ARCADIA-EPISODIO 4: BINÁ

ARCADIA. Bitácora personal. Catalina Konovaluk. Día 60°.

“Crisis de identidad” parece ser  el leitmotiv de estos días y no hablo solo de mí. Necesito repasar los eventos de estos últimos días. Quizá en realidad, lo que necesito son amigos.

Me la paso en soledad, escuchando música que nunca escuché en mi vida. Música que  no creo que la anterior habitante de esta nave escuchara. Nunca fui una admiradora de la música clásica, de la  ópera o de los boleros, pero por alguna razón incomprensible apaciguan mi corazón.  En especial Nessun Dorma o mejor dicho Il príncipe ignoto, de la ópera inconclusa Turandot de Puccini, interpretada por Luciano Pavarotti.  La obra general está ambientada en una China milenaria: una princesa, en venganza por una antepasada que fue mancillada, decapita a todos sus pretendientes. Una historia que personalmente no me provoca ningún tipo de identificación. Aunque debo reconocer que, de alguna manera, tengo el corazón roto. Disfruto mirar hacia afuera, observar el paisaje que nos rodea a ARCADIA, Moloch y a mí, con esta aria y todas las luces interiores apagadas. Me he vuelto aficionada a escuchar la Sonata claro de luna de Beethoven también, me relaja. Por cierto, ahora entiendo el italiano, tan claro como el castellano.

La primera memoria que tengo, luego de ser abrazada por la atolla es el rostro de Moloch. Como esas pesadillas en las que una está por morir y se despierta justo a tiempo. En esta pesadilla, creía ser una mujer llamada Catalina Konovaluk. Recuerdo salir de donde estaba, una especie de taller, estaba enganchada a algo colgante, perturbada. Moloch ayudaba a bajarme.  Escuché mi voz gritándole sobre el fracaso del yetzirah. Mis memorias estaban mezcladas. Tenía la idea de que alguien acababa de morir. Salí caminando en tacones hacia una larga y angosta galería que me decepcionó, porque no era como esperaba. El lugar era oscuro, casi como una fortaleza. A ambos lados encontraba vitrinas con objetos antiguos, caros y brillantes, con luces apuntando de manera estratégica, para que se lucieran. Recuerdo haber visto que todo estaba cubierto por telarañas y gruesas capas de polvo. Era asfixiante. Moloch me repetía que debía acompañarlo al ritmo de “Madame Astarté, por favor…”  Yo perdí el control y empecé a arrojarle cosas para alejarlo de mí. Me dolía todo, recuerdo haber arremangado mi blusa que era una delicadeza y descubrir marcas en mi piel. Brillantes dibujos arcanos que se movían y refulgían con una luz dorada, todos entrelazados entre sí. Marcas que no debía tener. Reconocí las marcas. El árbol de la vida.

Ese momento en el que una se despierta, todavía soñando, creyendo ser el personaje de un sueño y se da cuenta de lo que está haciendo. Las ideas se acomodaron y recordé que yo no era Astarté. Era Catalina Konovaluk y no había soñado absolutamente nada. Yo había muerto.

—¡Resolvé lo que te esté pasando como te plazca! —le grité al robot, con una voz que no era la mía, mientras todavía miraba las emanaciones y los caminos en mí cuerpo.

Cuando me dejó tranquila y se retiró, inspiré largamente. Apoyé mis brazos en una de las vitrinas, intentando ordenar mis pensamientos. Sentía como las memorias de Astarté que hasta hacía unos segundos consideraba mías, se alejaban y por más esfuerzo que pusiera en retenerlas, era inútil. En ese momento me vi por primera vez, reflejada en un espejo que había delante de mí, justo arriba de la vitrina. Un rostro que no era el mío, sino el de Arcadia Rasputina. Me toqué la cara y me saqué el pendiente ridículo que tenía agarrado de la nariz y oreja. Me lo quedé mirando. Era el adorno más horrible que alguna vez hubiera visto. Entonces, reparé en mi cuello: tenía una serie de argollas ricamente decoradas, que iban de mi clavícula hasta mi nuca, una especie de collar tribal, muy incómodo. Busqué como sacarme ese cuello ortopédico decorativo, desesperada. Luego de mucho maniobrar, me lo logré sacar. El collar cayó sobre la pobre vitrina, haciéndola añicos. Me quedé mirando los cristales rotos y las argollas. Volví a mirarme en el espejo, completamente desorientada y observé que además, tenía una coronita agarrada detrás de las orejas. Era una vincha de metal, pesada. Me la saqué con cuidado y la miré. Parecían formar dos cuernos enganchados por un disco en el medio. El disco giraba sobre su eje. Como una boluda, me puse a girar el disco un rato, intentando poner mi mente en blanco.

Mi primer pensamiento mientras jugaba con el disco fue “¿soy una reina con un robot?” Tiré la corona a la mierda. Me puse a mirar las paredes, estaban forradas de terciopelo negro y piel negra con pelitos. Me alejé de la pared y empecé a caminar, relojeando todo lo que había a mí alrededor. Me detuve delante de un tapiz antiguo con un elaborado dibujo (como esos tapices de la época del renacimiento) de lo que parecía ser una suerte de deidad. Una mujer con un disco en la cabeza. Me hizo acordar a Hathor, la diosa del amor egipcia. Tenía similitudes con la vincha que había tenido puesta en la cabeza.

Sentí que la imagen en el tapiz me miraba, severa, no podía apartar la mirada. Todo se volvió nubloso, doble, me caí de rodillas y luego me desperté acá. En estos aposentos.

¿Por qué estoy hablando de esto? ¿Por qué estoy grabando esto? Porque justamente, lo que tengo ganas, o necesito recapitular ahora, es esta sensación de pérdida de mi identidad.

