ARCADIA – EPISODIO 2 KETER 2

ARCADIA. Bitácora personal. Día 1°. Suplemental.

Decir “día uno” es solo eso, un decir. Estoy habitando Arcadia desde hace bastante tiempo ya.  Moloch me dio un ultimátum hoy, dijo que no voy a volver a ningún lado. Que así son las cosas. Por más que quiera volver el tiempo atrás, por más que quiera volver a despertarme en mi cama, jugar con mis gatos e ir a trabajar, tener un día normal, no importa cuanto lo intente, no voy a lograrlo, no va a pasar. Estoy demasiado lejos de casa. Y “demasiado” no es un eufemismo. No puedo revertir lo que me sucedió. Cuando esté dispuesta a asumir mis responsabilidades él va a estar ahí para ayudarme pero que mientras tanto, no lo moleste… con mis lamentos de humana. Luego agregó, no sé si para burlarse o consolarme, que mi vida había sido insignificante y que sinceramente no entendía que era lo que extrañaba tanto. Después de todo, ahora tenía posibilidades con las que antes, debido a mi total insignificancia, no podía siquiera soñar.

 La nueva morada en la cual me había hospedado el viejo, tenía el encanto justo entre una prisión y una cripta. Ideal para filmar un video de Lacrimosa o Blutengel. Pero no para llamarlo “aposento”. En vez de una cama, ahora tenía un catre mugroso, con una colcha igual de mugrosa y, muy en lo alto, una pequeña ventana enrejada. Además no estaba sola. Había ratas. Las escuchaba en las paredes. No había velas, ni faroles, ni nada con que iluminarme a la noche. Tenía también una bacinica de arcilla para hacer mis necesidades, muy pequeña. Si bien estaba todo bastante sucio, no había pulgas ni mosquitos.

Corrijo mi afirmación anterior, ni Blutengel ni Lacrimosa hubieran filmado nada ahí dentro. Hubieran muerto de peste negra antes. Algo para lo cual yo no estaba vacunada tampoco.

Unos días después de haber llegado a mi nueva morada, de que Damián curara mis heridas y de que me alimentaran con lo indispensable para mantenerme viva, conocí al autor de mis marcas: Blake Goodhunting. La horrible comida que me daban tenía alguna clase de tranquilizante. Una noche entraron a mi habitación, Damián y otro sujeto, me sacaron de la cama, yo estaba muy débil y no pude defenderme. Apenas podía mover mi cuerpo, estaba consciente a medias. Me llevaron a una estancia más amplia. Esta se encontraba bien iluminada, por enormes arañas llenas de velas y por candelabros. Me recostaron en una mesa de torturas. Me sujetaron las manos y las piernas con unas cintas de cuero que pasaban a través de unas argollas de hierro que había en la mesa. Algo bastante innecesario, ya que apenas podía moverme. Parado frente a mí vi a un hombre en sus 50 años, cabellos rubios canosos, tupidos, largos bigotes, ojos verdes, con lo que parecía una especie de inyección hipodérmica antigua con aguja de metal. Quise moverme pero no pude. El hombre sacó la vista de la jeringa y me miró a los ojos.

—Lamento no tener tecnología más avanzada. Si no te hubieras escapado, las cosas hubieran sido diferentes. Por empezar, tendría mi equipo completo y no el que tuve que improvisar. Tuve que recurrir a mi equipo de estudiante.

Esto me lo dijo sin enojo. Al contrario, sentí lástima en su voz. Continuó:

—Ahora quédate quieta, esto va a hacer la situación menos dolorosa. Solo te va a doler el pinchazo, luego todo va a estar bien.

Tenía razón. Mis ojos se concentraron en las llamas sobre mí mientras perdía el foco y me concentraba en los sonidos a mí alrededor. Me pareció escuchar muy a lo lejos ritmos de sintetizadores, aquellos similares a los que acompañaban las melodías que escuchaba en mi adolescencia. Recordé pasear con amigos por locales de tatuajes, mirar ilustraciones, juzgar las artes de cada uno. Mis amigos sentados en las camillas de los tatuadores. Observar como las pieles de mis amigos se dibujaban con tribales, logos, letras. Luego me vi a mi misma sentada en una de aquellas camillas y gritar. Gritar mientras Mark Twain me amenazaba con una jeringa. Las llamas de las velas volvieron a mí mientras sentía mi cuerpo arder. No estaba caminando por la Bond Street, no estaba en un negocio de tatuajes. Estaba siendo perseguida por los nematocistos de una medusa gigante. No. Estaba en aquella mesa de tortura. El rubio estaba dibujando en mi cuerpo con una herramienta que nunca había visto, era una aguja de metal, gruesa, encastrada en un mango brillante. Tenía a su lado una mesita llena de pocillos con diferentes pigmentos. Tenía una lupa colgada de un armazón en la cabeza con una lámpara que me enceguecía. Estaba picándome en el brazo con la aguja y juro que sentía electricidad correrme por el cuerpo mientras lo hacía. Luego me limpiaba la sangre con un trapo.

