ARCADIA – EPISODIO 3 JOJMÁ (Parte I)

ARCADIA. Catalina Konovaluk. Bitácora personal. Día 2°.

Estamos atascados en un punto sin retorno, tic, tac, tic, tac, tic, tac. Esa fue la última canción que recuerdo haber escuchado. Aunque la letra original decía algo así como el reloj está haciendo tic-tac  hasta un punto sin retorno y se mantendrá haciendo tic-tac hasta el día en el cual te estrelles y ardas. Pero no dejo de pensar que me quedé atascada en un punto sin retorno. En Arcadia no hay polvo, por ningún lado. Le pregunté a Moloch quien se ocupaba de limpiar. Me pidió que elaborara más la pregunta porque no entendía lo que le estaba diciendo. Volví a reformularle la pregunta y me contestó con otra pregunta, «¿limpiar qué?».

Cuando desperté, me encontraba en la tina. Blake limpiaba mi rostro con una esponja tibia. Me largué a llorar y creo que el acarició mi mejilla. Me abrazó y lloré en su hombro. No sé cuánto duró ese momento. Pero fue reconfortante. Me encontraba muy angustiada y me estaba auto juzgando. Lo que había hecho había sido muy estúpido. Debería haber sido más cauta.

—Sos un botón… ¿le tenías que decir lo que pasó? ¿Era necesario? —lo acusé.

No me dijo nada. Curó cada una de mis heridas con mucho cuidado y paciencia. La ropa que me había dado ahora dejaba mi dignidad un poco más cubierta. Una blusa blanca holgada que se cerraba por atrás y un par de bombachones largos. Se disculpó por no poder proveerme ropa más decente. Me sentía una inútil y mi psique estaba destruida. Si él pensaba ayudarme, después del estado calamitoso en el que había quedado, probablemente se encontrara decepcionado de mí. Me torturaba con esos pensamientos.

—Logré convencerlo de que no te someta a esto de hoy en adelante. Lo único que voy a pedirte, es que si te visita, no lo provoques. Él va a intentarlo.

—¿Provocarme? —susurré.

—Sí. Para bien o para mal, todo lo que sucedió mostró mi punto.

Respiré hondo y exhalé con un suspiro.

—¿Pensás seguir ayudándome? —pregunté.

Blake clavó sus ojos verdes en mí, mientras me ponía una gasa en la cabeza. Había algo, detrás de sus ojos.

—Sí.

Tomé coraje y le pregunté lo que quería saber.

—¿Por qué querés ayudarme? Ya sé lo que me dijiste… la moralina y esas cosas. Pero no puedo dejar de pensar o sentir, que hay algo más. —Fui lo más diplomática posible. No quería herir los sentimientos del único aliado que tenía.

Blake suspiró. Me ayudó a bajar de la camilla y me llevó de la mano hacia el taller. Había un nuevo diseño colgado.

—Eso es lo que Rasputín cree que te voy a dibujar.

—¿Y lo que vas a dibujarme?

Blake se señaló la cabeza.

—¿Y él no puede darse cuenta de que lo estás engañando?

—Estas artes pertenecen a otro mundo. No me las enseñó el maestro Rasputín. Son de otra escuela. El maestro Rasputín maneja otro tipo de disciplinas. Conoce algo de esto, pero nunca fue muy bueno. Y aparentemente luego del incidente con los Romanov… dejó de realizar estos rituales él mismo —se explicó—. En otro lugar, alguien está realizando un ritual parecido en Rasputina. Para que cuando sea el tiempo de la alineación, Rasputín pueda unirlas.

—Arcadia Rasputina.

Blake me miró sorprendido.

—Sí… —susurró.

—Estas marcas son un puente —afirmé.

—Sí.

—Pero vos no hacés la invocación. Solo construís… el camino.

Se rió a carcajadas.

—No me subestimes. Como vas a darte cuenta, puedo hacer mucho más que eso.