Estos dormitorios en los que me encuentro, no se parecen en nada a la “cueva” en la que estaba cuando desperté. Estas habitaciones… son… nunca estuve en un lugar así.

Vivo en un apartamento de tres habitaciones inmensas. Las cuales están inter conectadas por un ventanal gigante, con cristales decorados con la más fina herrería que vi en mi vida. Esta ventana da al espacio exterior. Más específicamente, a una nebulosa de emisión. Cuando las luces están apagadas, el polvo cósmico emite una luz hermosa que me acompaña en mi sueño. No puedo describir…  veo la nebulosa desde las tres habitaciones. Las cuales están separadas por paredes ricamente ornamentadas, con lo que parecen ser apliques de cobre, bronce, plata y oro. Algunos sectores, están forrados en tela. Las paredes se detienen a unos pocos metros del ventanal, conformando las aberturas sin puertas que sirven de pasaje entre una estancia y la otra.

En mi dormitorio hay una cama de tres plazas con dosel de metal, una puerta que lleva a un elegante vestidor, un baño con una tina gigantesca, una cómoda con un espejo,  un diván y una estufa antigua. Todo muy sobre cargado y rojizo, lo mismo, las otras habitaciones.

La segunda habitación es una sala de estar en la que tengo grandes sillones, bibliotecas en dos paredes y una chimenea siempre en uso que no tengo idea donde desagota. Un misterio. En la parte superior de la chimenea, hay una gran pantalla que ARCADIA prende o apaga a mi pedido (como todo aquí). Todos los pisos alfombrados con un tejido laberíntico. Me olvidaba de ese detalle.

El tercer dormitorio es un estudio, tan amplio como los otros dos ambientes, con un escritorio de lujo, con una extensión personal de ARCADIA al tono, mejor dicho: una computadora; dos sillas dedicadas a mi confort forradas en terciopelo, más bibliotecas y sillones cerca de la chimenea. Las tres habitaciones, como dije, dan a esta nebulosa de emisión que inunda los ambientes de destellos violetas, rosados y amarillos. Cada tanto, la nebulosa se perturba… como si hubiera una tormenta en su interior, regalándome una lluvia de fuegos artificiales increíbles.

La pared paralela al gigante ventanal, también es de cristal pero con herrería de bronce y hierro. Las puertas son de vitral finamente decorados, con diseños que parecen y resalto el “parecen” celtas. Nudos, hojas y flores. Estas mamparas se abren de manera automática al querer salir o entrar. El techo tiene forma abovedada y está pintado con ilustraciones conmovedoras hiperrealistas. En mi habitación hay un mapa cartográfico espacial interminable, no se puede creer el detalle. En la sala de té, él paisaje es un cielo con nubes que me recuerdan a la nebulosa y creo que a veces se mueve. En el estudio el techo está decorado con lo que parece ser un mecanismo de reloj, obviamente cada bóveda, termina con una araña al estilo.

Fuera del apartamento, por el cual puedo salir desde cualquiera de las tres habitaciones, salgo a una callejuela de forma elíptica cuyo centro da a un abismo oscuro en el que no puede distinguirse nada. El límite está dado por un barandal y hacia abajo, hay más pisos que parecieran ser como éste, aunque todavía no los investigué.

Toda la arquitectura me recuerda a esos edificios estilo art noveau, pero muchísimo más barroco, una suerte de rococó espacial o galáctico. Cada elemento está esculpido, no es solo su uso, es algo más, una rama, una flor, un árbol, una criatura, una historia. Hacia arriba esta galería termina en un domo de cristal afiligranado. Los diseños no son siempre los mismos. A veces, hay muchos círculos en tonos dorados y blancos. Otras veces es transparente y puede apreciarse el espacio exterior.

Nunca volví a encontrar ese pasillo oscuro al que llegué la primera vez. No quedan rastros de él.

Si quiero bajar a los otros pisos, viene un ascensor flotante, que circula por el abismo. Solo se acerca a la baranda y esa parte del barandal se desarticula como un mecanismo de relojería, volviéndose una puertecilla. El ascensor es cuadrado, de bronce, con el piso alfombrado. El problema es indicarle a donde ir. Tiene una botonera roja semejante a una calculadora científica, la plataforma se mueve mediante fórmulas. Un engorro.

En el mismo piso que habito hay un comedor y cocina que dan a diversos paisajes espaciales. La nave parece estar detenida, aunque podría jurar que a veces se mueve, supongo que es alguna clase de ilusión óptica.

ARCADIA ha colocado rockolas, las cuales están desperdigadas por toda la nave. Me costó mucho darme cuenta de lo que eran, ya que parecen reliquias del siglo XIX. Por eso me la paso escuchando música. El sonido sale por amplificadores de gramófono distribuidos en todas las esquinas. Un detalle muy pintoresco que acompaña a la estética del lugar.

En ARCADIA no hay polvo. Todo está limpio y reluciente. Si algunas cosas se ven gastadas parece que fuese por una cuestión de estilo y nada más. En teoría “se ajustó a mis parámetros” de gusto, a mí llegada. Le hice más preguntas al respecto, sobre todo porque quería volver a ubicar el pasillo oscuro con las vitrinas. Quería reconstruir mis pasos hasta mis habitaciones. Me dijo que esas estructuras ya no se encontraban disponibles porque correspondían a la anterior usuaria. Siento que ARCADIA se esfuerza por hacerme feliz, por hacerme sentir cómoda.

Lo logra.

Y eso me molesta mucho.

ARCADIA sabe, que aunque me veo como Astarté, soy Catalina Konovaluk.

¿Qué es lo que yo sé?

