ARCADIA. Episodio 5. Daát 1

I.

No estaba dormida. Tenía los ojos cerrados, estaba recostada en su cama, eso era cierto. Lo que veía se asemejaba más a una visión que a un sueño. Lo estaba viendo en la pantalla de sus párpados. Era muy consciente de que aquello estaba pasando, más allá de ella y a pesar de ella. Aguzó sus sentidos como observadora, para no perderse nada.

Ahí estaba, con una campera plástica mullida gris plata, con pelos artificiales en la capucha. Tenía un bebé de 10 meses en sus brazos. Lo trataba como nunca había tratado a un niño en su vida, con amor. Supo que era suyo por la manera en la que lo miraba. ¿Con quién?

Se durmió.

Un valle. En la parte más alta, una cabaña. Ella se encontraba arrodillada a un lado del camino con una familia conocida: la mujer era una amiga más adulta y tenía el pelo absurdamente más largo; él, un antiguo amigo; el niño rubio de aproximadamente tres años, hijo de su amiga.

Su amigo le presentó  a su familia. Se encontraba preparando un lecho carrizo para colocar un camino de azulejos hacia la entrada de la cabaña. El camino ya estaba trazado. Tenía una bolsa de residuos llena de azulejos de todas las formas y colores. Le entregó uno:

—¿Sabés hacer esto?

La pregunta vino acompañada con una señalización al camino y a la cabaña.

Se encontraba en su propia casa. Estaba casi a oscuras, sentada delante de la computadora, sin embargo, los aparatos eléctricos fallaban. El equipo de música, la computadora, la lámpara. Se levantó del piso y fue hacia el pasillo, en el baño había luz, llevaba en sus manos un pequeño artefacto eléctrico que desconocía. Las paredes palpitaban, notó. Un pulso, lejano. Distinguió la puerta de su habitación.

Su propio cuerpo estaba tirado en la cama, se vio dormir. Recordó entonces lo que estaba pasando. Intentando no perturbar el ritmo del sueño por haber recobrado la lucidez, continuó en sintonía.

Caminaba hacia un muchacho que estaba en uno de los rincones del pasillo de su casa, mientras intentaba hacer funcionar la pieza tecnológica. Ésta hizo cortocircuito. Lo poco que quedaba de la conexión eléctrica de la casa quedó inservible.

Se dirigió a su habitación.

Seguía recostada. Las paredes comenzaron a palpitar con mucha más fuerza. Respiraban. Las veía inspirar. Exhalar. Algo se estaba manifestando en la oscuridad y sabía que luego de arreglar el sistema eléctrico tendría que irse. Rápido.

—¡Mi casa no me cuidó! —gritó, en un arranque de necedad.

Se dirigió a su cama para despertarse. Sentía en su fuero interno, que lograría despertarse antes de que el sueño llegara a su climax.

Las paredes palpitaban con más y más fuerza.

Despertó en su cama con los brazos extendidos hacia los lados, paralizada. Solo podía mover sus ojos. Su gato dormía plácidamente arriba de ella. No solo vio al gato. Una gran lanza con una punta de más o menos 10 centímetros de ancho estaba apoyada sobre su pecho, siguió con la vista el largo de la lanza para encontrarse con su portador. A unos metros de su cama, había una figura de 3 metros y medio, ojos gigantes, alguna clase de cuello renacentista pero hecho de fuego, vestido con una extraña armadura y una túnica debajo. Era inhumano/a, toda su apariencia estaba conformada por figuras geométricas. No sabía si flotaba, no podía decirlo. Era rubia/o. Estaba gritando o algo semejante, emitía un sonido ensordecedor.

Lo que le sucedía funcionaba en dos órdenes diferentes: por un lado, sentía que estaba a punto de morir; por el otro, la tranquilidad de su gato le hizo comprender que había quedado atascada entre el mundo del sueño y el mundo despierto. Estaban en ese velo intermedio.

Ella intentó pronunciar un hechizo. Parecía alguna clase de ángel, pero no se fiaba. El terror en el que se hallaba sumida le hacía pensar primero en resistir, en defenderse del ataque y luego, en no volver a caer dormida. Si en este momento volvía al plano del sueño estaría a merced de esa cosa.

No podía pronunciar el hechizo de fuego, por más que lo intentara. La catalepsia no la dejaba emitir sonido. La criatura empezó a escupir fuego por la boca, como si se hubiera apropiado de las palabras. Su miedo aumentó aún más. Intentó liberarse nuevamente, mover aunque sea los dedos. El índice izquierdo le hizo caso. Seguía intentando emitir las palabras. El fuego volvió hacia atrás con una inspiración.

Gritó las palabras.

La criatura desapareció. Mientras ella se incorporaba notó que el cuello renacentista era en realidad una clase de halo. En tonos rojos, amarillos, trabajado y troquelado. Circular. Se quedó unos segundos más allí, un mandala de fuego en su pared comida por la humedad.

El gato despertó. Ella prendió la luz y agarró el reloj. Las cinco de la mañana. Estaba agitada. Hacía diez años que no tenía episodios de parálisis de sueño.

II.

No es que hubiera tenido muchísimos episodios de parálisis de sueño tampoco. Con este contaban ocho, de hecho. Pero los otros siete, habían sido más o menos de esta magnitud. La recuperación no había sido fácil y tampoco lo sería esta. Se despertó a las 10:30 de la mañana, con dolor de cabeza y bastante abombada. No había podido recuperarse con algo más de sueño. Nunca tenía miedo de volverse a dormir luego de tener una de estas secuencias. Al contrario, luego de alguna premonición, parálisis o pesadilla críptica, necesitaba volver a dormir con el deseo de poder descansar. Nunca lo lograba.

La parálisis de sueño se sentía como un abuso real. Los estudios científicos explican que este fenómeno  se presenta en el 1% de la población mundial. Todas las noches, al caer dormidos, el cerebro emite una cantidad de encimas cuya función es paralizar al cuerpo para que este, en estado REM, no salga a caminar mientras la conciencia se encuentra dormida. La falla de este sistema de defensa genera el trastorno de sueño conocido vulgarmente como sonambulismo. Cuando por el contrario, la conciencia despierta en medio de la noche y el cuerpo sigue paralizado por este sistema de defensa, se presenta el otro trastorno conocido como parálisis de sueño o catalepsia,  dura solo unos segundos, pero la víctima se siente ahogada y con una sensación de amenaza de muerte al no poder mover ninguna parte de su cuerpo mientras dura la falla. Algunas veces este fenómeno viene acompañado de alucinaciones sensoriales. Los neurólogos sin embargo, todavía no han encontrado una explicación razonable para las alucinaciones; así que especulaciones de vastos alcances se han producido en torno a este tema.

«Afuera en el prado, páramos ventosos rodarán y se volverán verdes»… Sonaba en la radio, mientras Micaela Serafina Dosantos desayunaba sumida en toda clase de recuerdos y especulaciones de no tan vastos alcances cómo aquellas que podían producirse en grandes ámbitos académicos.

