ARCADIA – EPISODIO 1 KETER 1

ARCADIA. Bitácora personal. Día 1°.

Cuando el tiempo deja de existir de manera convencional lo mejor que puede hacerse es trazar una línea e intentar ubicar todos los puntos conocidos de forma comprensible. Sirve para ordenar las experiencias con una disposición útil, didáctica y sobre todo para delimitar el espacio. Sin embargo, creo que estas entradas van a servirme como un desahogo, ya que no hay ningún ser humano con quien pueda conversar.

Siempre me definí como una mujer corriente. Quiero decir, cuando era joven tenía esa sensación de que estaba destinada a grandes cosas. Era un hecho que iba a hacer una diferencia aunque el cómo fuera incierto.

Provengo de un planeta al que los seres humanos llamamos  Tierra. En un sistema planetario dentro de una galaxia a la que nos referimos como Vía Láctea que está ubicada en un supercúmulo denominado Laniakea.

¿Dónde queda esto en función de mi ubicación actual? Ni idea. Tan incierto como mis planes de la adolescencia. Como decía, mi complejo de mesías, corriente, intrascendente, un destino manifiesto programado por años de cultura de masas, decantó en una madurez reconfortante.

Vivía en la ciudad de Buenos Aires, en un país llamado Argentina. Era abogada, graduada de una distinguida universidad privada. En mi vida adulta, la palabra éxito siempre estuvo ligada a la obtención de conocimiento, al aprendizaje. No al reconocimiento de mis pares o a un pseudo éxito laboral, o profesional o a escalar una posición acomodada. Siempre consideré que era necesario trabajar para vivir, pero no vivir para trabajar.

El derecho siempre me interesó como un sistema de razonamiento: el conocimiento de los valores, estructuras axiológicas sociales, sistemas de organización, usos y costumbres, principios. Desde lo práctico, la ley implica su forma de afectación sobre los sujetos a ella. Mi fascinación, hasta la finalización de la facultad, giró en torno a los diferentes tipos de contratos sociales y su función como mitos de origen.

Recibida de abogada, mi corazón me llevó por otros lugares y decidí darle una oportunidad a la ingeniería electrónica. Quería conocer el mundo desde otra óptica, tenía la fantasía de poder trabajar de científica. Un sueño infantil que se vio frustrado en mi temprana juventud por la  industria del entretenimiento y mis aspiraciones a ser artista. Además de que mi animal metafísico adolescente se había volcado hacia el esoterismo y la subjetividad. Una subjetividad que se diversificó en miles de hobbies que me ayudaron a lo largo de mi vida a lidiar con el estrés de mi profesión.

¿Por qué estoy explicando estas cosas? Porque necesito hablar con alguien. Aunque sea conmigo misma. Existe Arcadia, la computadora central homónima de la nave. La cuestión es que hablar con Arcadia no es nada fácil. A una simple pregunta como:

—Arcadia, ¿qué día es hoy?

Arcadia contesta algo como esto:

—Especifique parámetros de búsqueda.

Entonces una se impacienta y pregunta:

—Arcadia, ¿qué hora es aquí adentro?

Y ahí, Arcadia te muestra en sus paneles un número incomprensible e infinito (deduzco que el número es infinito porque nunca terminó de cargarlo completo), solo sigue reproduciendo el número hasta que se le pide que deje de hacerlo. Una vez llegó a marcar 300.000.458.865 cuando le pedí que terminara de sumar.

El tercer habitante de esta nave es Moloch, un robot de dos metros veinte centímetros (él me lo dijo) está hecho de materiales que a simple vista parecieran ser cobre y bronce. Al tacto no parecen ser esos metales. Es el ingeniero. Tiene un sensor que le sirve de ojos y una ranura en lugar de boca por la que sale su voz de bajo, metálica y cavernosa. Posee dos brazos y dos piernas y en sus dedos, tiene sensibilidad, es decir, más sensores. Tiene mal carácter y no le gusto. Él a mí tampoco.

Ya no me veo como antes. Toda mi apariencia física es diferente a como solía ser a cuando estaba en la Tierra. Por empezar, ahora tengo como diez años menos, soy más delgada, más maciza. Tengo otra cara, otras manos, otras piernas, otro pelo, otros ojos, otra voz. Físicamente, soy otra persona.

