ARCADIA. Episodio 9. Tiferet 1

Para: Nautilus Soren.

De: Bifonte Blake Goodhunting.

Fecha de entrega: utu 35.12


Ciudad de Ereshkigal, utu 35.10.

1.

Si estás leyendo esto, significa que las cosas no salieron como esperaba. Quiero disculparme por haber dejado que te apresaran. Necesito que transmitas mis disculpas a María y a Ana. ¿Qué puedo decirte? ¿Qué es lo que quiero decirte? Quiero que sepas que nunca fue mi intención traicionar a Ereshkigal y mucho menos a nuestro mundo. Se me dificulta mucho escribir, ya que mi objetivo es explicarte, aunque suene increíble, que actué para proveer a Arcadia de un mejor futuro. Si esto no resultare así, aceptaré mi equivocación. Sabé que si sigo vivo, haré todo lo que esté en mis manos y más, para reparar todo lo que hice.

No voy a huir de mis errores.

Entiendo que justificar las acciones de uno no sirve de  nada cuando el daño ya está hecho. Pero la realidad es que guardé silencio por muchísimo tiempo. Necesito decirte la verdad. Estás más seguro preso. Acepto que no quieras escuchar o mejor dicho leer lo que puedo tener que decir a esta altura de las circunstancias. Sé que no solo traicioné a mi mundo, a mi país y a mi ciudad. Lo que más lamento (lo cual te demuestra lo egoísta que soy) es haber traicionado nuestra amistad y tu confianza.

Pero creo en lo que te digo. Estás más seguro preso.

Trabajo como bifonte del Instituto de Arte, Cultura y Espíritu de los Peregrinos de Ereshkigal desde hace ¿cuánto?, ¿veinticinco temporadas? Siempre fui visto como un iluminado solitario. Nunca formé parte de un colectivo (salvo en mis tiempos de estudiante), nunca tuve a la vista social una compañera o compañero. Mi compromiso siempre estuvo en mi trabajo. Fallé en muchísimas cosas, salvo en mi rol de bifonte. ¿Por qué te digo esto? Porque es pertinente.

Esta historia empieza cuando yo todavía era un estudiante en este mismo instituto. Para esa época, vos todavía eras el gran maestro. Yo estaba por recibirme de maestro y había conseguido mi admisión en la academia espacial de Enki, para tomar el curso de cuatro temporadas que me habías sugerido.

Esa misma temporada, creo que debés recordarlo, llegaron los hermanos Darmstadt a nuestra escuela. ¿Te acordás como justificaron su presencia en nuestros pasillos? Se presentaron como príncipes de un imperio caído cuyos habitantes los habían derrocado y perseguido. Como hace tanto tiempo hicimos nosotros con aquellos que nos esclavizaron.  Habían confundido el camino aliándose con dos demonios: Morana, los había seducido con su magia y artes de la lujuria; con ayuda del cruel Yarilo, quién se había travestido con el arte del engaño. Ambos habían tentado a toda su familia y estirpe, hundiendo al imperio para siempre. En un acto de misericordia, la bruja Babá Yaga, había salvado a tres de los hermanos antes de que fueran asesinados. Estos fueron llevados a una casa voladora mágica con forma de lágrima de mar, donde vivieron un tiempo con un golem, la bruja y sus mascotas. El objetivo del rescate: purgar las culpas y tener una oportunidad de redención. Esta fue la primera vez que los luminiscentes conocieron a los seres humanos.

Pero la historia no comenzó así, Nautilus.

Cuando yo conocí a los seres humanos, solo eran parecidos a nosotros de manera superficial: una cabeza, dos brazos y dos piernas. En lo demás, ¿qué puedo decirte? Débiles de espíritu, físicos débiles, poca carga eléctrica, pobreza de cromosomas, pobreza de ADN y una expectativa de vida deprimente. Estos tres, específicamente, eran el producto de una endogamia generacional prolongada y muy infantiles para su edad. Estos tres hermanos habían cruzado, de manera inexplicable, por un portal celeste. Habían venido de una galaxia muy lejana llamada Vía Láctea y llamaban a nuestra doble hélice cósmica Andrómeda. Mientras escribo esto, todavía no puedo evitar que se me escape una sonrisa.

2.

Tres ciclos antes de que los hermanos Darmstadt llegaran, me encontraba en mis habitaciones, a punto de acostarme. Ludien y Ardás habían ido de paseo a una justa ceremonial y no había tenido interés en acompañarlos. Estaba a punto de sacarme la chaqueta para ponerme mi ropa de dormir, cuando escuché el sonido de una de las puertas del ropero de la sala de estar, abrirse con un chirrido. En ese ropero guardábamos los tres nuestros instrumentos para las clases de alquimia. Químicos, agujas, retortas y ese tipo de cosas. Supuse que alguno de los dos se había arrepentido de luchar en la justa y había regresado. Salí de mi dormitorio y me llevé una sorpresa.

Una joven de cabellos negros brillantes, lacios y largos, recogidos en una cola, estaba de espaldas a mí, frente al ropero. Pasaba la palma de su mano por los cajones y estantes sin tocarlos. Su cuarto perfil y su mano desnuda apenas irradiaban, más bien reflectaban; así que deduje que era alienígena. Sin embargo, su mano tenía hierografiados pequeños símbolos dorados y tridimensionales que no conocía. Abrió un cajón. Pareció encontrar lo que buscaba: sacó una pequeña jeringa que pertenecía a Ludien. Se la quedó mirando embobada como si fuera alguna reliquia. Pasaba las yemas de sus dedos, sintiendo su textura, mientras la sostenía con delicadeza. Pensé que sería alguna amiga de Ludien y Ardás que no conocía.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté fuerte y claro, sin rodeos.

La joven se giró y posó sus grandes ojos azules en mí. Su tez era blanca y pulida, como las piedras que podemos encontrar en Aldabán. Tenía orejas en punta. Estaba vestida con un largo vestido-pantalón grueso, de color azul claro, como visten las luminiscentes viajeras de la citadel de Dormandía. Tenía un saco grueso que le llegaba a los tobillos azul oscuro, con cuello alto, cuyos pliegues caían en sus hombros. En la pechera del saco, del lado izquierdo, tenía un prendedor: un cráneo, con dos fémures entre cruzados atrás, dibujados en blanco y negro. Repulsivo. Colgadas de su cintura, tenía dos largas varas de metal, una a cada lado. Lo cual me hizo darme cuenta, de que si bien no irradiaba, hacía alguna clase de canalización de energía. Y por supuesto, que era extranjera. A todos los inmigrantes que hicieran algún tipo de canalización de energía atípica, se les obligaba a usar las varas como aviso. Supuse que sería una estudiante de intercambio, aunque no recordaba haberla visto por el instituto.

—¿Ludien se encuentra? —preguntó.

—No… fue con Ardás a la justa.

—Oh… ninguno de los dos está. ¿La justa es ese evento en el que combaten con robots gigantes?

Sonreí, probablemente había venido al instituto hacía poco.

—No son autónomas. Las llamamos armaduras móviles.

—¡Sí!… ¡esas cosas! ¡Gundam! —Se empezó a reír mientras me miraba con curiosidad, “gundam” debía ser como llamaban a las armaduras en su mundo—. Vos sos Blake Goodhunting. —Esto lo dijo en un tono misterioso al cual no supe cómo reaccionar.

Tenía conciencia de que muchísimas especies iniciaban ritos de cortejo de manera espontánea y que los arcadianos éramos un gran desafío porque ése no era nuestro estilo. Mientras pensaba esto, ella esbozó una sonrisa pícara.

—Sí. Soy Blake Goodhunting.

—Genial. Porque era a vos a quien buscaba. —Volvió a dejar la jeringa en su lugar mientras negaba con la cabeza—. El equipo de estudiante. Increíble… —Esto lo dijo por lo bajo, indignada. Sacó un par de guantes de uno de sus bolsillos. Elegantes y de una tela que no reconocí. Se los puso con delicadeza.

—¿A mí? —interrumpí.

—Sí, a vos. —Señaló uno de los sillones—. ¿Puedo sentarme?

—Por favor… —La invité y tomé asiento frente a ella.

Se tomó su tiempo para empezar: se alisaba la falda-pantalón, se miraba las botas, sus guantes y cada tanto me echaba una mirada. Observaba la habitación y jugaba con las varas en su cintura, incómoda.

—¡Roger that! —se dijo a sí misma—. ¿Vos usás de esas armaduras móviles también? —me susurró tímida.

—No. ¿Cómo entraste? —pregunté.

Sus pupilas se dilataron y dejó de pestañar por unos momentos. Rígida, me estudiaba con frialdad.

—No entré. Me materialicé. Una muy rara experiencia. No es lo mío. Prefiero caminar… o llamar a la puerta. Pero dadas las circunstancias… este fue el medio más discreto —explicó—. Además no se me da bien volar, tampoco. Me mareo.

Intenté no perder la calma. Había algo en su lenguaje corporal que era contradictorio. Se notaba cuando hablaba, su tono de voz relajado y despistado no tenían nada que ver con lo que su cuerpo expresaba.

—¿De dónde te materializaste? —continué.

—De mi nave. Está en órbita… —Señaló al techo—. Sé que no es correcto materializarse en los dormitorios de nadie sin permiso… pero…

—Entiendo y no me molesta —mentí—.  Acabo de darme cuenta de que vos sabés mi nombre y yo no sé quién sos vos.

Esbozó una sonrisa triste.

—Desde hace un tiempo ya, tampoco sé quién soy yo… estoy pasando por una crisis de identidad.

