ARCADIA. Episodio 8. Daát 2

I

El comodoro Cesar Hesse estaba sentado en su cómodo sillón, atrás de su escritorio.  Observaba a la mujer en la ventana, de espaldas a él, mientras escuchaban la melodía: «Afuera en el prado, páramos ventosos rodarán y se volverán verdes».

Hacía dos meses que estaba allí y en esos sesenta días desde que le habían regalado el I-pod la única canción que había escuchado en loop había sido ésa. Solo ésa. «Tu tenías un temperamento, como mis celos, demasiado intenso, demasiado codicioso».

Lo curioso, es que no veía ninguna reacción. Había tenido que aumentarle la medicación, debido a que seguía haciendo ejercicio y tomando mucha agua. Limpiaba las toxinas de su organismo de manera natural. Veinte días después, en la auditoría, al ver el estado de dopamiento que tenía, le habían dicho que era inaceptable. Así que habían bajado la medicación nuevamente y ella había recuperado su estado físico.

«¿Cómo pudiste dejarme cuándo yo necesitaba poseerte? Te odio y también te amo»… Había corrido mucha agua bajo ese puente. Los ojos grises del comodoro se clavaron en el cajón del escritorio. La música seguía saliendo de la computadora, el pianito le estaba taladrando el cerebro. Del cajón sacó tres cosas: dos carpetas y un libro. Los puso arriba de la mesa. La rubia ni se inmutó, no estaba allí. Lo cual era un problema.

«Los malos sueños en la noche me dijeron que perdería la pelea… dejando atrás mis borrascosas, cumbres borrascosas»… Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, quería que se pudriera en un agujero y por el otro, la necesitaba. La canción se volvía cada vez más pintoresca. Tampoco era la primera vez que la escuchaba, lamentablemente. Lo que realmente le sorprendía, es que ella la estuviera escuchando. Ironías de la vida.

«¡Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada!  ¡Permíteme entrar por tu ventana!» El anciano hojeó la novela muy por arriba. Heathcliff era un buen nombre para la próxima. Había llegado a gustarle por cansancio. Volvió a mirarla sin pestañar, elucubrando donde estaría. No habían logrado sacarle nada. No había dicho nada. Ni siquiera cuando la habían sobre medicado. Sin embargo, él la había visto mirarse los brazos una y otra vez. Habían pasado diez años más o menos desde la última vez. Se había sobre adaptado y había aprendido a ser cuidadosa.

«¡Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada!  ¡Permíteme entrar por tu ventana!» Si pudiera dejarla internada allí, si solamente pudiera dejarla internada. «¡Oh! ¡Se pone tan oscuro y solitario desde el otro lado de ti! Lloré un montón y encontré el dolor, caí a través, sin ti… Así que voy a regresar, amor…  Cruel Heathcliff, mi único sueño, mi único amo…»

—Micaela —llamó.

«Vagué por la noche durante mucho tiempo para volver a su lado y hacer las cosas bien. Estoy volviendo a casa, a las borrascosas, cumbres borrascosas».

—Micaela —volvió a llamar de manera más firme.

—Ya lo había escuchado la primera vez —respondió sin girarse.

—Sentate, por favor —pidió.

La luz del sol, por un momento la mostró ojerosa. Estaba demacrada. Esa remera sin gracia color gris y ese jean suelto no la ayudaban mucho, tampoco. Ya habían dejado atrás los días del camisón y ahora se vestía, por suerte. Micaela arrastró los pies por el piso de pinotea y luego de un rato que se le hizo bastante largo e innecesario, tomó asiento delante de él sin mirarlo.

«¡Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada!  ¡Permíteme entrar por tu ventana!»

—No sé qué es lo que te gusta de esta historia enferma y disfuncional —dijo el anciano— pero más allá de eso, te traje una ofrenda de paz —agregó, deslizando el libro hasta ella.

Micaela tomó el libro, leyó el título, lo hojeó de compromiso y lo volvió a dejar arriba del escritorio.

—Gracias, comodoro.

—Es Cumbres borrascosas… —insistió— pensé: ya que lo único que hace es escuchar esta canción una y otra vez —explicó— ¿por qué no alimentar un poco esa obsesión y darle el libro? Por ahí solamente es una expresión de deseo que tendría que satisfacer… —Hesse esbozó una sonrisa comprensiva.

—Sinceramente nunca leí la novela.

La sonrisa de Cesar Hesse se hizo más grande. Ahora, arrastró hasta Micaela las dos carpetas. Micaela miró las carpetas unos segundos y volvió su vista hacia la ventana.

—¿Sabés que es eso? —preguntó el psiquiatra.

—No —respondió secamente.

—¿No te da curiosidad? —volvió a preguntar.

—No —reiteró.

Ahora Hesse reía a carcajadas. La amaba y la odiaba. Siempre había admirado su terquedad que estaba más allá de cualquier persona y/o circunstancia. Sacó de su saco un atado de Marlboros y un fino encendedor de oro y obsidiana. Se prendió un cigarrillo mientras acercaba al centro del escritorio un cenicero de cristal esculpido. Prendió otro cigarrillo y se lo tendió a Micaela. Ella extendió su mano y por unos segundos los ojos de ambos se cruzaron. Claramente el sentimiento era mutuo.

—Gracias.

—De nada, Micaela.

Hesse apagó la computadora y bajó la pantalla. Extendió su mano y golpeteó una de las carpetas. Micaela lo miró sin inmutarse unos largos segundos. Agarró la carpeta. La abrió y empezó a leerla sin cambiar la expresión de su cara.

—¿Qué dice el diagnóstico? —preguntó Hesse.

Micaela suspiró mientras fumaba.

—Esquizofrenia paranoide —susurró.

Hesse esbozó una trompa de tristeza y negó con la cabeza. Volvió a extender su brazo y golpeteó la otra carpeta. Micaela se puso roja y unos segundos después agarraba la segunda carpeta.

—¿Diagnóstico? —preguntó Hesse.

—Brote psicótico producto de estrés prolongado —leyó Micaela.

Hesse asintió serio con una mueca de disgusto en la boca. Con el pucho en la boca y las manos en los bolsillos, el anciano de traje gris plateado y camisa azul claro, se puso de pie. Dio un par de vueltas por la habitación, pensativo, disfrutando el cigarrillo. Volvió al escritorio a tirar la ceniza. Agarró una silla que había cerca de la biblioteca y se sentó al lado de Micaela.

—Ya estuvimos acá antes y probablemente volvamos a estar acá en el futuro —dijo el psiquiatra—. ¿Qué es esto? —dijo golpeteando las carpetas. Micaela no lo miraba.

—Dos caminos —susurró.

—¿Cómo? No te escuché —dijo.

—Dos caminos —repitió Micaela más fuerte.

—Dos caminos, sí. Dos posibilidades —dijo Hesse acercándose un poco más a ella—. ¿Cuál vas a elegir, Micaela?

Micaela no se movió, estaba cabizbaja. ¿Realmente hoy sería el día en el cual se rendiría? Qué emoción. Hesse intentó ahogar la sonrisa. Estas situaciones le provocaban un placer inexplicable.

—Te lo voy a hacer más fácil —insistió—. Mañana van a venir a auditarte de la policía. Por un camino, recuperás tu placa, tu trabajo y tu vida —informó—. Por el otro camino, te quedás acá conmigo. —Ahora sonreía—. No me molestaría que te quedaras. Sabés que te quiero como a una hija.

Sus miradas se enfrentaron. Estaban solo a unos centímetros el uno del otro. Ella lo estaba estudiando. Se volvió al escritorio y de un tirón, desconectó su I-pod de la computadora. Luego, tomó la segunda carpeta y se la entregó. La sonrisa de Hesse se había hecho más grande.

La puerta de la bella oficina se abrió. Un joven de aproximadamente treinta años, rubio colorado, impecablemente vestido y un jovencito de catorce entraron en la habitación. Micaela se volvió a ellos sorprendida por la intromisión.