Explicada la situación en la que me encuentro parcialmente, ésta es la razón básica por la cual estoy grabando esta entrada: necesito ordenar los datos para intentar entenderlos. Tal vez algo puede habérseme escapado. Quizá re escuchando esto, luego de grabado, pueda entender mejor que pasó y encontrar alguna manera de volver a casa. Dicho esto, creo que lo mejor es enumerar los hechos  más o menos como me los acuerdo.

Como en cualquier día de mi vida, me encontraba volviendo a casa de la unidad fiscal donde trabajaba, cuando me interceptó el paso un hombre de aproximadamente 80 años. Yo estaba a punto de llegar a la esquina para cruzar avenida Independencia. Era alto. Cabellos plateados levemente ondulados, aunque si bien no muy largo, se debía a sí mismo un corte de cabello. Lo llevaba bastante prolijo, de todas maneras. Tenía arrugas pero facciones duras. Sus ojos azules grisáceos me miraban interrogantes, su nariz era ganchuda y sus labios muy finos. Llevaba también un traje de tonos claros que parecía haber tenido mejores épocas y un bastón.

Sonreí al anciano:

—¿Puedo ayudarlo en algo señor?

El anciano se infló complacido ante mi amabilidad.

—¿Le molestaría mucho ayudarme a cruzar? Sé que me veo fuerte, pero temo que ya no tengo la velocidad de mi juventud.

Esto me lo dijo con un tono coqueto, casi como si estuviera intentando flirtear conmigo. Lo cual no me molestó, me sentí halagada. No me había faltado el respeto. Estaba haciéndose el delicado para tener la oportunidad de conversar conmigo.

—Por supuesto, no tengo ningún problema.

Estuve a punto de decir “abuelo”, pero me pareció que podía tomárselo de manera irrespetuosa. No se hizo esperar, me tendió su brazo, acepté su ofrecimiento y cruzamos la calle. Cómo pensaba, no tenía ninguna dificultad para caminar. Solo se estaba haciendo el bobo. De hecho, me llevaba del brazo de manera bastante galante.

Cuando estábamos llegando a la vereda, me agarró la mano y me dirigió una mirada profunda que no pude evitar. Me produjo vértigo, de hecho.

Siempre fui del tipo de personas que no tienen miedo de mirar a los otros a los ojos. Sin embargo, en muy contadas ocasiones, me ha sucedido que mirar a determinadas personas a los ojos me provocó un leve mareo o esa sensación de vértigo. Este, fue uno de esos casos.

—Dios recompensa a las personas buenas, amables y desinteresadas. Como vos.

Ese «como vos» vino acompañado de un acercamiento de rostro, que se puso a la altura del mío. Me puse nerviosa, le sonreí y me las arreglé para desprenderme de él con amabilidad.

—Muchas gracias por sus palabras pero no merezco, ni busco recompensas. Que tenga un lindo día y que Dios lo bendiga.

Ese que «Dios lo bendiga», se lo dije con calidez mientras en realidad pensaba que su Dios lo bendiga.

El señor me saludó con una sonrisa. Me alejé de ahí, perdiéndome convenientemente en la multitud.

Ese día no tenía clases así que ordené mi casa y me puse a estudiar, dibujé un poco, jugué con mis gatos. Hablé un poco con mi madre, pero no lo suficiente. Por la noche llamé a mi padre, casi nunca hablaba con él pero aquel día me surgieron ganas de llamarlo y menos mal que lo hice. Nos mensajeamos con mi novio, a quien no veía hacía una semana, quedamos en vernos al día siguiente a pesar de mis dudas porque no tenía muchas ganas de verlo.

Esa salida nunca se llevó a cabo.

Debo reconocer que era una chica bastante solitaria. Pero, ahora que lo pienso me doy cuenta que me sentiría mucho peor si no hubiera hablado con mamá y papá, o con Luciano. Lamento no haberme podido despedir de mis hermanos y de mis amigos. Tenía una familia que me quería, una incipiente pareja y amigos. Ahora tengo una nave desierta y un robot que me cae mal.