—¿Y cómo te llamo entonces? —pregunté con la mayor cantidad de dulzura que pude dadas las circunstancias, con la intención de que se relajara un poco.

Debés estar preguntándote por qué no me comuniqué con el bifonte. Ni siquiera había prendido mi esencia, tenía la intuición de que si lo hacía, ella se lo podía tomar a mal. Francamente, pensé que ella había iniciado alguna clase de rito de cortejo retorcido y yo estaba esperando el momento perfecto para rechazarla con delicadeza.

Se quedó pensativa un rato.

—Inga Sputnik —dijo al fin—. ¡Sí! ¡Inga Sputnik! De los Sputniks de Marte. —Se empezó a reír.

—Inga Sputnik, de los Sputniks de Marte, entonces. —Asentí con una sonrisa—. ¿Para qué me buscabas “Inga”?

Me sonrió, feliz.

—Necesito tu ayuda, Blake Goodhunting.

—¿Mi ayuda? —pregunté sorprendido. “Ayuda”, quería mi “ayuda”, Nautilus.

—Sí. Necesito que vengas a mi nave —dijo.

—¿A tu nave? —repetí divertido—. ¿Para qué?

Se mordió el labio pensativa. Como si estuviera analizando cómo explicarse. Yo estaba intentando no reírme.

—En mi nave tengo tres habitantes de un planeta llamado Tierra… —Antes de que pudiera decir algo me hizo un gesto de que la dejara hablar—. Son tres jóvenes que necesito que hagan de Arcadia Prima su hogar.

Estaba confundido.

—Pero… para eso tendrías que hablar con el Departamento de Inmigraciones Interdimensionales…. No conozco ningún planeta llamado Tierra.

—Tierra queda cerca de Marte, es un planeta vecino.

—No conozco ningún planeta llamado Marte, tampoco… pero de todas maneras, creo que deberías hablar con…

—No necesito hablar con ningún departamento —interrumpió—. Necesito que vos me ayudes. —Eso estuvo casi entre un pedido y una orden.

—¿Para hacerlos entrar de manera ilegal? —pregunté, entendiendo adónde iba, pero sin la menor idea de cómo se le había ocurrido pedirme ayuda justo a mí. Me estaba poniendo nervioso el giro que iba tomando esta conversación.

—No, de eso me voy a encargar yo —aclaró como si eso pudiera tranquilizarme—. Lo que necesito de vos es que los re-escribas.

—¿Disculpame? —Nautilus, pensé que había escuchado mal.

—Son seres humanos, la gravedad en Tierra es más liviana que la de Arcadia. Si llegasen a poner un pie en este mundo… —Golpeó las palmas de sus manos haciendo un ruido estridente—: ¡¡PAF!! Se mueren.

Pensé que todo esto era una broma. Me la quedé mirando esperando que mis sospechas fueran confirmadas.

—No es una broma, Blake Goodhunting —dijo, entornando los ojos.

Me puse de pie y empecé a caminar por la habitación. Tenía la urgencia de prender mi esencia pero no quería alarmarla y que las cosas fueran por un peor camino. No sabía cuáles eran sus capacidades. Había cruzado por los sellos de Carlino, después de todo. Y su audacia, no había sido para cortejarme. Esto no era una andanza inocente. Me sentía engañado.

—¿Vos sabés lo que me estás pidiendo?

—Sí… que los re-escribas y los transformes en quimeras —dijo sin titubear.

La miré indignado. Lo que me estaba pidiendo era ilegal, poco ético y completamente fuera de lugar. Yo no era un maestro hierógrafo.

—Yo no estoy capacitado para realizar una modificación de ese tipo… Inga. Te equivocaste de persona —dije, intentando no perder el control.

En ese momento, decidí olvidarme de todo este asunto. Tenía que lograr que se fuera. Eso era lo mejor para mí… y para ella.

—Tres, son tres, modificaciones de este tipo. Ellos están de acuerdo. Lo desean. Les encanta tu mundo… realmente creemos que pueden construir un hogar acá. En su tierra no les queda nada.

—¿Creemos? —repetí.

—Ellos y yo… —aclaró.

Tomé coraje y me senté en la mesa baja delante de ella, para tenerla más cerca y que entendiera.

—Cómo te dije… no estoy capacitado para realizar una modificación de este tipo… ni que hablar de tres…

Empezó a reírse.

—Creo que hasta con tu equipo de estudiante podrías hacer más que eso… pero no va a ser necesario. En la nave… hay equipo más adecuado y… menos doloroso. Sos el mejor hierofante de todos los tiempos —me aduló.

—Inga…

—Definitivamente, me gusta ese nombre.

La agarré de las manos para afirmar mi negativa ante sus lisonjas y sentí una cálida vibración. Sus manos emitían esta vibración, atravesaba sus guantes. Ella no había puesto un escudo magnético entre nosotros. ¿Por qué lo haría? Era alienígena. Mi esencia se prendió debido a la diferencia de fase. Me asusté. Ella me miraba con sorpresa. Quise soltarme pero ella se aferró con fuerza. Ella irradiaba más de lo que esperaba, después de todo… debí haberlo entendido cuando vi las varas en su cintura. Sentí una fuerte sensación de deja vu mientras entraba en fase con ella. Su calor me atravesó y sentí que ya la conocía. Al afinar mis sentidos para sincronizarme y no morir electrocutado, me encontré con algo diferente.

Era como si algo de mí… estuviera en ella.

Y ella… por unos momentos, Inga Sputnik dejó de existir. Una fémina desconocida me agarraba las manos. Me soltó y yo me levanté, alejándome, asustado. Mis manos humeaban. En el rostro de Inga Sputnik se difuminaban símbolos de una fuerte intensidad dorada.

—Estos guantes resultaron ser una mierda… —dijo molesta—. ¿Me copiás? ¡Una mierda! —gritó.

Me sentía ultrajado.

—¿Quién sos vos? —pregunté molesto—. Eso que hiciste, no se hace.

—¿Sabés lo que es la ley de la teúrgia? —me preguntó. Se puso a mirar el techo, molesta—. ¡Roger ésta! —gritó.

Como mi esencia estaba prendida, producto de la indiscreción de esta alienígena desquiciada; me di cuenta de que la habitación estaba aislada. Había un campo de energía cubriéndolo todo, funcionando a muchísimos niveles. Un telar como nunca había visto. Emanaba de ella. Sus ojos… Nautilus, sus pupilas e iris estaban conformadas por todos los colores que conocía. En un degradé. Los colores más oscuros dibujaban sus pupilas y los claros el iris. Se movían como si fueran algún tipo de implante sintético, eran  miles de lentes en un telescopio. No puedo explicártelo mejor.

—Te hice una pregunta… —me increpó impaciente.

Respiré profundo porque necesitaba tranquilizarme.

—Sí… se lo que es la ley de la teúrgia. Lo estudié en mi décima temporada… era una antigua práctica de invocación que se utilizaba en muchos templos de Arcadia en la antigüedad, para invocar a Astarté, Inanna o Ereshkigal.

Muy despacio se puso de pie, se acomodó el saco y tomó un poco más de distancia. Se miró los guantes, estaban quemados. Frunció la nariz.

—Continuá… —me animó sin mirarme. Indignada, se sacó los guantes y se los guardó en el bolsillo, agarrándolos con las puntas de los dedos.

—Era un antiguo rito de intercambio… para pedirles favores a las diosas —dije nervioso—. Impostoras.

—¿Y que pedían a cambio estos seres, Blake?

—Otros favores… —contesté.

—¿Y si uno fallaba en realizar estos encargos?

Medité muy seriamente si contestarle o no. Porque sabía a lo que iba y de ninguna manera estaba dispuesto a caer en su trampa dialéctica.

—Uno contraía una deuda con el ente.

Inga Sputnik asintió. Repitió para sí misma lo que yo había dicho.

—¿Qué pensarías si yo te dijera que vos tenés una deuda conmigo? —preguntó la descarada.

—Te diría que no me acuerdo y que estás queriendo manipularme —contesté.

—¿Y si te dijera que esta cagada te la mandaste en el futuro? ¿En tu futuro? ¿En mí futuro?

Por supuesto… ¿qué podía esperar que me dijera? Era obvio que la deuda, según su historia, la iba a contraer en el futuro.

—Te diría que no practico la teúrgia y dudo que alguna vez la practique. Por otro lado… si esto fuera a suceder en el futuro, en mí futuro, todavía no tengo una deuda con vos y creo que no voy a tenerla nunca.

Sonrió, podría jurar que le encantó mi respuesta. Estaba jugando conmigo.

—La verdad es que… necesito realmente tu ayuda —lloriqueó—. Yo no creo en la teúrgia tampoco. Simplemente te lo dije para ponerte las cosas en perspectiva.

—Lograste darme una perspectiva —dije con sarcasmo—. Vos pensás que yo te debo algo y querés que re-escriba gente para saldar mi deuda imaginaria.

Tardó en contestarme.

—Sí.

—Mi respuesta es no.

Suspiró.

—Lo siento muchísimo. Quería que me acompañaras voluntariamente. —Miró hacia arriba y sus iris se pusieron rojas—. Moloch… ¡ahora!

 3.

Cuando desperté, me encontraba en un lugar extraño. No tenía conciencia de haber caído desmayado en ningún momento. Primero estaba parado en mi sala de estar y luego recostado en un rico diván de terciopelo rojo con botones dorados orlados. No estaba del todo oscuro. Cuando me giré para ver mejor a mí alrededor, me encontré de frente a un gran ventanal cuya vista daba a una nebulosa. Mis sentidos se prendieron al instante, al quedar anonadado por la vista.