—Creo que conocés a mi hijo Nicolás y a mi nieto Iván —presentó Hesse.

—El parecido es innegable —dijo ella.

—Micaela… —susurró Nicolás a modo de saludo.

—Abuelo, ¿te falta mucho? —preguntó el adolescente.

Hesse se puso de pie y le revolvió el pelo a su nieto.

—No, querido. Ya estamos —se acercó a la puerta—. Micaela, vas a tener que disculparme, enseguida viene la enfermera. Como siempre, un placer —se despidió.

El anciano, el adulto y el adolescente dejaron la estancia. Los tres caminaron por la suntuosa galería sin decir absolutamente nada, hasta que el menor rompió el silencio.

—¿Cuándo me va a tocar a mí? —preguntó ansioso.

El adulto joven lo miró lleno de ira. El viejo sonrió paciente.

—Pronto, pronto, Aléxei. Hay que tener paciencia, las cosas buenas vienen con el paso del tiempo —dijo el psiquiatra.

Nicolás lo miró burlón.

—Eso es lo que no tenemos —acotó.

—Caín, ¿cumpliste con todo lo que te pedí? —preguntó el psiquiatra seco.

Hice todo lo que me pediste —corrigió el joven conocido anteriormente como Nicolás—. Asmodeo está reparando la interfaz, se está cumpliendo mientras hablamos —remarcó—. Astarté sigue sin responder y Moloch ya no nos habla, directamente. ¿Hice? —volvió a recalcar—. Sí, hice. Cumplir… andá vos a cumplir —se burló.

—¿Y el otro Asmodeo? ¿Lo encontraste? —preguntó molesto Hesse.

Papá… ¿por qué no vas a buscar vos a Asmodeo? —lo retó Caín—. Después de que lo busques… y lo encuentres, volvemos a tener esta conversación de mierda.

El viejo se detuvo y miró a Caín con severidad. El muchachito se detuvo alarmado ante la tensión de sus mayores. Caín sostuvo la mirada del anciano unos segundos y luego la bajó irritado.

—Los portales, Caín —exigió.

—Los portales los está cerrando otro Asmodeo, uno a uno. Adam, ¿así te gusta más? Si querés el trabajo bien hecho —lo desafió, mirándolo con sus ojos vidriosos— prendamos el puto módulo de interfaz y hagámoslo como corresponde. —Caín no lo dejó replicar—. Si eso no podemos hacerlo… entonces, conformate con lo que hay y no me rompas más las pelotas.

Adam estaba furioso pero no decía nada. Miraba a su otro aspecto, analizando qué responderle. No había nada para agregar, así estaban las cosas. Necesitaban permiso de Astarté para cruzar, necesitaban más Aléxeis y otro Blake Goodhunting. Así estaban las cosas.

II

Diego Cres había dejado la sala de visualizaciones y se encontraba en el ascensor. No necesitaba fumar pero tenía algo importante que hacer. Hacía dos meses que se encontraba trabajando en Campo de Mayo y los cadetes que entrenaban allí, ya no lo miraban como si fuera un bicho raro. Se habían acostumbrado a su metro setenta, a su falta de gimnasio, a su cabeza rapada, a los dos piercings que tenía en una de las orejas, al que tenía en la ceja y al de su lengua. Incluso les había confesado que tenía aros también en las tetillas y les había mostrado sus tatuajes. Ahora era “el informático” y solían recomendarlo cuando alguno de estos audaces subía a “coyuntura” a levantarse a alguna mina. Nunca pensó que terminaría trabajando para los milicos. Aunque era una historia repetida: tampoco había pensado trabajar para la policía y lo había hecho; lo mismo podía decirse de su corto paso por la SIDE.

A medida que volvía a planta baja desde el piso menos cinco, se empezó a sentir mal. Nervioso. Apretó la tarjeta de memoria que tenía en su bolsillo y respiró de manera profunda para tranquilizarse.

El ascensor se detuvo en planta baja e ingresaron dos cadetes extranjeros que conocía: John y Matt.

—¿Sube? —preguntó John en un castellano bastante decente mientras se cerraban las puertas.

—Sí —respondió Diego.

—¡Te dijje que teniamos que esperar! —recriminó Matt. Luego miró a Diego con una sonrisa de dientes blancos impresionantes— Tamos tarde.

—¿Vas a fumar? —preguntó John.

—Sí… sabés como es el vicio —respondió Diego.

—Mortal —dijo John sonriéndole con comprensión.

Las puertas volvieron a abrirse y Diego salió.

—Nos vemos después —se despidió.

Caminó por el pasillo gris y limpio, las paredes eran de un tono beige claro en esta parte del edificio, pero eran grises de manera metafísica. Abrió la puerta de vidrio y salió a la modesta terraza. Había tres personas y eso lo puso más nervioso. A lo lejos, vio una cuarta persona: la que buscaba.

Se acercó despacio y sacó su atado de Lucky Strikes. Se prendió uno con calma mientras la observaba. Verla fumar a ella era impresionante. Mariana se acababa un pucho en tres pitadas. Su maquillaje a la luz del sol se veía impecable. Siempre se arreglaba mucho y le sentaba. No era su tipo pero reconocía que sabía lo que hacía.

—¿Todo bien? —preguntó Diego.

—Sí, todo bien —respondió.

Mariana sacó otro cigarrillo de su cartera y la dejó abierta. Diego aprovechó y metió la tarjeta de memoria. Ella prendió otro cigarro y volvió a guardar el atado, cerró su cartera. En la primera pitada, el pucho bajó a la mitad.

—¿Noticias? —preguntó Diego.

—No más de lo que sale en los noticieros.

Mariana tiró el pucho al suelo y lo pisó con la punta de su sandalia rosa. Le dedicó a Diego su mejor sonrisa y le dio un beso en la mejilla; con una maestría tal que nada de su lápiz de labios color ciruela quedó en su cachete.

—Nos vemos —se despidió y volvió al interior del edificio.

Mariana salió del ascensor y caminó por el pasillo de “coyuntura” rumbo al comedor. Sintió las miradas que le echaban las administrativas: “la poli”. Le resultaba irónico que un departamento de esas características, que no iban al frente, que nunca se habían comido un balazo, que nunca habían sufrido el frío en una noche de espera, la juzgaran. Por eso todos los llamaban “coyuntura”, estaban para dar buena cara y mostrar que el ejército había cambiado. Por esa misma razón, tampoco le molestaban las murmuraciones. Abrió su cartera y sacó el espejito para mirarse mientras caminaba. Luego buscó su lápiz de labios y se dio un pequeño retoque sin cerrar la cartera. Se detuvo en la puerta del comedor y miró a su alrededor. Militares, ingenieros, profesores, cadetes, todos compartiendo el mismo espacio y a la vez cada grupo por separado en su propio mundo. En una mesa alejada lo vio sentado a Cáceres. Se acercó a paso rápido saludando a uno y otro lado, a algunos por gusto y a otros por compromiso.

Cáceres estaba con un traje que le calzaba bien, negro, camisa blanca apagada y una corbata azul oscuro. Sus rulos castaños estaban mejor peinados que de costumbre, era claro que se había cortado el pelo. Estaba leyendo y se lo veía bastante incómodo. Cuando la vio venir, se puso más nervioso. Mariana lo saludó con la mano, mientras con la otra rebuscaba en su cartera. Cáceres se puso de pie. Mariana le dio un fuerte abrazo y deslizó la tarjeta de memoria en uno de sus bolsillos.

—¡Tanto tiempo! ¡Qué alegría verte, gordo! —dijo Mariana besuqueándolo.

—Sí… lo mismo digo.

—¿Qué te trae por acá? —preguntó contenta, sin soltarle los brazos.

—Lo de siempre. Psicotests y otras cosas… —explicó— Otras cosas en ese mismo rubro. ¿Vos bien? ¿Te acostumbrás?

—¿Sinceramente? No. No me acostumbro —respondió Mariana resignada y con voz fuerte, le importaba una mierda que la escucharan.