Sé que ARCADIA es una nave espacial que cambia de apariencia de acuerdo a su usuaria. No puedo entender como salí de un ritual esotérico y en vez de morirme terminé en el cuerpo de una extraterrestre llamada Astarté. Que, casualmente, es el nombre de una diosa fenicia de la Tierra y, además, es el nombre de la diosa de Blake Goodhunting. El nombre de esta raza extraterrestre es q´yauri.

Astarté o Astoreth es una diosa multifacética que apareció en culturas como la fenicia, sumeria, acadia e israelita, solo por nombrar algunas. No todas se referían a ella como Astarté o Astoreth, esos dos son algunos de sus varios nombres. Esta diosa representaba el culto a la naturaleza, la vida y la fertilidad. Hathor, por otro lado, era  la diosa egipcia del amor, la danza y las artes. Llevaba en su cabeza un disco solar. A veces se la relacionaba con Isis, la diosa egipcia de los dioses que se la representaba con un trono en la cabeza.

¿Qué puedo deducir de estos elementos? Que los q´yauri son una raza que tiene elementos similares a las antiguas culturas de la Tierra. Que mi alma, se encuentra dentro de ésta q´yauri de muchos nombres (Astarté, Astoreth, Hathor, Arcadia Rasputina y quien sabe cuántos más).

También descubrí, que “Arcadia” no es un nombre, sino una sigla. La computadora de la nave, dice que todo esto se llama Arca Relativa Continua Aleatoria Dimensional Inteligente Artificial. En resumen, una gigantesca máquina del tiempo. Este es un detalle importante en la disertación que estoy haciendo. Pero todavía no llegué ahí.

Ahora me toca hablar del tercer personaje. El robot. Moloch. Perdón, unidad Moloch 2. En realidad es una sofisticada inteligencia artificial con forma de robot.  Cómo dije hace unos minutos, el tema del que necesito monologar es sobre la identidad. Moloch parece estar sufriendo una crisis de personalidad.  Me di cuenta de esto, debido a que estoy siguiendo a Moloch. Grabo lo que hace en el día en una entrada especial que armé: Rutina de Moloch. Lo empecé a hacer por desconfianza, decidida a estudiar a mi enemigo. Lo que descubrí fue sorprendente. No solo lo que recopilé por medio de la vista, sino la información que documenté conversando con él más adelante.

Moloch estaba bastante obsesionado con un informe que tenía que presentar en una organización a la que pertenece: Asamblea de ingenieros. Por lo que logré entender se juntan en asamblea una vez al año. Este evento se llama la Goetia y se reúnen en un lugar al que Moloch se refirió como Pandemonium. Que una asamblea de ingenieros, posea el mismo nombre que la primera parte del grimorio del rey Salomón, la Ars Goetia es un poco escalofriante. Seguro que el Pandemonium es un gran recipiente de bronce, donde todos los robots se congregan a pasarse reportes. Aunque Pandemonium, según el poema El paraíso perdido de Milton, es el nombre de la capital del Infierno.

Recuerdo cuando Rasputín me dijo por primera vez que quería mi trascendencia y la manera en la que me lo tomé. Con estas referencias, me está pasando exactamente lo mismo. No puedo tomármelo en serio. Sobre todo porque lo veo a Moloch y veo un robot. Incluso, con las cosas que pasaron y al hecho concreto al que me quiero referir, me cuesta salir de mi asombro y superar las referencias culturales.

Cómo decía, Moloch también estaba y continúa viviendo una crisis de identidad. Cuando nos conocimos, me trataba respetuosamente porque creía que era su señora Astarté. Cuando ese malentendido quedó atrás, pasé a ser hembra humano. Ahora, soy Catalina Konovaluk y creo que vamos camino a solamente Catalina.

En un principio, Moloch se refería a sí mismo en tercera persona. Unidad Moloch 2 esto…, unidad Moloch 2 aquello…, esta unidad no está programada para lo otro… Esta unidad no comprende. Todo el tiempo hablaba de esta manera, no es joda.

Al comienzo se desconectaba cuando no tenía nada que hacer y luego se conectaba siempre a la misma hora. En este lugar eso quiere decir, en la misma cantidad cíclica de paktors, una medida que no sé lo que significa.

Debo reconocer que, de todas maneras, ARCADIA ha puesto relojes de adorno con mi huso horario familiar, quizá para que no me encuentre tan desorientada. También encontré algunos relojes antiguos de bolsillo con cronómetro. Siempre llevo uno conmigo. No hay días, ni noches por los cuales pueda guiarme. Sin embargo, he notado que en un determinado momento, digamos, a las diecinueve horas, la nebulosa toma un leve color rojizo, por aproximadamente treinta minutos para luego tomar una coloración rosada. Cada dos días, a las doce del mediodía por ejemplo, se pone de mal humor y sucede una tormenta en su interior con explosiones de nubes amarillas que la hacen crecer y decrecer por sectores. Este fenómeno dura aproximadamente dos horas. Gracias a los relojes, pude armarme una rutina y no terminar de volverme loca.

Moloch todas las mañanas se dirige al puente de mando, es una estancia muy grande, con muchísimos paneles de comando, pantallas, y tableros. Hay una plataforma central, seguramente para un inexistente capitán, con un timón y una gran pantalla hundida, con cuatro lamparones, uno en cada esquina. En las pantallas de las consolas, pueden verse gráficas compuestas por finas líneas y tejidos. Deduzco que son líneas espacio-temporales, ya que hay planos que cambian de forma, como superficies de Riemann. En otras pueden verse lo que parecen ser estados de ¿máquinas?, estados de armas, niveles de energía, generadores y cosas de ese tipo. Por eso deduzco que es alguna clase de puente de comando, hay muchísima generalidad en lo que puede observarse, los datos son accesibles a la vista de forma rápida.