Como todas las noches, antes de acostarme me quedé una hora delante de mi radio casera, escuchando el ruido blanco. Me la había armado hacía unos años con cable de cobre esmaltado, un tubo de pvc, algunos clips metálicos, chinchetas, un lápiz, auriculares, un  micrófono, una cuchilla de afeitar, una tabla de madera, pegamento y una antena. Era completamente enclenque e ilegal pero funcionaba. Cada tanto recibía algún que otro saludo y me quedaba charlando. Nunca se daban datos desde donde una podía estar pero me resultaba divertido conversar. Ahora que lo pienso, encuentro muchas similitudes entre lo que estoy haciendo ahora y mi hobby. Como hoy, aquella noche no encontré a nadie en aquella nube de señales y, como dije, a la hora me fui a acostar con mis dos gatos.

Extraño mucho a mis gatos.

Si “el más allá” es esto, la verdad que es un mal chiste. No creo haber sido una mala persona como para merecerme lo que está pasando. ¿Dónde están mis seres queridos fallecidos? ¿Dónde están las recompensas por no haber permitido…? Qué ironía, yo que le dije a ese hijo de puta que no buscaba recompensas. Quizá Moloch tiene razón y me compadezco demasiado de mi misma. «Hembra humano». No me llama ni por mi nombre.

Me desperté a mitad de la noche. Creí escuchar ruido blanco de la radio. Me asusté un poco, ya que uso auriculares cuando juego con la radio. Me levanté de la cama y, a medida que recorría mi casa, fui prendiendo todas las luces. Los gatos me miraron molestos pero no me importó. La casa ese día se me antojó grande. Llegué al taller donde tenía la radio. Nada. Respiré aliviada y me volví a mi habitación rápido, apagando todas las luces atrás mío. Miraba de soslayo. Estaba inexplicablemente nerviosa.

—Preciosa.

Pegué un grito mientras me volvía hacia mi cama. El corazón. Por dios, mi corazón. Tenía una pequeña arritmia. O al menos eso pensé mientras lo escuchaba latir desprolijamente rápido. Creí que me iba a morir del susto.

Sentado a los pies de mi cama, vestido con un traje marfil reluciente, un fino sombrero de ala y un bastón, se encontraba el señor que me había cruzado en la calle ese mismo día. Sasha, estaba sobre su falda fregándose de manera romántica, el señor la acariciaba. Mi gata de mierda me había traicionado. Shanti, no se quedaba atrás, lo miraba celoso, sin animarse a participar. El intruso me miraba con sus ojos azules grisáceos y una terrible sonrisa dibujada en sus labios. Satisfecho, quizá, por el susto que me había pegado.

Salí corriendo de la habitación, sin prender luces, llevándome por delante todo lo que encontraba… ¿Dónde había dejado las llaves de mi casa? Escuché a uno de mis gatos saltar de la cama. Busqué a tientas la llave, escuchaba a mis adornos hacerse añicos contra el piso mientras mis manos palpaban las superficies de manera torpe tirando todo a su paso. El corazón me latía cada vez más fuerte y más rápido mientras mi mente calculaba, cuánto le llevaría al anciano llegar hasta mi posición.

Metí la llave lo más rápido que pude, a tientas, de alguna manera la oscuridad hacía que tuviera menos miedo, me sentía menos expuesta. No sé exactamente por qué. Supongo que la situación se volvía más irreal y cabía la posibilidad de que solo fuera una horrible pesadilla. Logré abrir la puerta, vi una rendija de luz proveniente del pasillo y hasta ahí llegué. Alguien la cerró de golpe. Fueron solo unos segundos en los que caí que quien estaba cerrando la puerta tendría que haber estado exactamente atrás mío. Volví a quedar en la más completa oscuridad y fue ahí donde perdí el conocimiento.

Antes de despertarme del todo di algunas vueltas mientras sentía las sábanas tocar mi piel, eran suaves y olían bien. La almohada era demasiado cómoda. Reconocí el aroma de café recién hecho, embriagando mi olfato. Me sentía cansada, pesada, confusa y con una molestia en la piel, que se apaciguaba con el contacto de las sábanas. Tenía la idea de que había tenido un sueño muy feo. Una pesadilla que ya había terminado. La sentía cerca, como si pudiera ver las imágenes por el rabillo del ojo y que al girarme se esfumaban. Tenía el sentir de un antiguo terror que se había retirado en cuanto me había despertado. Suspiré y disfruté el aroma del café mientras me rascaba.