Cáceres miró su reloj y se rascó la cabeza.

—Mirá la hora que se me hizo… la combi debe estar saliendo ya…

—Sí… yo voy a comer algo… tengo que volver a laburar…

—Un gusto verte de nuevo, Mariana.

—Lo mismo, Claudio.

Volvieron a repetir el saludo exagerado y Claudio caminó lo más despacio posible hacia la puerta. Miró a Mariana una vez más. Estaba en la cola del comedor. Rápidamente salió del edificio antes de que alguna de sus actitudes pudieran verse como sospechosas.

III

Llegó a su casa a las 22:15, había vuelto de Campo de Mayo al mediodía y había ido a su consultorio a atender a los pacientes que tenía de manera independiente. Cuando logró estar solo, buscó en su bolsillo la tarjeta de memoria y la guardó en el bolsillo interno del saco. No tenían forma de saber si los estaban vigilando, así que las precauciones no estaban de más. Se estaban jugando la vida con estas maniobras.

Luego de lo sucedido en la SIDE, los militares habían intervenido y habían mudado la central de operaciones a Campo de Mayo. ¿Por qué? Todavía no lo sabía. Sacó la Tablet segura que Diego le había dado y metió la tarjeta de memoria. Lo que sí sabía, era que Gonzalo, el fotógrafo, y Luciano Konoplianka estaban clasificados como “prófugos”.

Cuando sucedió la baja de tensión, Diego, Mariana, Gonzalo y él se encontraban analizando el interrogatorio de Damián. Les fueron a avisar que no salieran bajo ninguna circunstancia y Gonzalo no cumplió. Salió con su cámara de fotos Nikon digital colgada al cuello a investigar. Diez minutos después, Gonzalo volvió pálido y asustado a avisarles que tenían que salir de ahí, que si se quedaban los iban a desaparecer. Mariana intentó tranquilizarlo pero Gonzalo huyó.

Con Konoplianka y Micaela, las cosas fueron diferentes. Konoplianka relató una historia fantasiosa y Micaela dijo que no estaba segura de lo que había sucedido. Micaela fue llevada a un psiquiátrico y Konoplianka “se fugó” con ayuda de Mariana. Tanto Gonzalo como Konoplianka habían sido refugiados por Mariana en un lugar “seguro” que había conseguido por medio de contactos.

Empezó a ver los archivos que había en la tarjeta, Diego los había extraído con suma precaución y a cuentagotas. Había una carpeta que decía “Poustis”, ese era el apellido de Gonzalo. Abrió un archivo de Word. Era un informe. Gonzalo había transado su desaparición entregando las fotos, con la condición de que no lo persiguieran. Abrió los archivos de imagen. Pasó varias veces las fotos sin saber qué pensar. Si las fotos eran verídicas, entendía por qué Gonzalo se había dado a la fuga. Su racionalidad le decía que eso tenía que ser un trucaje. Si aquello era un trucaje, ¿por qué habían aislado a Micaela? En la foto, veía lo que parecía ser una mujer sentada en el aire, en posición de loto, con vendajes que tapaban una buena porción de su cara. En otra foto, una “mujer-araña”. ¿Realmente Micaela se había cargado esas cosas?

Fue hacia su habitación y abrió su mesita de luz. Sacó un Kindle en bastante mal estado. Lo prendió. En la parte superior de la pantalla se podía leer: Catalina Konovaluk´s Kindle.

No podía creer que se hubiera hecho de ese aparato en el medio del caos, cuando los militares y GEOF  lograron entrar. Lo primero que hicieron fue vaciar el lugar y trasladar todo a Campo de Mayo. Él se hizo del Kindle en el medio del quilombo, era una de las posesiones de Damián. Claramente, no la más importante. No estaba contabilizada entre las posesiones del difunto, así que el Kindle no existía. El problema, era que el Kindle no existía en la realidad. Estaba duplicado. Existía un Kindle con ese número de serie pero pertenecía a otro usuario. Lo había verificado desde un ciber en Pompeya. También tenía la dirección de Catalina Konovaluk en San Telmo. Aparecía en la sección de datos personales del aparato. No lo había chequeado todavía, no quería llamar la atención. Cuando descubrió el lector electrónico entre toda la evidencia y posesiones de Damián no supo que hacer. Unos segundos después, se lo había robado. Aquello era la única prueba de que existía alguien llamada Catalina Konovaluk y que Micaela no se la había inventado. Lo curioso, es que esta prueba, unía de una manera muy extraña a Damián y a Micaela.

Entendía por qué Mariana se estaba jugando la cabeza: había trabajado mucho con Micaela y ésta se había comido una bala por ella. No la iba a dejar en banda nunca. Con Diego, el vínculo era claro, eran amigos de la adolescencia, igual que con Gonzalo. La pregunta era ¿por qué él estaba haciendo esto? Y la única respuesta que recibía era porque esto está mal. Había una persona aislada, una presunta desaparecida, dos prófugos y varios muertos. Y así es como él se había robado una prueba en la SIDE y estaba robando información de Campo de Mayo. Lo iban a matar en cuanto lo descubrieran. Volvió su vista a los archivos que Diego le había mandado. No había rastros de la supuesta carga, era información muy cuidada.

El tema con Micaela era delicado pero reversible. Se había filtrado a la prensa (cortesía de Gonzalo) cómo una inspectora se había cargado a unos terroristas en la SIDE y todos querían conocer a la heroína. Claudio había mandado a un abogado amigo suyo, a visitar a la mujer golpeada por la cual le habían hecho el sumario a Micaela. La violencia se había reiterado, pero su amigo la había convencido de hacer la denuncia y el marido estaba en prisión preventiva. Rosa Gutiérrez estaba en todos los canales de televisión con su abogado, reclamando por Micaela. Él, mientras tanto, había logrado estar en el comité auditor del estado mental de Micaela y más por una cuestión de presión mediática que por conveniencia, se había llegado a consenso de que había que “restituirla porque estamos en democracia”. Firmando todo tipo de convenios de privacidad, por supuesto.

Dejó el Kindle y se sentó en su escritorio. Prendió su computadora, abrió el Skype, se colocó el headset y entró al War of tanks. Unos segundos después, aparecieron conectados en Skype, i_used_to_be_a_robot y cradleofdeath. Se había bajado el juego en su computadora hacía poco. «Creo que esta vez vamos a ganar», tipeó. Jugó una partida sin prestar mucha atención. Perdieron. Se desconectó.

El plan era simple: cuando Gonzalo tuviera documentación suficiente negociaría su salida del país con Konoplianka. La estrategia le sonaba estúpida. No iban a dejarlos salir del país. Había más gente involucrada en la resolución de este conflicto. Pero él no los conocía.

Tenían que dejar de usar el Skype para contactarse.

IV

Diego se encontraba en su casa desde las 17:00. No tenía que volver a Campo de Mayo hasta pasado mañana. Dejó de jugar al war of tanks temprano. A las 0:00 horas se encontraba en un taxi rumbo al Downtown Matías. Cómo era día de semana, el lugar no estaba muy lleno. De hecho, en el salón victoriano, había menos de diez personas, contando a las dos que lo esperaban cerca de la barra y que estaban mirando la televisión. Matt y John levantaron sus pintas para saludarlo. También habían tenido receso.

Ordenó una cerveza negra de tirada y se sentó frente a sus nuevos amigos.

—¿Qué me perdí? —preguntó.

—Rosa Gutiérrez pidiendo por la restitución de la inspectora Dosantos —dijo John señalando a la pantalla.

Ahí estaba la mujer, hablando agitada junto a su abogado, con un periodista al que no se le veía la cara.

—Se evocaron con lo de Dosantos —dijo Matt.

—Equivocaron —lo corrigió John suspirando.

—Eso… yo la vi cuando llegamos a inteligencia. She wasn´t crazy at all —siguió el gringo.

—¿Tenés alguna noticia de tu amiga? —preguntó John.