Nunca había estado en el espacio.

La nebulosa emitía tonos rojizos, violetas, rosados y amarillos. El fulgor del polvo cósmico más las estrellas que anidaban en su interior, era lo que estaba alumbrando el lugar.

Era una salita bastante espaciosa, opulentamente decorada. No se parecía a la sobriedad peregrina. Estaba rodeado de ricas alfombras, librerías y algunos dispositivos que para ese momento no tenía la menor idea de cuáles eran sus funciones. A mis dos lados había dos entradas más; donde las paredes llegaban a unos els del ventanal. Esta ventana continuaba hacia las otras dos habitaciones: una alcoba y una sala de trabajo, igual de suntuosas. Había una escalera circular enfrentada al ventanal, justo en la otra punta, que llevaba a un entrepiso. Era un lugar diseñado para caminantes.

Las salidas eran unas puertas de cristal labrado, que estaban cerradas, al lado de la escalera. Al acercarme a la salida del dormitorio, las puertas de cristal se abrieron de par en par, invitándome a pasar a una espaciosa galería con un pulmón en forma de elipse. Salí y me acerqué a la baranda. Miré hacia abajo. Había una cantidad imposible de pisos iguales a éste. El techo era una gran cúpula de cristal desde la cual podía apreciarse la vista de la nebulosa y cada tanto un portal interestelar, que se abría como un ojo en el vacío. ¡Un espectáculo! El lugar estaba iluminado por faroles redondos, similares a los que podemos apreciar en nuestras calles, solo que con una cálida luz amarilla. No me encontraba solo, el lugar estaba lleno de unos curiosos animalitos, agraciados, reflectantes, pequeños, llenos de pelos y cuadrúpedos. Algunos dormían sobre los barandales, otros jugaban entre ellos. Uno de ellos se me acercó a darme la bienvenida, fregándose en mis pantalones.

Pensé que Inga Sputnik era alguna reina de una galaxia lejana. Si tenía todo este poderío, incluido un portal interestelar a su disposición, ¿por qué tomarse la molestia de conversar conmigo y no llevarme directamente? Me encontraba confundido y molesto. Molesto porque había jugado conmigo y molesto por cómo me sentía.

Estaba embelesado.

Estaba agachado, acariciando a la criatura que se me había acercado; emitía alguna clase de bisbiseo, creo que mis caricias le producían placer. Escuché un conjunto de risotadas, alegres y divertidas, provenientes de algún lugar. Dejé de acariciar a la criatura y me enderecé. Escuché varios «shhh»… y voces hablando más bajo. Me dirigí hacia allí.

Los gritos provenían de una cocina-comedor grande,  con vista al portal estelar que había observado hacía unos instantes en el techo. Sentados alrededor de la mesa, se hallaban cuatro personas jugando a las cartas, bebiendo y riéndose. Un joven alienígena, reflectante, sin afeitar y bastante desarreglado, de ojos negros y mirada perdida. Estaba sentado frente a otro alienígena, cuatrocientas temporadas más grande, reflectante, de cabello castaño claro, pulcro, bien vestido y con lentes, que miraba sus cartas concentrado. El tercer sujeto también era reflectante, su piel era de color verde claro, cabellos largos verdes oscuros. Entre las entradas de su cabellera y su frente, tenía dos protuberancias que asemejaban cuernos o antenas y vestía como un arcadio de buena posición, de los de antes. La cuarta persona, Nautilus…

Eras vos. Estabas de espaldas a la puerta.

El joven desgarbado fue el primero en verme. A continuación, vos te giraste y me sonreíste. Estabas vestido como un espacial, te habías dejado patillas y una barba que te daba un toque distinguido.

—Bienvenido, Blake. Temía que Catalina no se animara a abducirte —dijiste, mientras te ponías de pie y me dabas un cálido abrazo.

—Nautilus… estás…

—Parezco más viejo… si… —Me palmeaste la espalda—. Amigos, Blake, acercate. Les presento…

—Al joven Blake Goodhunting —dijo el muchacho desprolijo levantando su taza.

—No tengo el gusto… —dije.

—Te presento a Leo… de la Tierra, al monje Wislai de Cataria, y a Carlos… también de la Tierra. Amigos, el maestro Goodhunting.

Leo se puso de pie y me tendió la mano, los otros lo imitaron. Devolví todos los saludos.

—La chica… Inga Sputnik, ¿dónde está?  —te pregunté sin rodeos.

Asentiste mientras me acercabas una silla.

—Envido —dijo Leo.

Acercaste las cartas al centro de la mesa.

—Me retiro… muchachos….

—¡Nooo…! —dijo Leo tirando las cartas al centro—. ¿Justo ahora?

—Necesito hablar con Blake, Leonardo.

Leo bostezó y se restregó los ojos.

—No importa, de todas maneras, estoy por despertarme… ¿Carlos?

—Creo que me quedan algunas horas todavía —contestó.

—Que pasen todos una buena noche…—Leo se puso de pie— Un gusto… señor Goodhunting.

Leo se retiró de la cocina estirándose y bostezando.

—¿Despertarse? —pregunté— ¿horas?

—Sí… los humanos… vienen en sueños. Se proyectan a ARCADIA —contestaste—. Las horas son la manera en la cual ellos miden las repeticiones.

—Nautilus… no estamos en Arcadia… —te susurré. Me dirigí a Carlos— ¿usted está soñando esto?

Carlos y el monje Wislai intercambiaron una mirada rápida mientras se ponían de pie.

—Nosotros… —empezó Carlos sacándose los anteojos para limpiarlos.

—Vamos a continuar con nuestra actividad diplomática en el Inconsciente Colectivo —dijo terminante el monje.

Era obvio que querían dejarnos solos. Se despidieron con palmaditas en mi espalda y se retiraron.

—Esta nave en la que estamos, se llama ARCADIA. No me estaba refiriendo a nuestro planeta. —Te quedaste mirándome, yo estaba muy confundido—.  Quiero aclararte, antes de que sigamos hablando, que no soy el Nautilus Soren que conocés. Crisalicé hace un tiempo ya.

—¿Cómo? —pregunté sin querer entender.

—Que estoy muerto, Blake. No soy tu Nautilus Soren. Hace tiempo ya que vivo en Nueva Arcadia. De hecho, ni siquiera pertenecí  a tu realidad.

Intenté analizar lo que este Nautilus estaba diciéndome.

—De donde vengo pasaron muchas cosas… Estos eventos, me llevaron a la crisálida —explicó.

—No entiendo… ¿y qué hacés acá? Mejor dicho… ¿cómo estás acá? —pregunté.

—Este lugar en el que estamos, como te dije antes, se llama Arcadia. ARCADIA.

Seguí sin entender.

Arca Relativa Continua Aleatoria Dimensional Inteligente Artificial. Cómo sus siglas lo expresan… hay determinadas cosas que acá no tienen ningún valor. Por ejemplo, los humanos, generalmente, vienen en sueños. Cómo otras tantas especies.

«Por otro lado, también pueden venir con su cuerpo físico de ser necesario. Tampoco el borde entre la vida y la muerte… está muy delimitado en este lugar. El tiempo… es relativo. Cada uno tiene el tiempo que necesita y cuando necesita encontrarse con otro, simplemente pasa. No importan las repeticiones, yo puedo estar quince repeticiones haciendo algo y para otro, tal vez solo pasaron unas dos o solo un instante».

—¿Dónde estamos exactamente?  —pregunté.

—Creo, a mi entender… que estamos en todos lados y en ninguno. —Este Nautilus se quedó estudiándome unos momentos, esperando que asimilara lo que me había dicho—. Entiendo que estés confundido, entiendo que no hayas querido venir de buenas a primeras, pero tu presencia acá es sumamente necesaria. Se nos está dando la chance, única, de hacer todo de nuevo y en lo posible, hacerlo bien.

—¿Hacerlo todo de nuevo? ¿Hacerlo bien? ¿De qué me estás hablando? —pregunté perdiendo la paciencia.

Nuestra conversación se vio interrumpida por la llegada de Inga Sputnik. Entró preocupada, mirando para todos lados. Detuvo sus ojos desquiciados en mí y en Nautilus.

—¿Lo vieron? ¿Estuvo, está acá? —susurró.

No tenía la menor idea de qué estaba hablando.

—No… no lo vi por acá… —contestó Nautilus, respetando el tono bajo.

La joven suspiró.

—No lo aguanto más… quiero que se vaya… me está… me está… volviendo loca… —suplicó a Nautilus.

—Catalina… sabés que eso no es sabio. Está acá para enseñarte… es un poco diferente a lo que probablemente estás acostumbrada… pero creo que los resultados pueden ser beneficiosos… —dijo agarrándola de las manos, intentando tranquilizarla.

—No quiero ofender al Emperador… pero ese tipo no es un buda… —continuó “Catalina” desesperada. Al menos ahora sabía que se llamaba Catalina y no Inga—. No es un buda.

Yo no tenía la menor idea de qué estaba hablando, pero la palabra “emperador”, no me gustó. Confirmaba mi teoría de que ella era una reina.

—Un buda es un maestro iluminado… —me explicó Soren.

—Ese tipo no es un maestro iluminado… es un psicópata —insistió Catalina.

Una joven de cabellos castaños, ojos marrones, barbilla redondeada, espalda  y caderas anchas, petisa y voluptuosa, apareció en el arco de la puerta. Yo me quedé boquiabierto, era la persona que había visto cuando “Inga” casi me había electrocutado. Vestía pantalones ajustados al cuerpo, de una tela flexible. Su ropa parecía estar diseñada para el combate físico. Golpeteaba el piso con su pie y estaba furiosa. “Inga” la miró desafiante.