—Estás despierta. ¿Te duele? ¿Sentís algo?

Quise negar con la cabeza. Pero me fue imposible. La luz del foco que tenía agarrado se apagó. El hijo de re mil putas se levantó la lupa del ojo y con otro trapo menos sucio me limpió un poco el rostro. Volví a intentar hablar, quería decirle que yo no quería estar ahí, que por favor dejara de hacerme esos dibujos. Que no me lastimara. Pero ningún sonido salió de mi boca.

—No te esfuerces en hablar Catalina —me dijo con dulzura, cerca de mi oído—. Solo vas a lograr debilitarte más.

Quise decirle que no me importaba, solo quería morirme y que aquello terminara. Sentí sus dedos en mi cabello y me empecé a poner nerviosa. Sus dedos eran anormalmente cálidos.

—Más allá del ultraje al que te estoy sometiendo, no tengo pensado dañarte de otra manera. Me están pagando por el tatuaje.

Sacó el cabello de mí rostro y luego volvió a su trabajo. Yo lo observaba como podía, ya que la luz que tenía colgada para iluminar su tarea era fuertísima, aunque variaba de intensidad de acuerdo a sus necesidades. Estaba paralizada. Lo que me había inyectado me había puesto de esa manera.

Ya no estaba amarrada.

—Lindo lío hiciste en la mansión del señor Rasputín. —Escuché su risa—. No se salvó nada. —Hizo silencio unos minutos y continuó—. Es la primera vez en todos mis años de servicio que presencio una cosa así… Aunque tengo entendido que cuando Rasputín se metió con la casa Romanov sucedió algo similar.

Escuchaba lo que me decía sin entender de qué me estaba hablando. Mezclaba nombres conocidos e históricos con la situación presente y mi sentido de orientación, si bien estaba bombardeado no estaba completamente perdido.

Curiosamente, el nombre del viejo era Rasputín. Como el brujo ocultista analfabeto que antes de la revolución bolchevique había sido consejero de la familia Romanov en la Rusia Zarista.

—Lo que me llama la atención es por qué pidió este tipo de dibujo. No es lo que tradicionalmente pide. Tampoco sos una persona común, lo que hiciste lo atestigua.

El mango donde estaba encastrada la aguja dejó de brillar, apagado era negro. Volvió a sacarse la lupa del ojo, dejó la aguja a un lado y se cambió de lugar con mesita y todo. Antes de colocarse la lupa, señaló con el dedo hacia un lugar de la habitación que no había visto. Había una pizarra con un plano dibujado encima de una figura humana. Dibujos espiralados superpuestos, números, esferas y fórmulas. O eso me pareció.

La realidad es que pensándolo bien, estaba demasiado lejos como para poder haber visto todo eso.

—Siendo una persona tan fuera de lo común, lo normal es que te tome como pupila. No que quiera usarte de recipiente. Pero bueno, no soy el maestro Rasputín. Solo soy un simple hierofante.

Clavó sus ojos en mí.

—Ni siquiera tenés idea de que te estoy hablando. —Volvió a colocarse la lupa, la luz se prendió, el mango de la aguja comenzó a brillar y continuó trabajando—. Te pido disculpas. Nunca fui muy bueno en el área de voto de silencio. Siempre fui muy hablador e innovador. Por cierto. Me llamo Blake. Blake Goodhunting. Si en algún momento lográs soltarte de nuevo, ya sabés quien soy, por si tenés ganas de arreglar cuentas.

Uno podría pensar que esto lo dijo con sorna o con ironía. Pero no fue así. Lo estaba diciendo en serio.