En algún momento de ese dulce remolonear, me dije a mi misma que no recordaba que mis sábanas fueran tan suaves, mucho menos, que olieran tan bien. Y caí en la cuenta de que no estaba en mi cama. Abrí los ojos de inmediato, poseída por el terror y la desorientación mientras miraba de frente las memorias de la noche anterior. Salí disparada de la cama.

No tardé mucho en darme cuenta de que tampoco tenía puesto mi piyama. Tenía puesto un camisón blanco bastante sugerente, con lacitos en los hombros. Descubrí que tenía marcas en los brazos. Dibujos espiralados, hilados unos con otros, muy suaves. Tenían volumen a la vista pero no al tacto, estaban hechos en tres dimensiones y provocaban una leve incomodidad mirarlos. Iban y venían de mis manos a mis hombros. Se repetían en mis piernas. Me ardía un poco la piel. Por otro lado, me seguía sintiendo cansada, sedada. Me había drogado con alguna clase de analgésico.

Me encontraba en una amplia estancia, sola, no había puerta que separara la habitación en la que me encontraba de la que venía a continuación pero si un cortinado en una de las paredes. El piso estaba frío, era de mármol, y yo estaba descalza. Los techos eran altos, abovedados. Había una gran ventana de la cual provenía luz día. La cama era una hermosura, de tres plazas con dosel de madera, tallados. Las cortinas del mismo se encontraban agarradas a las columnas y eran exquisitas.

Me acerqué a inspeccionar el cortinado, había una pequeña puerta que abrí. Estaba oscuro, pero parecía ser un pequeño baño.

Lo que me llamó muchísimo la atención, fue descubrir que no había ningún tipo de instalación eléctrica. Había grandes lámparas de gas por todos lados y candelabros con velas apagadas. Del techo colgaba una elegante araña, a gas.  Busqué enchufes, teclas de encendido pero no vi nada de eso.

Escuchaba el canto de los pájaros, el sonido de las hojas, proveniente de afuera, al ser sacudidas por brisas de aire. Pero nada más. Ni voces, ni pasos.

Me asomé con mucha precaución a la ventana, apenas sin tocar las cortinas, intentando pasar desapercibida. Me encontraba en alguna clase de mansión, en un primer piso, veía un parque de varias hectáreas y a lo lejos el bosque. No veía ningún camino, así que supuse que me encontraría en la parte trasera de la casa, en alguna habitación para huéspedes.

Sin hacer ruido, me dirigí a la otra estancia. Era una sala de estar lujosa y confortable. El lugar estaba decorado con sillones, cuadros y alfombras persas, la entrada era una enorme puerta de madera tallada. Otro ventanal se encontraba ubicado exactamente en el mismo lugar y a la misma distancia que el del dormitorio. Sobre la mesa me estaba esperando un desayuno opulento. Tenía hambre, pero me negué a probar bocado.

No sabía dónde estaba, solo me acordaba del viejo y su sonrisa. No iba a aceptar ningún tipo de amabilidad de su parte. Me imaginé que no podría haber hecho esto solo, que debía trabajar con más gente.

Me acerqué a la puerta e intenté abrirla. Estaba cerrada con llave. Resignada volví al dormitorio.

—Buenas tardes querida.

El anciano, estaba sentado nuevamente a los pies de la cama.

—¡Usted! ¡¿quién es usted?! ¡¿Qué es esto?! —Temblando me señalé las marcas en la piel—. ¡¿Dónde estoy?!

—Demasiadas preguntas, querida.

—¿Demasiadas preguntas? ¿En serio? ¿Quién se cree que es para hacerme esto?

El anciano me miraba paciente, con una media sonrisa dibujada en la cara.

—¿Cree que nadie me va a buscar? ¿Qué se va a salir con la suya así nomás?

—Por supuesto que te van a buscar. —Rió con suavidad, como si yo hubiera dicho alguna ocurrencia—. Pero no van a encontrarte, así que no me preocupo por eso, querida.

—¿Usted qué sabe? Está demasiado seguro de sí mismo parece. —Mis arremetidas solo servían para descargar mi enojo.