—No me contestaste lo que te pregunté.

—Lo sé.

Me invitó a sentarme en la mesa de tortura. Me pasó una toalla mientras se daba vuelta oportunamente. Me desvestí, me acosté y me tapé.

—Tengo mil años, Catalina. Participé en la destrucción de civilizaciones enteras, incluido mi propio mundo. Vi gente buena morir y hacerse polvo… maté gente buena —dijo taciturno—. ¿Por qué? Supongo que por ambición.

«Empecé a estudiar a los seis años y me transformé en un maestro a mis veinticinco. En mis veintinueve, empecé a enseñar. Estuve cuatrocientos años enseñando las artes. Mi curiosidad guió mis pasos siempre. Mi deseo de saber que había más allá. En algún momento del camino, me transformé en esto. Tengo mil años y soy esto. ¿Qué harías en mi lugar? —Su voz se ahogó en esa pregunta. Se recompuso al instante—. Voy a comenzar con tus pies, luego tapar mis huellas. Después tengo que seguir con tu cabeza, tus piernas, brazos y finalmente espalda y pecho. Va a ser doloroso. Vas a empezar a sentir algunos cambios dentro tuyo. Rasputín tiene que creer que está funcionando. ¿Me entendés?

—Sí, te sigo. Tengo que fingirme débil. No creo que me cueste mucho.

—Te voy a transformar en un soldado Catalina. Voy a abrir tus centros para que puedas evaluar las posibilidades y que puedas encontrar cuál es tu camino. Cuando lo encuentres, vas a tener que tomar coraje y seguirlo.

Se acercó a mí, desesperado. Puso su mano en mi mejilla.

—Voy a hacer mi mejor trabajo. Espero que lo aprecies. Todos mis años de experiencia van a estar puestos acá. En vos. —Clavó sus ojos en mí otra vez—. Espero que mi sangre te sirva de algo… puedo ser descubierto… pero vale la pena intentarlo. —Sus ojos se humedecieron. Me nació el impulso de limpiar sus lágrimas pero no lo hice, vi un destello pasar por su lagrimal… eran lágrimas eléctricas… lloraba luz.

—Estamos atascados en un punto sin regreso. —Fue lo único que susurré antes de ponernos manos a la obra.

Los amantes iban a ser separados. Rasputín había ingresado ilegalmente en la corte Romanov para vigilar la descendencia del zar Nicolás y la zarina Alexandra, Arcadia Rasputina estaba encarnada en la zarina. El mundo estaba cambiando y la dinastía Romanov estaba a punto de caer. El infante Aléxei Romanov, su único hijo varón, no iba a sobrevivir lo suficiente para expandir la línea por cortesía de la Reina Victoria, la abuela de la Emperatriz: la nueva camada poseía hemofilia; el tsesarevich era hemofílico. Sin embargo, Rasputín no se rindió, no iba a perder su ganado. Había logrado cruzar a una de sus hijas con Aléxei. La había hecho huir justo antes de que el viejo fuera ejecutado y justo antes del exterminio de la familia zarista. La cruza de emergencia que habían hecho, necesitaba generaciones para asentarse. Rasputina no había logrado cruzar de nuevo luego del fusilamiento de la Emperatriz. Y cada intento había resultado un fracaso, ningún recipiente había sido óptimo. Hasta mi llegada. Blake me explicó todo esto. En estos intentos irracionales de traer a Rasputina de su plano inmaterial, había muerto mucha gente, porque esto no se reducía a la familia Romanov: había realizado estos experimentos en todo el mundo. Habían pasado más de quinientos años desde que Rasputín lo intentara por última vez, con un alto porcentaje de éxito. Aparentemente, estas entidades no viven en un tiempo lineal. Por ende saltan una y otra vez en el tiempo, cagándose en la física y armando su propia línea temporal, compuesta por los fragmentos elegidos. ¿La humanidad era inocente de sus propias atrocidades? De ninguna manera. Estas entidades no influyen sobre las decisiones y acciones de los hombres y mujeres de mi mundo. No crearon una estirpe siniestra, solo la propiciaron y ayudaron. Había un beneficio mutuo. Creo que Blake hizo hincapié en esto porque quería que entendiera que la nobleza parasitaria de mi mundo existía más allá de este escenario.

