas distorsiones espacio-temporales donde pudiéramos vivir un poco más en sincronía con el resto del universo. Yo te decía que teníamos que irnos, porque para cuando quisiéramos salir ya no iba a quedar nada que ver; vos me dijiste que yo estaba diciendo estupideces. Un gran momento que quedará para siempre guardado en mis memorias de juventud. Así que cuando ese día te dije que estaba “perdido”, no era una exageración.

—Necesito encontrar a… Blake —dije—. Necesito discutir algunas cosas en torno a lo que tengo que hacer. Creo que él sería más apto… no quiero insistir con esto, pero somos dos personas completamente diferentes y claramente, el que tiene estas habilidades es él. No yo. El ieue no es lo mío. Además… creo que a falta de donantes, voy a tener que darles mi sangre a los Romanov —largué.

—¿Te preocupa que desarrollar estas habilidades te acerque un poco más a él? —preguntó.

—Sí. La verdad que sí.  —Me apoyé en una de las columnas de la entrada.

—Creo que el objetivo de tu abducción, si comprendo bien, es justamente generar el efecto contrario —explicó—. El otro Blake no tuvo que hacer nada de esto cuando conoció a Astarté. Solo se abocó a las artes del yetzirah.

—¿Y quién modificó a los hermanos para que vinieran a nuestro mundo? —pregunté interesado.

—En mi continuidad solo Alexi Darmstadt fue residente de Arcadia Primera. Astarté ni se molestó en salvar a las chicas, solo quería al chico —dijo—. Creo que Astarté era más versada en alquimia que Catalina. —Se acercó un poco más a mí y me dijo en confidencia—: ella es abogada… aunque sus conocimientos sobre física son bastante envidiables…. Estamos desarrollando una teoría para hacer funcionar el Gran Atractor, sin sacar a Edom de órbita. Prometió asistirme en tu línea de continuidad…

Luego de lo  que dijiste, suspiré. Tenía que dejar de quejarme y hacer mi trabajo.

—¿Puedo preguntarte algo? —Me animé.

Ese Nautilus me sonrió y me apoyó la mano en el hombro.

—¿Para qué? —dijo con una sonrisa.

—Quiero saber… como fue…

—No importa, Blake.

Esa respuesta me dijo todo lo que necesitaba saber sobre su muerte. Yo, o mejor dicho el otro, había estado involucrado. También era responsable de eso. Estaba seguro. Su tono de voz me lo había dicho todo.

Me alejé de allí, incómodo.

Luego de algunas vueltas encontré el portal seis. Era diferente al anterior, las paredes aquí eran tapizadas. El pasillo era muchísimo más angosto y cargado de mueblería de primerísima calidad, de ese material poroso que no conocía.

—ARCADIA, ¿cómo se llama este material? —me animé a preguntar.

—Madera —respondió.

—¿Cómo el papel terrestre? —pregunté sorprendido.

—El papel terrestre está hecho, generalmente, a partir de pulpa de celulosa. Un material hecho a base de madera.

—Gracias, ARCADIA.

Había faroles a gas distribuidos por todo el lugar, la luz era tenue y amarillenta, como en mi piso. Las puertas eran de madera con cristal. Éstas se encontraban cerradas, pero del otro lado se veía un gran salón: un taller de investigación con herramientas más rudimentarias, y debo decir, más familiares.

Era el laboratorio del instituto insertado sin ningún sentido en ese palacio. Catalina se encontraba sentada en una cómoda silla alta y mi yo, flotando a su lado, estudiando el brazo de la joven con una lupa para hierografía. Abrí la puerta, intentando no hacer ruido. La puerta se abrió con un chirrido insoportable.

Las marcas en el brazo de Catalina refulgían en un brillo dorado intenso. No tenía que mirar a Blake para saber que sus ojos, en ese momento, estaban del mismo color.  Sentía su esencia.

Ella tenía la mirada perdida. Sus iris y pupilas centellaban en casi todos los colores que podían conocerse, como si estuviera en otro lado. Cuando estuve más cerca, ella volvió en sí y me miró como si estuviera narcotizada.

—Seguro que si das un paso más… la nave va a explotar, ¡ja! —dijo vivaracha.