Está fue mi rutina por el lapso aproximado de dos semanas. Me da vergüenza decir esto pero, luego de nuestras sesiones, Blake se ocupaba de prepararme una bañera para que pudiera asearme. Había veces, que no podía hacerlo por mí misma y Blake me ayudaba. En los días que siguieron, esto pasó a ser lo común, ya que apenas tenía fuerzas. Blake se las arregló para no dejarme en un estado de inconsciencia total durante nuestras sesiones, asegurándose de que sufriera la menor cantidad de dolor posible. Era inevitable de todas maneras, ya que una vez ido el anestésico, mi cuerpo me pasaba factura. Me dijo que salvo el analgésico, no me estaba dando nada más, la parálisis que tenía me la estaba provocando él. Los pigmentos tenían altas dosis de hierro y otros metales, lo que le permitía influir en mi propio campo magnético. No creí nada de lo que me decía.

Fui una estúpida.

Por otro lado, empecé a debilitarme a un nivel espiritual. Ciertas cosas que en una situación normal serían minucias, empezaron a afectarme: lo que estoy queriendo decir es que cuando Damián me devolvía a mi celda, su falta total de empatía me empezó a enloquecer. Lo veía todos los días. Todos los putos días, me venía a buscar a mi prisión, me llevaba y me traía de regreso de manera mecánica. Esperaba que me dijera algo o que mínimamente me mirara y no sucedía. Solo aparecía, me sacaba y me llevaba de regreso con las ratas. ¿Tenía que darle entidad a que mi carcelero me ignorara? No. Pero me afectaba. Cuando se iba me largaba a llorar por horas, hasta quedar seca. Me sentía tan poca cosa, por dios. Nunca había necesitado a Dios. Y ahí estaba, el amigo imaginario de las personas en necesidad, reconfortándome en mi cabeza.

Entonces volvía Damián en algún momento, con lo mínimo indispensable para no morirme por inanición o deshidratada, volvía a ignorarme por completo y se iba.  Comía mis mendrugos de pan y tomaba mi licor de huevo. Odio el licor. Ahí me decía a mí misma que no necesitaba a Dios y que todo podía ser producto del psicopateo al que estaba siendo sometida. Mientras una vocecita de mierda me decía que me estaban robando el alma. Miraba los dibujos en mi cuerpo que ahora eran más vistosos y me volvía a largar a llorar. A veces cuando me acostaba, me parecía ver esos gusanitos brillar y yo me decía a mí misma «no».

Me sentía violada y vulnerable. Sentía como mi ser iba disminuyendo día a día: cómo si mi alma y mi cuerpo se estuvieran separando. Todos los días me sentía un poquito más lejos de mí, excepto cuando Blake seguía grabándome el cuerpo.

—Estás haciéndole algo a mi alma —le dije un día tímidamente.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Todos los días me siento menos yo —susurré temblorosa—. Excepto cuando me estás tatuando. Porque estás tatuando mi alma. Antes no tenías que invocarla porque estaba ahí. Ahora, tenés que llamarla, porque cada vez está más lejos. Por eso, en el único lugar donde me siento más o menos yo todavía, es acá.

Mientras hablaba, Blake había hecho a un lado la lupa y me observaba mientras me escuchaba. Estaba sorprendido.

—Es cierto. El procedimiento normal suele ser reescribir el alma para fortalecerla. O reescribirla con el objeto de separarla del cuerpo. Lo cual requiere endurecerla, darle un poco de sustancia, para que no quede nada adherido al recipiente. En este caso particular, el señor Rasputín me pidió que la deshiciera.

Debo reconocer que cuando dijo eso, mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo curioso, sin embargo, es que en esta parte del proceso, ya no deberías poder razonar. Mucho menos llorar por tu alma. Lo que decís es cierto. Cada vez me cuesta más encontrarte y reescribirte. Lo que me llama la atención es que no parece haber resultados. Sos muy testaruda… y me peleas mucho.

Ese día Damián me devolvió al calabozo y no me importó que me ignorara. Haber impresionado a Blake Goodhunting me había devuelto algo… supongo que una se agarra de lo que puede en momentos de necesidad y esa simple reacción me había devuelto las esperanzas. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para escapar de ese lugar. Si había debilitado de alguna manera la determinación de Blake, debía usar el tiempo de duda que había creado para lograr armar un plan que esta vez me permitiera escapar. La vocecita se había callado. De hecho, me convencí a mí misma de que no me estaba reescribiendo el alma. Tenía la intuición de que era algo más lo que estaba pasando. Que el supuesto «maestro Rasputín» tenía algo más entre manos o que era mucho más de lo que decía. Sabía que existía una respuesta racional a todo esto y también sabía que mi falta de comprensión no me llevaría a creer seriamente en cosas como invocaciones, reescrituras del alma y brujos rusos malditos (o simples oportunistas, porque sinceramente tampoco pensaba en la figura histórica de Rasputín como alguna clase de ser con poderes sobrenaturales y, por supuesto, tampoco pensaba que ese viejo diabólico fuera algo más que alguien con más recursos que yo). No dudaba de que Blake se pondría más firme en cumplir con lo que su amo le había pedido. Pero debía aprovechar este momento. Hacía muchísimo que no tenía un momento de claridad y debía atesorarlo. No sabía por cuánto tiempo me sentiría así de optimista.