Rasputín no me había elegido por mi trascendencia sino porque era lo que estaba a mano. Me necesitaba y no se podía dar el lujo de elegir. Había mal interpretado las circunstancias.

Vino a buscarme otras noches. Algunas se iba tranquilamente pero otras veces, descargaba su enojo conmigo y volvíamos a repetir la secuencia de la primera noche. Donde yo terminaba durmiendo en el armario. Blake con paciencia me iba a buscar y me llevaba al laboratorio.

No era solamente un maestro invocador, también sabía usar algo que llamaban la palabra. Según entendí, él era un alquimista invocador, había otras maneras de invocar como por ejemplo con los rezos y plegarias. Él sabía hacerlo pero no le gustaba, decía que era peligroso. Era más fácil invocar atando entidades a personas u objetos que simplemente llamarlos, armar protecciones y esperar lo mejor. Decía que era de improvisados y que si podía evitar hacerlo, lo hacía.

Había estudiado hierografía (escritura sagrada) en un lugar en su mundo llamado Orden Peregrina una suerte de escuela de alquimia. No pude evitar reírme cuando me contó. Se ofendió y me dijo que seguramente preferiría jugar con mi comunicador celular. Le dije que prefería jugar con pistolas y misiles en vez de magia. Lo que dio lugar a toda una serie de reprimendas, debido a que se ofendió por comparar su ciencia con “magia”.

Como predijo, de apoco, me fui volviendo más fuerte. Esto tuvo un precio. Los grabados ardían como si me estuviera marcando con hierro caliente, primero sentía que me electrocutaba y luego venía esa quemazón insoportable. Me dijo que aquello era su propia sangre actuando sobre mí. A diferencia de la vez anterior, cada vez que me dibujaba ahora recitaba. Para mi sorpresa, pude mantener la dignidad hasta caer inconsciente sin llorar.

Me explicó que aquellos dibujos me estaban ligando a algo llamado el Árbol de la vida, que estaba grabando diez emanaciones y veintidós caminos que mi espíritu debía recorrer.

 Empecé a hablar menos. Primero, porque el dolor no me lo permitía y luego, porque simplemente no tuve más ganas de hablar. Blake no replicó ni me cuestionó nada. Rasputín en cambio, siguió provocándome sin obtener respuesta y creo que se sintió decepcionado.

Blake estaba haciendo una conjunción de tres fórmulas en mi cuerpo. La única visible para Rasputín era la que había autorizado, las demás, no podía verlas. Entre las tres, mi espíritu se fortalecía. Sin saber absolutamente nada de lo que me estaba haciendo, me parecía increíble que pudiera usar a mi favor, como parte de un tejido, la destrucción de mi espíritu.

El picor de mi piel se empezó a manifestar en otras partes de mi cuerpo. Primero tuve una acidez crónica, de la que no me quejé, luego empezó a quemarme el pecho y, de ahí en más, se extendió al resto de mi cuerpo.

Mis sueños se habían vuelto más realistas y eran lúcidos, podía verme jugando con bolitas de papel. Cuando intentaba abrir las bolitas para leer que decían las hojas, me despertaba. Así que empecé a moverme con más prudencia para poder investigar los símbolos.