—No mucho, creo que le van a devolver la placa y le van a dar alguna medalla, espero —dijo Diego.

—Se lo merece… —siguió Matt—. Mucho control for a cop.

Diego sonrió, se había hecho amigo de ellos luego del atentado a la SIDE. Así había sido caratulado por la prensa y así se referían al hecho desde entonces. Luego los había vuelto a ver en Campo de Mayo, donde entrenaban. A partir de ahí, habían sido inseparables. La verdad era que lo sucedido en la SIDE había traído ventajas: la institución de inteligencia había intentado culpar a los polis; y el gobierno, a la SIDE por no seguir el protocolo. La intromisión política había jugado a favor de la cabeza de Micaela… además del golazo de media cancha de Cáceres con Rosa Gutiérrez. Le habían quitado los cargos y el tribunal se había suspendido, ya que Gutiérrez se había ofrecido a declarar a favor de Micaela, a modo de disculpa. No sabía si la próxima vez que alguien intentara hacerle una cama, iba a tener tanta suerte. Nunca se había cuidado mucho. Cuando habían estado trabajando en sectas, Micaela se infiltraba sin ningún problema y las hacía caer una por una. El problema es que muchos de esos grupos tenían gente de poder atrás. Por eso la habían ascendido y pasado a violencia de género. Para variar, Micaela no había aceptado la indirecta. Dudaba mucho que después de esto lo hiciera. Terminar con un balazo en la cabeza no le importaba tampoco. Ya se había fumado un balazo destinado a Mariana en la última misión que habían compartido. Una institución de psicología y meditación trascendental en barrio norte. De esas que te prometían “curarte” la homosexualidad entre otras cosas. Micaela se había infiltrado. Había descubierto que movían muchísima plata por tráfico de drogas, además de hacer desaparecer fieles en el circuito de la trata de personas. Esa había sido la operación más grande en la que habían participado. Él estaba haciendo las escuchas. Cuando los tiros empezaron, pensó que Mariana había caído. Pero no, había sido Micaela. La bala se había alojado a unos centímetros del corazón. Luego del desmantelamiento de esa organización criminal, la cama de hospital, la operación, los cuidados y las felicitaciones… vino el traslado a violencia de género. Micaela estaba devastada, amaba ese trabajo. Con el tiempo le encontró el gusto a violencia, también. En ambos hacía una diferencia.

Mariana había escondido a Konoplianka y a Gonzalo en un edificio gubernamental donde tenía contactos. Estaban en un archivo maloliente, escondidos en el único lugar donde no iban a buscarlos, el sótano de un juzgado. Cada tanto Gonzalo lograba conectarse por Skype desde una de las computadoras que le dejaban alguno de los chicos y podían hablar. Era tan obvia la maniobra, que se les había escapado, eso lo sabía porque trabajaba en control. No iban a dejar que hicieran con Micaela lo que quisieran.

El celular de John comenzó a vibrar en su cintura. Lo atendió y su expresión relajada se transformó. El celular de Matt empezó a sonar. Diego respiró hondo y entonces, su celular empezó a vibrar. Lo atendió, asintió preocupado y colgó.

—¿Helipuerto del Ministerio de salud? —preguntó John.

—Sí… —respondió Diego.

Matt suspiró.

—Vamos entonces… —dijo John mientras todos se ponían de pie.

Los tres salieron del Downtown Matias y montaron en una traffic rumbo a Palermo. No había tráfico, avenida Libertador se encontraba bastante descongestionada aquella noche. Diego se encontraba nervioso, a diferencia de Matt y John. Los tres estaban acostumbrados a estas interrupciones, sin embargo, él estaba nervioso.

En el helipuerto, las cosas no lo tranquilizaron. Estaban llevando de regreso a todos a Campo de Mayo. Algo estaba pasando. Algo grave y fuera de lo normal. Les pidieron sus identificaciones, les calzaron elementos de seguridad para volar y se subieron a un helicóptero militar. Lo había tranquilizado un poco el hecho de que Matt y John seguían a su lado. El subteniente Reinhold ocupó el asiento restante, se lo veía cansado. Lo más probable era que recién se hubiera despertado.

—Disculpe, señor —se animó Diego—. ¿Se sabe que está pasando?

—Sí. Una brecha de seguridad, Cres —respondió.

Las imágenes de la noche fatídica en la SIDE volvieron a la mente de Diego. ¿Habían vuelto? Respiró hondo cuando el helicóptero empezó a tomar potencia. Estaban despegando. Odiaba los helicópteros, con todo su ser.

Descendieron menos de una hora después en el helipuerto de Campo de Mayo. La brecha se estaba produciendo en el edificio en el que trabajaba. Lo curioso, era que estaban llegando las fuerzas, acordonando la zona, pero nadie estaba entrando realmente. Reinhold les hizo una seña para que se acercaran a control. Ahí estaban el capitán Gomez, el mayor Silvestre y el teniente coronel Suarez. El coronel Morris no estaba. John y Matt estaban preocupados pero lo disimulaban. Ellos no tenían que estar ahí.

El coronel se apersonó, se lo veía cansado y ojeroso.

—Cadetes Smith y Ford. Señor Cres, tome asiento por favor —dijo Morris indicándole una silla de plástico—. La brecha de seguridad es interna. Alguien gatilló la alarma de emergencia y el subsuelo está cerrado.

—¿Qué? —dijo Diego. Matt lo miró con reproche. Ambos estaban parados atrás suyo.

—Lo que oyó, Cres. Sé que usted es un civil y que no puedo obligarlo a nada —dijo Morris—. Mis informáticos están adentro, incomunicados…

—Necesita que entre —dijo Diego asintiendo.

—De todos los presentes, incluso de los que están adentro… usted es el único que sabe cómo manejar esa máquina con propiedad —dijo Morris, y dirigiéndose a los cadetes agregó—: Quiero que ustedes vayan con él… y prueben todo lo que aprendieron hasta ahora. ¡Hagan sentir orgulloso al tío Sam! —Esto lo dijo con desdén.

—¡Sí, señor! —respondieron Ford y Smith.

—¿Por qué no cortaron la luz? —preguntó Diego de repente.

—No pudimos, lo intentamos. Ahora los tres tenientes están siendo revisados por el médico. Casi mueren electrocutados —explicó Morris—. No pudimos cortar la electricidad.

—Mierda… —susurró Diego—. Disculpe… —Se apresuró a decir.

Habían abierto las puertas del ascensor y habían utilizado tres sopletes para abrir un agujero en la caja. Lo mismo habían hecho con las puertas interiores. Todos tenían el equipo necesario para hacer un asalto. Diego observó la máscara que le habían dado y se asustó, el chaleco antibalas era incómodo, sentía que estaba tentando al destino. Los fusiles de asalto M4 colgados en las espaldas de sus compañeros tampoco le levantaron el ánimo. Cuando les tocó el turno a ellos, descendieron y entraron sigilosamente. Era claro que todos tenían sus órdenes, ya que a medida que entraban, iban dirigiéndose a diferentes sectores para recuperar el lugar. Matt probó la radio, nada. Diego le sacó la radio, no se escuchaba ni ruido blanco. John les hizo una seña para que avanzaran. Había seis soldados más con ellos.

El lugar estaba iluminado. No había problemas de visibilidad pero las radios no funcionaban. Diego dudaba de que aquello fuera un error del sistema, por más que le daba vueltas en su cabeza al asunto, no había forma de que la máquina por si sola interfiriera con las señales de radio. Se preguntó si aquello no sería alguna tipo de simulacro.

En una de las esquinas, doblando un pasillo, había un bulto. Se acercaron en silencio y con cuidado. Era el cabo Suarez. John le hizo un gesto a Diego mientras lo revisaba, había un camino de sangre hasta la posición del cabo. Se había desangrado. Siguieron con cuidado el rastro de sangre. La puerta de la salida de emergencia también tenía sangre. Había intentado salir por allí y luego siguió hasta el lugar en el que había caído. Siguieron el camino y este los llevó hasta las escaleras de uso regular. Tres de los soldados bajaron primero y les hicieron señas. El rastro bajaba al subsuelo -2. Bajaron con sumo cuidado pero no se detuvieron y siguieron el reguero de sangre hasta el subsuelo -3. El rastro seguía por las escaleras. Diego miró a John y a Matt interrogante. La máquina estaba en el subsuelo -3.