Había sacado algo claro de este encuentro. Su vida había dado un vuelco inesperado en estas últimas semanas y esto era una clara señal de que no mejoraría. Tenía que estar alerta más allá del estrés que venía sufriendo. Sabía que no podía hablar de esto con casi nadie e incluso, que aquellos con quienes podía hablarlo, no le darían la importancia que realmente tenía. Salvo Diego, que se enojaría con ella por no haber sido cuidadosa. Así que estaba sola.

Desde lo neurológico, el funcionamiento de su cerebro era normal. Se había sometido a todo tipo de estudios. No había epilepsia. La narcolepsia en cambio, era un enfermedad más difícil de diagnosticar para la cual no había ni tanto conocimiento, ni ganas de investigar. Las terapias que había probado a lo largo de su vida, tampoco habían sido exitosas. Para los psiquiatras, todo se trataba de encuadrarlo en algún tipo de trastorno bipolar funcional y someterla a diez pastillas diarias que si bien no la ayudarían, por lo menos permitiría al profesional dormir tranquilo y escribir alguna tesis de doctorado. Los pocos psicólogos que había consultado, se asustaban tanto que entraban en un modo automático de socialización, volviendo la terapia completamente inútil; ya que el nivel de proyección y transferencia que se generaba era tan alto, que la terapia pasaba a ser para el profesional en vez de para la paciente. Inútil.

Lo único que podía hacer era poner en práctica todo el conocimiento adquirido en el pasado y volverlo presente. Prácticas que había dejado atrás por haberse relajado, por haber creído que finalmente su realidad había disminuido al tamaño de una cómoda caja. Alejó estos pensamientos de su mente, estaba pisando y cruzando la zona intermedia. Cruzar la línea la hacía sentirse incómoda. El papel de víctima no le gustaba, como tampoco le gustaba sentirse tan diferente al resto, así que se dispuso a terminar su desayuno pensando en otras cosas más importantes.

«Tú tenías un temperamento, como mis celos, demasiado intenso, demasiado codicioso»…

Había estado leyendo el Diccionario de Filosofía que su padre adoptivo le había regalado cuando terminó el colegio. Nunca lo había tocado hasta hacía unos meses: cuatro tomos y rebeldía adolescente. Ahora tenía 36 años y lo había empezado a leer por una buena causa. Ferrater Mora, el autor del diccionario, definía moral como aquellas producciones derivadas del espíritu subjetivo; mientras Hegel diferenciaba entre moral objetiva y moral subjetiva; la primera era aquella sujeta a la Ley Moral, es decir, al compendio de normas y tradiciones de una sociedad en un momento determinado. La segunda en cambio, correspondía al cumplimiento del deber en su sentido más lato y llano.

¿Por qué estaba entretenida en estos pensamientos? Porque se había prendido un Marlboro y en el último tiempo había descubierto que se le daba bien meditar mientras fumaba. Generalmente, cuando la moral objetiva y la moral subjetiva sufrían una colisión en su interior, le sucedía uno de estos fenómenos. Por lo cual, ya tenía una idea de que podría haber provocado el despertar. Los psicólogos no servían para nada. De a poco, la sensación de estupidez la invadió y se sintió vulnerable. Lo cual dio paso al enojo. Por no poder dejar de pensar en el tema y por lo que había descubierto.

«¿Cómo pudiste dejarme cuándo yo necesitaba poseerte? Te odio y también te amo»…

La realidad era que ella nunca había tenido una relación que superara más de dos salidas. No por elección. Simplemente las cosas se le habían dado así. No podía hacerlo de otra manera. Mientras la mayoría de la gente podía mantener de manera superficial una, dos o incluso tres relaciones a la vez por meses u años, a Micaela no se le daba esta posibilidad. Simplemente no podía, no quería. Le parecía un desgaste de tiempo, energía por algo trivial, que generalmente no terminaba de manera simple. Siempre alguien salía herido, siempre alguien se generaba problemas de más. A cambio de satisfacer un deseo primitivo.

«Los malos sueños en la noche me dijeron que perdería la pelea… dejando atrás mis borrascosas, cumbres borrascosas»…

Consideraba que la humanidad podía ser mucho más que eso, quiso apagar la radio al reconocer la canción. La sincronía parecía un mal chiste. Hacía dos días, había tenido una segunda cita (si podía llamarlo de esa manera) con una mujer que había conocido en su trabajo. La razón por la cual había empezado a leer ese estúpido diccionario: para tener temas de conversación. Las cosas no habían salido como ella esperaba y se enfureció. Lo ambiguo no le gustaba. Así de simple. Enojada consigo misma. Algo así de trivial, había provocado este revoltijo en su espíritu.

«¡Heathcliff, soy yo Cathy! ¡Vuelve a casa, estoy helada!  ¡Permíteme entrar por tu ventana!»

Apagó la radio. Era cierto que nunca había sido una muy buena jueza de carácter y que tenía una tendencia a elegir compañeras afectivas que, en general, no le sumaban. Debido a que sabía que el noventa y nueve por ciento de las veces elegía mal, la mayor parte del tiempo la pasaba sola. La mina en cuestión le había resultado atractiva e interesante. Muy interesante. Pero esto no podía ser un determinante en su destino ni en el de nadie. Era más que claro que debía cortar la amistad, la cual devendría en tóxica.

Su teléfono celular sonó, cortando sus elucubraciones. Era su jefe. Dadas las circunstancias, meditó un largo rato si atender o no. Finalmente, le ganó el sentido del deber. En el primer «hola», se dio cuenta que no la había llamado para seguirla retando por el sumario. Había llamado para pedirle algo. Él quería algo.

—¿Departamento de crisis? Ni en pedo. —Escuchó las recriminaciones—. ¡Porque me hiciste un puto sumario y estoy fuera de servicio! ¡Por eso! —Hizo silencio para dejarlo hablar nuevamente—. Lo firmaste vos eso, Funes, no me vengas con giladas. —Del otro lado, Funes intentaba explicarse—. ¡Olvidate! ¡Ustedes están desesperados, yo no voy, ni en pedo! —Ahora venía la parte sobre como su participación la ayudaría en su situación—. Me chupa un huevo. —Funes volvió a gritarle—. Justamente, estoy suspendida y también me chupa un huevo lo que testifiques, así que mi respuesta es la siguiente: ésta, voy a unirme a un departamento de crisis.

Micaela cortó enfurecida y se dispuso a terminar su desayuno tranquila. Luego fue a la cocina, sacó el vinagre blanco de uno de los estantes y se lo quedó mirando. Nunca pensó que volvería a bañarse con vinagre. Abrió la heladera para ver si tenía huevos. Había cuatro. Tendría que recordar poner un vaso con agua con una yema y clara de huevo adentro, bajo la cama cuando regresara.

Cuando salió de la ducha se sentía mejor. Se cambió, buscó sus viejos dijes y una cadenita decente: la trinidad celta y la medalla de San Benito habían vuelto a donde pertenecían.

III.

Ya se lo advertí. ¿Qué le quiso decir al fiscal con esto?

Ella lo miró silenciosa, con cara de no comprender. Necesitaba ganar tiempo, para perder tiempo.

—Cuando Gutiérrez le ordenó que se retirara usted le dijo ya se lo advertí. El fiscal expresó que esto fue una amenaza.