—No puedo creerlo… esto es lo que faltaba… —gritó la recién llegada poniéndose colorada. Tenía una voz aguda y casi agradable… supongo que nadie suena agradable cuando se enoja.

De la parte trasera del vestido de “Inga”, salió una cola fina, larga y peluda. Se volteó enfrentando a la joven de la puerta. Yo no sabía que pensar y miré a Soren. Él me hizo un gesto de que me mantuviera al margen.

Los ojos de “Inga”, se volvieron marrones. Sus cabellos, se aclararon, ahora eran castaños. Su nariz se achicó y se enderezó… Sus labios se hicieron más carnosos, su barbilla se redondeó. Su espalda y caderas se hicieron más anchas, su cintura se afinó y su busto creció. Su estatura disminuyó. Así, de la nada, presencié una completa y perfecta transmutación. Se había transformado en la joven de la puerta.

—Creo que me sale muy bien imitarte, sobre todo la parte del lloriqueo. Nací para ser vos —dijo “Inga” con una voz más aguda y suave.

La joven dejó la seguridad que le daba el arco de la puerta y dio un paso adelante, enfrentándola.

Wukong… esto… —susurró.

—¡Sí! ¡Ya sé! —“Inga” saltó arriba de la mesa con mucha agilidad, una agilidad que no era de caminante—. ¡No es justo que asumas mi apariencia humana! ¡Estás siendo injusto conmigo Sun Wukong! No me merezco este trato… —Empezó a reírse arriba de la mesa—. ¡Mientras evalúes las cosas en función de merecerlas o no, vas a llorar siempre!

—Yo… no… lloro. —la joven vino directo a nosotros. Soren me hizo un gesto de que me hiciera a un lado, no dudé en hacerle caso. Soren quedó a resguardo apoyado en el mueble de cocina, yo quedé contra un armario, no demasiado lejos.

La extraña joven se abalanzó sobre la Sun Wukong, quién la esquivó con una facilidad irritante. Subida arriba de la ventana, ahora se reía. Una de las criaturas peludas estaba durmiendo cerca del ventanal. Se despertó y la miró molesto. Sun Wukong volvió a transmutar. Ahora era un hombre viejo, reflectante, de ojos vidriosos y cabellos canosos.

—¡Cásate conmigo, Catalina! —dijo el viejo en un tono muy desagradable.

Como si hubiera recibido una epifanía, registré que “Catalina”, era en realidad la otra joven. ¿Quién era esa Sun Wukong, entonces? ¿Quién era Inga Sputnik? ¿Quién me había secuestrado?

Salí de mi ensoñación cuando en un parpadeo, el cuadrúpedo que estaba dormitando, se transformó en Catalina; la cual incapacitó al viejo por el cuello.

—Ésta —dijo mientras lo estrangulaba.

La otra Catalina se abalanzó también sobre Sun Wukong y lo agarró de los brazos. Por la entrada, entraron Inga Sputnik y un ¿humano? de ojos rasgados, cabellos cortos negros, reflectante, con una bandana en la frente, cola peluda y un bastón largo. Inga se abalanzó sobre la Catalina que hasta hace unos momentos había sido una criatura peluda. El hombre, quiso barrer con el bastón los tobillos de la Catalina que estaba inmovilizando al viejo. Esta pegó un salto excelentemente coordinado, para quedar parada sobre el bastón. Tomó impulso y le tiró una patada en la cara al hombre de los ojos rasgados, que muy ágilmente la esquivó.

Miré a Soren sin entender. Cuando iba a darme explicaciones, en la habitación comenzaron a materializarse Catalinas, más hombres con bastón, Ingas y más viejos con ojos vidriosos. Ambos salimos volando, antes de morir aplastados por la increíble cantidad de gente peleando que se estaba apareciendo.

Una de las personas que apareció llamó mi atención, me resultaba conocido. Pero no sabía de dónde. Era un luminiscente que podía tener entre mil y mil quinientas temporadas. Lo conocía de algún lado.

Para sumar a mi confusión, un elevador rectangular apareció por el pulmón de la nave, transportando a un sujeto de metal altísimo de oscuros colores. Detrás de él, una Catalina golpeaba en una serie de puñetazos muy veloces a otro Sun Wukong, que la esquivaba con mucha destreza.

—Señor Soren… —dijo la criatura de metal—. No creo que sea seguro que el señor Sun Wukong extienda su entrenamiento por todas las facilidades.

—Yo tampoco lo creo… ¿pero quién va a detenerlo? —dijo Soren preocupado—. ¿Vos?

—Catalina Konovaluk es la única autorizada para restringirlo…

Soren miró hacia la cocina.

—Parece más interesada en dejarse llevar por sus impulsos violentos que en restringirlo, Moloch. Creo que lo positivo de esto, es que ya está aprendiendo a realizar múltiples tareas en simultáneo. De alguna manera… poco ortodoxa, el entrenamiento está funcionando —analizó.

—Podría decirse —dijo Moloch.

—Sos una artificialidad muy sobreprotectora… —dijo Soren con ironía.

—¿Usted es un robot? —le pregunté al tal Moloch.

Una Catalina salió volando hacia el vacío. Logró agarrarse de la baranda, mientras un apuesto joven salía disparado hacia ella, continuando la lucha. Todos los luchadores empezaron a salir de la cocina en pleno jaleo; en grupos de dos, tres o cuatro combatientes a la vez. Algunos empezaron a aparecer teleportados. Los pequeños cuadrúpedos peludos, comenzaron a emitir un fiero quejido mientras inflaban sus largas colas.

Estaban enojados.

Las Catalinas ahora tenían espadas y otras hoces; algunas tiraban rayos de los dedos o limpios puñetazos a super velocidad, acompañadas de series de patadas. La situación se estaba desbordando. Tuvimos que esquivar algún que otro rayo, bola de fuego y espadazo. Activamos nuestros escudos electromagnéticos para intentar rechazar la energía psiónica, que rebotaba por todos los seres vivos del lugar. De hecho, creo recordar que una Catalina apareció al lado mío y me empujó hacia un costado, para luego continuar con la lucha; cuando estuve a punto de ser aplastado por los escombros metálicos dejados por una explosión.

Vi aparecer al monje entremedio de las Catalinas y Wukongs; esquivaba rayos y espadazos con mucha destreza, como si no le costara nada. Era como si supiere donde iba a caer el próximo rayo, o donde fuere a suceder la próxima explosión. Se acercó a nosotros tranquilo, mientras señalaba hacia un rincón.

Uno de los seres pequeños había comenzado a transmutar en una criatura diez veces más grande, era de color amarillo y naranja con rayas oscuras. El rugido que emitió fue terrorífico. Se lanzó hacia la batalla, interceptando a uno de los Wukongs en movimiento.

—Moloch, ¿Qué es ese felino? —preguntó Soren.

—Creo que es un panthera tigris, señor, oriundo de la Tierra.

Una a una, las criaturas se transformaron en tigrises que entraron en combate. Una alarma empezó a sonar en la nave, con una luz destellante de color azul que se prendía y apagaba.

Moloch nos señaló la cocina. En unas pequeñas pantallas que hasta ese momento no había visto, se leía ALERTA en perfecto eresh, sobre el dibujo de una silueta de una criatura bípeda de muchos brazos, sentado o sentada dentro de un círculo.

—Creo que sería recomendable entrar… y ponernos a resguardo —dijo Moloch con insistencia.

Entramos a la cocina. Soren trabó las puertas, sin dejar de mirar hacia afuera, expectante.

Se hizo silencio. Un silencio intenso y amenazador. Una fuerte ráfaga de luz de una intensidad indescriptible, proveniente de los pisos inferiores de la nave, lo inundaron todo. Pude ver cómo, con cada haz de luz, las réplicas de Wukong desaparecían, haciéndose polvo. Las pobres infelices que aguantaban… ¡las pobres infelices que se mantenían en pie eran degolladas y transformadas en polvo! Lo que vino hacia nosotros con ese haz de luz… calificaba como Celeste. Se perfectamente, que no existen… sé, que todo lo que llega a Arcadia Prime proviene de algún lugar verificable y que nuestro pueblo dejó las supersticiones hace mucho, mucho tiempo. No obstante, la clasificación me parece adecuada. La criatura tenía ocho brazos, su piel era de un color azul intenso y tenía tres ojos. Dos en el lugar normal y un tercero en la frente. Tenía sangre corriendo por su boca y estaba desnuda. Era una criatura monstruosa y voluptuosa. Estaba montada arriba de un tigris volador, portaba hoces y espadas. En unos momentos, se deshizo de los Sun Wukongs a cortes limpios. Podía ver la ira desenfrenada en su rostro, el enojo. Sus facciones, por un momento, me hicieron acordar a Catalina. Aunque creo que lo aluciné.

Cuando solo quedamos nosotros y los tigrises, su montura aterrizó delante nuestro. La criatura desmontó del tigris; al hacerlo, el tigris transmutó en un pequeño tigris negro. Como en un efecto dominó, todos los tigrises volvieron a transformarse en esas pequeñas criaturas igual de peludas que había visto antes.

El ente de color azul, soltó las espadas que tenía en tres de sus manos y cuatro de las hoces que llevaba en otras. Dos de sus manos las había apoyado en la baranda, estaba agitada.