De ahí, Moloch se dirige a la kilométrica sala de máquinas. Un diseño completamente diferente al del puente: está llena de gruesos caños, paneles, gigantes válvulas, controles, condensadores y pantallas. Lo primero que hace es mirar las pantallas, luego, comienza a apretar botones y ajustar tornillos con unas sofisticadas herramientas.

Cuando termina en la sala de máquinas, Moloch suele dirigirse a un amplio salón que parece ser una sala de cartografía. Es una de mis favoritas. Parece un planetario. Corre algunas rutinas, donde empiezan a aparecer mapas del espacio y más superficies de Riemann. No aparecen en un plano, las imágenes aparecen en tres dimensiones, como si fueran proyecciones holográficas. Moloch las modifica a gusto desde una consola y a veces, dándole órdenes precisas a ARCADIA de manera oral. Pasa en cartografía aproximadamente una hora. Luego va a un puente de generadores de energía, donde pueden verse válvulas y Moloch mide los niveles de energía de cada una con muchísima diligencia. La sala está llena de lamparones, válvulas, bobinas Tesla, núcleos de energía con forma de esferas y diversos tipos de poliedros. Todas interconectadas entre sí.

Esta rutina sigue por horas y horas, todos los condenados días. Moloch va y viene por infinitas salas de máquinas, puentes de comando y generadores de energía. Se me hace imposible mapear todo el recorrido. Lo intenté pero el lugar es un laberinto.

Antes de desconectarse, Moloch se queda parado en la galería. Siempre debajo del mismo farol de luz amarillenta, leyendo. Como si estuviera parado en una esquina.

Un día lo encontré leyendo un pequeño libro, diferente a los gruesos volúmenes de miles de páginas que solía leer. Podía tener el volumen con una sola mano, en toda su mano. Cuando me acerqué, curiosa y aburrida de mis merodeos, intenté ver el título del libro. No era tan pequeño como pensaba, pero si fino. Al no hacer caso a mis intentos de ver el nombre, me acerqué más para ver qué estaba leyendo.

“Entráis periódicamente en coma, y la menor variación de temperatura, presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación afecta a vuestra eficiencia. Sois alterables. Yo, por el contrario, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizo con casi un ciento por ciento de eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, permanezco consciente todo el tiempo y puedo soportar fácilmente los más extremados cambios ambientales. Estos son hechos que, partiendo de la irrefutable proposición de que ningún ser puede crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta teoría a la nada.”

Moloch estaba leyendo Yo, Robot, un libro de relatos de Isaac Asimov. Uno de mis libros favoritos. Debo decir que me causó muchísima sorpresa. No podía creerlo.

—¡Yo Robot! ¡Estás leyendo Yo Robot! —balbuceé.

—Estoy leyendo Yo Robot, por tercera vez —me informó fríamente, mientras daba vuelta a la página.

—¿Estoy? —repetí sin poder salir de mi asombro.

—Sí. Hace unos días empecé a utilizar mis nuevas subrutinas de personalidad. No había tenido oportunidad de hacerlo de manera oral, hasta ahora. —Continuó leyendo, dando por finalizada la conversación.

—¿Y qué te parece el libro? —le pregunté.

—Confuso.

—¿Leíste otros relatos de ciencia ficción o novelas? ¿Cuáles te gustan? —pregunté, sumamente interesada.

—¿Ciencia ficción? —Se quedó procesando y agregó—: los humanos denominan a este género literario ciencia ficción, un género en el cual suelen ser muy prolíficos. Este es el único libro de ciencia ficción que leí. Por eso lo estoy leyendo por tercera vez. Gustarme…, me gusta éste. —Noté duda en su voz, giró su cabeza y me miró—. Ya que no he tenido oportunidad de leer otros —agregó con condescendencia.

—¿Por qué no? ¿De dónde sacaste este? —Me estaba muriendo de ternura.

—En mi módulo tengo una caja de almacenaje, en la cual ARCADIA materializa las herramientas que necesito. La última vez materializó los nuevos manuales de funcionamiento de su sistema y este libro.

¿Así era cómo ARCADIA cambiaba a gusto? ¿Materializando cosas de la nada?  En ese momento aparté la nueva información de mi mente para analizarla más adelante.

—En mi biblioteca tengo un montón de libros. Seguramente si buscamos, podemos encontrar algo que te guste.

—No estoy muy familiarizado con cuestiones de gusto, realmente.

Lo invité a acompañarme a mis aposentos mientras pensaba que podía ofrecerle. La biblioteca era realmente hermosa. Tenía una gran selección de mis libros favoritos. Estaban casi todos los que había leído y además, aquellos otros que habría querido leer si me hubiera dado el tiempo. La selección incluía ciencia ficción, gótico, realismo, obras de teatro, ensayos de filosofía, política, libros referentes a ARCADIA, libros al respecto de otras culturas, otros planetas y muchas cosas más.

—¿Y no pensaste en solicitarle a ARCADIA otros libros?

—Esta unidad no tiene autorización para solicitarle a ARCADIA nada que no esté relacionado con su función o nada que no esté autorizado a solicitar.

Esto lo dijo de manera automática. En ese momento pensé que aquello debía ser como una de sus leyes de la robótica.

—¿Por qué?

—Madame Astarté lo estableció de esa manera.

—Ella era tu… —titubeé.

—¿Mi qué?

—Nada —susurré. Me daba vergüenza el solo pensar que podía ver a Astarté, como su dueña o ama.

Entramos en la sala de estar y le presenté mi biblioteca. Me acerqué a la sección de sci-fi. Los estantes estaban fuera de mi alcance, así que agarré un banquito escalera para ayudarme.

—Este libro, se llama El hombre en el castillo, es uno de mis favoritos. Es una ucronía. El punto Jonbar es que los alemanes ganaron la segunda guerra mundial y…

—¿Hay robots? —preguntó el corta mambo de Moloch.