Sabía perfectamente lo que el psicólogo le preguntaba, era la rutina y la cuarta vez que hacían este escrutinio desde que tomaba terapia obligatoria.

Había sido un día como cualquier otro. La habían llamado para poner en orden un incidente de violencia doméstica en la vía pública:

Femenino en el piso gritando, con la cara deformada por los golpes. Llorando histérica. Masculino contra la pared insultando a sus opresores.

Cuando ella llegó, el masculino estaba soltándose de sus captores con una maniobra bastante torpe; estaba enojado, frustrado y se sentía muy humillado. Micaela volvió a inmovilizarlo contra la pared sin problemas. ¿Por qué no lo habían esposado? El procedimiento era simple y no se había llevado a cabo. Sin aviso, el femenino se puso de pie y fue hacia ella con violencia.

«Eh, vos, ¡soltalo! ¿Qué te metés?»

¿Qué te metés?, repitió Micaela para sus adentros, la víctima era inimputable. Condenada a repetir esta historia otra vez hasta terminar enterrada en el fondo de su casa.

«Inspectora Dosantos, señora, hágase a un lado, por favor».

Los suboficiales observaban la secuencia. Misóginos, no tocaron a la femenino por miedo a que se los acusara de felonías y porque la secuencia era divertida; apretó más fuerte al masculino, mientras intentaba esquivar un golpe de la víctima. Calculó mal. La noviecita o esposa del sujeto la agarró de los pelos.

Se le cayó la cinta plástica con la que iba a inmovilizar al agresor. Quiso soltarse del femenino. El masculino reaccionó y se la sacó de encima. Ambos fueron sobre ella. El puño del tipo daba miedo. Las pruebas estaban dispersas en el rostro de su pareja. Fueron unos segundos. Vio el puño acercarse a ella en cámara lenta. ¿Por qué sus compañeros no intervenían? Tuvo una especie de deja vu mientras esquivaba el golpe del mastodonte. Vio pasar el puño, luego el brazo muy cerca de su barbilla y explotar en el rostro de su acompañante. Otra vez. Micaela cayó al suelo.

«¡Hijo de puta!» gritó el femenino al masculino.

Sofocado por la humillación, decidió que Micaela podía defenderse así que la dejó en paz. Canalizó nuevamente toda su ira en su pareja. A la cual empezó a destrozar contra el piso, previo golpe en el estómago para que caiga de nuevo.

Los suboficiales miraban la escena divertidos. Micaela ya estaba de pie, la observaba quejarse y gritar, ya sin bríos a la víctima. Pedía socorro nuevamente.

Aquello iba a terminar mal. Tuvo una suerte de epifanía. No ahora. Pero la víctima no aguantaría eso por mucho tiempo más. Les faltaba introspección a ambos. Ella no iba a poder detenerse cuando él llegara a tocar su límite. Si ella no reaccionaba, el efecto dominó llevaría esta situación a un final inevitable. O él o ella.

—¿Qué le quiso decir? —El psicólogo la sacó de su ensimismamiento.

Micaela lo miró a los ojos.

—No estaba dirigido a él precisamente. Es cierto que se lo dije pero no fue una amenaza.

El psicólogo la miraba con atención.

—¿Entonces qué fue? —No había un juicio de valor en la pregunta, sino más bien curiosidad.

—Cuando el fiscal llegó, la situación había terminado de irse a la mierda, perdón, de salirse de control.

El muchacho no pudo reprimir una sonrisa. Micaela no hizo caso de la demostración de simpatía y continuó sin inmutarse. No se relajó, ya que ese había sido el objetivo de la sonrisa. Muestra de confianza… psicólogos.

—Él concluyó que las lesiones que tenía la víctima habían sido producto de la negligencia policial y no de un incidente de violencia de género. Al denunciarme al Tribunal de Faltas, mi informe perdió validez. La víctima no radicó la denuncia tampoco.

La sonrisa había desaparecido del rostro de Claudio Cáceres.

—No tiene sentido lo que me dice. ¿Cómo pudo pasar una cosa así? —Tampoco había un juicio negativo en su tono de voz, sino más bien confidente—. ¿O qué cree que pasó, mejor dicho?

Micaela se echó hacia atrás en su silla.

—Cuando llegué a la escena, los agentes no habían seguido el protocolo. Quise regularizar la situación y la mujer del detenido se me vino encima. No llegué a amarrarlo y el resto de la historia supongo que ya la conoce.

—¿Y los agentes?

—Se habían tomado unas vacaciones en ese momento. Yo no llegué a tiempo, quedé atontada por la caída y en esos segundos de crisis, llegó Gutiérrez.

Se hizo silencio. Micaela quería agregar algo más y estaba decidiendo que palabras usar.

—Podría haber reaccionado pero no lo hice. Vacilé y acá estoy.

Cáceres asintió comprensivamente. Ella no había contestado su pregunta inicial. Sin embargo, le había relatado los hechos y estaba llegando hacia la respuesta que él le había pedido. A su manera. Era una mujer de carácter, medida y consciente de su propio temperamento. Se notaba que era más bien impulsiva que racional. Aunque elegía cuidadosamente sus palabras, manejaba los tiempos de la conversación y necesitaba mantener el control. Era de tendencia individualista, hacía las cosas a su manera. Sabía poner distancia y resistirse sin ofender mientras tuviera la batuta. Era de naturaleza introvertida pero no necesariamente tímida, más bien reservada. Era consciente de su exótico carisma y su seguridad provenía de su reconocimiento laboral. Ahora estaba triste, no angustiada. Solo triste.

—¿Cómo se siente? —aventuró a preguntar.

—¿Cómo se sentiría usted si yo abriera esa ventana y me tirara al vacío?

No estaba preparado para esa respuesta. Se tomó su tiempo para contestar. Micaela bajó la vista. Se había excedido. No necesitaba mirarlo a la cara para saber lo que estaba pasando por su cabeza.

—Horrorizado. Enojado. Frustrado. Asustado. —Hizo una pausa—. Culpable. Responsable —titubeó—. ¿Así se siente?

—No tengo nada más que mi trabajo.

Antes de continuar, Cáceres permitió una larga pausa.

—Se trata de trabajo, ¿o de que realmente le gusta su trabajo?

Micaela miró hacia otro lado, volvió a acordarse del mastodonte y volvió a sentirse frustrada. Había permitido que su poca fe en la humanidad se inmiscuyera en lo único que le gustaba hacer.

—Cuenteme de Catalina. ¿Cómo le está yendo con ella?

—No me está yendo nada con Catalina.

—Pero salió un par de veces con ella, ¿por qué no te está yendo nada?

—Diferentes cosas. En principio, solo tomamos unos cafés, no fue nada. Después, porque tiene un noviecito desde hace tres meses, del que no me había dicho nada.

Cáceres analizó lo que Dosantos había expresado. No pudo evitar solidarizarse con su mala suerte. Le había pasado eso un par de veces. El mal de tomarse demasiados cafecitos era el friendzoneo.

—¿Y cómo se siente con respecto a eso?

—Como el orto, pero ya se me va a pasar. —Los ojos de pájaro de Micaela se clavaron en él.

—¿Cuántas veces se enamoró Micaela? —aventuró a preguntar.