La alerta que estaba sonando en la nave se silenció, pero la ilustración con la figura de ocho brazos, permanecía en las pantallas. Moloch y el monje salieron a asistir a ese ser. Soren me miraba expectante. Yo salí dubitativo,  invadido por mi propio terror, Soren me siguió.

—ARCADIA… purificá tus instalaciones de la presencia del rey Mono… que no quede ni un pelo… Lo que encuentres… devolvelo a la Tierra de los Inmortales…. Y cerrá el Inconsciente… —dijeron cuatro voces distintas provenientes de su interior. Algunas voces femeninas, otras masculinas—. Purificá… purificá… todo. No más Gokus… por favor… digo, Wukongs

—Catalina… —llamó Moloch.

—Creo… —dijeron las cuatro voces— que no me encuentro muy bien… —Sin soltarse de la baranda miró el resto de sus brazos—. ¡Soy… soy… Kali… comienzo… y fin… de todas las cosas! —amenazó—. Esto… es… increíble… es todo tan claro… ahora… —Se desmayó. Moloch la atajó antes de que cayera al piso.

Soren me acompañó a mis habitaciones, mientras intentaba tranquilizarme. Se me hizo horrible cruzar el abismo volando. Yo me encontraba sumamente perturbado y al borde de un ataque de locura paranoide.

—Eso… se… y luego… —No lograba articular una oración coherente.

—Esa mujer, pertenece a una antigua especie… única en este mundo —se explicó.

No me había gustado la manera en la que había pronunciado este. De más está decir que tenía muchísima experiencia en cosmología transdimensional. Así que un este, no era un dato menor.

—¿Por qué estoy acá, Nautilus? —pregunté nervioso.

—Catalina dijo que iba a explicártelo antes de traerte… —dijo Nautilus molesto—. Necesitamos que re-escribas a tres seres humanos y los transformes en quimeras.

—¿Entonces ese monstruo me secuestró? —farfullé—. ¿Por qué yo? No veo que les sea difícil conseguir gente más capacitada para hacerlo… yo todavía no me recibí, soy un estudiante y… ¡no soy hierógrafo! —me defendí.

—Porque vos lo pediste y además porque sos el mejor… —Me miró con compasión—. O estás camino de serlo.

—¿Por qué yo lo pedí? ¡Yo no pedí nada! —me quejé.

—Es una forma de decir… —Se levantó del sofá y se dirigió a la salida—. Relajate, dormí un poco. Después seguimos charlando. No te preocupes, no creo que el rey Mono vuelva por estos lugares… así que lo más probable es que puedas descansar sin contratiempos.

—¿Títulos aristocráticos? ¿”emperador”?, ¿“rey”?, ¿y qué mierda es un mono? Esto… está mal… —estallé.

—Descansá, Blake.

No pude dormir. Me encontraba asaltado por un montón de dudas y temores. Tenía muchísimo miedo de mi captora y sobre todo, de ser el único que estaba asustado. Todos los demás, actuaban como si lo sucedido fuera algo normal.

«Nadie duerma»… Voces femeninas a coro. Venía de la galería. Me sobresalté. Nunca había escuchado a nadie recitar de esa manera. Sabía que aquello que escuchaba no estaba en mi idioma y sin embargo entendía las palabras. Escuché una voz masculina potente y sentida contestando: «Nadie duerma, nadie duerma… tampoco tú, oh princesa, en tu frío cuarto, miras las estrellas,  que tiemblan de amor y esperanza… ¡Más mi misterio está encerrado en mí! ¡Mi nombre nadie lo sabrá!  Solo cuando la luz resplandezca… ¡No! ¡No! Sobre tu boca lo diré… Sobre tu boca lo diré temblando… Cuando la luz resplandezca… Y mi beso, disolverá el silencio… que te hace mía»… Volvieron a recitar las voces femeninas: «Su nombre nadie lo sabrá… ¡Y nosotras por desgracia, ay, ay, debemos morir, morir»…! Él arremetió con la más completa y apasionada determinación: «Desaparece oh noche, ¡ocúltense estrellas, ocúltense estrellas! ¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré!»

Nunca en mi vida había escuchado una recitación tan obscena, iba a tararear eso en mi cabeza hasta mi crisálida. Era similar a las fórmulas que usaban nuestros ancestros para satisfacer a los “dioses”: música. Esa poesía hablaba de cosas que nuestra cultura había dejado atrás hacía tiempo. Ni siquiera caemos tan bajo cuando en la vejez nos invade la necesidad de crear progenie.

Había llegado a mi límite de tolerancia. Estaba siendo expuesto a cosas a las que no estaba dispuesto a ser permeable. Salí de mis habitaciones agitado, y seguí la música.

El lugar estaba desierto.

Esa música a todo volumen era por culpa de la acústica del lugar. Aun dándome cuenta del problema acústico, yo lo sentí como una falta de respeto. Empecé a caminar, buscando el origen de la música… ahora sonaba una melodía sin letra, igual de pegajosa que la anterior. Me sumió en la melancolía.

A cuatrocientos pasos de mis habitaciones, me detuve. La música gomosa y pegajosa provenía de unos habitáculos como los míos.

Me asomé a una distancia prudente, para evitar que las puertas de la recámara se abrieran.

En una sala de estar un poco más amplia que la mía, iluminada solo por la luz de la nebulosa, percibí las siluetas de Catalina y Moloch. Estaban de espaldas, sentados frente al ventanal, mirando el espacio exterior. Ambos estaban escuchando la música mientras contemplaban el paisaje. Cuando ella alzó su mano para tomar la mano del robot, me sentí un intruso. Vi su cuerpo contraerse en un suspiro, sus hombros subiendo y bajando. Entré en pánico. Me alejé de ahí y volví a mis aposentos, indignado.

Decidí no salir de allí, hasta que vinieran a buscarme. Me quedé mirando la biblioteca, no me apetecía leer, pero iba a leer. Bienvenido a ARCADIA. Preguntas Frecuentes llamó mi atención. Saqué el libro de la repisa y me lo quedé mirando. Luego de dar algunas vueltas, ya cansado, me dejé caer en la cama, con el libro abierto.

Me dormí.

4.

Desperté unas repeticiones después, por ruidos provenientes de la sala de estar. Tenía un tigris de cara marrón oscuro y cuerpo color marrón claro metido entre las piernas, durmiendo sobre mis genitales. Estaba desorientado. Por unos momentos no supe exactamente donde estaba. No soñé absolutamente nada. Había caído inconsciente del cansancio, el libro estaba tirado en el piso. Todo volvió a mi memoria unos instantes después, mientras mi vista se perdía en la nebulosa. Los sonidos provenientes de la sala me devolvieron a mí mismo. Eran ruidos metálicos golpeando contra porcelana. Ruido de tazas y alguien vertiendo líquido. Me saqué de encima al tigris con bastante dificultad. Tenía garras y se prendía a mí pierna cuando intentaba agarrarlo. Cuando lo logré, me bufó y siguió durmiendo en la cama. Me levanté, no me había bañado desde… ayer, sin embargo, no me veía ni sentía sucio. Eso aumentó mi sensación de irrealidad. Lo último que había leído, había sido algo con respecto a la entropía relativa del lugar, que ya no recordaba.

La habitación se encontraba iluminada. Sentado en la mesa de la sala, estaba el iluminado que me había resultado familiar en la pelea de Catalina contra el rey Mono. Estaba vestido de blanco, sus ropas eran bastante desprolijas. Tenía pelo enrulado, dorado y despeinado, además de un gran bigote. Sus ojos, eran verdes, como los míos. Demasiado como los míos. Él estaba desayunando con entusiasmo. Me puse pálido.

El luminiscente que tenía delante de mí, era yo.

Revolvía con la cuchara alguna clase de infusión. Golpeteó la cuchara para no derramar líquido y la dejó a un lado. Me miró y me hizo un gesto de que me sentara.

—Me alegré al saber que habías podido dormir. Aunque sea por el agotamiento —dijo divertido—. Creo que esta infusión puede gustarte. Es té catariano. Una verdadera delicia. Había pensado en traerte algo más tradicional, pensando que quizá eso te haría sentir más a gusto y caí en que mi idea era una completa estupidez.

Me senté sin sacarle la vista de encima. Simplemente no podía creerlo. Era yo. Escondido atrás de un bigote y cabellos dorados enrulados, estaba yo. Ese iluminado era yo.

—No puede ser… no puede ser… —dijo con una cálida sonrisa—. Estás pensando que no puede ser… y también, cuándo se van a terminar estas sorpresas. —Me ofreció azúcar—. Eso es lo que estaría pensando en tu lugar. Y no, no es una broma y no, no es de mal gusto.

Me dominé y agarré la azucarera, estaba temblando. El arcadiano me la sacó de las manos y endulzó mi bebida.

—Ahí está —dijo con paciencia.

Ambos al mismo tiempo, tomamos nuestras respectivas tazas de la misma manera. A mí me pareció un horror, a él, divertido. Disfrutó el sabor del té y volvió a dejar la taza. Yo me había quedado paralizado, para variar.

—Misma situación que Nautilus —dijo—. Estoy temporariamente asistiendo a Catalina.

—Estás muerto —dije con alivio. No sé por qué, me sentí aliviado. Debía tener entre mil y mil quinientas temporadas. Lo delataban los rizos y su temperatura corporal… ya no iluminaba, más bien reflectaba luz.

—Sí. Estoy muerto pero no crisalicé.

No dije nada. No sabía cómo seguir esa conversación. Preguntarle ¿cómo te fue? me parecía completamente desubicado, teniendo en cuenta que no había ascendido.