Uno de los soldados, el de mayor rango, les hizo una seña para que siguieran hasta la máquina. Ellos seguirían bajando. John asintió a su pesar, sabiendo que aquello era una pésima idea. Matt lo golpeó resignado y pasó al frente.

Se separaron.

Diego no tardó en darse cuenta de cuán mala era la idea. Delante de ellos apareció el cadáver de uno de sus compañeros de trabajo, Litz tenía el cuello dado vuelta. John respiró hondo intentando contener la furia. Estaban a veinte metros de la sala. Matt le hizo un gesto de que se detuvieran. Había tres cadáveres más, adelante. Los tres oían sonidos provenientes de la sala, a cinco metros, un rítmico repiquetear. Matt les hizo una seña.

Sin decir nada, John se detuvo y se puso la máscara. Matt lo imitó, Diego, dudoso, también se puso la máscara. Matt empezó a retroceder y Diego repitió por inercia. John estaba activando una granada de gas. Se la pasó a Matt, este le sacó el seguro y la lanzó dentro de la sala. El ritmo se detuvo. John dejó a Diego atrás y se posicionó al lado de Matt.

Entraron.

Diego no podía moverse, le temblaban las piernas y le flaqueaban las rodillas. Cuando escuchó los disparos empezó a descomponerse. Él no tenía que estar ahí. Él no tenía que estar ahí. Los disparos cesaron. Escuchó a John toser y a Matt quejarse. Luego silencio total.

Diego intentó no caer de rodillas o hacer alguna estupidez. Tenía que esperar a que sus compañeros lo llamaran. O al menos eso creía, el protocolo de seguridad se le había borrado de la mente. Volvieron a su cabeza los recuerdos de la noche de la SIDE. Si él hubiera estado de turno hoy… volvió su vista hacia el cadáver de su compañero informático caído.

—Sé que estás ahí —dijo una voz.

El corazón se le detuvo, la boca se le puso seca y le empezó a picar la garganta.

—Te percibo —dijo la voz. Había algo perturbador en aquella voz—. No me hagas salir a buscarte.

Diego se apoyó contra la pared aterrorizado, la idea de que hoy se iba a morir estaba saliendo de su inconsciente hacia su consciente y no estaba pudiendo lidiar con esa idea. Alguien salió a muchísima velocidad, él quiso ir hacia atrás por reflejo, se golpeó la cabeza contra la pared. Mientras se hacía hacia un costado, las cintas de la máscara le lastimaron la piel. Delante suyo, había caído en el piso el cuerpo de Matt, veía su rostro, sin la máscara. Quien estuviera allí le había tirado el cuerpo de su amigo. Algo salió arrastrándose por la puerta, no, otra vez se había equivocado: una mano blanca de dedos largos, le estaba acercando un M4 por el piso. Diego agarró el fusil tembloroso. No tenía la menor idea de cómo usar eso.

—Cinco segundos. Si tengo que salir a buscarte, no conversamos más. —Volvió a escuchar el repiqueteo—. Cinco cadáveres, cuatro cadáveres… tres cadáveres…

Diego dio un paso hacia atrás y su mente se puso en blanco. Cuando volvió en sí, estaba corriendo en frenesí y ya no tenía el M4 en sus manos. Estaba llegando a la escalera, vio movimiento delante suyo, saltó hacia atrás en un impulso ciego. Eran los soldados que lo habían dejado atrás.

—Tenemos… tenemos… —balbuceó, volvió a pasar por su cabeza la imagen de Matt y John entrando en la sala—. Smith y Ford… en la sala… hay alguien… —dijo al fin.

Comenzó a avanzar nuevamente con los soldados, quedándose atrás, se alegró de que el protocolo fuera así, estaba aterrado. Cuando los disparos comenzaron de nuevo, se echó al suelo y se tapó la cabeza. Sintió algo pesado sobre él pero no se movió. Los disparos finalizaron. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Pudo distinguir cuatro cuerpos, uno de ellos había caído arriba suyo. Entonces escuchó los pasos, eran pegajosos. Volvió a taparse la cabeza, intentó mantenerse quieto pero no paraba de temblar.

Los pasos se detuvieron justo a su lado.

No quería mirar, Dios sabía que no quería mirar. Que no debía mirar. No iba a mirar. Prefería morirse sin mirar. Un final rápido e indoloro, sin mirar a su asesino. Eso es lo que quería.

Alguien estaba moviendo los cuerpos. Escuchaba el rozar de la ropa contra el piso. Cordones, hebilla del cinturón, chaleco…

I used to be a robot… —dijo la voz pavorosa que había escuchado en la sala.

Por Dios, su apodo de Skype. Había sido un soberbio en pensar que no lo vigilarían cuando jugaba al War of Tanks.

—Tu nombre, “yo solía ser un robot”. Me gusta.

La voz ahora no le sonó tan pavorosa. El timbre le resultaba familiar. Conocía esa voz. Levantó la vista por impulso ante esa iluminación.

Delante suyo, medio desnudo, sacándole ropas a los muertos, todavía descalzo y con el pecho al aire, se encontraba una versión viva y mejorada de Damián. A diferencia de la última vez que lo había visto en las cintas, su pelo estaba suelto, lustroso y brillante, su piel se la veía limpia y viva. Sin embargo sus movimientos si bien no eran torpes, tenían algo de antinatural que no podía llegar a describir.

—Entre mis cosas había un Kindle, ¿lo viste? —preguntó Damián.

—No… no… —balbuceó bajando la vista. Ahí estaba… ¡tenía un tic nervioso! Hacía un movimiento involuntario hacia el costado cuando comenzaba a hablar. Nunca había notado eso en las cintas. Era algo nuevo.

Damián se puso una remera y luego se sentó en el piso. Se empezó a poner un par de medias.

—No importa —dijo poniéndose los borceguíes—. Voy a encontrar otra ofrenda de paz.

Se puso de pie y empezó a revisar las armas. Se cargó tres al hombro y una la empezó a cargar. Luego se guardó algunas granadas de humo y se alejó. Diego lo siguió con la mirada. Iba hacia las escaleras.

Se iba a la superficie, Diego respiró aliviado.

Damián apoyó un pie en el escalón y se detuvo en seco.

V

Volaba en una noche sin estrellas. La luna emitía un fuerte destello en su total inmensidad, pegada unos centímetros más arriba del horizonte. Luminosa, enorme, distante y no era suficiente. Podía ver a lo lejos montañas a oscuras, borrosas. Hacia abajo un bosque difuso rodeando un valle desdibujado.

Tenía un dispositivo en su brazo izquierdo. Iba de su muñeca hacia la articulación del codo. Era un gran brazalete con una pantalla del lado exterior de su radio y cúbito. Una computadora con sistema táctil. Estaba siguiendo unas coordenadas, era un GPS. Estaba dando vueltas en círculos porque lo que estaba buscando estaba en dirección a la luna. Una pequeña parte suya se resistía a ir hacia allí.

Ahora se veía de espaldas, en tercera persona. Mejor dicho, no veía su espalda, veía un par de alas blancas emplumadas, extendidas en toda su gloria y una cabeza rubia. Alejó la vista del ángel y miró hacia la luna. En ella se recortaba una estructura que no había visto antes. Lo que flotaba delante del satélite era una flor de proporciones imposibles. Sus pétalos estaban cerrados, eran esbeltos y tenían filas de lucecitas verticales que terminaban en el receptáculo. Ahí había tres luces más grandes. Podía ver al menos tres o cuatro largos sépalos. El péndulo era largo y desde esa distancia se lo veía fino y grácil. Finalizaba en lo que parecía ser una maceta que flotaba. No. Tierra con raíces flotando, como si en el pasado hubieran estado contenidas en una maceta… Estaban volando hacia allí con la criatura alada. La seguía viendo de espaldas y la estructura se volvía cada vez más grande, parecía una citadel flotante.