—No sé. Supongo que una, por ahí dos. La realidad es que no estoy segura del todo. No me quedé demasiado tiempo en ningún lado y, además, gran parte de lo que pienso se debe a lo que veo día a día. —Bufó—. Y este caso, no encuadra en enamorarme. La estaba conociendo a la mina, Cáceres. Ahora me va a preguntar sobre mi infancia de nuevo, ¿no?

Cáceres lanzó una carcajada.

—En realidad, no precisamente. Quería decirle que leí al respecto de sus logros mientras iniciaba mi carrera, la verdad es que tiene unas hazañas realmente increíbles.

—No las llamaría “hazañas” ni  “increíbles”… —susurró Micaela de manera parca.

—La verdad es que me sorprendió cuando recibí su expediente. Tenía mucha curiosidad al respecto de qué tipo de persona sería. Con quién me encontraría —dijo sin poder controlar su emoción—. Por una parte, cumplo con mi trabajo, el que me ordenaron y desde otro lugar, le agradezco que converse conmigo. No todas las personas en una situación como la suya, se muestran con ánimo de colaborar. Usted ha sido muy accesible conmigo en todas nuestras sesiones.

Micaela asintió.

—Creo que tenía ganas de hablar. No lo hago muy seguido. Necesitaba desahogarme. Además, usted está evaluando mi sanidad mental y estoy en un punto, en el cual me importa un carajo lo que reporte. No soy careta.

Cáceres volvió a reírse.

—Lo que me lleva al próximo punto. Tengo entendido que Funes te invitó a participar de un departamento de crisis y le dijiste que no. Perdón, te tuteé…

Micaela lo miró resignada. Transferencia, la historia de su vida.

—Mis palabras exactas fueron me chupa un huevo.

—¿No te dio curiosidad al menos saber de qué se trataba?

Micaela se quedó mirando a Claudio unos momentos, mientras en su cabeza repetía: mis palabras exactas fueron “me chupa un huevo”.

—No.

Cáceres se echó hacia atrás suspirando mientras la miraba.

—Yo le sugerí a Funes que te llamara —confesó.

—¿Usted? —preguntó Micaela sorprendida—: Estoy SUS-PEN–DI-DA.

—Le pedí que te invitara a participar al departamento de crisis al que yo fui convocado. Como no quería pasarle por arriba, hablé con él —dijo apesadumbrado—. Veo que me equivoqué.

—¿Y para qué mierda me querés a mí?

—Tenés experiencia con sectas y fanáticos —explicó Cáceres—. Tienen a un detenido en la SIDE bastante difícil de interrogar. Conversé con él, pero es muy complejo seguirlo en sus elucubraciones.

—¿Por qué la SIDE tiene detenido un fanático? —preguntó Micaela más interesada—. ¿Terrorista?

—No lo sé. No nos lo dijeron. —Cáceres pareció recordar algo—. Están tus ex compañeros del departamento anti sectas en el grupo.

—¿En serio? ¿Mariana también?

—Sí, Mariana también.

—Qué raro que Diego o Gonzalo no me dijeran nada —dijo Micaela con desconfianza. Jugaba con ellos al War of tanks  tres veces por semana.

—Se les pidió discreción hasta que hubiéramos pasado los caminos oficiales. Aparentemente es una situación un poco delicada —explicó—. Igual que vos, no tengo idea del por qué tienen detenido un fanático. Dicen que tiene alguna clase de cargamento misterioso y quieren toda la información al respecto.

Micaela no dijo nada. Solo lo observaba con esa cara de pájaro, era bastante intimidante.

—Explosivos, droga… plata, —susurró Micaela— trata.

—Sí, pensé lo mismo. —Cáceres la miró suplicante—. Entonces, puedo suponer que estarías interesada en el trabajo, ¿aunque sea por amor al arte?

—Supongo. —Fue su única respuesta.

IV.

Esto había sido una pésima idea. Lo supo cuando salió de su casa al día siguiente y cuando ingresó en el viejo e imponente edificio de la calle 25 de mayo a las 22 horas, un horario no laboral. Había dejado la moto en la esquina y tenía miedo que algún malintencionado se la afanara. Siguió los protocolos de entrada y cuando se metió en el ascensor con su 22 en el tobillo y su 9 mm. debajo de su brazo sin ningún problema, supo que esto, había sido una pésima idea.

La esperaba Cáceres en una pequeña oficina junto a Mariana, le habían dicho que vaya a la oficina de Gorostiaga pero ésta estaba vacía, así que se hizo un poco la boluda y buscó a sus compañeros.

Ubicó la oficina con facilidad siguiendo el rastro del 212 Sexy: cómo le gustaban los perfumes a ciertas minas, cómo había robado con ciertas minas sabiendo de perfumes en el pasado. Golpeó la puerta de la oficina y escuchó unos tacones acercarse hasta la puerta. Mariana se infló de alegría al verla. Ahí estaba, igual que siempre. Vestida para matar, maquillada para matar, peinada para matar y perfumada para matar en la SIDE. Mariana sobrepasaba el metro ochenta, era corpulenta, sensual y heterosexual. No todas las mujeres sabían llevar esa talla como Mariana. Micaela, por ejemplo, medía un metro setenta y cinco, no tenía busto, su trasero era una continuación de su espalda y, definitivamente, no llevaba su altura y flacura fibrosa con gracia. Una vez le habían dicho que tenía lindas piernas (lo cual era raro porque siempre usaba pantalones), mucha espalda y que su cara era muy rara. La mayoría de las veces se la confundían con un tipo rubio pelilargo, hasta que veían que iba al baño de damas.

—Sabía que no nos ibas a dejar en banda, gordi —dijo dándole un fuerte abrazo.

—Cero formalidad como siempre vos, ¿no? —Fue lo único que le dijo Micaela.

El menudito de Cáceres le señaló dos carpetas que estaban en la mesa mientras espiaba por el pasillo.

—Sería bueno que las miraras antes de que venga Gorostiaga —sugirió volviéndose a sentar.

Micaela se sentó y tomó las dos carpetas.

—¿No era solo un detenido? —preguntó.

—No, son dos —dijo Mariana—. Mirá esa primero, está más bueno el detenido…

Micaela miró a Mariana con el ceño fruncido e hizo lo que le dijo. ¿Había registrado alguna vez que era torta? Abrió la primera carpeta y se puso pálida. Pésima idea, esto había sido una pésima idea. Otra sincronía. Miraba al hombre joven de la foto sin podérselo creer. Lo conocía, no personalmente, lo había investigado en Facebook.

—¿Viste que te dije que era re hot? —dijo Mariana—. Si no fuera porque no mezclo el trabajo con mi vida privada… te digo…

—¿Por qué tienen detenido a este tipo? —preguntó Micaela tirando la carpeta arriba del escritorio.

—Aparentemente, el otro detenido lo había intentado privar ilegítimamente de su libertad —explicó Cáceres—. Lo están interrogando —Señaló la foto— pero no tiene la más puta idea de que está pasando.

—El importante es el otro —dijo Mariana.

Micaela abrió la otra carpeta suspirando. Por supuesto, el fanático tenía que ser un colorado con cara de loco.