—¿Y cómo me fue? —Me robó los pensamientos—. Mal. Tomé pésimas decisiones.

Seguía con mi taza en la mano. Bebí un sorbo sin sacarle la vista de encima. Era delicioso, me lo bebí de un trago y dejé la taza en la mesa. Había galletas y otros refrigerios, algunos conocidos y otros que eran un misterio. Tenía hambre, así que comí con valentía.

—Unos años después de volver al instituto, perdón, temporadas… se me presentó una mujer. —Pensé en Catalina al instante y fruncí el ceño—. Era una diosa, se hacía llamar Astarté. Me enamoré… o me volví creyente. —No pude ocultarle mi cara de indignación—. Difícil… diferenciarlo ahora —continuó pensativo—. La adoraba. Nunca había conocido a un Ser como ella. Cubría todas mis expectativas, deseos y más. Era una maestra excelente y yo la admiraba. Me enseñó cosas que nunca creí que estuviera en mis manos aprender. Me llevó por caminos que nunca creí poder alcanzar y un día, perdón de nuevo, ciclo, obviamente, me pidió un favor.

—La ley de la teúrgia —susurré recordando lo que Catalina me había dicho.

—Sí… de todas maneras yo no lo viví de esa manera. No tuvo que exigirme nada. Para ese momento yo me encontraba completamente embriagado y corrompido. Quería que se sintiera orgullosa de mí. Quería ser su favorito… te imaginarás que todo eso no cuadraba mucho con mis actividades de bifonte  —explicó.

No podía creer lo que me estaba diciendo. Intenté ponerme en sus zapatos, pero no pude. ¿Qué podía ofrecerme alguien como para entregarle mi esencia? Él esperó paciente, sabía lo que estaba pensando.

—Todos los secretos de la vida y la relatividad de la existencia como la conocemos —dijo—. Aunque… nunca me llevó a su templo. Nunca estuve en un lugar como este antes.

Respiré hondo varias veces e intenté serenarme.

—Por eso ella me pidió que re-escribiera a estas personas —dije, sin saber exactamente cómo eso se relacionaba con lo que él me había dicho. Lo dije porque me pareció apropiado, quizá de esta manera apurara la historia y llenaría los huecos que faltaban.

—No. Ella te pidió eso porque yo se lo pedí.

Me lo quedé mirando sin entender nada, mi estrategia había fallado.

—Resultó… que yo no era su favorito. —Sonrió—. Su favorito era el director, Alexi Darmstadt. Todavía no lo conocés. Un sujeto promisorio. Entró a estudiar tarde al instituto, era un refugiado de otra dimensión. Pero, era un mestizo, o al menos eso parecía. Fue el primer extranjero extrazona que logró llegar a un puesto tan importante dentro de nuestra orden —explicó—. Así eran sus habilidades también. Astarté estaba enloquecida. Le había prometido a Alexi ascenderlo en vida. Despertarlo del todo sin necesidad de esperar su crisálida.

—¿Eso es posible? —pregunté sin saber que pensar.

—No. Por supuesto que no —dijo riéndose—. Era una mentira. Me entrenó en los caminos del  yetzirah.

Sabía lo que era el yetzirah. Nuestros antiguos creían que en un texto llamado Sepher Yetzirah, existía una fórmula para ascender al plano de los Celestes. Con el tiempo se descubrió que era una mentira. El yetzirah permitía a seres de otros planos poseer cuerpos, nada más. Había sido practicado por luminiscentes sobre otras especies, debido a nuestra capacidad para canalizar energía. Poseer cuerpos arcadianos es imposible debido a nuestra naturaleza iónica. Por eso nosotros la habíamos practicado al servicio de otros seres y sobre otros seres. Era un rito macabro, hierografía prohibida. Cuando dijo que se había corrompido, estaba hablando realmente en serio.

—¿Cómo pudiste? —susurré.

—No lo sé —respondió con resignación—. En esa época, realmente creía que el yetzirah despertaba algo que estaba dormido. Supongo que me dejé engañar adrede. Yo quería saber que había detrás de la base del yetzirah —se explicó—. Es hierografía muy especial… nada que hayas visto… —agregó pensativo—.No tengo justificación, cuando empezás a trabajar en el código, es bastante obvio lo que se está haciendo…

«Realizamos el yetzirah sobre el doctor Darmstadt y como debés sospechar… lo que despertó en su interior no fue su potencial dormido. Fue otra cosa muy distinta, fue poseído por otra criatura. Se transformó en un ser despiadado y egoísta. Luego de que Alexi se transformara en ese ser, todo el interés que Astarté tenía en mí, se perdió. —Su mirada se oscureció, estaba reviviendo sentimientos—. No así para el doctor Darmstadt. Estaba muy agradecido por lo que había hecho por él y me cobijó bajo su ala. Estaba obsesionado con obtener otro recipiente para encarnar cuando Alexi cumpliera su ciclo.

—Incluso sabiendo que ya no era él, lo ayudaste… —recriminé en un susurro ahogado.

—Sí. Lo ayudé a cometer una cantidad de atrocidades imperdonables, buscando este nuevo recipiente. Ahí me enteré de la existencia del planeta Tierra. Dónde él se había obsesionado en el pasado con un extraño personaje al que llamaban Rasputín, el monje loco. De ahí había venido originalmente Alexi Darmstadt, su cuerpo. Nunca había sido arcadiano, había sido re-escrito para asemejarse a nosotros y vivir entre nosotros. Una quimera…

Nautilus, te pido por favor que te pongas en mi lugar por un momento. ¿Qué harías si vos aparecieras ante vos mismo a confesar tus propios pecados?

—En ese viaje, Rasputín, le gustaba que lo llamara así… maestro Rasputín, conocimos al resultado del experimento genético que había realizado en la Tierra a lo largo de quinientas temporadas humanas. Una de las tantas Catalina Konovaluk —continuó.

Tuve una epifanía de por qué estaba ahí. Él le había hecho algo a esa chica. Salté hacia atrás tirando la silla al suelo y retrocedí hasta la ventana flotando descompuesto. Tuve un escalofrío. Algo terrible. Imperdonable.

—No me interesa. No me cuentes más. No quiero saber —farfullé—. Si el punto de esta historia es que me convierta en un mejor iluminado que vos, está hecho. No te preocupes, lo que sea que haya pasado, no va a pasar. Te lo juro… —prometí con todas mis fuerzas.

—Su plan era copular con ella para poder continuar la descendencia —continuó, ignorando completamente lo que le había dicho—. Fortalecer por medio de la endogamia, los genes que necesitaba preservar. Ya que  Alexi Darmstadt había sido su tátara abuelo.

—No. Yo nunca me hubiera prestado a una cosa así. —Creo que le grité.

—Sí… lo ayudé —contestó tranquilo—. Pero ese no fue el problema. El verdadero problema, fue que se enamoró de esa Catalina y Astarté se molestó. Cuando Catalina dio a luz al niño, Astarté pidió su sacrificio. Rasputín se negó. Nos echó de su universo. De este universo. —Se quedó callado.

—Universo 1. —Recordé lo que había leído en Preguntas Frecuentes—. Muy original.

—Exacto.

—¿Y a dónde fueron desplazados? —pregunté resignado.

—A Edom y desde allí nos fuimos al universo originario de Rasputín. Estos seres se llaman q´yauri… no puede haber  más de un q´yauri por universo.

«El multiverso está dividido en setenta y dos arcas. Cada arca, posee un universo con sus realidades contiguas… es decir, con todas las infinitas variables posibles. Las líneas fronterizas entre un universo y otro… son similares… conforman un degradé. Por eso hay realidades que se repiten o asemejan entre un arca y la otra. Por cada uno de estos universos, hay uno de estos entes… un q´yauri. Para poder relacionarse entre ellos, deben poseer un habitante del universo del q´yauri con el cual quieren relacionarse, es la única manera que tienen de cruzar».

—¿Qué son los q´yauri? ¿Extraterrestres muy poderosos que se repartieron el multiverso? —pregunté indignado.

Mi otro yo sonrió.

—No… son mucho más que eso… y están destinados a la soledad. No pueden relacionarse con sus semejantes… Es difícil de explicar.  —Sabía que iba a decir eso, sabía que iba a usar esa muletilla—. La cuestión es que Rasputín, pudiendo dejar el recipiente de Alexi, eligió castigarse a sí mismo por la traición a su consorte Astarté. Seguimos experimentando con ese recipiente, viajando por mundos dentro de su universo y finalmente, Astarté se dignó a comunicarse nuevamente con Rasputín y pactaron una cita. Le solicitó usar como recipiente a la Catalina de su universo. —Se quedó pensativo unos segundos y agregó—: Rasputín aceptó.

—¿Cómo fuiste capaz de hacer todas estas cosas? —Me sentía más enojado que antes. Encima, me estaba usando como si fuera su confesor.

—Me insensibilicé… conocimiento, poder, impunidad… viajamos mucho —contestó con muchísima naturalidad—. Sin embargo, algo dentro mí siempre me dijo que estaba pasando algo más.

Empecé a flotar en círculos por la habitación. Uní uno a uno los recuerdos que conservaba de mi primer encuentro con “Inga Sputnik”. Uno a uno.

—No quiero saber más. Tus actos fueron tus actos, no es justo que me quieras cargar con ellos o responsabilizarme —dije.

—No es así. No te estoy responsabilizando. Necesito que entiendas lo que está pasando. Necesito que la ayudes —pidió.

—¡Eso es responsabilizarme! —le volví a gritar.

—¡Tenés más sentido moral que esto! —replicó indignado.