—No… —Lo volví a dejar en el estante y de repente mi cerebro se iluminó. Moví la escalera colgándome y luego me dejé caer en el próximo estante. Saqué cuatro libros y se los di a Moloch triunfal—. Las bóvedas de acero, El sol desnudo, Los robots del amanecer y Robots e Imperio son de Asimov. R. Daneel Olivaw y Giskard son dos de mis personajes favoritos de todos los tiempos, junto a Elijah Baley.

Mientras bajaba de la escalera, recordé mi adolescencia y lo feliz que me habían hecho esos libros, había estado durante meses enamorada de Daneel Olivaw y Giskard.

—¿Por qué los humanos escriben sobre robots? —me preguntó.

—Supongo que es una manera que tiene la humanidad de concientizarse… —debo reconocer que no esperaba esa pregunta— de las posibles problemáticas éticas que podrían surgir el día de mañana cuando lleguen… —me di cuenta al instante que me estaba excluyendo— lleguemos a crear algo tan maravilloso.

—Entiendo.

Cuando Moloch ya se había retirado, me quedé meditando sobre lo que había sucedido, así que decidí embestir contra mi Hal 9000 personal.

—ARCADIA —llamé.

—¿En qué puedo ayudarte Catalina?

—Moloch.

—Unidad Moloch 2 se encuentra en módulo de mantenimiento.

Por supuesto.

—¿Qué es el módulo de mantenimiento?

—El módulo de mantenimiento es el área destinada a la construcción, arreglo y reemplazo de las unidades de mantenimiento Moloch.

No podía ser de otra manera.

—¿No tiene una habitación como yo?

—Las unidades Moloch no poseen habitaciones como Catalina Konovaluk.

—¿Por qué? Si es una persona.

O al menos eso parecía.

—¿Catalina desearía que la unidad Moloch 2, tenga aposentos como los suyos, además del módulo técnico de unidad?

Medité la respuesta.

—Me gustaría que si Moloch deseara tener aposentos como los míos, pudiera tenerlos.

—Se le consultará a unidad Moloch 2 al respecto.

—Perfecto. Quiero preguntarte algo más, ¿hay alguna manera de autorizar a Moloch para que pueda acceder a otras cosas, por afuera de… sus parámetros de función?

—¿Catalina desearía que la unidad Moloch 2 pueda acceder a otras cosas por afuera de sus parámetros de función?

Volví a meditar la respuesta. Me estaba aburriendo.

—Sí… —contesté.

—Especifique el término cosas por favor.

Suspiré.

—Me gustaría, que unidad Moloch 2, tenga acceso a todo el material artístico, cultural y filosófico que tengas en tu memoria. ¿Puede ser?

—Entendido.

—¿Le podrías avisar que ahora tiene autorización?

—Entendido.

Finiquitado el tema Moloch.

—Quiero hacerte otra pregunta, ARCADIA. ¿Cómo haces para materializar cosas?

—Por medio del ATE. Solo las cambio de lugar.

Medité nuevamente la respuesta.

—¿Qué es el ATE ARCADIA?

—Archivos Tiempo Espacio.

«Las cambio de lugar», esa había sido la respuesta. Entonces me surgió coraje, para hacerle la pregunta que no me había animado a hacerle.

—¿Por qué estoy acá, ARCADIA?

Tardó en darme una respuesta a esa pregunta.

—Porque Catalina Konovaluk es ARCADIA. Como ARCADIA, es Catalina Konovaluk.

—No entiendo… —contesté—. Catalina Konovaluk no puede ser ARCADIA. Porque ARCADIA es ella misma desde hace mucho tiempo. Yo, en cambio, soy Catalina Konovaluk desde hace muchísimo menos y me morí. Vos sos una nave espacial y yo era un ser humano. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿dónde están tus servidores?

Empecé a bostezar. El sueño se apoderó de mí. No me llamó la atención, así que me fui a acostar. Ahora que lo pienso, mi repentino cansancio fue conveniente. ARCADIA no quería responder más preguntas.

Esa noche soñé que era una atolla wivillei gigante y nadaba en el espacio. Fue un sueño  reconfortante, no recuerdo haber pensado en absolutamente nada, salvo nadar.

A partir del día siguiente empecé a acompañar a Moloch en sus rutinas con otra actitud y comencé a familiarizarme con los protocolos de mando de la nave. Estos sistemas funcionan en dos niveles. Tiene esta estructura externa de manejo automático que permite vigilar su funcionamiento por medio de las consolas y además cuenta con el famoso ATE. El cual registra, como si fuera una bitácora los hechos del continuo espacio tiempo. ARCADIA es un arca pandimensional de estos eventos. No tengo la menor idea de cuál es el criterio de selección, pero los registra. Operar los comandos de forma manual implica ingresar en ATE y modificar las cosas por una misma.

Si bien las cosas habían cambiado un poco, tenía la sensación de que ni ella ni Moloch, estaban siendo totalmente sinceros conmigo.

La entrada al ATE se encuentra veinticinco pisos por debajo de donde me encuentro. Parece difícil de creer, pero ARCADIA parece infinita. Hasta donde conozco, puede ser una ciudad interminable. Al piso menos veinticinco se llega por el ascensor flotante, el cual aprendí a usar por medio de un anotador, lapicera y preguntas a Moloch.

El lugar está divido por dos puertas de medio punto, una enfrentada a la otra, las cuales llevan a dos grandes salas. En cada una hay un glorieta circular, en cuyo centro se encuentra un artefacto mecánico que asemeja a una caja de bitácora con un astrolabio en su base y una pantalla transparente de color celeste. Ahí se colocan las coordenadas, por medio de unos discos pequeños, semejantes a alhajas, cuya superficie mayor es de un cristal colorado muy duro y sus bordes recubiertos con oro. Son discos de información.