El ángel descendió en lo que anteriormente había confundido con una maceta. En realidad, era una pista de proporciones enormes. El piso estaba hecho de adoquines, no había ningún tipo de asimetría en el suelo. Habían sido puestos con mucho esmero y de manera circular, rodeando lo que antes había confundido con un tallo. Desde donde estaba, podía ver una puertecilla blanca. Ya no veía como una tercera persona. Ella y la criatura se habían vuelto a fundir en una sola.

Ahora se encontraba delante de la puerta blanca, estaba cargando alguna clase de código en la pantalla de su brazalete. La puerta se desplazó hacia la derecha dejando una abertura. Entró. La puerta se cerró.

La estancia en la que se encontraba estaba en penumbras. Se dio cuenta de que estaba descalza. Sus pies estaban cubiertos con vendas blancas que dejaban al descubierto unos dedos desproporcionados que terminaban en garras. Sentía que el suelo era arenoso y húmedo. Había olor a encierro. Su vista se adaptó a la poca luz y pudo observar dónde se encontraba. Un hall hecho de toba calcárea. Se encontraba en una galería subterránea. Dio unos pasos al frente, se encontraba inclinada hacia adelante y con las rodillas flexionadas. Sus alas no tocaban el suelo poroso en esa posición. No quería que sus plumas tocaran la piedra caliza. La galería era circular y en su centro había una escalera, estaba a varios metros de distancia. Las paredes interiores del tallo tenían lóculos, lo mismo las paredes exteriores de la escalera. Hacia arriba y hacia abajo. Se acercó a la entrada de la escalera y fue a inspeccionar uno de los nichos. Metió la mano y encontró algo. Empezó a tantear. Eso era un fémur. Sacó la mano y fue hacia las escaleras. Estaban hechas de toba también. Eran de tallado torpe, amplias y con escalones desiguales. El lado interior de las escaleras daban a un abismo oscuro e impenetrable. Se detuvo justo en el borde y miró hacia abajo. Su vista no se ajustó. En su pulsera apareció un mapa. Hacia arriba memoria y hacia abajo verdad.

Tenía que elegir uno de los dos caminos. Continuar hacia el abismo o subir hasta el xineceo. Se quedó mirando el diagrama de su muñequera pensativa. La verdad solo sirve cuando se tiene memoria. Una verdad sin memoria, no es nada en absoluto.

Extendió sus alas y se lanzó al abismo. Se quedó aleteando en círculos y empezó a ascender hacia el receptáculo. A su alrededor se abrían más entradas y galerías en todas las direcciones, exactamente iguales a la que había dejado. Era una flor de mierda al final.

Mientras subía cambió de parecer. En la pantalla apareció un puntito rojo. Se dirigió hacia allí y descendió en una galería, el subsuelo menos veinte. A diferencia del de la entrada, acá había lápidas de mármol. Su vista se ajustó mientras tocaba los grabados que había en las diferentes piedras. Estos nichos también estaban ocupados. No se leían los nombres. Solo quedaban letras grabadas aquí y allá: I, O, C, K.

Volvió a verse en tercera persona. Distinguía el perfil de la criatura. Cabellos rubios colorados largos, despeinados y ensortijados. Nariz aguileña interesante y ojos grandes perturbadores, casi saltones. Era andrógino ese ser. Estaba cubierto de vendas blancas y movía la cabeza como un pájaro. Dejó de mirar a la criatura y se volvió a una de las lápidas. Intentó sacar la loza de mármol pero le fue imposible. Se giró, el ángel se estaba alejando hacia el abismo. No.

Ahora había vuelto a saltar y volvía a girar en círculos. Ella volvía a ser eso. Voló hasta un piso antes de la cima. Descendió y dio unos pasos hasta una doble puerta de hierro de muchísimos metros. Tenía grabado grifos irreconocibles y con profundidad en el metal. En la parte superior, justo arriba de la puerta había una inscripción pero no entendía lo que decía. Al acercarse un poco más, dejó a la criatura atrás de ella. Se giró para mirarla una vez más. Estaba cargando un código en el brazalete. Se acercó a mirar lo que hacía. Le faltaban números a la secuencia que estaba intentando escribir. Supo que necesitaba esos números para abrir. Se acercó a la puerta de nuevo. Estaba hecha para que pasaran gigantes. La inscripción en la parte superior le resultaba conocida, pero no podía entender los símbolos.

Retrocedió unos pasos cuando reconoció dos: alfa y omega. Buscó desesperada más letras en helvético, sin éxito. El resto estaba en otro alfabeto desconocido. Alfa y omega. Retrocedió un poco más cuando le pareció ver una cruz sauvástica, acompañada de una esvástica. La primera un símbolo de buena fortuna, la segunda un símbolo solar. Plena de confianza dio un paso al frente, quería abrir las puertas. Deseaba abrir las puertas.

Se detuvo pensativa.

Alfa y omega, la esvástica y la sauvástica.

Era demasiado bueno, demasiado tentador.

Se giró hacia la criatura, ahora la veía de espaldas. Intentó impedirle que siguiera cargando el código. Los grabados de la puerta comenzaron a brillar en un rojo profundo y fluorescente.

No.

Retrocedió.

No.

Se vio deteniendo su dedo en la pantalla. Volvía a estar en primera persona. Estoy soñando. El sueño se había vuelto lúcido. No tenía que desesperar. Bajó el brazo. No iba a despertar a lo que fuera que estuviera allí. Tenía que irse rápido, maldita aflicción espiritual.

—Señora.

Se giró de un salto de manera veloz. No le iba a dar la oportunidad de que la atacara por sorpresa. Saltó hacia atrás. Ahí estaba él, sus ropas estaban limpias, su pelo lustroso.

—Asmodeo.

—Voy a encontrarla de nuevo, señora.

—Estás muerto —dijo Micaela con una voz ronca que no reconoció como la propia.

—Esa percepción es irrelevante. Edom está cerca, señora.

Micaela despertó sobresaltada y abombada. Miró a su alrededor paranoica y tanteó. Golpeó algo con su brazo y escuchó el sonido de eso que había empujado, haciéndose añicos contra el suelo. No estaba en su cama. Su vista se ajustó y reconoció una ventana con un tejido enrejado. La suave luz que venía de afuera empezó a darle forma a todo lo que allí había. Bajó el brazo y se arrinconó contra la pared exhausta.

Estaba en el psiquiátrico, cierto.

VI

Mariana conducía a gran velocidad mientras fumaba con la ventana abierta. Por algún milagro de la naturaleza el pelo no se le iba a la cara en la autopista. Iba a 120 km/h en un Chevrolet cuatro por cuatro negro. Claudio estaba con el cinturón de seguridad puesto y aterrorizado. Estaban en Panamericana a punto de bajar a la colectora para agarrar la calle Elortondo. A unos kilómetros de la villa Ocampo se encontraba el psiquiátrico en el que estaba internada Micaela.

—¿Siempre manejas así? —preguntó Claudio.

—¿QUÉ? ¡No te escucho! —gritó Mariana sacando la vista de la carretera y mirándolo.

—Que sí… nada —dijo Claudio aterrorizado señalándole la autopista.

Mariana tiró el pucho por la ventana y aceleró. Claudio deseó saber más sobre dioses y plegarias. Iba a quedar para el culo decirle que bajara la marcha, después de todo, ella se había ofrecido para hacer ese viaje. Cerró los ojos un momento para intentar conservar la calma. Se empezó a marear. Volvió a abrir los ojos. Bajaron a la colectora, agarraron Elortondo,  Mariana cerró la ventana. Bajó a 100 km/h. Claudio no podía creerlo.

«Tu tenías un temperamento, como mis celos, demasiado intenso, demasiado codicioso», la radio, FM Aspen.