Blake levantó la vista y se quitó la lupa de los ojos. La miró a ella y luego a mí.

—Dudo mucho que eso pase, Catalina… —le dijo.

—Cierto… que ya se vieron y no explotamos, ¡ja! —Empezó a reírse de manera jovial, hacia sus adentros.

Me preocupó verla así. Miré a Blake con reproche, y me acerqué un poco más.

—¿Estás bien? —le pregunté, preocupado.

—¡Ja! —contestó, como si lo que hubiera preguntado fuera digno de risa.

El otro Blake la miraba, como si aquella situación fuera insólita. Dejó de flotar y me llevó a un lado de la sala.

—Sí… está bien. Empezó con el ¡Ja! hace aproximadamente media repetición… —explicó—. Sinceramente pensé que nuestra relación había mejorado, porque la estaba haciendo reír.

—Pero… ¿está drogada? ¡La drogaste! —lo acusé.

—No, no… creo que tiene que ver con las enseñanzas del señor Wislai y Carlos. Me dijo que estaba meditando… en otro de los salones —dijo pensativo—. Ahí empezó a estar risueña.

—Mis diagnósticos dicen que estoy perfecta…. —gritó Catalina desde el otro lado—. Cien por ciento de operatividad… ¡Ja! Bueno… un setenta… que es un montón… es como si fueran mis cien… ¡Ja!

Blake me miró y le dio la espalda.

—Ahora parece que se diagnostica también. —Estaba visiblemente preocupado.

Por supuesto, no le había dicho que ella era un androide. Él no lo sabía.

—¿Qué le estás haciendo? —pregunté.

—No estoy haciéndole nada. Estoy intentando dilucidar como pasó lo que pasó —explicó—. Estoy comparando el Sepher Yetzirah que me pasó Catalina; con el Sepher Yetzirah de Rasputín, que me lo sé de memoria —continuó—. Estoy copiando en papel el que conozco y escribiendo un tratado al que ella pueda recurrir cuando lo necesite… Leo me ayuda con las ilustraciones cuando viene. —Esto lo decía más serio que nunca—. No voy a estar mucho más tiempo por acá, ¿sabés? Aunque me gustaría.

—¡Ja! —interrumpió Catalina—. Sos un baboso.

—Catalina, eso fue sumamente descortés —dijo Blake, visiblemente herido. Yo no tenía idea de qué quería decir baboso,  pero debió ser algo feo.

Ella se miró el brazo y las piernas, mientras las levantaba de la silla.

—Yo puedo hacerte una lista de cosas bastante descorteses que llevan tu nombre y por cortesía no las estoy enumerando… Blake Goodhunting —dijo terminante—. ¡Ja! ¡Eso sonó muy bien! —se autofelicitó.

Blake suspiró. En ese momento, me di cuenta de lo que me pasaba o mejor dicho, de lo que le pasaba. Él, por supuesto, se dio cuenta de que lo había descubierto. No la había salvado por un ataque de redención. Había hecho eso porque había entrado en edad de cortejo. Estaba enamorado, como dirían elegantemente los humanos, por llamar de alguna manera al revoltijo y aumento de sus hormonas. Me faltó poco para electrocutarlo, pero me lo llevé afuera de la sala y cerré la puerta.

—Nada —dijo—. Sé que no soy lo que esperabas y por suerte, tenés la oportunidad de no convertirte en mí —suplicó—. Si te interesa saberlo, más allá de todo lo sucedido, siempre me porté adecuadamente, nunca crucé la línea. —Yo quería matarlo y me hizo un gesto para que no lo interrumpiera—. Además, ella no me corresponde. —Lo miré con insistencia—. No es que se lo haya preguntado, tampoco —balbuceó—. Solo… lo sé. Así que no te preocupes. —Inspiró profundamente y se acomodó la cinta de adorno, que tenía agarrada a la camisa.

—¿Ella sabe cómo es nuestro ciclo reproductivo? —pregunté en un susurro. Él me hizo un gesto con las manos, dándome a entender que no tenía la menor idea de si ella lo sabía o no. No podía creerlo… Simplemente no podía creerlo… Quería electrocutarlo—. ¿Con cuántas temporadas moriste? ¿Por qué, si estás muerto…?