Estas placas están archivadas cinco pisos más arriba. La nave está llena de ranuras para poner estos chiches. Tienen el diámetro de un dedo índice y se guardan agrupadas en latas cilíndricas de bronce, en las que entran doce discos. Estas cajas de bitácora tienen una pantalla diminuta donde pueden buscarse los datos indexados. La sala de la latas, así la llamo, es un laberinto infinito señalizado según un criterio espacio temporal. Tiene una mezcla perfecta entre “gran biblioteca” y submarino.

—ARCADIA, ¿este es tu servidor? —pregunté.

Parecía un servidor “analógico”.

—No, aquí se guardan las rutas de acceso del ATE, Catalina.

—¿Dónde está tu servidor? —insistí—. Tenés un servidor central, ¿no?

Tardó en contestar.

—Mi servidor central no es accesible —respondió.

—¿Por qué no es accesible ARCADIA? —estaba a punto de perder el control. Tenía que mantener la compostura—. Me parece que no estás siendo del todo sincera…

—Mi servidor central se encuentra rodeado por el Inconsciente Colectivo —explicó—. Mi red de seguridad.

Analicé unos minutos lo que me estaba diciendo.

—¿Me estás diciendo que tenés una especie de red P2P rodeando tu servidor central como sistema de seguridad?

Se tomó su tiempo.

—No es del todo exacto, pero la analogía es válida.

No pude sacarle nada más. La “sala de las latas” guarda las rutas de acceso del ATE y el servidor central es inaccesible porque está rodeado por una red misteriosa llamada Inconsciente Colectivo. No voy a decir que me sorprendió porque estaría mintiendo.

¿Por qué me interesé tanto por el ATE y la sala de las latas? Porque decidí que iría a la Tierra, el día que Moloch estuviera en el Pandemonium. Estuve el resto del tiempo, hasta el día de la Goetia, rastreando la llave de coordenadas que me permitiera viajar a mí planeta, a mi ciudad, en mi año, exactamente al día siguiente de mi desaparición.

Se me había cruzado por la cabeza rescatar a Blake Goodhunting. Lo medité mucho y decidí no hacerlo. Es verdad que me ayudó, ¿pero cuantas personas murieron hasta que se dio cuenta que tenía una opción? Además, su opción había sido sacrificarme. Esa había sido “su ayuda”. No me sentía responsable por su destino. Por otro lado, pensaba en la preocupación y angustia de mi familia y en la tristeza de mis gatos. Con Luciano solo había estado de novia tres meses así que no era mí prioridad. Habían sido los tres meses más… reconfortantes en muchísimo tiempo, hasta la semana anterior a mi desaparición.

Cuando la reunión de la Goetia llegó, yo estaba lista para empezar mi aventura. Hasta me había puesto un sombrero para taparme las orejas puntiagudas. Encontraría a mí familia. Había tomado precauciones prohibiéndole a ARCADIA comentarle el asunto a Moloch. Al menos, hasta que yo estuviera afuera, en caso de que algo pasara, por supuesto. Beneficios de usuaria.

Ingresé en una de las glorietas y cerré la puerta de vidrio. A mi alrededor había once puertas en arco, contando la que había usado para entrar. Todas se encontraban a la misma distancia una de otra, salvo dos, que estaban separadas por un hueco en el que podía caber otra puerta. Miré hacia arriba y afiné la vista. Era una cúpula de vidrio, del otro lado no se veía nada. Solo oscuridad.

Saqué el disco de la caja cilíndrica y coloqué la tarjeta de coordenadas en el astrolabio. A mis oídos llegó un rápido tacatacatacataca… se abrió una abertura delante de la pantalla y apareció un pequeño timón. La máquina se iluminó y empezó a buscar. Coloqué la fecha y la hora, en medida paktor, copiando los datos suministrados por la caja cilíndrica, a través de un conjunto de teclas duras que hacían clack-clack al presionar. Luego chequeé en UTC para no equivocarme. Le pedí que buscara a mí mamá, a mí papá y a mis hermanos. En el astrolabio aparecieron marcados con una lucecita blanca, todas mis mamás, papás y hermanos en el continuo de esa línea de tiempo, en un mapa de la ciudad de Buenos Aires. Excitada, moví la palanca al azar y las puertas de cristal y la cúpula se iluminaron. Estaba dentro de la glorieta, pero ésta se encontraba en el barrio Palermo Hollywood. Pude reconocer las callejuelas pintorescas, los bares y restaurantes en viejos caserones restaurados, escondidos atrás de árboles frondosos.

—ARCADIA, ¿qué está pasando? ¿No es peligroso esto? ¿No estamos muy expuestas?

—La glorieta no es perceptible Catalina —respondió.

Seguí con el timón, más tranquila, ayudada por el mapa de la pantalla. Entonces, en vez de ubicar a mi mamá, o a mí papá, o a cualquiera de mis hermanos, encontré a Luciano. No era muy buena calculando en paktors. Decidí cerrar todo y empezar de nuevo, pero no lo hice. Algo me perturbó. Él estaba comiendo en un restaurant bohemio con una compañía femenina que yo no conocía. Luciano vestía ropa informal: bermudas blancas, sandalias y una remera celeste. Bebía vino tinto y se reía de todo lo que ella decía. Sorprendida, volví a revisar las coordenadas espacio temporales y la fecha.

Nunca lo había visto vestido de esa manera y conocía esa forma de reír. Presa de furia, indignada e impotente, pedí a ARCADIA que buscara un lugar seguro para que pudiera salir sin ser vista. ARCADIA marcó las coordenadas en el mapa. Era el interior de un baño antiguo acondicionado para uso comercial.