Durante todo ese día me quedé fantaseando elaborados planes para escapar. No tenía absolutamente nada que usar y me encontraba muy débil. Para ese momento, mi comida ya no estaba siendo alterada. Había pescado a dos ratas intentando robarme. Lo cual podía implicar una de dos cosas: o que mi comida ya no estaba envenenada o que no había otra fuente de sustento en kilómetros y mis nuevas amiguitas estaban desesperadas. Estando en un continuo de optimismo, opté por la primera opción y esto también me alegró.

En mí mundo, un pensamiento muy en boga es salir de la zona de confort,  algo que la mayoría de los habitantes de la Tierra encuentran como un desafío frustrante. Superar las propias expectativas, en un sistema que todo el tiempo te bombardea con castas de elites para unos pocos, subsumidos en una loca carrera por el dinero; es una experiencia psicótica cuando hay mucha demanda de premios y poca oferta de nada. Lo cual genera que las masas de dicho planeta se encuentren todo el tiempo acelerados, invadidos por el estrés y con altos picos de depresión si se encuentran en carrera. De más está decir, que la riqueza, en mi mundo, está concentrada en un cinco por ciento de la población mundial. El resto, se encuentra en la más absoluta pobreza.

Mi mundo, en realidad, estaba en ese cinco por ciento y nada más. Yo nunca, necesité nada más. ¿Por qué pienso en esto ahora? Porque yo siempre fui de las personas que no temen a los desafíos.

Y mis recuerdos con Blake Goodhunting no me gustan.

Me llevaron con Blake más rápido de lo que esperaba. Había tomado una decisión pero aún no estaba lista. Pero no me desmoralicé, si los hechos esperaran a que estuviéramos listos para enfrentarlos… viviríamos en un mundo de fantasía. La realidad no funciona de esa manera.

Volví a esa mesa de torturas, las cintas de cuero volvieron a mis muñecas y tobillos. Blake volvió a inyectarme y yo me sumergí en el oblivion otra vez. Me vi a mi misma arrancando páginas de un libro y hacerlas bolitas de papel que luego tiraba al piso. No logré nunca leer el título escrito con letras doradas.

Volví en mí, estaba desatada y Blake me miraba preocupado.

—¿Por qué estabas recitando el 1-2 del Sepher Yetzirah?

Por supuesto, no tenía la menor idea de que me estaba hablando. Esa, fue de hecho, la primera vez que tomé contacto con el Sepher Yetzirah, el Libro de la Creación del pueblo de Israel.

—No tengo la menor idea de que me está hablando señor Goodhunting —respondí dolorida.

—Diez Sephiroth de la nada y veintidós letras de Fundamento: Tres Madres, Siete Dobles y Doce elementales. Lo estabas recitando en hebreo.

—Genial. Sus drogas me están haciendo delirar. Le sugiero que llame un exorcista por las dudas… —susurré.

Se alejó de mí para preparar sus tintas dándome la espalda. Lo había visto preocupado pero a mí no me importaba. Era el momento que estaba esperando. Empecé a probar mis propias articulaciones, para saber si además del dolor tenía algún tipo de pesadez. Estaba bastante bien así que con cuidado, deslicé una de las cintas de cuero de la mesa. Me puse de pie agarrando la cinta con ambas manos y me acerqué en puntas de pie a Blake Goodhunting. Pasé la cinta alrededor de su cuello y lo atraje hacia mí. Con todas mis fuerzas, tiré, tiré y tiré. Sin bajar la presión que hacía, entrecrucé las cintas y apoyé mi pie en su espalda para hacer más fuerza. Tenía que aguantar unos minutos. Solo unos minutos y esto estaba terminado, si la cinta no se rompía antes.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó calmado.

Como nunca había acogotado a alguien y tenía toda mi atención puesta en ejercer la fuerza suficiente como para quebrarle el cuello, nunca me di cuenta que no le estaba haciendo nada. Empecé a tirar más fuerte. No iba a distraerme. Subí el otro pie y empecé a hacer palanca con ambas piernas. El peso de mi cuerpo tenía que bastar. ¿No?