—¿No lograron siquiera extraerle el nombre? —preguntó sorprendida.

—Solo dice boludeces, —dijo Marina— el tipo de boludeces que ya conocemos. Creo sinceramente que cuando te conozca, vas a repetir tu rutina.

Los ojos de pájaro de Micaela se clavaron en Mariana. Había sido idea de ella llamarla, por supuesto.

—¿Por qué no dice nada del cargamento acá? —les preguntó.

—Porque es clasificado —dijo Mariana secamente.

—O sea que están interrogando a estas dos personas sobre algo que no saben que es. —Micaela suspiró— ¿Qué dijo Luciano al respecto?

—El detenido lo único que dice es que quiere un abogado… —dijo Cáceres.

—Además de que está agradecido de que lo hayamos rescatado… —agregó Mariana sonriente.

—¿Gorostiaga?

—Dice lo mínimo indispensable —dijo Cáceres.

Micaela se puso de pie y sacó su celular, se lo metió a Cáceres en el bolsillo discretamente.

—Voy con Gorostiaga —les dijo—. Llamá a Catalina Konovaluk y decile que su novio está acá y que use sus contactos.

Cáceres asintió sorprendido.

Off the record… —remarcó antes de salir.

V.

—¿Usted sabe que tenía que venir derecho para acá, no? —gritó Gorostiaga furioso.

—Usted no se encontraba, pregunté dónde estaban Cáceres y Somigliana y no tuvieron ningún prurito en responder, señor —contestó Micaela.

Gorostiaga respiraba fuerte, no había sido su idea traer a esa mujer. No le gustaba su pinta, no le gustaban sus métodos y no le gustaba su puritana e hipócrita moralidad. Qué bajo habían caído.

—Dosantos, tiene un pie afuera de la fuerza y otro adentro —dijo—. Yo no puedo evitar que haga las cosas bien aunque me gustaría; porque sinceramente, usted es un grano en el culo —dijo Gorostiaga sin tapujos—. Si esto le sale bien, quizá zafe de los cargos una vez más. ¿Lo entiende esto, no?

—¿Puedo responder con sinceridad, señor?

—No, Dosantos, no puede —contestó terminante Gorostiaga.

—Entiendo perfectamente, señor —respondió Micaela.

Se quedaron en silencio unos momentos mirándose, desafiándose y midiéndose.

—Vaya Dosantos, yo la voy a monitorear desde acá —ordenó finalmente.

Micaela asintió y fue a la sala de interrogatorios tranquila. Antes de haber pasado a la división de género con una promoción, por haber hecho demasiado bien su trabajo en sectas destructivas, pensaba que iba a morirse en su puesto. No tenía ningún problema con eso, por el contrario. El día que la sacaron del departamento había sido uno de los momentos más tristes de su vida y eso que había tenido muchos días tristes.

Entró en la sala y cerró la puerta. Desde ahí se quedó observando al detenido. Estaba dormitando, sentado con todo su cuerpo apoyado en la mesa. Se lo veía sumamente desaliñado. Sin embargo, sus ropas andrajosas le dieron que pensar. Se deslizó de la puerta hacia un costado, para poder verlo mejor. El tipo ni se movió. Botas de gamuza, cocidas a mano, llenas de barro, un pantalón elegante que había visto mejores épocas y una camisa finamente trabajada. El pelo rojo ensortijado lo llevaba largo y si bien estaba despeinado, seguía agarrado por un cordel. ¿Este era el tipo que manejaba un Chrysler?

Se sacudió de repente y despertó. Alzó su cabeza y miró a Micaela. Era un tipo joven y supuso que apuesto. Le dio la impresión de que había suspirado de alivio.

—Quédese tranquilo —comenzó Micaela—. Soy más simpática que Gorostiaga —Micaela se sentó de frente a él—. Soy Micaela Dosantos, inspectora de la fuerza. ¿Usted?

El hombre solo la miraba imperturbable salvo por un detalle. Sus ojos temblaban.

—Me llamo Damián —respondió.

—Damián —dijo sin atisbo de emoción. Así de fácil—. ¿Damián qué?

—Solo Damián.

—Damián Solo, ¿cómo Han Solo entonces? —preguntó Micaela.

—No… no, solo Damián, no tengo apellido —explicó el sujeto.

Muy bien, lo que podía decir era que se llamaba Damián y que no era fan de Star Wars. Micaela sacó su atado de Marlboros y su encendedor. Se prendió uno. Damián ahora sonreía como un matón, no como un fanático.

—¿Fuma? —dijo empujando el atado y el encendedor hacia su lado.

—No, no fumo —contestó Damián.

—¿Sabe por qué estoy acá? —preguntó.

—Sí.

—¿Usted sabe por qué está acá? —repreguntó.

—Sí.

—¿Por qué está acá Damián? —continuó Micaela.

—Porque necesitaba esconderme —respondió sin más.

Micaela lo observó callada, sin inmutarse.

—¿Esconderse de quiénes? —preguntó—. ¿O de quién? —reformuló.

—De los mismos que la van a agarrar a usted, si no se va —respondió Damián.

Ahí estaban dónde quería. La había involucrado. Micaela miró a la cámara y luego volvió a Damián.

—Entonces, puedo deducir que este escondite no resultó tan bueno, ¿no?

—No —respondió.

—Lo que no entiendo, es por qué me querrían a mí —dijo Micaela.

Damián se echó hacia atrás con una sonrisa. Micaela le devolvió la sonrisa.

—Usted sabe por qué —dijo el detenido.

—¿Sí? —preguntó Micaela, estaba cerca. «Vamos, vamos… envolveme. Dale. Te morís de ganas de hacerme sentir especial, dale».

—No es casualidad que usted esté acá —prosiguió Damián. Micaela ahogó la sonrisa y arqueó una ceja—. Pero tiene que irse. No pueden encontrarla a usted. Si lo hacen me matan.

Micaela se quedó en silencio observándolo. Damián se giró y miró a la cámara. Volvió a apoyarse en la mesa cansado, mirándose las manos con desprecio.

—¿Quiénes lo buscan? —preguntó.

—¿Tiene armas? ¿Las trajo? —preguntó Damián acercándose a ella y agarrándole las manos.

Micaela se echó hacia atrás instintivamente. Intentó soltarse.

—No… ¿cómo puede…? —Se detuvo en seco.

—Escúcheme, cuidadosamente —continuó Damián sin soltarla—. Algunos miembros de la Goetia saben lo que pasó acá…están persiguiéndome y están entrando desde el Pandemonium.

Micaela se soltó despacio y respiró aliviada. Ahora estaban más cerca.

—A ver si entendí bien, —dijo— a usted lo están persiguiendo unos “demonios”, —remarcó la palabra haciendo comillas con sus dedos— por algo que pasó, de lo que supongo que usted formó parte. ¿No? —Damián asintió—. Están entrando desde el Pandemonium, abrieron sus puertas hasta acá. ¿No? —Damián volvió a asentir—. Supongo que esto tiene que ver, con esa supuesta carga. ¿No?

—La carga es la prueba del error que mi Señor cometió. Si ellos lo descubren, estamos todos muertos, señora Micaela —explicó el sujeto—. El advenimiento está muy cerca… y eso va a traer el fin.