—¿Y yo qué sé? Yo sé muchas cosas, muchas cosas —me dijo el anciano.

Frustrada por el enojo, creo que volví a mirarme los brazos, las piernas y el pecho. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas e hice un esfuerzo por no llorar.

El anciano torció su boca hacia abajo, como si se compadeciera por mi angustia. Lo cual solo sirvió para bajar aún más mi moral.

—Sin pucheritos, corazón —me dijo dulcemente—. Creo que es hora de que tomes tu tardío desayuno. Estás muy débil y deberías alimentarte. Tus días por venir van a ser muy duros y no me gustaría que te pasara nada más que lo que tiene que pasarte.

—¿Y qué tiene que pasarme? —Lo desafié dando un paso para adelante pero sin ponerme a tiro del bastón.

—Te elegí para que seas mi esposa —me contestó.

—¿Disculpe? —le dije indignada.

El anciano se rio y negó con la cabeza.

—Me expresé mal. Te pido disculpas —me dijo—. Mi esposa va a ocupar tu cuerpo. En realidad va a conservar tus memorias y algo de tu espíritu. No te elegí solo por tu cuerpo físico.

Yo no podía creer lo que me estaba diciendo, no entendía lo que me estaba diciendo. Lo entendía, el ocultismo había sido un hobby desde mi adolescencia, pero no lo comprendía en ese contexto. Había determinados temas que me servían para esparcirme, como los textos de la Escuela Espiritista y otras miles de cosas. No porque los creyera, creyera… sino porque eran ese peluche que tenés desde la infancia que se va mudando con vos a todos tus nuevos hogares. Por ende, me parecía imposible todo lo que me decía.

—Te elegí por tu trascendencia. Quiero que ella tenga tu camino.

Pensar que alguien pueda robarte tu camino de verdad es más que inquietante. Esperaba que me dijera que iba a prostituirme, violarme, esclavizarme, venderme, ¿torturarme, quizás? Alguien puede amenazarte de muchas cosas pero decirte que viene a robarse tu destino, es sin lugar a dudas surrealista. De alguna manera me tranquilizó. No estaba capacitada para tomarme en serio lo que me estaba diciendo si no pensaba realmente hacerme las otras cosas que enumeré. En mi mundo, eso es robarle a alguien su destino.

—Usted me está cargando —sentencié.

El anciano sonrió complacido.

—No, no me estoy burlando de vos. —Se puso de pie, dispuesto a retirarse—. Pero a su debido tiempo vas a comprenderlo. Alimentate y descansá. Tenemos unas largas semanas por delante.

Y ahí es cuando lo que yo considero el primer evento sobrenatural ocurrió. Todo lo demás, hasta ese momento, tenía algún tipo de explicación racional. Me había drogado y me había secuestrado. Incluso, estando drogada, lo que pasó fue demasiado para ser una alucinación o un delirio.

El hombre fue iluminado por una suave luz blanca proveniente de…; no sabría bien como describirlo, era como si saliese de adentro suyo y al mismo tiempo viniese desde algún lugar de la habitación. Luego desapareció. Se esfumó delante de mis ojos. No sé cuánto tiempo me quedé parada mirando hacia ese punto. Creo que más allá de todas las cosas que viví después y de las cosas que estoy viviendo ahora, ese momento fue el momento de quiebre.

Un momento de quiebre que me llevó a desarrollar un instinto de supervivencia… No, un instinto de destrucción que no creí tener en mi interior. Empecé a enumerar las cosas que había visto: las ventanas, eran esas ventanas de época, de hierro con vidrio formando un vitral simétrico, sencillo y transparente. Estaban todas cerradas con llave. Gas. Había lámparas de gas, veía los pequeños tubos a lo largo de toda la habitación. Volví sobre mis pasos a la mesita donde se encontraba mi desayuno, tenía un cuchillo y un tenedor. Había una chimenea, pero no tenía herramientas para manipular el fuego. Cortinas largas. Seguí recorriendo el lugar. Había un pequeño bar, con botellas de vino, whisky y coñac. Tenía fósforos, antiguos, no manufacturados como los que vendían en mi barrio. Estos parecían artesanales. En ese momento me pareció un detalle pintoresco e innecesario, gustos de gente rica, lo que me dio más bronca. Agarré los fósforos y prendí una vela. Fui hacia el baño. Había un inodoro, una bañera antigua con sus cañerías. Inspeccioné mi cama, las sábanas iban a ser muy útiles. Fui corriendo hacia la sala de estar en busca del cuchillo.