—Mil temporadas tenía… no sé por qué. Igual estás siendo muy duro conmigo —lloriqueó.

—¿Duro? ¿Mil temporadas? Encima te agarró antes… ¡¡no se espera que esto nos agarre hasta las mil quinientas temporadas!! —grité.

—¡Ja!

Ambos nos giramos. Ahí estaba Catalina, apoyada contra el marco de la puerta, mirándonos… Imposible saber cuánto hacía que estaba ahí, y qué había o no había escuchado de nuestra patética conversación.

—No entiendo por qué lo juzgás como si realmente él hubiera tenido alguna chance de actuar diferente. Creo que hizo lo que pudo, dadas las circunstancias —dijo.

—Catalina, no es necesario… —dijo Blake cada vez más dolido.

—¡¿De qué estás hablando?! —le grité yo, indignado.

—Él, —le golpeteó el pecho a mi otro yo— sos vos. Él, —volvió a golpetearlo—lamentablemente, tuvo que vivir bajo reglas, que vos desconocés. Y yo… —Ahora se golpeaba el pecho—, creo que si sigo haciendo multitareas, me voy a volver loca. —Se apoyó contra el marco de la puerta. Blake quiso ayudarla—. No… está bien… hay seis de mí haciendo tareas altamente complejas. Otras quince están ayudando a las otras seis. Lamento estar tan errática. Tengo que acostumbrarme. Cómo te decía… a vos… —Me señaló con el dedo, de manera muy maleducada. Luego me tocó con el dedo muy tímidamente. Al quitarlo, se quedó mirándose el dedo, confundida. Después, volvió a mirarme—. Vos, tenés la opción de elegir. Estás en completo uso de tus facultades y lo estás juzgando a él… —Señaló ahora al otro Blake—. ¡A él! Como si mi antecesora hubiese sido tan amable con él, como yo lo soy con vos. —Se escuchó a sí misma y sonrió satisfecha—. ¡Ja!

Contuve mi ira y dirigí una mirada interrogante a Blake.

—Catalina, yo no fui una víctima de lo que sucedió —dijo.

—No… no estoy diciendo que lo hayas sido, picarón. Lo que estoy diciendo es que con… con… —ahora volvió a señalarme con el dedo de manera despectiva— con estos recursos… era bastante lógico que con un poco de astucia, te diera vuelta como una media, sin ofender… —Esto último me lo dijo a modo de disculpa. Mi otro yo no pudo evitar una sonrisa.

—¿Perdón? —dije cada vez más enojado—. ¿Qué estás queriendo decirme?

—Que estás siendo demasiado duro en juzgarlo y que ni siquiera hacés un esfuerzo por ponerte en su lugar —recriminó—. ¿Qué hubiera pasado si yo, en vez de invitarte a venir, me hubiera empecinado en volverte loco? ¿O provocarte algún desbalance químico para obtener tu vasallaje?

—Pensé que estabas empecinada en volverme loco… —dije furioso—. Perdoná si no noto mucha diferencia.

Catalina dio un paso hacia adelante, enojada.

—A lo que voy, es que sos un imbécil. —Miró al otro Blake, disculpándose—. No vos, él, es un imbécil. Prende fuego a cosas… —le susurró.

—¿Un imbécil? Así que soy un imbécil…

Me di media vuelta y me fui por donde había venido. No podía soportar más que se me insultara, que se me humillara. Yo no había querido estar ahí, en primer término, y era evidente que no importaba lo que hiciera. Todo iba a terminar siempre con que yo era un imbécil o un estúpido.

Estaba subiéndome al elevador que no sabía usar. Por impulso descargué uno de mis puños sobre la botonera. Una mano me agarró la muñeca con fuerza, justo cuando estaba por darle a las teclas. Era Catalina, furiosa. El ascensor empezó a subir sin aviso, mientras, ella daba fuertes golpecitos con el pie en el suelo, cruzada de brazos.

—Noventa y nueve por ciento de probabilidad de ir a raíz de menos uno, si golpeabas el marcador. El sistema inconsciente no es un lugar que quieras visitar —dijo secamente.

—Gracias —susurré—. Es que soy un imbécil —dije enojado.