—¿Y qué es la carga? —preguntó Micaela volviendo a lo que le interesaba.

Gorostiaga entró en la habitación. Micaela se giró y lo miró. Le hizo una seña de que salga. Micaela ahogó la furia y salió de la habitación.

—¿Justo ahora? ¿Me tenías que sacar justo ahora? —casi gritó.

—Tranquilícese Dosantos, estuvo bárbara así que voy a ignorar que me acaba de tutear —la casi felicitó—. El truco del pucho fue genial. No sé cómo lo hizo pero va tener que enseñarme.

Micaela lo miró sin entender.

—Es muy fácil, saca un cigarro, lo prende y luego le ofrece uno al detenido.

—Dosantos, no me tome por estúpido y acepte un cumplido, lo de prender el pucho sin el encendedor fue genial —explicó—. Se puso al loco de mierda en el bolsillo con eso.

—¿Eh?

—Ahora, —continuó Gorostiaga— no nos interesa saber qué es la carga, eso ya lo sabemos. Queremos saber quiénes son estos famosos “demonios” y por qué quieren lo que este tipo tiene. Quiero contexto Dosantos.

—¿Ya saben que es la carga, entonces? ¿Y por qué no me dijo nada? —casi gritó Micaela, había perdido una oportunidad preciosa.

—Porque no pensé que lograra congeniar con él, inspectora —contestó—. Estaba equivocado. Escúrralo. Usted es la elegida.

Micaela se quedó parada mirándolo furiosa. Ese había sido siempre su gancho con ese tipo de gente, ella era especial. Micaela volvió a entrar en la salita y se sentó irritada.

—Quédese tranquila —dijo Damián—. Cuándo ellos vengan, los van a matar a todos. No pueden quedar testigos.

—¿No hay reglas que prohíben ese tipo de cosas, Damián? —siguió el juego Micaela.

—Lo que está en juego es demasiado extraordinario como para seguir reglas, Micaela —explicó el fanático—. Edom está muy cerca.

—¿Y por qué me quieren a mí Damián? —tanteó.

Damián volvió a agarrarle la mano y le dedicó una mirada de confianza. Micaela no se inmutó.

Yetzirah… —susurró mientras le acariciaba el brazo desnudo.

Evidentemente estaba delante del hijo bastardo que Aleister Crowley había tenido con el Rey Salomón en una realidad alterna. Si ella no hubiera estado calzada dentro de la SIDE, esto hubiera sido muy divertido. Se soltó del tipo que le seguía acariciando el brazo confianzudo.

—Damián, ¿para quién trabaja? —preguntó cansada.

—Usted no me cree. Pero déjeme decirle que Él tiene muchísimos nombres —respondió.

Micaela se empezó a reír. Lo amaba, definitivamente, lo amaba. Había extrañado este trabajo. Él tiene muchísimos nombres… ¿cómo no iba a tener muchísimos nombres?

—¿Y qué cagada se mandó tu Señor? —preguntó Micaela.

Damián se acercó a ella y susurró:

—Despertó al demiurgo, señora.

VI.

No entendía que había tenido de positivo el interrogatorio, el sujeto no había confesado ningún dato útil. Sin embargo Gorostiaga estaba encantado. Le había sugerido que se relajara y lo dejara para mañana. Lo importante era que Damián le tenía confianza. Luego había agregado que la había prejuzgado y que le esperaba un gran futuro. Quizá un traslado.

—¿Hablaste con Catalina? —preguntó a Cáceres en cuanto se desocupó.

—No… —respondió el psicólogo—. No figura su registro en tu celular.

—¿Cómo? —Micaela le sacó el teléfono a Cáceres y se lo puso a revisar.

—Hay algo más… Micaela… —dijo Cáceres.

Mariana entró en el despacho y se sentó cansada.

—Gonzalo y Diego están analizando las grabaciones del interrogatorio. Te esperan —dijo a Cáceres—. Mica, lo del pucho fue genial.

—Yo voy a ir a ver a Luciano —dijo Micaela guardándose el celular enojada.

—Micaela, pará… —dijo Cáceres.

—Después Claudio, hay que seguir laburando.

—¡Mandale saluditos de mi parte a ese bombón! —dijo Mariana—. Por ahí después suba con café.

Micaela salió del despacho y subió un piso para ir a la otra salita. No podía creerlo, ¿sería posible que en un ataque de calentura borrara el contacto de Catalina?

Entró en la sala y ahí estaba el rubio alto. Fachero, de huesos grandes, vestido con traje y calzado de primerísima calidad. Cómo en las fotos. Tal cual las fotos, un garca de primera categoría. El tipo la miró desafiante.

—Supongo que usted no es mi abogada —dijo.

—No, inspectora Micaela Dosantos, señor Konoplianka. —En serio, Konovaluk Konoplianka era demasiado.

—Otra vez… no conozco a ese tipo, me quiso golpear, luego me amenazó con un arma y me metió en un auto —explicó furioso—. Si ustedes no intervenían yo iba a ser víctima de un secuestro express. Así que gracias, muchas gracias. ¿Me puedo ir?

—Señor Konoplianka, estoy intentando contactar a su novia, Catalina Konovaluk —susurró Micaela—. Para que inicie un habeas corpus… si pudiera darme su teléfono… porque yo lo perdí…

—¡Otra vez con ese chiste! No conozco a ninguna Catalina Konovaluk… inspectora, ya vino ese Cáceres con la misma historia, yo no puedo creerlo —gritó indignado Luciano—. ¿Comen payasos todo el tiempo ustedes acá?

Micaela se lo quedó mirando sin pestañar, lo dicho la había golpeado como un balde de agua fría con hielo.

—Pero usted es Luciano Konoplianka, 35 años, —Luciano asintió— contratista, trabaja en el sector de comercio exterior y está de novio hace tres meses con Catalina Konovaluk, 33 años…

—¡No!, le repito… no conozco a ninguna Catalina Konovaluk… —dijo cansado— Créame, que si conociera una Catalina Konovaluk, me acordaría…

—Comprendo, disculpe… la confusión —dijo Micaela.

La tensión de las luces bajó unos segundos. Ambos miraron las lámparas. Micaela se puso de pie. Por unos segundos quedaron en la más completa oscuridad.

—¿Es normal esto? —preguntó Luciano.

—No sé —dijo Micaela mientras la luz volvía—. Es la primera vez que vengo a este edificio.

—Usted viene a preguntarme por el baúl del Chrysler… ¡No tengo la más puta idea que había en el baúl del Chrysler! —gritó.

La tensión volvió a bajar y se quedaron nuevamente a oscuras. Aquello no estaba bien. Micaela pudo ver la luz de emergencia proveniente del pasillo.

—Aguárdeme un minuto, Konovianka… —dijo Micaela.

—¡KONOPLIANKA! ¡Mi apellido es KONOPLIANKA!

Micaela se asomó al pasillo, instintivamente tenía su mano en el seguro de la 9 mm. ¿Qué estaba pasando? Volvió a la salita y se acercó a la luz de emergencia, tanteó el lugar dónde recordaba que la había visto.