—Sí, lo tengo. ¡O al menos eso pensaba hasta hoy! —Me volví a dejar caer en el sillón—. ¡Y vos no podés decirme eso! —grité incorporándome un poco.

—Rasputín la secuestró y yo comencé a realizar el rito del yetzirah en ella.

—No quiero escucharte más. —Me salió automático.

—Ella… era muy fuerte, para ser humana. Lo que hice fue una vergüenza… la… la admiraba mucho. La Catalina de este universo no era así. Fue… una verdadera lástima. Los experimentos de Rasputín mezclados con la sangre nueva… —elaboró— porque ninguna de las Catalinas era producto de la endogamia. Su perfección fue producto del azar.

Giré para mirarlo a los ojos, sin poder creer lo que estaba balbuceando.

—No pude hacerle el ritual… había llegado a mi límite, borrarla era imperdonable. No paraba de luchar. Tendrías que haberla visto… —Tenía los ojos brillosos, estaba emocionado—. Así que engañé a Rasputín y la desperté. Fue tan fuerte la re-escritura que le hice… —dijo orgulloso— lo mejor que hice en toda mi vida… usé mi propia sangre… valió la pena… Morí dándole un sentido a mi vida.

—¿La despertaste? —Ahí terminé de entender todo. ¡Por eso había sentido eso cuando le había agarrado las manos! Por eso sentí algo de mí en ella, ¡le había dado nuestra sangre! Había sido él—. ¿Cómo que la despertaste? ¡Recién me dijiste que no se podía despertar a nadie!

—Sí… ¡ya sé! —respondió—. Había visto dos Sepher Yetzirah, el de Rasputín y el de Astarté, armé una variación entre los dos. La preparé para luchar contra la posesión pero ella tenía otros planes. —Me sonrió con melancolía—. Yo pensé que iba a luchar… como había luchado hasta ese momento. Pero no luchó… Me pidió una jeringa para provocarse una embolia gaseosa.

Me volví a descomponer, volví a angustiarme y me puse de pie de un salto, floté por unos instantes y luego descendí. En mi cabeza, lo único que veía como un momento congelado en el tiempo, era a ella con la pequeña jeringa en sus manos. Me volví a sentar e intenté mantener la calma. Quería golpearlo o quitarme la vida. Sabía racionalmente que no era responsable, pero la imagen de ella mirando la jeringa me partió el corazón. Sobre todo porque en realidad, dadas las circunstancias, había sido muy amable conmigo.

—Ella murió ahí… tuvo que inyectarse tres veces, pobrecita. Tuvo la fuerza para hacerlo… —continuó triste—. Rasputín se dio cuenta de que lo había traicionado y lo maté. Mejor dicho, maté a la quimera y luego, uno de sus avatares apareció y me mató. Esa es toda la historia.

—No. Esa no es toda la historia. ¿Qué está pasando? ¿Qué hacés acá? ¿Qué hago yo acá?

Estaba furioso.

—Pasó algo insólito. Pensé que, como mucho, la re-escritura iba a permitirle evadir a Astarté o mínimamente que tuviera una muerte digna —explicó apesadumbrado—. Que su cuerpo pudiera ser sepultado, los humanos sepultan —aclaró— y su alma preservada. Pero no sucedió nada de eso. Su cuerpo físico murió, sí. Pero con su alma pasó algo muy curioso. Mató a Astarté de una embolia y ella… ocupó su lugar. Su alma poseyó a Astarté. —Esto lo dijo encantado, el imbécil—. La “desperté”… —concluyó sonriente.

—Crisis de identidad… —recordé—. Ella se volvió Astarté.

—No. Ella se volvió q´yauri… a su manera —dijo pensativo—. No dejó de ser ella. Solo… que esto… fue demasiado, no me esperaba un desenlace como éste.

—¿Esto solo fue demasiado?  —repetí con ironía—. ¿Cómo llegaste acá?

—Estaba en el limbo. Me voy a ahorrar los detalles. Nautilus… apareció, me felicitó por mi redención, cuando lo lógico era que me odiara o que viniera a hacerme la no existencia un suplicio —se explicó—. Sin embargo, me dijo que había comenzado una era de curación para nuestro mundo. Yo no sabía de qué me estaba hablando, y entonces, él me materializó acá.

Poco me interesaba en ese momento saber de su experiencia en el limbo. Así que acepté que no me diera detalles.

—¿Y yo? —pregunté.

—Estamos jugando una carrera contra el tiempo, Blake —dijo—. Quedaron ecos de la antigua diosa. Están desperdigados en puntos específicos de nuestra línea espacio-tiempo. Son peligrosas, ya que debido a la naturaleza pandimensional de los q´yauri, puede hacer estragos en la línea —explicó—. Nuestra línea. Catalina está trabajando para cambiar las cosas. Nuestro futuro. Por eso le pedí que te trajera. No fue idea de ella.

—Lo lógico hubiera sido mantenerme al margen. —Volví a quejarme.

—Lo mismo dijo Catalina, ella no quería saber nada con vos, como te imaginarás. —Sonrió—.  Pero no es así. Van a seguir pasando cosas y hay que llevar la línea disimuladamente hasta el final, para que Catalina pueda deshacer los ecos de Astarté.

«Mientras la línea solo muestre algunos errores, Astarté va a pensar que pasó algo, pero no va a ver lo que pasó en realidad. Catalina corrió al menos doscientas simulaciones en los archivos, dejándote al margen, y esto no funciona si vos no estás involucrado. Formás parte de esta historia. Formamos parte de esta historia».

Me quedé meditando y luego agregué:

—Y con esto, ¿su línea temporal también va a cambiar? —No sé por qué pregunté eso. Sabía la respuesta, muy en el fondo.

—No… lo que le hice es irreversible. Ella va a quedar restaurada en su universo, con suerte. Pero no ella. Esta Catalina, se va a quedar acá. Cómo yo voy a seguir muerto y en el limbo —concluyó.

—¿Ella sabe esto? —pregunté.

—Creo que sí.

Creo que sí… no es una respuesta. —Sinceramente no podía creer que yo podría transformarme en esta persona. No podía, Nautilus.

Nos quedamos hablando un rato más, intentó justificarse, diciendo que con tu muerte y la del verdadero Alexi Darmstadt, nuestro mundo caería. Entraríamos en una guerra, por no poder superar nuestras diversidades culturales. Y esta, nos llevaría a la extinción. Pero yo estaba pensando en otra cosa, así que pronto pasé a ignorarlo, hasta que me dejó en paz.

5.

Salí de mis habitaciones. Como unas repeticiones atrás, el lugar estaba desierto. Caminé los cuatrocientos els, hacia el lugar donde la había visto por última vez. Entré.

—¿Catalina…? —llamé desde la sala de estar.

—La señorita Catalina Konovaluk se encuentra en astrometría —dijo una voz parecida a la de ella pero fría. Miré hacia los costados.

—¿Quién dijo eso?

—ARCADIA, interfaz operativa inconsciente —contestó.

—¿Interfaz…? —Era una computadora, por supuesto.

—Operativa inconsciente —terminó mi frase.

—¿Dónde queda astrometría?  —pregunté.

—Saliendo de estas habitaciones, a su derecha, escalera Tet.

Encontré una pintoresca escalera caracol, que me llevó a un pasillo angosto y señalizado. Puente de comando 1, Sala de reuniones, Geología, Biología planetaria, Biología extraplanetaria, Arqueología, Bahía médica, Cartografía marina, Cartografía geológica, Cartografía espacial y finalmente, leí Astrometría. Me dirigí hacia allí.

Mientras caminaba, pude ver que había más escaleras caracol, que subían o bajaban, y más carteles señalizadores: Ingeniería, Sala de máquinas 3, Armamento, Laboratorio médico, Biología genética, Lingüística. Estos pasillos de metal, como casi todo lo que había visto hasta ahora, tenían la misma estética que las otras partes de la nave. Aquí los faroles eran redondos, de cristal rojo, y estaban empotrados en la pared. También  había pequeñas pantallas que daban información de donde uno se encontraba.

La encontré rodeada de estrellas. El lugar era un gran proyector holográfico. Las estrellas estaban superpuestas, con un mandala que giraba en todas direcciones. Varias esferas en el medio, rodeadas por círculos, conformando una flor, y muchísimas más esferas unidas por el centro, tocándose en sus lados con otros grupos exactamente iguales. Todo el escenario parecía un conjunto de células y terminales nerviosas.

Ella estaba concentrada en un segmento. Enviaba algunos círculos para un lado del salón, esferas para el otro lado, separaba círculos, los ampliaba… Al acercarme más, vi que cada esfera y círculo tenían una secuencia de símbolos algebraicos, entremezclados con lo que asumí serían letras de otros lenguajes. Se fijó en mí.

—Creo que vine en un mal momento. —Retrocedí intentando sonar lo más amable posible—. Puedo volver luego.

La mirada de ella volvió a perderse en lo que estaba haciendo.

—No, está bien… perdón… estoy un poco abstraída. —Me señaló el segmento del mandala.

—¿Qué representa? —pregunté acercándome.

—Todo… —dijo una voz desde un rincón. Era Leo, el cual estaba sentado en el suelo con una carbonilla, bocetando en un cuaderno lo que veía.

—Este gráfico representa el multiverso —agregó Catalina. Luego posó su dedo en uno de los círculos—. Acá, estamos nosotros. —Luego hizo un gesto encerrando un conjunto de esferas—. Todo este grupo es nuestro universo, con todas sus versiones aleatorias e infinitas posibilidades. —Ahora me señalaba un grupo de círculos más grandes en el centro—. Esto, se llama Pandemonium. Justo en el centro.