No todos los sueños que tuve sin embargo, fueron tan felices como el de las bolitas de papel. Rememoré uno de mis peores recuerdos de la infancia. De hecho, hasta que tuve el primer sueño, no me acordaba ya de ese evento. En ese momento entendí por qué una de las primeras cosas que había alucinado había sido una medusa gigante persiguiéndome. Cuando tenía más o menos cinco años, me picó una Atolla wyvillei, un tipo de medusa muy rara, pequeña y hermosa. No me morí de suerte. Me había quedado una pequeña marca en el cuello, donde la Atolla me había tocado. La habían cazado unos pescadores y se les había escapado en el muelle. La Atolla estaba intentando volver a su casa y se cruzó conmigo justo cuando estaba chapoteando con mi mamá. Habré soñado con ese recuerdo al menos cuatro veces en esos días. Hasta Blake Goodhunting y el viejo de mierda, mi encuentro con la Atolla  había sido la peor experiencia de mi vida. De hecho, ahora que lo pienso, pensar en la Atolla me da escalofríos. Veo más lejano a Rasputín que a la pequeña medusa. Esto lo resalto porque no fue casual.

Lo que iba a suceder era lo siguiente: cuando las estrellas se alinearan (en ese momento ya podía sentirlas, las marcas brillaban en mi piel y cada tanto podía escuchar susurros de una voz femenina), Rasputín por medio de la recitación abriría el puente, Rasputina cruzaría para tomar mi cuerpo y yo debería luchar.

Algo dentro de mi ser, sin embargo, no se sentía del todo conforme con la manera en la cual estaba delineado el plan. Luchar. ¿Luchar para qué? ¿Luchar con qué? Lo que tenía que hacer no era luchar. Yo era lo único disponible que tenían en este momento. Lo que tenía que hacer era claro. Como Blake me había dicho, la respuesta me llegaría. Esos últimos días, viví meditando, haciéndome a la idea de lo que venía, aceptando mi destino.

Esto no se trataba de que Arcadia Rasputina me poseyera o de salvar mi alma, había cosas más importantes en juego. Esto se trataba de que ella, no debía cruzar. Nada más. Yo debía morir. Pero no antes de que se hiciera el ritual. Tenía que lograr lastimarla de alguna manera. Por un momento ella y yo íbamos a estar unidas y ahí debía morir. En su momento más vulnerable. De esa manera, si bien la criatura no iba a recibir una gran lesión, se le iba a hacer imposible volver a cruzar a este lado de nuevo… O al menos, con mi cuerpo. Blake me había dicho que ese momento era el más delicado de todo el ritual. Por eso Rasputín había dedicado tanto al trabajo de mi alma. Rasputina era vulnerable a mí. Lo que tenía que hacer era claro entonces.

Tenía que suicidarme en el medio del ritual.

Lo primero que hice, fue pedirle a Blake que me familiarizara con el ritual. ¿Iba a estar vestida? ¿Iba a estar desnuda? ¿En qué consistía?

Iba a estar vestida de gala, incluso Rasputín me había comprado una peluca. Ya que Rasputina era muy coqueta y no le iba a gustar despertarse pelada. Iba a estar parada, en una rueda estelar. No iba a estar atada, porque Rasputín iba a inmovilizarme por medio de la palabra. En cuanto activara el portal, iba a tener que soltarme. Ya que no podían realizarse ambas cosas a la vez. Él tenía que estar afuera. Sumamente conveniente para mis planes.

—Necesito pedirte un favor —le dije a Blake, luego de bañarme. No pedí su ayuda para esto. Quería estar sola.

—¿Qué necesitás? —preguntó.

—Necesito que mañana, escondida entre mis vestidos, esté tu jeringa con la aguja, vacía.

Blake me agarró por los hombros.

—Catalina…

—Necesito tener un último recurso, por si las cosas no salen como esperamos —mentí, nunca le había hablado de mis planes.

—Vas a poder hacerlo… no creo que sea necesario…. ¡intentaste matarme!

—Si lo voy a hacer, quiero hacerlo bien y si tengo que provocarme una embolia gaseosa, lo voy a hacer. Además, vos arriesgaste mucho en esto también. Vos no vas a salir vivo tampoco. ¿Te creés que no lo sé?