—Es una vergüenza que tengan las luces de emergencia descargadas. Son una vergüenza —dijo Luciano prepotente—. Al menos es una buena noticia saber que ustedes no están exentos de los cortes de luz.

Micaela salió apresuradamente con Luciano pisándole los talones. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera.

—El corte es solo en el edificio… —susurró—. Señor Konoplianka, le voy a ordenar que se quede en la sala hasta que vuelva la luz. Yo estoy en servicio.

—Ah, no… usted no me va a dejar a oscuras acá… Dosantos —dijo Luciano terminante—. Yo ni siquiera tendría que estar acá.

—Perfecto, entonces venga conmigo… —aceptó Micaela cansada.

Sabía que esto podía ser solo un corte de luz y que estuviera reaccionando de manera desmedida. Pero no le importó, cargó, ahora tenía el arma lista para disparar. Bajó despacio y atenta a lo que pudiera ver o escuchar.

—¿No le parece que está siendo un poco exagerada? ¡Este es uno de los edificios más seguros de la ciudad! —dijo Luciano.

—Por qué mejor no se calla y me deja trabajar, Konoplianka —dijo Micaela. Uno de los edificios más seguros de la ciudad se había quedado sin luz.

—¿Usted es cana, me dijo, no? —preguntó como si eso lo explicara todo.

—¡Shh…!

Micaela se detuvo en el último escalón, de costado al pasillo. Había escuchado algo. Luciano se detuvo atrás de ella, Micaela le hizo un gesto para que no hablara. Exactamente debajo de ellos, empezaron a escuchar trotes y susurros. Alguien estaba gritando que se había cortado la radio. Micaela se asomó al pasillo, estaba vacío. Le hizo un gesto a Luciano para que se quedara dónde estaba. Este asintió. Ahí escuchó la respuesta a sus paranoias. Los demás estaban bajando, había una brecha de seguridad. Era real.

Se acercó a la oficina dónde habían estado Claudio y Mariana. Le hizo un gesto a Luciano para que esperara. Abrió la puerta y se asomó con cuidado, estaba vacía. Se metió y con señas llamó a su acompañante. Cuando este entró, cerró la puerta.

—Yo voy a ir a ver al otro detenido —le susurró—. Usted quédese acá. ¿Puede ser? —suplicó.

—¿Tiene otra pistola? —preguntó Luciano enojado.

—No le voy a dar un arma a usted —contestó Micaela a punto de matarlo.

—Entonces no nos separamos Dosantos, ¿sabe disparar eso, no? —preguntó.

—Váyase a la mierda Konoplianka.

Micaela salió y se dirigió a la sala de interrogatorios con Luciano pisándole los talones. Cansada, le pegó un codazo para que se alejara un poco. Luciano asintió y dio un paso atrás. Entró en la oficina de control con el mismo cuidado y se acercó a la puerta de la salita, estaba cerrada.

—Lareputísimamadrequemeremil…—dijo Micaela girándose a Luciano, que estaba revisando el escritorio de Gorostiaga—. ¿Qué mierda estás haciendo? —susurró.

Luciano le mostró un llavero con una sonrisa irónica. Micaela se la sacó de las manos y buscó la llave.

—“Gracias Luciano, fuiste de gran ayuda, sos un genio”… —dijo el tipo.

—Andate a la puta que te parió —dijo Micaela abriendo la puerta.

La luz de emergencia estaba funcionando ahí. Damián se encontraba sentado sumamente tranquilo. Sin embargo, cuando los vio su mirada se oscureció.

—¿Qué hace acá? ¡Le dije que se fuera! ¡Ellos no tienen que encontrarla! —gritó a Micaela poniéndose de pie.

Micaela le apuntó con el arma.

—Para atrás Damián, sentante —ordenó—. Vos también Luciano, haceme el favor de sentarte.

—¿Al lado del tipo que me quiso secuestrar? ¡Ni en pedo! —se negó el contratista.

Micaela estaba a punto de responderle cuando escuchó los tiros, ¿qué mierda estaba pasando?

—Están acá… vienen por mí, no creo que quieran estar presentes cuando lleguen —dijo Damián.

—¿Quiénes son? —preguntó Micaela.

—Ya le respondí, miembros de la Goetia

—Dejate de pelotudeces, ¿para quién trabajás? —preguntó Micaela.

—¿Para qué me querías a mí? —interrumpió Luciano.

—Para que no llegaran a ella —dijo Damián.

—¿A ella? —repitió Luciano.

Micaela salió de la habitación y cerró con llave. Ignoró los gritos de Luciano y fue al pasillo. Los tiros venían de algunos pisos más abajo. Descendió otro piso con cuidado y se asomó a la otra escalera. Escuchó pasos, se hizo a un lado y se escondió lista para disparar. Ahora alguien estaba subiendo. Contuvo la respiración.

—Dosantos, ¿qué hace? —preguntó Gorostiaga cuando sintió el arma en su sien.

Micaela bajó el arma, Gorostiaga hizo otro tanto. Le hizo una seña para que la acompañara.

—¿Qué está pasando, señor?

—Tenemos una intrusión Dosantos, tengo que asegurar al detenido —explicó Gorostiaga.

—¿Pero quién es el detenido? —preguntó Micaela mientras subían.

—Eso es clasificado Dosantos —Gorostiaga se puso a revisar su escritorio.

Micaela le tendió el llavero. El hombre tomó las llaves furioso y se dirigió a la puerta. Cuando entraron, Gorostiaga perdió toda la compostura que tenía.

—Decime ya, que son esas cosas —dijo apuntándole con el arma a Damián—. Porque te juro que te mato.

—Preferiría que lo haga, no quiero que me encuentren —respondió Damián.

—¿Qué pasa? ¿Qué cosas? —preguntó Luciano a Micaela.

Micaela le hizo un gesto a Luciano de que no sabía de qué estaban hablando.

—¿Son japoneses? Respondeme, pelotudo, ¿son japoneses? —gritó Gorostiaga.

Micaela y Luciano se miraron sin entender. Ambos se giraron cuando el sonido de varias patas se escuchó en el pasillo. Se volvieron a mirar. Micaela se acercó a la puerta y la cerró con llave.

—Están acá señor… —susurró Micaela—. Le sugiero que deje de gritar.

—Tendríamos que haber llamado a los militares… —dijo Gorostiaga sacando el seguro de su arma y apuntando a la puerta. Micaela lo imitó—. Ustedes atrás nuestro.

—¿No avisaron a los militares? —preguntó Micaela—. ¡Armaron un departamento de crisis!

—No se regodeé Dosantos, que usted es una hippie… —Le hizo un gesto para que se callara.

Las cosas estaban exactamente en la oficina. Se escuchaba el repiquetear. En el piso, en las paredes, justo enfrente de ellos. Micaela sintió que alguien le estaba tocando el tobillo. Miró hacia abajo, Damián le estaba sacando la 22. Lo miró furiosa. Damián retrocedió hacia la pared con el arma, tembloroso.

Et in Arcadia ego… —susurró apesadumbrado.

Un pico traspasó la pared con un agujero limpio. Luego apareció un segundo, un tercero y un cuarto en cada esquina de la pared. Estos picos se cerraron sobre sí mismos como sopapas, adhiriéndose a la pared.