—Catalina, soy extraterrestre —me dijo intentando no reírse.

—¡LOS EXTRATERRESTRES TAMBIÉN RESPIRAN! —grité mientras sentía en mis músculos los efectos de la hipertrofia. Mis brazos iban a fallarme en cualquier momento.

—Sí, también respiramos. Pero soy más pesado que vos. La gravedad en mi planeta es monstruosa al lado de la gravedad de la Tierra… y además… estoy hecho de litio…

Estaba a punto de desfallecer. Me dolía todo. Miré a mi alrededor desesperada. Lo solté teniendo cuidado de no caer y manoteé la jeringa. Retrocedí apuntándolo con ella.

—Estoy huyendo señor Goodhunting. No quiero lastimarlo. —¿Por qué le dije eso? Soy una ridícula.

Blake se giró mirándome a los ojos y levantó ambas manos en señal de buena fe.

—Te pido que dejes esa jeringa y que nos sentemos a charlar.

Toda su piel comenzó a brillar en un tono plateado y muy suavemente las puertas de la estancia se cerraron sin hacer ruido, ¿había manipulado las bisagras? Litio, movimiento, electricidad, magnetismo… Me asusté muchísimo y volvió la vocecita. Mis manos temblaban. Blake se acercó hacia mí despacio mientras su piel volvía a la normalidad. Lo amenacé con la jeringa.

—Si quisiera lastimarte, ya lo hubiera hecho. Te pido, te suplico, que sueltes esa jeringa. Si descubren que no te sedé lo suficiente y que no te estoy inmovilizando vamos a tener problemas.

Retrocedí asustada, dudando de absolutamente todo. Quería huir hacia la puerta cerrada. Estaba siendo traicionada por mis emociones, ya que muy a mi pesar creía en Goodhunting y eso me hacía desconfiar de mis instintos. Así como había cerrado la puerta sin tocarla, también podía estar afectando mi mente. Apoyé la aguja en mi arteria carótida.

—Catalina, te pido por favor que me des la oportunidad de ayudarte.

—Usted no puede ayudarme. Usted trabaja para ese viejo de mierda que dice que va a traer a su esposa a mi cuerpo. Usted lo está ayudando a robar mi destino… Prefiero morir señor Goodhunting.

Mi mandíbula tembló en ese momento mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Era la primera vez que aceptaba lo que estaba diciendo mientras miraba los dibujos que tenía en la piel. Blake aprovechó ese momento para venírseme encima, sacarme la jeringa y abrazarme. Me largué a llorar en brazos de mi torturador presa de un lógico síndrome de Estocolmo.

—Rasputín está esperando una alineación estelar para completar el ritual —se explicó Goodhunting mientras yo estaba aún en sus brazos—. No puede realizarlo si las coordenadas no están en la posición correcta. Esta alineación va estar completa en aproximadamente tres semanas.

«Es importante que sepas, que no hay ningún lugar al que puedas escapar. No nos encontramos en tu tiempo. Rasputín te secuestró en el siglo XXI y nos llevó al siglo XIX. Luego de que hicieras explotar la mansión, retrocedimos al siglo XIII, estamos en una fortaleza que fue azotada por una guerra y luego abandonada. No sé exactamente en qué parte nos encontramos, ya que estoy poco familiarizado con la geografía de este planeta».

Asimilar toda la información que me había dado me había cortado el llanto. Me encontraba arrodillada, semi desnuda en los brazos de un hombre que susurraba estas palabras en mi oído. No podía creer lo que estaba escuchando.

—Por lo que tengo entendido, la consorte de Rasputín pertenece a otro mundo —continuó—. Cuando digo mundo, no hablo de “planeta”, me refiero a otra dimensión —remarcó Goodhunting—. No voy a ahondar sobre esto ahora, porque no tenemos tiempo, así que vas a tener que tomar lo que te digo como verdad.

«La dimensión a la que pertenece esta mujer es inmaterial, o mejor dicho, de una materia diferente a la nuestra y no puede cruzar por su cuenta, como hace Rasputín. Pero tenemos una oportunidad, porque por cuestiones ajenas a esto, Rasputín ha decidido permanecer preso en un cuerpo humano y tiene limitaciones».

—No puede ser Rasputín… —susurré al borde del desmayo.