Apoyó su frente en mi frente. Insistí, como si pudiera poner distancia, tratándolo de usted, nuevamente.

—Esto ya lo hablamos, señor Goodhunting. Y esto, es lo que tiene que hacerse. No hay vuelta atrás.

Me soltó.

—¿Sabés al menos como provocarte una embolia gaseosa para que te de un infarto?

—Sí, me tengo que clavar la jeringa un par de veces y dejar que algunas bolitas de aire entren a mí sistema circulatorio —le dije.

El resto de ese día, Blake me mostró exactamente dónde tenía que clavarme la jeringa y como moverla para que no se rompiera. Obviamente, era más difícil de lo que esperaba. Me mostró un punto del dibujo que tenía en mi cuerpo, como marco de referencia y varios puntos más. Logré dominar la técnica con un poco de dificultad. No estaba segura de tener el coraje de hacerlo y para el final de la noche, tenía muchas dudas. Pero no había vuelta atrás. Me acordé entonces de la Atolla.

Blake aquella noche casi discute con Damián. No quería que me devolvieran a mi calabozo. Con una mirada, le hice entender que estaba bien, que no debía preocuparse. Me agarré del brazo de Damián y lo invité a que me acompañara a mi prisión. Damián estaba sorprendido. Creo que quiso disculparse, antes de cerrar la puerta, porque se le caía la cara de vergüenza.

Aquella noche no dormí. Me quedé pensando en mi vida, mis primeros recuerdos de la niñez, el jardín de infantes, la escuela, la secundaria, las universidades… mis padres, mis hermanos y mis amigos. Volví a recordar a mis gatos.

Creemos vivir tan seguros de lo que tenemos. Nuestro mundo es tan pequeño y explicable… incluso creemos que podemos explicar aquello que se encuentra en la más completa oscuridad. Sin embargo, todo eso es una mentira, una ilusión. Existen cosas veladas a nuestros ojos, cosas terribles. Verdades que son preferibles no encontrar o que no te encuentren.

No dormí por la noche, pero en algún momento de la mañana me dormí. Vinieron a buscarme cuando todavía no había bajado el sol. Damián y Blake me llevaron hacia mi última comida. Sonreí cuando vi la mesa servida. Tuve que comer el pollo o lo que eso fuera, con los dedos. No había cubiertos. Blake se quedó a mi lado toda la cena. No hablaba. Solo me observaba. Supuse que alguien debía estar vigilándonos.

Cuando finalicé, Blake me llevó al laboratorio, tenía la tina lista, así que me di mi último baño. Cuando salí envuelta con una toalla, había ropa esperándome. Estábamos solos. Fui presa del pánico cuando vi, mezclada entre la ropa victoriana un corset. Mis ojos se cruzaron con los de Blake.

—No te lo pusiste porque no te entraba. Olvidate de esos vestidos. —Fue lo único que dijo al respecto. Me pasó un vestido con corte griego, liviano y largo. Como siempre, se dio la vuelta, encontrando algún quehacer, dándome la espalda.

Era un vestido de la más fina tela que alguna vez hubiera existido. Era color rojo oscuro, levemente apagado, suave y de talle largo. Dejaba a la vista un tremendo escote también, que se ceñía debajo del busto con un cinto cosido con hermosas piedritas.

—Esto es una vulgaridad —dije suspirando—. ¿Y la peluca?

Blake me miró avergonzado mientras tosía.

—Perdón si no te gusta. Pensé en algo que fuera fácil de llevar y que no te incomodara. Convencí a Rasputín de que lo hiciéramos sin la peluca.

Me alcanzó unas finas sandalias. Mientras me terminaba de calzar, Blake me observaba apoyado en uno de sus armarios, cruzado de brazos y con su boca apoyada en sus nudillos.

—Cuando era joven, tuve una visión de la diosa Astarté. Mi diosa, de quien aprendí todo lo que sé. Ella, fue la que puso en mi camino a Rasputín, me prometió, que encontraría la grandeza siguiendo paso a paso el camino que había delimitado para mí. —Sonrió—.  A mí no me interesaba la grandeza.