«¿Sabés hacer esto?».

Micaela retrocedió un paso atrás, cubriendo a Luciano y Damián. Gorostiaga no se movió.

Las sopapas empezaron a ejercer presión y la pared empezó a rajarse y colapsar.

«Mi casa no me cuidó».

Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu Nombre… —empezó a recitar Luciano—. Venga a nosotros tu reino… venga a nosotros tu reino… —Luciano ahogó un grito—. ¿Cómo seguía?

Hágase tu voluntad…en la tierra como en el cielo… —respondió Micaela. Sintió su pecho arder. Se miró sin soltar el arma. Sus dijes la estaban quemando—: Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu Nombre…—las voces de ella y Luciano se alzaron—: venga a nosotros tu reino… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…

Deo miserere nobis… —susurró Damián.

—No pueden ser tan pelotudos —recriminó Gorostiaga.

La pared colapsó sobre si misma y otro pico salió disparado de la oficina, atravesando a Gorostiaga como una lanza.

«Esto no está pasando. Nunca me desperté», se dijo Micaela mientras la lanza volvía hacia atrás y Gorostiaga caía primero de rodillas y luego al suelo de frente, con un agujero redondo en su pecho y espalda. Alrededor de él empezó a crecer un charco de sangre.

Entonces las vio. Cosas no había sido una buena descripción, de ninguna manera. La lanza no era tal, por el contrario; resultó ser una de las patas de lo que parecía ser una araña gigante. La criatura dio unos pasos al frente, tenía en la parte superior, cintura, brazos y cabeza de mujer. Era una mujer araña ¿de plástico, cerámica, porcelana? Su piel maciza brillaba con la luz negra, tenía rizos negros con perlas en un peinado alto, sacados de una pintura del renacimiento francés. Tenía cara de muñeca y su maquillaje parecía adherido a su rostro. Era truculentamente hermosa. Se adelantó a ella otra mujer, su completa antítesis. Esta parecía una leprosa, cruzada de piernas flotando en el aire, con vendas que le cubrían los ojos y pelo sucio, vestida con andrajos.

Sintió olor a mierda, mucho olor a mierda.

—Oh por dios… —dijo Luciano llorando atrás de ella— me acabo de cagar encima, oh por dios.

—¿Vas a salir o te vas a seguir escondiendo? —dijo la mujer araña con una voz de contra alto gomosa y potente.

—¡No se muevan! ¡Ninguna de las dos! —gritó Micaela en un ataque de valentía. «¿Por qué soy tan estúpida?»— Ustedes invadieron un edificio público de máxima seguridad.

La mujer araña miró a la otra interrogante.

—Hay dos yetzirah…  —dijo la leprosa.

—¿Quién es usted? —preguntó la mujer araña a Micaela—. Identifíquese.

—Usted no tiene derecho a preguntarme nada y mucho menos a ordenarme que me identifique —gritó Micaela apretando su arma—. Existen reglas y ustedes las están violando todas. No tienen ningún derecho a estar acá. Ninguna de las dos, la Goetia no tiene jurisdicción acá —improvisó, quizá debería haber dicho que los japoneses no tenían jurisdicción.

La mujer araña miró a la leprosa con una ceja arqueada. La leprosa bajó la cabeza y la mujer araña se llenó de furia.

—¿Por qué Asmodeo está bifurcado? —preguntó la gigante.

—¡No responda señora! —gritó Damián—. No tienen ningún derecho a interrogarla.

—¡Y vos no tenés ningún derecho a decirme nada, imbécil! —lo calló Micaela. «¿Quién mierda es Asmodeo?»

—Basta de juegos —dijo la mujer araña.

—¿Qué mierda está pasando? —susurró Luciano lloroso.

—¿Qué no escuchás? —respondió Micaela.

—¡No entiendo lo que responden! ¡Que vos lo entiendas perfecto no quiere decir que yo lo haga! —gritó Luciano completamente descompuesto.

Micaela miró a Damián y luego a la bruja araña.

—Exactamente —siguió Micaela—. Callate. Y ustedes dos… —dijo Micaela a las demonios—. Váyanse de acá ahora —Micaela dio un paso al frente apuntándoles con el arma.

—Esto no va a quedar así —dijo la mujer araña—. Esos yetzirah se usan cuando hay cosas que ocultar…

Damián se puso de pie enloquecido.

—¿Sí? ¿Interrogaron a Moloch de la misma manera? —gritó.

—Moloch no vino bifurcado. Diferente, sí, bifurcado, no —respondió la bruja—. No quieras jugar con nosotros Asmodeo. Sabés perfectamente que la única manera de aclarar esto es que te entregues…

—A no ser que tengas algo que ocultar… —agregó la leprosa.

—Váyanse —ordenó Micaela—. Les ordeno que se vayan, ya. Y vos, callate la boca —gritó a Asmodeo.

Se hizo un silencio sepulcral. Micaela se giró para ver a Luciano. Se había desmayado. Micaela suspiró. Cuando se volvió, las dos criaturas habían desaparecido.

Micaela bajó el arma y se asomó al buraco que habían dejado. ¿Cómo habían salido? ¿Dónde estaban? Se asomó al pasillo. Vacío. Se volvió a la sala y se detuvo en seco. Asmodeo se estaba apuntando a la sien con la 22, sonriente. Estaba de rodillas, en medio del charco de sangre, al lado de Gorostiaga. Ahora, definitivamente, parecía un fanático.

—Muchas gracias, señora —dijo—. Lo siento muchísimo, señora.

—Pará… Damián, pará… —dijo Micaela.

—No, señora, así es como tiene que ser… no se preocupe —dijo muy suavemente—. Nos vamos a volver a ver… solo tengo que dejar este cuerpo mortal.

Damián se gatilló y unos segundos después cayó al suelo. Micaela se acercó desesperada a examinarlo. Estaba muerto.

Micaela miró a su alrededor con el cadáver de Damián en brazos. Tendría que haber hecho caso a su intuición o haberse desmayado como Konoplianka. El problema cuando una sufre de parálisis de sueño es que se acostumbra a ver lo imposible.

Continúa en Daat II… próximo episodio: Jesed.


ARCADIA. Episodio 6. Jesed

8 comentarios en “ARCADIA. Episodio 5. Daát 1

  1. Que interesante Carolina, fíjate que yo he padecido parálisis de sueño por muchos años, pero no lo había identificado hasta hoy que he leído este capítulo donde lo explica, la verdad me has dejado pensando pues ahora me explico tantas cosas que me han sucedido al dormir, para mi siempre es una pesadilla, y odio dormir, pero si me desvelo después es peor.
    Bueno, he aprendido algo nuevo, Gracias Carolina.
    Un abrazo grande
    Sigo mañana con el capítulo 6 besos

    Le gusta a 1 persona

      1. siento mucho que lo vivas de esa manera! 😦 y lo comprendo porque son experiencias traumáticas estos azotes nocturnos.
        Te deseo dulces sueños y te deseo que encuentres lo mejor de ese mundo invisible. Te mando un muy sentido abrazo, desde la comprensión.

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