De todas las cosas que podía decir en ese momento, dije la más estúpida. Me molestaba que el viejo se llamara Rasputín. Abría una puerta a toda una sarta de teorías conspiranóicas a las cuales incluso cuando había aceptado los rituales de alta magia, asesinar gente, extraterrestres y suicidarme, me encontraba reticente.

—En mi mundo, personas con tus cualidades no pueden ser tratadas de esta manera. Es un delito —dijo—. Si bien Rasputín es mi maestro, estoy teniendo muchísimos problemas para poder cumplir con mi misión. No creo que esté bien. Viola todo aquello en lo que creo. Por otro lado, la resistencia que estás mostrando, hace que no pueda ignorar que esto está mal.

—Personas con mis cualidades… esto… no se le puede hacer a ninguna persona… —susurré indignada—. ¡Usted es un monstruo…!

A medida que Blake hablaba, me fui debilitando más. Caí inconsciente, no sé por cuánto tiempo.

¿Por qué no dejo de pensar en la comodidad? Quizá debido a que mi aventura me sacó totalmente de mi zona de confort.  Fue un devenir de situaciones críticas, pero no para perseguir mis sueños sino para salir de esta pesadilla. Para sobrevivir. Ahora puedo decir que me encuentro fuera de mi zona de confort pero tengo una calma que hace bastante tiempo no tenía. El hecho de estar grabando esta bitácora, por ejemplo, me da la pauta de que hacía muchísimo tiempo que no estaba tan tranquila. Lo cual, dada mi experiencia, es algo nuevo. Estoy dispuesta a enfrentar el pasado y grabarlo. Me doy cuenta ahora que, quizá, muchísimas de mis acciones fueron inútiles y que salté de una secuencia a la otra debido a mi total desesperación. Pero si no lo hubiera hecho, hoy no estaría acá. Signifique lo que signifique la palabra “hoy” dadas las circunstancias. Pero no quiero adelantarme, ya voy a llegar a esa parte.

Cuando abrí los ojos me encontraba recostada en la camilla. Estaba atada de nuevo y me asusté.

—Disculpá que volví a atarte. Tenía miedo que reaccionaras mal y no tenemos tiempo para hacer control de daños y no quería dominarte… —Mientras decía esto, la aguja que estaba en la mesita saltó hasta su mano. Dándome a entender que no había querido usar su “magnética personalidad” conmigo.

Estaba mezclando sustancias en pequeños pocillos. Medía con jeringas y mezclaba con pinceles.

—No hay manera de que puedas escapar de Rasputín, Catalina. Está ligado a vos por la sangre. Aunque huyas, siempre va a encontrarte.

Se acercó a mí y se puso a estudiar mi rostro.

—Existe una sola posibilidad para que puedas salir triunfante de esto. Puedo plantar la semilla, darte una ventaja. Pero después, el trabajo es tuyo. Vas a tener que luchar con Rasputina. Vas a tener que combatir  por la posesión de tu cuerpo, de tu espíritu y de tu destino.

—Fantástico. O sea que lo único que puedo hacer es aceptar este destino, enfrentarlo y por ahí… en una de esas, me salvo. Realmente fantástico —le dije molesta.

Blake calló unos segundos con la vista baja.

—Básicamente.

—Vos sí que sos un amigo… ¿Y cómo pensás ayudarme? —lo desafié.

Blake lanzó una risita mientras negaba con la cabeza.

—Pienso reescribir tu espíritu, de nuevo. Rasputín lo espera, hablé con él explicándole que, de la forma en la cual delineamos las cosas, el procedimiento va a fallar. Así que le propuse otra manera de hacerlo. Pero lo que en realidad voy a hacer es un poco más complejo. Voy a restaurar tu espíritu con mi propia sangre, encubrir mis pasos y darte la oportunidad de que combatas mano a mano con Rasputina.

—¿Y qué le dijiste a él que ibas a hacer? —le dije, todavía sin creerle nada de lo que me decía.

—Le dije que tenía que hacerte más pequeña. Borrar cosas no esenciales de tu ser. Porque alejarte de vos misma no estaba funcionando. Si tu espíritu es fuerte, por más distancia que intente poner entre tu cuerpo y vos, siempre vas a salir ganando.

No dije nada. Intenté procesar lo que Blake había dicho. Respetó mi silencio y volvió a lo suyo. Luego de mucho pensar, lo único que quedó dando vueltas por mi cabeza fue una simple pregunta.

—¿Me va a doler?

Blake volvió a mí y empezó a desatarme. Estaba meditando la respuesta. Lo cual me dio a entender que la respuesta era afirmativa.