—¿Ah, no? Me dijiste que habías elegido este camino por ambición… —le recordé, intentando disimular mí impaciencia. No me sentía con ganas de escuchar más confesiones.

—No. Solo quería volverla a ver, quería que se sintiera orgullosa de mí. Quería ser su favorito. —Esto lo dijo con melancolía.

—Tener un lugarcito… en el más allá —aventuré.

Blake asintió sonriendo suavemente.

—Supongo que sí.

—Lo siento mucho.

—No hay nada que lamentar. Seguir éste camino fue un error. No trajo más que miseria.

Blake se acercó al escritorio, sacó una pequeña jeringa hipodérmica y me la dio. Me señaló el cinto debajo del escote, dónde se hacía un pequeño bolsillo, metí la jeringa allí. No se notaba, mi busto la tapaba.

—Pienso que debería matarme ahora y terminar con esto. No darle el gusto.

—Catalina… tenés posibilidades de ganar este combate.

—¿Sí? ¿Y después que va a pasar? Rasputín va a estar tan enojado, que va a matarnos a todos. A vos y a mí. Prefiero morir con gloria.

Blake me pidió que haga silencio mientras miraba hacia la puerta. Al girarme, no vi a nadie pero confié en él y no dije nada más. Me alegré de que no supiera la verdad. Prefería que creyera que estaba teniendo un momento de inseguridad.

Rasputín vino a buscarme aquella noche. Cuando se abrieron las puertas del laboratorio, todo el camino estaba señalizado por velas, dándole al castillo un aspecto aun más solemne. Por primera vez en mucho tiempo, pude ver hacia afuera por los grandes ventanales sin cristal y pude ver la luna roja, llameante en el cielo. Un eclipse.

Rasputín me escoltó hacia el gran salón, con Blake caminando a nuestras espaldas. Para mi sorpresa, Rasputín no abrió la boca en todo el camino, por el contrario, parecía estar con la cabeza en otro lado. Estaba diferente, caminaba más erguido y podía jurar, que se lo veía algo más joven. De hecho, su cabello tenía una tonalidad rojiza, algo que antes no había notado, o un efecto provocado por la luz de las velas.

En el gran salón me esperaban más velas, un atril de metal con un gran libro sobre él y, en el centro del salón, la rueda estelar o la rueda lunar, ahora no estoy segura de cómo se llamaba. Justo detrás de la rueda, el ventanal más grande del castillo, con la luna saludándome en todo su esplendor.

La rueda era una gran estructura, con escalinatas y barandas. Supuse que yo debía pararme justo en el centro. De todas maneras, Rasputín no me invitó a hacerlo. Simplemente susurró unas palabras, mis dibujos comenzaron a brillar y a quemarme. Contra mi voluntad caminé hacia el altar. Fue una sensación curiosa,  como cuando una sueña, estás ahí, tu cuerpo se mueve, lo sentís, pero vos no participás. Estaba muy nerviosa, pero alerta. Recordé las palabras de Blake. El control de Rasputín sobre mí duraría hasta el momento de la posesión.

Quedé a varios metros del atril. Rasputín ya no se veía como hace un rato, su cambio físico no había sido una alucinación. A quien tenía parado detrás del atril ya no era un anciano, era un hombre muy joven, de cabellos color fuego y ojos grises. Los mismos ojos. Susurraba palabras, el libro solo lo tenía de referencia, ya que no lo miraba. Solo me miraba a mí. Mis manos se apoyaron en las dos columnas bajas de metal, sentía un cosquilleo en todo el cuerpo. No podía mirar hacia mis lados. Los ojos de Rasputín no me permitían moverme.

«Adam»…. Me pareció escuchar a la distancia. Mi reacción fue girarme pero no pude.

«Adam»… un susurro más cerca.