—¿No sería recomendable que bajaras a 60 o 40? —sugirió.

—¿Eh? ¿por? ¡Si es todo terreno! —Mariana se volvió a girar para espanto de Claudio—. Uy… bichi. Tenés una cara… estás medio descompuesto, ¿no? —Mariana fue bajando la velocidad mientras decía esto.

«¿Cómo pudiste dejarme cuándo yo necesitaba poseerte? Te odio y también te amo»…

Claudio suspiró aliviado.

—Sí… estoy un poco descompuesto… gracias —dijo mirando su reloj. Habían hecho un viaje de cuarenta minutos en veinte.

«Los malos sueños en la noche me dijeron que perdería la pelea… dejando atrás mis borrascosas, cumbres borrascosas»…

—Estoy ansiosa… por dios… esta canción… está en todos lados —dijo Mariana apagando la radio—. Quiero sacarla de ahí.

—¡Sí, gracias! Es la tercera vez en el día que la escucho… —agradeció Claudio. Se quedó pensando en lo que Mariana había dicho y agregó—: Mirá que no es un feo lugar en el que está… fueron muy cuidadosos —intentó tranquilizarla—. De hecho, no pensé que estuviera tan bien conectada.

—Sí, ya sé. El psycho de Hesse —dijo Mariana—. Es un flor de hijo de puta ese.

—¿Vos lo conocés? —Claudio se sintió incómodo. El comodoro Hesse había sido uno de sus profesores y lo tenía en alta estima.

—¡Por supuesto que lo conozco! ¡Es algo así como el tutor de Micaela! Ella es huérfana, ¿sabés? Hesse la sacó del orfanato…. y Micaela fue su protegida… —explicó Mariana con bronca.

—Ahh… —dijo Claudio sin entender—. No… no sabía…

—Micaela fue encontrada en una redada a una mansión de una secta gnóstica… todos se habían suicidado y la mamá la había drogado para dormirla y que no se dieran cuenta de que no la había matado. Tenía menos de un año…—explicó Mariana—. ¿Por qué pensás que tiene ese nombre tan estrambótico? ¡Se lo pusieron las monjas!

—Me estás jodiendo… —dijo Claudio sin poder creer lo que escuchaba.

—¡No te estoy jodiendo! ¡Y este Hesse es el que daba las mayores donaciones a ese orfanato…!

—¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra? —insistió Claudio sin ver el punto que Mariana intentaba mostrarle.

—Ese hijo de puta, le llenó la cabeza a Micaela… le decía cosas como que ella tenía una afección espiritual… oscuridad… y un montón de cosas horribles… era muy severo con ella. La fajaba… —dijo Mariana indignada—. La trataba como si fuera su esclava… el otro tiene hijos… siempre sobraban a Micaela… onda, cada vez que alguno de los hijos aparecía, hacían como que no la conocían y se los presentaba de nuevo… todo el tiempo… como si ella fuera una intrusa o una extraña… unos forros.

Claudio escuchaba el relato de Mariana sin poder creer lo que estaba escuchando. Él no sabía que Hesse era el cuasi padre adoptivo de Micaela. Empezó a preocuparse por el bienestar de Micaela. Algo que lo había tranquilizado todo este tiempo era pensar que estaba en buenas manos. Miró de reojo a Mariana sin saber que decirle.

—Hoy nos la llevamos —siguió Mariana—. No creas nada de lo que te diga. Es un mentiroso compulsivo.

—¿Vos lo conociste alguna vez?

—Sí. Cuando Mica estuvo internada… por el balazo, ¿viste? —refirió—. Bueno, vino a verla.

—¿Y? —preguntó Claudio.

—Estaba más preocupado por el problema que iba a tener si se moría… que por su salud… ¿vos podés creerlo? —dijo Mariana indignada.

A lo lejos se empezó a vislumbrar la mansión. Se le hizo lúgubre la visión. Era linda, estaba cuidada. Tenía tres pisos y techos de tejas negras. Se veían copas frondosas de árboles a través del mural y la reja. Intentó que la tristeza no se apoderara de él.

Estacionaron dentro del parque, cerca de la entrada. El lugar era un espectáculo. Mientras bajaban del auto, Claudio reconoció al comodoro bajando por las escalinatas. Se acercaba a ellos con paso ágil, ayudado por su bastón. Llevaba pantalones marrones claros rayados, un sueter bordeau, una camisa beige, corbata azul y zapatos al tono.

—¡Bienvenidos! ¡No saben la alegría que me da verlos! —saludó el comodoro mientras le tendía la mano a Claudio de manera cálida—. ¡Qué lejos que llegó Cáceres…! Yo tenía muchas fichas puestas en usted, muchacho. —Lo soltó y se acercó a Mariana—: detective Somigliana… como siempre… un enorme placer verla. Su presencia es el paraíso para cualquiera… —dijo de manera galante mientras le daba un cálido beso en la mejilla agarrándole las manos y palmeándoselas.

—Bueno, gracias, ¡qué lindo! —dijo Mariana con una sonrisa forzada pero perfecta.

—Comodoro, una alegría verlo… —dijo Cáceres nervioso.

—No quiero entretenerlos mucho la verdad. Tengo todos los papeles firmados ya. Así que pueden llevarse a la chiquita —se rió—. Perdón, la inspectora… no hay que perder tanto la formalidad.

Cáceres rebuscó en su maletín y le tendió los permisos a Hesse.

—Tendría que firmar estos también… —dijo mientras se los daba.

—Perfecto, vuelvo a mi oficina… siguiendo ese sendero… van a encontrar a Micaela en el parque… —dijo señalándoles un camino hecho de azulejos—. No empacó todavía… tuvo una mala noche pobrecita… esas pesadillas que tiene… ¡terrores nocturnos! —dijo con pesar. Se lo veía genuinamente dolido—. Seguro que usted Mariana puede darle una mano con eso…

—Por supuesto comodoro… —respondió Mariana.

—Ahora, ¡vayan! ¡vayan! ¡No la hagan esperar que se va a poner contenta de verlos! —los echó Hesse como si fueran niños.

Claudio y Mariana enfilaron hacia el camino de azulejos con rapidez. Caminaron unos metros sin decirse nada, mirándose de reojo y escuchando cantar a los pájaros. Escucharon el aleteo de un picaflor y de manera automática dirigieron sus miradas hacia las flores. Era una amalgama de diferentes tonos claros y oscuros de verde metálico. Con la misma velocidad con la que apareció se fue.

—Un payaso —dijo Mariana.

A lo lejos, el camino de azulejos se abría en un círculo, lleno de bancos de aluminio pintados de blanco. Fuera del círculo de azulejos, había bancos de madera pintados también de blanco con vista al horizonte. En uno de ellos estaba sentada Micaela, distinguieron su pelo rubio despeinado de espaldas. Se acercaron despacio. Tenía puesta una remera blanca, un pantalón de jogging gris y zapatillas negras. Los ojos de Mariana se aguaron un poco.

—¡Mica! —gritó cuando estuvieron más cerca.

Pero Micaela no reaccionó. Se acercaron para verla de perfil. Su mirada estaba perdida y tenía un I-Pod en su mano. Ahora podían ver el cable del auricular. Mariana, que estaba con tacos aguja se acercó en puntas de pie y sacudió su mano delante de su cara. Micaela la miró.

—¡Mica! —volvió a gritar mientras se acercaba a abrazarla. Apoyó su gigante mano en su hombro. Pero Micaela no reaccionó. La agarró de las manos y le sacó el I-Pod, con cuidado desprendió los auriculares de las orejas de su amiga.

Cáceres se acercó sigiloso y observó cómo Mariana intentaba hacerla reaccionar. Se la veía demacrada y triste. Había perdido peso también. Lo cual era un montón, porque ella era muy flaca.

—Hola Micaela… —saludó el psicólogo—. Venimos a llevarte con nosotros. Hoy volvés a casa.