—Generalmente, las cosas que nos hacen mal a largo plazo, nos adormecen y nos dejan una sensación de comodidad pegajosa. Las cosas que nos hacen bien, en cambio, requieren muchísimo esfuerzo conseguirlas. Y muchas veces, dolor —dijo el subnormal.

—El dolor la mayoría de las veces es una respuesta física y/o emocional a cosas que no nos gustan. Es la manera en la cual nuestro cuerpo nos advierte que tenemos que detenernos —le dije impaciente, intentando controlar mi indignación—. Instinto de supervivencia básico. Así que no me la dibujes.

—Sí. Es verdad. Pero esa es la manera en la cual se viven los cambios. Cuando nos encontramos del otro lado recién podemos evaluar si el resultado fue positivo o negativo —se explicó el demonista fáustico devenido en gurú de la nueva era.

—Al grano, señor Goodhunting, la filosofía no me interesa. ¿Me va a doler mucho?

—Sí. Te va a doler mucho —dijo intentando no reírse.

—Genial —concluí con ironía. Ahora me acuerdo que en ese momento también me sentí tranquila, porque creía que ya no tenía nada que perder.

Estaba muy equivocada.

Ese día Damián me llevó a mi calabozo como siempre, comí y me eché a dormir. Me costó conciliar el sueño ya que estaba entre nerviosa y asustada. No sabía que me esperaba en los próximos días, no sabía que implicaba “doler mucho, reescribirte con mí sangre” y no sabía en qué iba a consistir “enfrentarme a Rasputina”. Por ende, solo pude dormirme cuando me ganó el cansancio.

Me desperté a mitad de la noche. Rasputín me miraba desde una silla. Traía consigo una lámpara de aceite, la luz dibujaba sus facciones de una manera intimidante. Me observaba. No sabría decir exactamente que estaba pensando. Parecía tener su ceja izquierda arqueada pero al mirarlo con atención, era una ilusión óptica. En ese momento me di cuenta, de que probablemente cuando fue joven, debía haber sido muy apuesto. Rasputín no era apuesto en las fotos que había visto, de hecho no se parecía en nada al Rasputín histórico. En su mirada había algo más: en principio era cálida pero esto era superficial. Estaba vacío. Por primera vez me daba cuenta de lo obvio. No era humano. Fingía ser un ser humano. Por eso era amable. Sus emociones, si las tenía, no se expresaban igual. Un gato, un perro, un delfín, no expresan sus emociones como los hombres o las mujeres, las expresan a su manera. Este hombre, no expresaba sus emociones a su manera, este hombre personificaba emociones humanas. Actuaba. Por eso, era difícil leerlo.

Me pregunté qué clase de mujer sería Rasputina y por qué me había elegido a mí para personificarla.

—Intentaste matar a Blake Goodhunting —dijo.

—Aún no es tarde, ¿sabe? Puede detener esto. Puede dejarme ir. —Por un momento mi voz estuvo a punto de ser embargada por el temblor, fue solo un segundo.

—Es increíble. Después de todo lo que viviste acá. Después de todo lo que viste, sabiendo lo que estás por vivir… —susurró.

—¿Qué?

—Me seguís tratando como si yo, fuera tu igual.

—En eso se equivoca. Usted no es mi igual. Usted es un monstruo. —Mientras decía esto, en su cara se dibujó una sonrisa.

—Veo.

—No. Usted no ve. Para ver, hay que tener capacidad de discernimiento. Usted no tiene esa capacidad. Para usted, todo es igual. Todo le da igual. Salvo una cosa.

—¿Sí?

—Y eso, no es suficiente, ni va a ser suficiente.

Me levanté de la cama, poseída por un coraje que ahora tampoco puedo explicar de dónde surgió y continué provocándolo.

—Y su esposa, lo va a saber. Cómo yo lo sé. Usted quiere que su esposa, me personifique aunque yo soy inferior. Pero usted, me quiere a mí, me desea a mí. —El remate, vino acompañado de una sonrisa burlona.

En un pestañar, mi cabeza chocó contra la piedra de la pared mientras me ahogaba. Volví a abrir los ojos, el viejo me tenía agarrada del cuello. Me estaba asfixiando y me había lastimado la cabeza. Sacó un pañuelo y me tapó la boca. Luego me maniató de manos y piernas, juntándolos contra mi espalda. Así como estaba, completamente dolorida e incómoda, me arrastró por el túnel, mientras mis rodillas se lastimaban contra la fría piedra del suelo. Me depositó en otra habitación, en la que había una mesa, una silla y una puerta pequeña al fondo cerrada, con una ventila de aire y protegida por un candado.