Sin aviso, todo a mí alrededor comenzó a arder, el altar y el atril fueron separados por una rueda de fuego. Intenté zafarme por instinto y pude mover mi cabeza, viendo como el fuego me rodeaba. No podía mover mis manos todavía, pero pude girarme lo suficiente para ver la luna a mis espaldas.

«Adam»…en mi oído izquierdo.

«Adam»… en mi oído derecho.

Alguien apretó mi mano. Automáticamente me la llevé al pecho. Lo mismo hice con mi otra mano que ya estaba suelta. Sentí como alguien me observaba desde arriba, entonces la ví. Justo arriba mío. Exactamente de cabeza a mí, la joven que había visto, me observaba colgada sobre mi cabeza, cómo un espejo. Quise escapar por el miedo y entonces algo sucedió. La vi desvanecerse mientras se ofuscaba mi cabeza. Me sentí desfallecer, asfixiada, mis brazos cayeron laxos a mis lados. Era como si entrara por mi piel, mejor dicho, por los dibujos. Intenté respirar profundo. En un momento de iluminación, me relajé y solo la dejé pasar. Tenía que dejarla pasar. La sentí en mis venas, en mis pulmones, ya no me encontraba en la rueda estelar. Me encontraba flotando en el espacio. Con ella, agarrada a mi corazón, colgada, desgarrándome, trepando. Cada mano de ella, me desarmaba y yo me dejaba. Aguanté el dolor. Me concentré en mi miedo, quería que ella sintiera mi miedo, quería que cobrara coraje y lo hiciera más rápido.

Volví a llevar mis brazos y manos a mi pecho, esperando. Cerré los ojos. Apreté la jeringa en su escondite. Entonces la sentí tomarme, por un momento, fuimos una sola. Ella y yo. Me agarré con fuerza a ella, me agarré de su pelo, me agarré de sus ojos, me agarré de su aliento. Me agarré de sus manos.

Saqué la jeringa mientras sentía como se daba cuenta del engaño, intentó alejarse pero no la solté. «Tus ojos son mis ojos, tus manos mis manos, tu aliento es mi aliento», recuerdo haber pensado. Hoy vamos a ser una y vamos a morir como una, Arcadia. No te resistas. Hice que la jeringa tomara aire, la sentí fría al tacto. Muy fría. Y luego, me la clavé con muchísima suavidad en uno de los puntos de luz de mi brazo izquierdo. Metí el aire en nuestro sistema circulatorio. Puedo jurar que vi las bolitas de aire rodar por mis venas, el aliento divino. Sentí sacudirse a Rasputina y la abracé.

«Shhh»…

Me giré para ver la luna, gigante. En el cielo, en el espacio. En mi sangre, bolitas de aire, bolitas de luna. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí el dolor y vi como la luna se transformaba en la Atolla. Ella venía hacia mí. Con todas mis fuerzas, intenté no desvanecerme, mientras Arcadia sufría. Sus ojos se habían vuelto rojos, sus venas se hinchaban. Sentía el palpitar de su corazón, de mi corazón. Gritaba y yo la abrazaba. Allí venía la Atolla wyvillei gigante, a envolvernos en sus nematocistos, vi a Arcadia retorcerse y sonreí. Estaba muriendo. Ambas estábamos muriendo.

«Lo siento, Adam»…

Rasputina dejó de retorcerse. La solté y lo último que vi antes de ser abrazada por la Atolla fue el cuerpo inerte de ella flotando en el espacio. Con esa imagen me desvanecí, feliz, esperando mi muerte, satisfecha.

Entonces desperté y me encontré acá.

Arcadia, bitácora terminada, dejá de grabar, por favor.


ARCADIA – EPISODIO 3 JOJMÁ (Parte II)

5 comentarios en “ARCADIA – EPISODIO 3 JOJMÁ (Parte I)

¿Por qué no hacer un ida y vuelta? ¡No te vayas sin saludar!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s