Mariana se sentó a su lado, ahora la estaba rodeando con su brazote mientras le arreglaba el pelo con la otra mano.

—Gordi… nos vamos de acá… te extrañamos mucho… ¡tenemos tantas cosas para contarte! —insistió Mariana.

Cáceres se arrodilló enfrente de ella. Mariana soltó a Micaela. Claudio buscó la mirada de Micaela. Por unos segundos, ambos se encontraron. Luego Micaela pestañó y volvió su vista más allá de él, hacia el horizonte. El pestañeo fue raro, un tic nervioso. Cada determinada cantidad de segundos, pestañaba de esa manera. La habían puesto nerviosa con tanta fogosidad. Mariana también notó el tic y se angustió más. Cáceres le dirigió una mirada de prudencia a Mariana. En silencio, Cáceres se apoyó en el banco, sentándose en el piso, de espaldas, entre las dos chicas. Los tres se quedaron mirando hacia el horizonte.

Cáceres abrió su maletín y sacó el Kindle. Se lo tendió a Micaela.

—Creo que deberías mirarlo —sugirió.

—Solo leo el diccionario de filosofía de Ferrater Mora —dijo Micaela.

Cáceres se la quedó mirando sorprendido.

—¿No es muy intelectual eso para vos? —preguntó. Se puso colorado—. Perdón, no quise insinuar…

—Está bien. Llegué a la mitad del primer tomo. Es un embole —respondió Micaela seca—. Lo leía para tener conversación con una piba que me gustaba.

—¡Medio tomo es un montón! —dijo Mariana—. ¿Es de la enciclopedia esa que tenés en tu casa? Sos una tierna…

—Es patético. Tenía esas enciclopedias hace años y nunca las toqué…

Cáceres se tranquilizó al escucharla hablar. Prendió el Kindle y se puso a mirar las colecciones: ciencia ficción, filosofía, fantasía, ontología, filosofía del derecho, psicología, ocultismo, derecho penal, derecho procesal penal, física, mecánica I, química, religión… la lista de colecciones seguía.

—¿Para conversar con Catalina, quizás? —preguntó Claudio.

Micaela miró a Claudio molesta.

—Me la inventé a Catalina. No existe —susurró.

Cáceres tomó a Micaela por la muñeca, estiró su mano y apoyó el Kindle.

—Mirá —ordenó con amabilidad.

—¿Qué mire qué? —replicó Micaela bajando la vista hacia el artefacto.

Leyó los contenidos sin ganas. Sus ojos estaban entrecerrados mientras leía los títulos de las colecciones. Se puso rígida y sus ojos se abrieron de par en par. Catalina Konovaluk´s Kindle se leía en la parte superior.

—I,O,C,K… —susurró.

—¿Qué? —preguntó Cáceres curioso.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Mariana sorprendida.

—Era una de las posesiones de Damián… me la guardé antes de que se avivaran. No lo habían catalogado, todavía —respondió el psicólogo.

—¿Te robaste prueba? —casi gritó Mariana.

—Básicamente…

—I,O,C,K… “I” de Catalina… “O” de Konovaluk, “C”… de Catalina y “K”… de Konovaluk. I,O,C,K… —repitió Micaela con los ojos llenos de lágrimas. Le devolvió el Kindle a Cáceres.

—Pero gordi, ¡entonces no te la inventaste! ¡existe! —intentó animarla Mariana.

Micaela estaba afligida. Mariana la abrazó con fuerza otra vez. Micaela intentó soltarse, los abrazos la estaban irritando. Cáceres no entendía que le sucedía.

—Vamos a encontrarla —agregó Cáceres.

—No… no vamos a encontrarla… —susurró Micaela—. Catalina está muerta.

—Mica… no digas eso… —se quejó Mariana—vamos a salir de acá y vamos a buscarla. Tenés que estar contenta… ¡anularon el tribunal de faltas! Rosa Gutiérrez, la mina esa que estaba siendo golpeada por el tipo que intentaste detener se separó, denunció y ¡está en todos los canales! —continuó Mariana—. ¡Sos una heroína! La prensa te presenta como la responsable de haber detenido un ataque terrorista en la SIDE… ¡sos famosa! ¿No te dijo nada el forro del comodoro?

—La soñé, Mari, muerta.

—¡Bueno! Pero puede que le hayas deseado una vida larga… dicen que cuando se sueña a alguien que está vivo, muerto… en realidad le estás dando más años de vida… —se apresuró a replicar.

—Yo no sueño así, Mari —respondió. Se puso de pie.

Micaela extendió su mano para ayudar a Claudio a pararse.

—Necesito hablar con Diego. Él… solía ser muy bueno analizando mis sueños… y ahora que estamos todos juntos trabajando de nuevo…

Cáceres se puso pálido. Empezó a sacudirse el pantalón, para sacarse el pasto pegado. Mariana se puso a inspeccionarle la espalda, nerviosa.

—No tenés más pasto… —le dijo temblorosa.

Cáceres y Mariana se miraron alarmados.

—¿Qué pasa? —preguntó Micaela—. ¿Por qué de repente se están haciendo los pelotudos?

—Pasaron muchas cosas en tu ausencia, Mica… —dijo Mariana.

—¿Muchas cosas? ¿De qué mierda están hablando? —casi gritó Micaela.

—Diego desapareció —susurró Cáceres.

—¿Desapareció? —repreguntó Micaela.

—Sí, Mica. Desapareció —afirmó Mariana—. Y Gonza está prófugo.

Micaela arqueó una ceja.

—Salgamos de acá… y te ponemos al tanto…. —dijo Claudio, mientras Mariana la rodeaba con su brazo y la dirigía hacía la casa.

Micaela hacía su equipaje a gran velocidad con ayuda de Mariana. Claudio revisaba los rincones, como si ella hubiera escondido algo que pudiera olvidarse.

—¿Pero que se sabe de los chicos? —preguntó.

—De Diego no se sabe nada —dijo Mariana haciéndole una seña imperceptible con la ceja.

—De Diego no se sabe nada… —repitió Micaela pausadamente—. Y me imagino que de Gonzalo tampoco…

—Tampoco… —ratificó Mariana—. Y mucho menos de Konoplianka…

—¿Konoplianka también está prófugo? —No podía creer lo que escuchaba.

—Exacto… —Mariana le guiñó un ojo.

Dejaron la habitación. Caminaron por el pasillo hacia la galería de salida, Nicolás e Iván estaban en la escalera. Micaela los ignoró. El comodoro Hesse los estaba esperando en la puerta sonriente. Hesse le entregó los papeles restantes a Cáceres. Miraba a Micaela con afecto.

—Voy a extrañarte. Me había acostumbrado a tenerte acá. Sos mi paciente favorita —le dijo con calidez.

Mariana estaba indignada.

—Gracias, comodoro —contestó Micaela de manera automática.

—Bueno, no los molesto más… —dijo, haciéndose a un lado de la puerta, acongojado. Los tres pasaron a su lado—. Me gustaría que algún día me dijeras gracias papá… y superaras ese complejo de Heathcliff que tenés con nosotros. Sos parte de nuestra familia…

Se hizo un silencio incómodo. Como estaban de espaldas al comodoro, éste no pudo ver los ojos brillosos y la expresión de bronca de Micaela, la boca abierta de Mariana y la cara de pánico de Claudio.

Micaela lo miró inexpresiva.

—Espero con ansias ese momento… —agregó Hesse.

Claudio y Mariana empujaron gentilmente a Micaela para que cruzara la puerta de salida.

—¿Dijo “complejo de Heathcliff”? —susurró Mariana cuando estaban a punto de entrar en la cuatro por cuatro.

—Sí, dijo eso… —respondió Claudio carraspeando—. ¿Sabés que le quiso decir? Porque yo me perdí…

Micaela, ignorándolos, se metió en el auto.

Continúa en Daát 3…

Próximo episodio: Tiferet 1.


ARCADIA. Episodio 9. Tiferet 1

3 comentarios en “ARCADIA. Episodio 8. Daát 2

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