Ahora tenía sábanas, cortinas, fuego, un cuchillo, gas y alcohol. Podía utilizar el cuchillo para empezar a aflojar toda la estructura de la ventana y así poder romperla en el momento indicado. Había decidido en ese momento que el destino que el viejo iba a robarme incluía volarle la casa y borrarle esa sonrisa de la boca.

Podía hacer correr el gas por las dos habitaciones, armar bombas molotov con las botellas y sábanas, salir por la ventana colgada de la cortina, hacer explotar la habitación y seguir tirando las botellas por todas las ventanas que me encontrara, reventándolas; cuando todo explotara, aprovechar para salir corriendo y encontrar alguna ruta o algo así.

Vuelvo a repensar mis ideas y sencillamente no puedo creerlo. Lo que no puedo creer es que puse mi plan en acción aquella noche. Y funcionó. O casi funcionó. Porque me atraparon. Salí corriendo descalza por el pasto, llena de hollín, con algunas quemaduras y casi asfixiada, con el cuchillo y fósforos en la mano. Mientras escuchaba gritos, ladridos de perros y explosiones, la casa se iba prendiendo fuego y explotando las instalaciones de gas. Me pinché varias veces los pies pero no paré. Llena de adrenalina llegué a la entrada del bosque y me zambullí de lleno en la oscuridad. Aprovechando lo más que podía la luz que producía el fuego. Me caí varias veces pero seguí corriendo. Estaba preocupada ante la idea de empezar a correr en círculos y volver al mismo lugar del cual había salido. El bosque era inmenso y no tenía forma de orientarme. Tendría que haberme confeccionado algún tipo de lámpara pero no lo pensé en ese momento. Solo quería generar algún tipo de divertimento y huir a la civilización.

En algún momento de mi fuga, me sentí tranquila y me senté debajo de un árbol. No sabía dónde estaba, no sabía a dónde ir, tenía hambre, quemaduras y mucho frío. Los fósforos se me habían caído en la huida. Estaba perdida, casi desnuda y solo tenía el cuchillo.

No voy a decir que mi respuesta fue desproporcionada, ya que estaba en riesgo mi vida. Pero me sentía culpable en ese momento. Me invadieron un montón de ideas alternativas de escape: negociar, haber tenido más paciencia e intentar entender que estaba pasando. Pero la verdad es que estaba embargada por el miedo. Y en ese momento, perdida en la noche en quién sabe donde, no podía creer que mi improvisado plan hubiera funcionado y mucho menos, que fuera una mujer de tantos recursos.

Cuando descansaba me di cuenta que había tomado la dirección equivocada. Había salido por la parte de atrás de la casa y prendido fuego todos los ambientes que me encontré. Había corrido por el parque en el lateral. No de frente. Si la ruta estaba del otro lado, no sabía si desde donde me encontraba podía llegar sin ser vista. El camino lógico era la ruta, ahí es donde iban a buscarme. Además, no había cubierto mis huellas. Si tenían rastreadores, lo más probable es que me encontraran unas horas después del amanecer. Lo mismo si tenían perros de caza. Después de todo tenían mi ropa.

Lo que puedo decir ahora es que había visto muchas películas y supongo que eso influyó en los niveles de paranoia y violencia que se desencadenaron en mi imaginación aquella noche. También en la manera en la que estoy contando los hechos ahora. Debo confesar que no fue tan fácil y que bajar de esa ventana, por más que estuviera en un primer piso fue toda una hazaña para mí. Creo que estuve a punto de caerme y quebrarme el cuello varias veces. El mantenerme colgada no fue tanto problema porque practicaba pole-dance y estaba acostumbrada a sostenerme con la fuerza de mis brazos y piernas. No es muy distinto que hacer acrobacia en tela. Pero las circunstancias no eran las de una exhibición y yo no era una profesional de la acrobacia. Mi vida estaba en peligro y estaba manipulando las más improvisadas bombas molotov de la historia.