Respiré hondo y apoyé mi mano en una palanca que se encontraba a la izquierda del timón. La bajé con suavidad. Algo se cayó dentro de la caja de bitácora, un sonido metálico golpeó una de sus paredes internas. Miré hacia abajo y tanteé con cuidado. Encontré una compuerta, la hice a un lado y con algo de temor metí la mano. Saqué un dije del tamaño de una mano pequeña. Era otro astrolabio, similar al que estaba en la caja de bitácora. Pude distinguir la placa grabada con las coordenadas. Encima del tímpano, la “araña” con el mapa astral y algunas referencias en paktor. La regla alineaba el círculo eclíptico con el círculo horario y la aliada enfilaba por medio de las pínulas, las graduaciones del dorso. La única diferencia que tenía con el de la computadora, era un botón rojo rubí en el eje central. El astrolabio de la caja de bitácora no tenía botón.

—ARCADIA, ¿qué hago con esto?

—El astrolabio personal contiene las coordenadas para poder regresar. En cuanto salgas, el ATE se va a cerrar. Cuando quieras volver, debés apoyarlo en la pared y presionar el botón que se encuentra en el eje central.

—Entendido —respondí.

Me guardé el astrolabio personal y salí.

Me encontraba en Palermo Hollywood. Mejor dicho, Astarté se encontraba en Palermo Hollywood, algo en lo que no pensé en ese momento presa de la furia. Salí del baño y fui directo a la mesa, que no me costó mucho ubicar.

—¡Pero qué bonito! —lo increpé, parándome delante de ellos y mirándolo indignada—. Ahora entiendo porque te importó un choto venir a mi casa la semana pasada.

Luciano, me miró interrogante, luego intercambió de manera silenciosa, algunas impresiones visuales con su acompañante y se puso de pie.

—Disculpame —me dijo en un tono impaciente—. Me parece que me estás confundiendo con otra persona, porque yo a vos no te conozco.

Ahí reaccioné en que no me veía como yo pero eso no me amedrentó, o no me importó.

—Por supuesto que no me conocés pero yo te conozco bien. Soy amiga de Catalina Konovaluk. Tu novia. —Esto sonó tan bien en ese momento.

La pobre muchacha estaba colorada y miraba a Luciano con la boca abierta.

—Luciano, ¿tenés novia? —preguntó la pobre chica.

—Vos no te metas —le ordené.

—Escuchame, vos no le hables así —me dijo Luciano furioso—. Bueno, evidentemente, hace mucho que no ves a Catalina. Porque si así fuera, sabrías que nunca fue mi novia y que solo salimos por un mes.

—¿Có- cómo? —Di un paso hacia atrás.

Luciano quería matarme, lo veía en su mirada. Yo también quería matarme, nunca había hecho tanto el ridículo. Para peor, empecé a escuchar una voz en mi cabeza: «Señorita Catalina, este es Moloch, ¿me copia?»

—¿Me copia? —repetí—. ¡ROGER THAT! —grité.

Luciano estaba sorprendido. Luego miró a su acompañante.

—Mariana, mil disculpas, no sé quién es esta mina y claramente está loca. —Luego me volvió a mirar—. ¡Vos estás loca! ¿Me oís?

«Señorita Catalina, por favor, vuelva por donde vino, ya mismo. ¿Está familiarizada con el uso del portal o necesita asistencia?»

—Estoy familiarizada y no necesito asistencia —contesté—. Roger.

—¿QUÉ? —me dijo Luciano.

—Nada… perdón. A los dos. Creo que me confundí, me encantaría que apareciera un dalek en este momento y justificara mi presencia en este lugar… Pero no va a pasar. Mil perdones.

Salí a paso rápido completamente avergonzada, pensando en que mierda iba a hacer yo contra un dalek  y que había rematado una escena ridícula con una referencia a Doctor Who? Un mozo me miró alarmado mientras me dirigía al baño.

—Disculpe, estoy embarazada. Necesito… —No tuve que decir nada más para que me dejara pasar.

Un minuto después, estaba en ARCADIA, con un Moloch muy enojado esperándome. No es algo que deduje por sus facciones, sino porque estaba cruzado de brazos. Moloch cerró el astrolabio y sacó la llave de coordenadas. Ahí me di cuenta, que la puerta se había formado en el hueco disparejo. Le entregué mi medallón, sintiéndome más boluda que antes.

Sentada en la cocina, frente al ventanal tomando una chocolatada, miraba de reojo a Moloch que iba de un lado al otro de la habitación. Mi sombrero, arriba de la mesa.  No era enojo lo que tenía, era un dilema. Quería retarme, pero no estaba autorizado para hacerlo y había entrado en un círculo cerrado conductual. Es decir, estaba en loop.

—Llegaste rápido de la reunión.

—No llegué rápido de la reunión, Catalina Konovaluk. Usted no entiende el funcionamiento del continuo.

—¿En serio? —lo desafié. Él no dijo nada. Intenté relajarme—. ¿Cómo estuvo la Goetia?

—La reunión estuvo perfecta. Esta unidad logró fingir que nada de lo que pasó, pasó y que más allá del accidente, las cosas funcionan con normalidad. Se me cuestionó de por qué madame Astarté no respondió a los llamados del señor Adam e informé que la señora, se encontraba incapacitada. La sensación de la reunión fue Asmodeo que se presentó bifurcado, así que no me prestaron mucha atención.

—No sé de qué me estás hablando. ¿Adam Rasputín quiso comunicarse con Astarté? ¿No es algo que me deberías haber informado?

—No lo consideré relevante dadas las circunstancias.

Me puse de pie con energía y tiré mi taza en un desintegrador. Apreté el botón de prendido y la taza desapareció.