Mis ojos se perdieron en las gráficas en tres dimensiones y en los números.  Representaban un gran organismo vivo. Parecía vivo.

—Arcadia Primera por favor —solicitó. Vi como aparecía transparente, rodeado por múltiples planos. Vi las órbitas de las dos estrellas y nuestro planeta imposible, con sus tres satélites. La danza creaba lluvias espacio-temporales que se veían como destellos, los cuales se prendían y difuminaban de manera aleatoria, cuando colisionaban con nuestro planeta—. ARCADIA, cruzalo con la gráfica del multiverso, mostrame  las entradas y salidas, por favor —agregó ella.

Era fascinante observar mi mundo desde esta perspectiva. Arcadia Primera estaba en contacto con muchísimos otros reinos del multiverso. Entonces apareció Arcadia Quarta en escena y todo se llenó de colores. Podía ver los números algebraicos y símbolos, unirse en fórmulas por medio de conectores que me eran desconocidos. Aparecían resultados y más fórmulas. Entendí lo que estaba haciendo: estaba calculando la órbita de Edom por todo el multiverso.

—Necesito intercambiar unas palabras con vos —me animé a decirle.

—Te escucho —dijo, sin dejar de mirar las múltiples órbitas de Arcadia Quarta.

Miré de reojo a Leo. Estaba extasiado, con la mirada perdida en el espectáculo que había delante de nosotros. Así que decidí ignorarlo.

—¿Por qué estás haciendo esto? —Fui directo.

—¿Haciendo qué? —preguntó—. Necesito saber la órbita de Edom —dijo señalándome a Arcadia Quarta, como si fuera una obviedad.

—Ayudarnos —aclaré.

Me miró con una ceja arqueada, como si mi respuesta hubiera sido lo más primitivo que había escuchado en su vida.

—¿Por qué no habría de ayudarlos?

Quitó su vista de mí. Se puso la mano en la barbilla y caminó unos pasitos, pensativa.

—ARCADIA, necesito ver el Pandemonium, antes de la caída de universo 33 y posterior. —Miró a Leo—: ¿Podés hacer un plano con las órbitas de Edom? —Leo asintió—. ARCADIA, superponé por favor.

—Lo tengo… —susurró Leo—. Aunque creo que ese tal Newton, él de la otra vez, te sería más útil.

—Ay, no… —negó Catalina poniendo mala cara como si hubiera recordado algo que no le gustara. Leo empezó a reírse.

—Un tipo de lo más simpático… tu amigo —comentó Leo.

—Era un denso, Leo.

—Hablé… me vino a visitar… Blake —interrumpí con coraje, sintiéndome completamente desubicado.

Dejó de mirar el mandala y se volvió hacia mí.

—Lo siento muchísimo… —dijo con condescendencia fingida, se volvió al mandala para ocultar la risa—. Perdón, no quiero reírme. Realmente lo siento…

Yo no supe cómo seguir, ella se tapaba la cara de la vergüenza mientras se reía. No pude evitar sonreír.

—¿Cuándo voy a conocer a estas tres personas?

Por primera vez, tenía su completa atención; me miraba con agradecimiento infinito.

—¿En serio?

—Sí, en serio.  —Señalé la puerta—. Si existe alguna posibilidad de que no me transforme en ese tipo… la tomo —dije, refiriéndome a mi “yo alterno”. Había decidido que ese tipo no sería mi “yo futuro”. De ninguna manera.

Mi respuesta la agarró desprevenida y no pudo evitar reír abiertamente.

—¡Pero si tu versión futura es todo un encanto! —dijo con ironía—. Además, entiendo que vos no tuviste nada que ver —dijo—. No creas…

—Ya sé. Vos querías mantenerme al margen. Te agradezco. —Tomé coraje y me acerqué a ella—. Lo que necesito saber, es si vos…

Ella me miró curiosa, quizá pensaba que yo era tan desubicado como mi yo alterno.

—¿Sí yo qué? Yo no manejo robots gigantes tampoco —confesó en broma—. Tampoco me llamo Inga Sputnik. Me llamo Catalina Konovaluk.

—Es probable… que no pueda revertirse lo que te pasó… —lo dije suavemente, no quería ofenderla, enojarla o entristecerla.

Sus ojos latieron y luego bajó la vista.

—Lo sé —susurró—. Así que si lo que te preocupa, es que los esté ayudando por interés…

—¡No…! No quise insinuar eso. —Me apresuré a agregar—: me dio la impresión, por la conversación que tuve con Blake… —Me detuve nuevamente, analizando lo que acababa de decir—: que vos no eras del todo consciente, y temí que… Blake y Nautilus te hubieran dado falsas esperanzas… y no digo que no pueda pasar que puedas volver, pero Blake me contó… lo que pasó… lo siento mucho —finalicé de manera patética.

Ahora, Leonardo tenía sus ojos clavados en mí. Miraba mi pelo, se debía haber enrulado. Me sentí muy intimidado y juzgado, deseé que no estuviera allí. Ella me había observado mientras hablaba, sin decirme nada; yo me había puesto muy nervioso. No sabía en realidad que decirle ni como pararme, tenía la sensación de que si me ponía a flotar podía ser irrespetuoso. Me sentía muy avergonzado.

—Los jóvenes que necesitan tu ayuda, como sabés, son tres. Un joven de trece años y dos chicas, una de diecisiete y otra de diecinueve. Tengo que advertirte, que no son para nada como los arcadianos. —Mientras decía esto, me ofreció salir de la sala.

Había cambiado de tema y eso me tranquilizó. Salimos de astrometría, dejando a Leonardo atrás. Yo no podía dejar de mirar a mí alrededor. Ya no podía disimular la curiosidad que tenía. Debía retomar la lectura de esos libros de preguntas frecuentes para orientarme mejor. Me preguntaba cuán grande sería el arca y qué secretos escondería. Saqué esas ideas de mi cabeza, no quería distraerme de la introducción que me estaba haciendo de los hermanos.

Por uno de los pasillos, apareció el robot Moloch; tenía un grácil andar para su estatura.

—Señorita Catalina. Señor Goodhunting —dijo, interrumpiéndonos el paso.

—Moloch, ¿tuviste la oportunidad de conocer a Blake, ya? —le preguntó.

—Este es el tercer Blake Goodhunting que conozco, Catalina. Aunque el primero no cuenta, ya que solo lo vi de lejos.

—Mucho gusto… —me presenté algo incómodo—. ¿¿Tercer?? ¿¿Primero??

—María Romanova me ha echado de sus habitaciones y supongo que necesita de su asistencia —informó Moloch a Catalina, ignorándome por completo.

—¿Por qué te echó? —preguntó Catalina confidente y con una sonrisa maliciosa que me resultó perturbadora.

—Porque está atravesando por ese proceso fisiológico por el que pasan las hembras humanas y de otras especies terrestres, cuando expulsan un óvulo maduro no fecundado —se explicó. Mientras, Catalina se desternillaba con sus palabras—. Quise asistirla y explicarle sobre el uso de los apósitos femeninos…

—¡Ya está! ¡No sigas! ¡Vas a matarme! —dijo Catalina con voz ahogada. No podía parar de reír.

Yo intenté sonreír pero fracasé, no entendía porque era gracioso que las hembras humanas expulsaran óvulos. Me resultaba curioso. Las arcadianas no expulsan sus óvulos.

—¿Y qué pasa cuando expulsan sus óvulos? —pregunté—. ¿Por qué expulsan sus óvulos?

Catalina se atragantó. Se volvió hacia mí y luego volvió a explotar en risa.

—Se desangran de tres a cinco días —explicó Moloch.

—¿Perdón? —pregunté sin entender.

Catalina se seguía riendo y ahora tenía los ojos humedecidos. Dos gotas de agua empezaron a correr por sus mejillas. Curioso, le toqué el rostro. Ella dejó de reírse, sorprendida. Lo que tenía en mi dedo, parecía agua. Me chupé el dedo. Era agua, con algo de sal. Catalina volvió a descomponerse de la risa.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Me están matando! —balbuceó ahogada.

Cuando Catalina se tranquilizó, nos despedimos. Quería ayudar a María Romanova sin reírse. Yo volví a mis habitaciones, cargado de expectativa.

Me dirigí a la biblioteca y me llevé al estudio el Manual de Operaciones Básico. Edición Visitantes e Historia multiversal tomos I y II. El resto del ciclo me quedé leyendo e instruyéndome.

Había decidido que iba a dar lo mejor de mí.

Continuará…

Próximo episodio: Tiferet 2.

[Modificado el 29/4/2016.]


ARCADIA. Episodio 10. Tiferet 2

14 comentarios en “ARCADIA. Episodio 9. Tiferet 1

  1. ¡Hola, ARCADIA! Quería comunicarte que te he nominado para el premio Versatile Blogger Award. Me encanta poder retribuir con este reconocimiento, los gratos momentos que he pasado visitando los blogs de mis amigos. Si te gusta, pásate por “casa” y te llevas el banner del premio. Ahí también encontrarás los enlaces para visitar otros estupendos blogs. ¡Enhorabuena! 😀
    Un abrazo. Sara

    Le gusta a 1 persona

  2. ¡Por fin llego! ¿Me permitirías hacer un post con un comentario sobre ARCADIA? Primero te lo enviaría por mail para que le des el ok, y después lo publico en mi blog. Si te agrada la idea, claro 😀

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¿Por qué no hacer un ida y vuelta? ¡No te vayas sin saludar!

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