Hice un esfuerzo para no dormirme. Quería estar atenta. Las quemaduras de mi piel me ayudaban bastante con esa tarea. El frío hacía que las heridas me dolieran menos, el cuerpo se me estaba entumeciendo. No sabía cómo prender un fuego, mis habilidades de supervivencia en lo salvaje no eran tan buenas como mis artes para escaparme de la mansión. Una ironía total, porque tanto esfuerzo me había dejado a mitad de camino. No quería morirme de hipotermia pero no tenía a donde ir. Así que me quedé sentada tiritando y en algún momento de la noche me dormí.

Me encantaría decir que a la mañana siguiente desperté y con las pocas fuerzas que me quedaban llegué a la ruta. Siendo rescatada por un camión que pasaba, dando finalización a mí aventura. Pero si fuera así, no estaría dictando esta bitácora personal. Claro que no. No fue así como pasó.

A la mañana siguiente desperté. Mejor dicho, me despertaron las voces de tres hombres que se acercaban. Hablaban un idioma parecido al inglés. Sin embargo, no les entendía absolutamente nada. Me levanté muy despacio,  no quería hacer ruido, así que me moví de manera más o menos sigilosa y me alejé lo más posible de las voces con el cuchillo en mano.

Salí a una carretera de tierra. Hacía rato que las voces habían quedado atrás. Ahora lo que escuchaba era otra cosa. Casqueteos en el suelo. Muchísimos. Los casqueteos se fueron transformando de apoco en un traqueteo y en el sonido de cascos de caballos. Sin poderlo evitar, fui caminando hacia allí por la ruta, con muchísima curiosidad. Entonces, a lo lejos, vi siete caballos con sus jinetes, elegantemente vestidos, escoltando una carroza sumamente lujosa.

Me paré en su camino y extendí mis manos hacía arriba haciéndoles señas… La carroza me esquivó con muchísima destreza, mientras yo, asustadísima, me hacía un bollo en el suelo. Escuché la carroza detenerse y a continuación los caballos, así que  me giré justo para ver una cabeza estrafalaria asomarse por entre medio de las cortinas. Una mujer, con un peinado que solo había visto en películas, se asomó por la ventana y miraba hacia sus lados. Me pareció que me llamaba. Me levanté y escondí el cuchillo lo mejor que pude con un pliegue del camisón. Creo que me decía algo así como skinny creature o sea, “criatura flacucha”. Haciendo gala de todos mis poderes de negación, me acerqué a una distancia prudencial, ya que sus acompañantes me miraban de muy mala manera; estaban vestidos con pantalones y botas de montar muy elegantes, sacos con bordados y sombreros extravagantes. Cada uno de ellos llevaba un pistolón en la cintura. La mujer abrió una suerte de bolsa que llevaba con ella y extendió su mano ricamente enguantada hacia mí. Quería darme algo. Tomé con cuidado de no tocarle los dedos lo que me estaba ofreciendo, lo dejó caer en la palma de mi mano para luego sonreírme con condescendencia y cerrar la cortina. Con ayuda de mis reflejos rápidos, logré hacerme a un lado, ya que sin aviso, prosiguieron su viaje. Me quedé parada allí, en el medio de la carretera, observando cómo se perdían en el horizonte, con mi mano apretando el objeto que aquella “lady” había depositado. Me había dado una moneda en la que se podían leer las siguientes frases: Penny Token, Staffordshire, 1811. Del otro lado se leía Payable at….

Unas manos enormes me tomaron con fuerza del rostro, tirándome hacia atrás. La moneda cayó al suelo. Intente resistirme y lancé una cuchillada pero se sumaron más manos, más brazos. No me quedaban fuerzas. El cuchillo se escurrió de mi mano. Tres hombres  me arrastraban de regreso al bosque. Uno me tenía por los hombros, el otro estaba intentando agarrarme los brazos y otro me agarraba las piernas. Me tocaban. Se reían y me gritaban en su idioma incomprensible.  En un momento logré zafar uno de los brazos e intenté golpear a uno de los hombres, el único resultado que obtuve fue un puñetazo en la boca. Sentí sangre brotar de mi lengua, me la había mordido. Me volvieron a dejar en el piso sin soltarme y creo que me estaban amenazando. Movía mis piernas con todas mis fuerzas. Uno de los hombres empezó a desajustarse el pantalón. Yo estaba muy asustada y seguí forcejeando. Otro me tapó con el brazo la cara, intentando asfixiarme para que dejara de gritar.