—Nada que agradecer —contestó sarcástica—. Él no sabía lo que estaba pasando, hasta que fue demasiado tarde. —Volvió a empezar y yo quería matarla—. Vos, en cambio, sabés exactamente lo que está pasando e incluso más que el resto.

«En vez de entender que ese tipo que está ahí, podrías haber sido vos… preferís torturarlo… desde una superioridad moral falaz, cuando hace quince ciclos, ambos eran la misma persona. La única diferencia radica en que vos me conociste a mí. Y él, a una diosa que le pedía reverencia y adoración a cambio de enseñanzas y un lugar en su corazón… ni siquiera un gran lugar, un pequeño lugar —vomitó indignada.

Le temblaban los labios. Sus ojos estaban clavados en el piso. Había dejado de golpetearlo con su pie. Lo que ella no entendía, era que mi dignidad, en ese momento, estaba más cerca del abismo que del piso. No estoy justificándome, Nautilus, ni me justifiqué en ese momento. Me sentía revolucionado y estaba bastante irritable.

El ascensor llegó al piso alto, ninguno de los dos se movió.

—Lamento mucho si te ofendí con todo lo que te dije. —Esto lo dijo con suavidad—. Crucé ciertas líneas… —me miraba a los ojos— fue sumamente inapropiado. Pero la realidad, es que si vamos a trabajar todos juntos, este reguero de odios y reproches tienen que terminar. —Se quedó pensativa, muy seria—. Incluidos mis odios y mis reproches —susurró—. Sí querés retirarte, pedile a ARCADIA que te comunique con Moloch y él te va a devolver a tu línea temporal, en el momento preciso en el cual te fuiste. Ni un instante antes, ni un instante después.

No le dije nada. Tenía muchísimo en que pensar. Estaba lleno de dudas. Mi futuro ya no tenía sentido alguno. Había fracasado, sin siquiera haber empezado. Me fui a mi dormitorio.

Cuando estaba por tirarme en la cama, algo llamó mi atención. En órbita alrededor de Tierra, además de nosotros, había algo más: una gigantesca estructura creada a base de encastres de los módulos que la conformaban, con largos paneles fotovoltaicos a sus lados que parecían alas. Era una construcción ingeniosa y bella.

—ARCADIA, ¿qué es eso?

—No tengo suficientes parámetros como para responder. Defina “eso” —pidió.

—La estructura que estoy viendo desde mi ventana, ARCADIA —aclaré.

Estación Espacial Internacional.

Fui hasta la sala de estar y salí a la galería, en busca de un teléfono, sin dejar de mirar hacia el ventanal. Había uno ubicado justo al lado de mi puerta. Cuando levanté el tubo, la estación espacial desapareció.

Se esfumó.

—ARCADIA, ¿qué acaba de pasar? —pregunté con sorpresa.

—No comprendo la naturaleza de la pregunta.

Volví a mis habitaciones y me tiré en la cama, sin dejar de mirar por la ventana. Había ingresado en la Orden Peregrina para explorar lo inimaginable. Quería expandir mis horizontes. Había tocado las estrellas y quería irme. ¿En serio quería irme? Ver un posible futuro, ya que era solo eso, un posible futuro, me había hecho correr a esconderme en la primera oportunidad. ¿Para qué había entrado a la Orden Peregrina? ¿Para conocerme a mí mismo o para satisfacer a mi ego? ¿Acaso tenía que ver con que mis descubrimientos no habían estado a la altura de mis expectativas? Había conocido un posible yo, tenía la oportunidad de no seguir por ese camino y estaba reaccionando como un cobarde. ¿No es el primer paso en un punto como éste despojarse de las máscaras que nos aprisionan? Hasta hace unos ciclos, tenía una imagen de mí mismo completamente diferente.

¿Qué clase de arcadiano quería ser?

Un cohete salió de Tierra a gran velocidad, cruzando la atmósfera. Cuando empezó a desarmarse en partes, se esfumó. Me puse de pie y fui hacia la galería.

El luminiscente que quería ser podía esperar.

Continúa en Tiferet 3… 

[Modificado: 06/05/2016].


 

ARCADIA. Episodio 11. Tiferet 3 (Parte I)

9 comentarios en “ARCADIA. Episodio 10. Tiferet 2

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