Tomó de la mesa unas tijeras y empezó a cortarme el pelo, estaba asustada y creo que empecé a llorar. Vi mi pelo en el suelo. Luego sentí como me bañaba la cabeza con agua. Sentí como esparcía alguna clase de sustancia y empezó a afeitarme la cabeza. Me mostró la navaja. La apoyó sobre mi cuero cabelludo. Empecé a gritar. Tener mi boca obstaculizada no impidió que se escuchara. Me soltó de cara al piso mientras él se quedaba detrás de mí. Nos quedamos así unos largos minutos. Esperaba lo peor. Lloraba.

—No podés ser tan testaruda —susurró.

Grité e intenté cambiar de posición. Sentí que me sostenía por los brazos para que no me moviera.

—¿Cómo puedo hacerte entender Catalina?

Se dirigió hacia la puerta pequeña. Vi el candado caer. Me metió en el armario. Apenas entraba. Cerró la puerta y volvió a poner el candado. Clavó sus ojos en mí, por la ventilación de la puerta. No pude sostenerle la mirada.

Lloré toda la noche, moqueando y lagrimeando. Se me tapó la nariz y solo pude respirar con muchísima dificultad por la boca cuando logré escupir el pañuelo. Mi cuerpo me dolía, ya que seguía atada de esa manera humillante.

En algún momento de la noche, mi cara quedó pegada a la ventanita. Cuando desperté, mis ojos se lastimaron por una luz que venía de la habitación. Sentada en el piso, cruzada de piernas, estaba mí futuro yo. Vestida de negro, su pelo negro se veía irreal, como cuando está recién teñido. Lacio, brillante. Tez muy, muy blanca, ojos hundidos, no me miraba, la veía de perfil. Cejas cortas y muy finas. Nariz aguileña y labios carnosos, pálidos. Orejas puntiagudas. Sus brazos eran largos y esbeltos, estaba arrancando páginas de un libro que transformaba en bolitas de papel, las cuales lanzaba dentro de un círculo de tiza pintado en el piso. Tenía un accesorio de joyería brillante y plateado en el rostro. Una cadena que iba de una de sus orejas hacia su nariz y hacia uno de sus labios. Seguidamente, el rostro apareció en frente mío, solo nos separaba la ventila, sus ojos hundidos en las cuencas pintadas con sombra negra y esos ojos celestes vidriosos que me miraban. Que me estudiaban. Intenté pedirle ayuda.  Pero no salió palabra de mi boca. Esbozó una sonrisa.

—Señor, disculpe que le diga esto, pero no puede tratarla así… ahora va a estar muy débil y puede que no sobreviva al proceso.

—Esa animalita es muy fuerte, no la subestimes Blake… por subestimarla, está fuera de control. Yo me voy a ocupar de que se quede en su lugar, vos vas a hacer tu trabajo y vas a ocuparte de que sobreviva. —La voz estaba cargada de resentimiento.

—¿No tiene otra más? Sería más fácil…

—No hay nadie más. Además, Arcadia la quiere a ella. Quiere ser ella. Está encaprichada y no hay nada que pueda hacer al respecto. Es su venganza contra mí… Ya lo conversé la última vez que logré comunicarme con ella.

Esa fue la primera vez que oí el nombre Arcadia, mientras escuchaba ese lejano diálogo y la miraba a ella. Arcadia Rasputina. Mi entendimiento se extendió hacia la cara que volvió a sonreírme. La luz volvió a enceguecerme y en lugar del rostro de Arcadia, me encontré el rostro de Blake mirándome desde la ventanilla. Estaba alarmado.

—Arcadia… —Intenté susurrar.

—Shh… —Escuché caer el candado mientras me desvanecía.

Continúa en Jojmá…

[Modificado 11/01/2017]


ARCADIA – EPISODIO 3 JOJMÁ (Parte I)

3 comentarios en “ARCADIA – EPISODIO 2 KETER 2

  1. Uff Carolina se me fue el aliento con esta parte de la historia, realmente todo se percibe muy real.
    Te felicito por tu gran habilidad, para hacer la narración tan bien hecha de modo que no se pierda la secuencia de lo que ya has leído antes.
    Muy bien,
    Un saludo cordial y un abrazo,
    Luego sigo con el capítulo tres

    Le gusta a 1 persona

¿Por qué no hacer un ida y vuelta? ¡No te vayas sin saludar!

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