En ese momento sentí mi moral decaer. Dejé de resistirme. No podía soltarme. No podía evitar lo que iba a suceder.

Entonces una cuarta voz se filtró por mis oídos. Era otro hombre, llamando a los otros. Le contestaron. El brazo que me cubría el rostro me soltó.

El cuarto hombre tenía el cabello colorado, limpio y recogido en una cola. Llevaba botas lustradas, pantalón de pana, camisa con mangas acampanadas fruncidas en las muñecas y un chaleco marrón de terciopelo. Les hacía señas a los otros mientras les gritaba rojo de furia. Aquellos que me habían agarrado, vestían igual que el cuarto hombre, solo que se los veía más roñosos y las telas parecían de mala calidad. Me soltaron las piernas y me levantaron. Se me acercó y me inspeccionó el rostro. Se lo veía asustado y le daba órdenes a los otros tres. Me cargaron y me llevaron en la dirección  por la cual había venido mi nuevo verdugo.

Llegamos a otro camino, escondido entre la maleza, donde esperaba una carreta. Me maniataron, taparon mi boca y me metieron dentro de una caja de madera, tenía rendijas lo suficientemente grandes como para que pudiera respirar.

A partir de ese momento las cosas fueron de mal en peor. Cuando me sacaron de la caja nos encontrábamos en otro lugar. Un castillo ruinoso, habitable pero muy mal cuidado. La cara del anciano, cuando me trajeron de regreso, me dio un aliento de vivir que me acompaña hasta hoy. No se encontraba para nada complacido. Su mirada ya no irradiaba condescendencia, ni simpatía. Me había ganado su respeto.

Dos de los hombres me tenían sujeta por los brazos. El colorado estaba dándole explicaciones. El anciano le hizo un gesto despectivo con la mano para que se callara. Silencio. Se acercó a mí, ayudándose con el bastón y comenzó a inspeccionarme. Miraba las heridas de mis brazos, el estado calamitoso de mi pelo. Luego me levantó el rostro y me inspeccionó el moretón y la sangre seca que tenía al costado del labio. Negaba con la cabeza.

—Espero, Catalina, que te des cuenta, que tus días como alquimista terminaron, no vas a tener ningún elemento más a mano para improvisar bombas o nada que se le parezca —me susurró, podía sentir su aliento en mi rostro—. Suéltenla.

No creo que los hombres que me agarraban entendieran mi idioma pero entendieron lo que el viejo estaba diciendo y me soltaron. Mis piernas se quebraron y caí de rodillas en el barro.

—Damián. Llevá a la señorita Konovaluk a sus nuevos aposentos.

Mi nombre es Catalina Konovaluk, soy abogada y estudiante de ingeniería electrónica. Trabajo en una fiscalía y hago pole-dance en mi tiempo libre. También pinto y escribo poesía. Leo toda clase de libros para distraerme. Provengo del siglo XXI, vivía en un planeta llamado Tierra, en un sistema planetario que tiene entre nueve y doce planetas, girando alrededor de una única estrella, en una galaxia a la que llamamos Vía Láctea, ubicada en un supercúmulo de galaxias denominado Laniakea.  Hoy, me encuentro muy lejos de allí, pero sueño con volver a casa.

Continúa en Keter 2…


ARCADIA – EPISODIO 2 KETER 2

14 comentarios en “ARCADIA – EPISODIO 1 KETER 1

  1. Es como un “Libro de los Espíritus galáctico”. Me gusta como ha iniciado esta historia. De hecho me gusta mucho la mezcla de lo esotérico con la ciencia ficción; es imaginar el Árbol de la Vida como una cadena de ADN 😉

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  2. Interesante, hay algo de Arquetipico en tu historia, ignoro la continuacion, pero un anciano misterioso de pelo canoso, en un encuentro misterioso, con designios ocultos, casi magicos para el destino de la joven, una dimension diferente…

    Felicitaciones! 🙂

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