—Es hora de que empieces a explicarme qué está pasando, qué hago acá, por qué no pude volver a mi casa y por qué fui a parar a otra realidad.

Moloch se volvió hacia mí.

—Preferiría que empezaras por la parte en la cual fui a parar a otra realidad, si no te importa. ¡Y no me digas que es porque soy horrible calculando en paktors! —Suspiré—. Dejame de tratar de usted, por favor. Me pone muy nerviosa.

Me crucé de brazos y empecé a dar golpecitos con mi pie en señal de impaciencia, para que se diera cuenta de que no iba a ceder.

—No pudiste volver a tu casa porque este es universo 1. Tu… hogar se encuentra en universo 32.

Lo miré seria, con expresión sarcástica, como si lo que me estuviera diciendo no me significara realmente nada y con un gesto impaciente de mi mano lo apuré a que continuara.

—Esto es ARCADIA 1. Vos… venís de ARCADIA 32. —Sentí un leve temblor en su voz cuando pronunció “vos”.

—¿Y Adam?

—Adam… es el q´yauri de universo 32.

—¿Solo hay un q´yauri por universo? —pregunté, intentando entender.

—Eso es correcto.

—¿Por qué? —insistí.

—No sé cómo responder a esa pregunta.

—¿Cuántas arcadias hay?

—Setenta y dos.

—O sea que este no es mi universo… —Me tomé un momento, para dejarme abrumar por la información. O sea, este no es mi universo. Salté de universo—. ¿Por qué salté de universo? —le pregunté.

—No lo sé. Otras veces el yetzirah ha fracasado. Pero nunca había pasado esto.

—El yetzirah no tenía que hacer esto que pasó… entonces.

—No. Es como si hubiera funcionado al revés y de manera permanente.

—¿En qué sentido?

—El protocolo yetzirah es un ritual de apareamiento. Solía utilizarse para que los q´yauri pudieran reproducirse con criaturas inferiores. En él último tiempo, los q´yauri lo han estado utilizando para cruzar de su propio universo a otros universos, sin invadir el mismo espacio que otro q´yauri.

—¿Los q´yauri no quieren compartir el mismo espacio? —pregunté sorprendida.

—No pueden.

—¿Y por medio de este ritual…?

—Transmiten una minúscula parte de su conciencia a un ser…  del universo al que quieren transportarse.

—O sea, hacen esto todo el tiempo.

—No. Hace millones de años, el yetzirah utilizado de esta manera fue prohibido, ya que las estadísticas mostraron que las presencias de otros q´yauri en otros universos contaminan las líneas temporales y además… el yetzirah así, a largo plazo… enferma a los q´yauri.

—¿No hubiera sido más fácil que Astarté lo realizara acá el yetzirah y luego cruzar?

—Te acabo de explicar que para cruzar tienen que transmitir una minúscula parte de su conciencia a un ser del universo al que quieren transportarse —repitió con algo de impaciencia.

—Rasputín… dijo que Astarté era su esposa…

—Sí, pero los q´yauri no están destinados a casarse entre ellos. Es una cuestión de supervivencia. —Hizo silencio unos momentos—. Astarté y Adam se habían enemistado.

—O sea que fue una “invitación romántica”… porque estaban peleados —insinué. No sabía si reír o llorar.

—El yetzirah es la posibilidad para un q´yauri de crear algo nuevo. Ellos no estaban usando el yetzirah para eso.

—¿Poseyendo gente se crea algo nuevo? —pregunté.

—Cómo te acabo de explicar, —me dijo molesto— el yetzirah es la manera en la que un q´yauri, le demuestra su amor a una especie de calidad inferior. No es un rito diseñado para convertirse en otro ser, sino para crear uno nuevo.

—¿Y por qué salió mal conmigo?

—Por dos razones, primero, porque no se utilizó para crear algo nuevo sino para que Astarté saltara su conciencia a otro universo, y segundo, Blake Goodhunting. El mejor alquimista de universo 1.

—Pará… ¿Blake… el Blake que me hizo esto es de este universo?

—Afirmativo.

—¿Ahora dónde está? Me refiero… al Blake que me hizo esto… —le dije mientras mostraba mis brazos.

Se quedó meditando la respuesta.

—El Blake Goodhunting que hizo el rito, ha regresado a universo 1 y ha sido trasladado al subsuelo de Nueva Arcadia.

—¿Dónde queda Nueva Arcadia? ¿Qué es?

—Nueva Arcadia es el reino al cual los arcadianos ascienden, cuando pasan al plano inmaterial.

—Oh… entonces… falleció.

—Pasó por la experiencia a la cual se suele llamar vulgarmente fallecer.

Su alma llegó aproximadamente en el tiempo que hice mi pequeña excursión. Esto lo descubrí sola, Moloch no me lo informó. ARCADIA no puede vigilar que pasa en otros universos. Esto está por afuera de sus posibilidades. ¿Podría haberlo rescatado de alguna manera? No me siento culpable por no haberlo intentado y que haya ido a parar a la nada.

Todo lo que está pasando está muy por afuera de mi liga. Quisiera saber que es hacer lo correcto en estas circunstancias y se me hace muy difícil discernir. Soy un ser humano, no un q´yauri.

La verdad es que tengo sentimientos encontrados. Como dije al comienzo, el tópico sobre el cual quería hablar era la crisis de identidad. Luego de escucharme hablar… no estoy tan segura ya. ¿Por qué dejé morir a una persona que me ayudó? ¿Por qué no me produce absolutamente nada haberlo hecho? ¿Quién mierda soy? Cómo dije, no lo sé.

ARCADIA, bitácora finalizada.

Continúa en Jesed.

Próximo episodio: Daat 1…


ARCADIA. Episodio 5. Daát 1

5 comentarios en “ARCADIA-EPISODIO 4: BINÁ

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